16/09 - 30/09/2012 Cantabria y Asturias
16/09 Madrid - San Vicente de la Barquera.  
17/09 San Vicente de la Barquera. San Vicente de la Barquera y Comillas. .
18/09 San Vicente de la Barquera. Ruta de los Foramenteros (Cabezón de la Sal, Bárcena Mayor, Carmona) - Puentenansa - Embalse de Cohilla - Tudanca. .
19/09 San Vicente de la Barquera. Puentenansa - mirador de Santa Catalina - desfiladero de la Hermida - Potes - Fuente Dé - subida al teleférico - Mogrovejo.
20/09 San Vicente de la Barquera. Llanes - playa de Gulpiyuri - cueva del Soplao.
21/09 San Vicente de la Barquera. Cabárceno y Peña Cabarga.
22/09 San Vicente de la Barquera. Castro Urdiales - Laredo - Santoña - Liérganes.
23/09 San Vicente de la Barquera. Comillas.
24/09 San Vicente de la Barquera. Arenas de Cabrales - Lagos de Covadonga - Cangas de Onís - Mirador del Fito - Ribadesella..
25/09 San Vicente de la Barquera. Santillana del Mar.
26/09 San Vicente de la Barquera. Gijón.
27/09 San Vicente de la Barquera. Valle del Pas: La Cavada - Arredondo - Collada de Asón - Portillo de la Sía - puerto de Estacas de Trueba - Vega de Pas.
28/09 San Vicente de la Barquera. Oviedo.
29/09 San Vicente de la Barquera.
30/09 San Vicente de la Barquera - Madrid.

A la caza de los Sobaos Pasiegos

Iniciamos nuestro viaje hacia el norte una fría mañana de septiembre. Por delante teníamos dos semanas para conocer Cantabria en profundidad y hacer algunas visitas a la limítrofe Asturias. Nuestra base de operaciones se encontraba en San Vicente de la Barquera, donde está el apartamento que habíamos arrendado, frente a la Playa de la Braña. Después de un viaje cómodo por Castilla y León, pasando de largo por Segovia, Valladolid y Palencia, con una parada en un bar de carretera a la altura de Becerril del Carpio, entrábamos en Cantabria a media tarde. El árido paisaje de meseta se tornaba en vegetación según iniciábamos el descenso desde Reinosa hacia la Torrelavega de Oscar Freire; San Vicente de la Barquera se encontraba muy cerca, aunque un accidente de tráfico, con víctimas según pudimos ver en la prensa local del día siguiente, nos retuvo en la carretera un buen rato. Con las llaves en mano nos dirigimos al apartamento y, tras colocar los bártulos e inspeccionar nuestro hogar temporal, nos fuimos a dar un paseo por una playa tomada por los perros, y a presenciar la puesta de sol. Cenamos en un bar de tapas unas anchoas la mar de ricas y nos llevamos a casa una botella de leche "viva" de vacas asturianas.

Ambiente fresco en nuestra primera mañana en San Vicente. Nos acercamos al centro del pueblo para hacer acopio de alimentos básicos para los desayunos (sobaos y más sobaos) y almuerzos venideros y nos dimos una vuelta por el centro de este relativamente pequeño pueblo, antaño pesquero, haciendo tiempo hasta que mis padres viniesen desde Mérida. Encajonado entre el Cantábrico, el río de San Vicente y una elevación de terreno por la que asciende la carretera con dirección a Unquera, y con los imponentes Picos de Europa a lo lejos, San Vicente de la Barquera se encuentra en un enclave privilegiado. El río de San Vicente, que con la marea baja deja al descubierto una extensa franja de tierra tomada por el mar, divide a San Vicente en tres zonas conectadas por dos puentes, con el barrio de La Braña, el nuestro, situado en el extremo más oriental. Una vez que los visitantes se hubieron instalado en el apartamento, fuimos los cuatro hacia Comillas, una hermosa villa situada a unos 10 kilómetros de distancia, por la carretera que pasa junto a la estupenda playa de Oyambre. Deambulamos por el casco histórico, repleto de palacetes, iglesias y casas antíguas, visitamos el Capricho de Gaudí, compramos una figurita de shinchan ultrahéroe y nos dejamos robar por unos churros en el Corro Campíos. Nos retiramos reventados a nuestra madriguera, donde entre sudokus y películas nos venció el sueño.

El martes 18, tras un tranquilo desayuno en la terraza del apartamento, nos armamos con abrigos y paraguas, por lo amenazante del cielo, y nos subimos a nuestro querido Mescalito. La ruta del día comprendía varios pueblos en el valle de Cabuérniga, como Cabezón de la Sal, municipio que debe su nombre a su riqueza en minas de sal en la época romana, y Bárcena Mayor, una pequeña aldea de casas de piedra, donde el turismo rural comienza a causar estragos. Allí nos aleccionaron acerca de la diferencia entre los auténticos sobaos pasiegos y los granadinos. Nos trasladamos desde el valle del río Saja hasta el valle del río Nansa por el puerto de Carmona, parándonos en la localidad del mismo nombre para degustar una de esas comidas caseras que le sumen a uno en un letargo propio de osos. Remontamos el río Nansa hasta la impresionante presa de La Lastra y visitamos Tudanca antes de volver a San Vicente, adonde llegamos cuando ya caía la noche.

El miércoles tampoco nos acompañó el sol en nuestra visita a los Picos de Europa. A media mañana nos dirigimos hacia Puentenansa, tras los pasos de la reciente Vuelta a España, y subimos los collados de Ozalba y de la Hoz, donde Alberto Contador dejó sentenciada la carrera. Desde el mirador de Santa Catalina pudimos apreciar, entre nubes bajas y claros, el hermoso desfiladero de Hermida, al que bajamos poco tiempo después para llegar hasta Potes, un enclave turístico que siempre está atestado de gente. El almuerzo en esta localidad no fue de nuestro agrado; la calidad de la comida debe ser aquí inversamente proporcional a la fama del lugar. Tampoco lo fueron los animales de cartón-piedra que decoran los rincones de algunos edificios históricos. A 20 kilómetros se encuentra el teleférico de Fuente Dé. Éste nos permitió salvar una altitud de 750 metros, hasta el refugio, que estaba rodeado en ese momento por una densa nube que no permitía ver gran cosa. Entramos en calor con un café y descendimos nuevamente hasta el aparcamiento. Eva venció su miedo a las alturas colocándose al frente del teleférico, cámara en mano. Antes de llegar a Potes, visitamos el pintoresco municipio de Mogrovejo, tras lo cual desandamos nuestros pasos.

Cantabria despidió a mis padres con un cielo despejado, que se volvía a Extremadura. Aún así tuvimos tiempo de hacer una breve incursión en tierras asturianas. Siguiendo recomendaciones varias, nos dirigimos hasta Llanes, en cuyas cercanías se encuentra la peculiar playa cerrada de Gulpiyuri, que se cubre del agua que entra por una abertura en el acantilado que la separa del mar cuando la marea sube. Tras darnos un homenaje en un restaurante de Llanes, volvimos a San Vicente. Por la tarde, abandonamos la ciudad, mis padres con dirección a León, y nosotros a la cueva del Soplao, una impresionante cueva descubierto a raíz de la ampliación de la mina de La Florida, no apta para visitar de corto.

Dedicamos prácticamente todo el viernes 21 a visitar el parque natural de Cabárceno, un bello enclave de orígen kárstico que sirve de hogar a un buen número de animales que viven allí en régimen de semilibertad (o semicautividad, según se mire). Lucía un sol radiante en el cielo y la temperatura era muy agradable. Dentro del parque es casi imprescindible desplazarse en vehículo propio, pues las distancias entre los diferentes hábitats de los animales son considerables, y la orografía no es apta para piés cansados. Leones, tigres, panteras, monos, gorilas, jirafas, rinocerontes, elefantes, cebras, hipopótamos, ñus, hienas, avestruces y osos, muchos osos, entre otros animales, moran en el parque. Llevábamos viandas para disfrutar de un agradable picnic junto a la guarida de los lobos, que dormitaban, al igual que la mayoría de los vecinos de Cabárceno. Por la tarde asistimos a una impresionante demostración de aves rapaces; no todos los días le sobrevuela a uno un buitre leonado a menos de un metro de la cabeza. Antes de abandonar el parque, entramos en la tienda de recuerdos, donde nos encontramos con un pequeño y solitario bebé hipopótamo, con piel de peluche y un corazón y cerebro desmesurados, que desde entonces forma parte de la familia. El parque cerraba sus puertas cuando nos dirigimos hacia Peña Cabarga, un macizo kárstico que se erige junto a la bahía de Santander, desde cuya cima se divisa la capital cántabra en toda su extensión. Sus exigentes rampas fueron testigo de la lucha agónica entre Cobo y Froome durante la Vuelta a España del 2011.

Qué mejor día que el sábado para ir a pescar anchoas, a ser posibles enlatadas con ese aceitito rico del que tanto saben en Santoña. Tentados estuvimos de visitar Bilbao, pero nos quedamos a las puertas de entrar en el País Vasco. Castro Urdiales, un municipio costero en el extremo oriental de Cantabria, a las puertas de Vizcaya, recibe buena parte de sus visitas desde esta provincia aledaña. Sus problemas de tráfico y aparcamiento, así como el incesante bullicio en sus calles, no nos retuvieron demasiado en esta ciudad, cuyo puerto presiden la iglesia de Santa María de la Asunción y el castillo de Santa Ana, con su faro, frente al majestuoso paseo marítimo, plagado de edificios señoriales. Hacia el este se encuentra Laredo, donde tenía lugar una fiesta medieval. Abundaban en las calles del centro los puestos de venta de artículos de artesanía, las tascas al aire libre donde se servían carnes a la parrilla, y las exhibiciones de diferentes artesanos carpinteros, vídrieros, alfareros y forjadores. En una de las estrechas calles empredradas que ascienden alejándose del mar, encontramos un buen restaurante donde almorzar. Por la tarde, visitamos Santoña, una tranquila villa costera al pie del monte Buciero, desde cuyo paseo marítimo se contempla la bahía (de Santoña) y Laredo, cuyas playas se extienden hasta casi cerrar la salida al mar del río de Ason de Treta, lo que aislaría a las marismas de Santoña del Cantábrico. Esta localidad es famosa, principalmente, por sus anchoas. Tras tomarnos un café bien denso en un bar taurino en el recinto de la plaza de toros, emprendimos la búsqueda de alguna de las tiendas especializadas en productos del mar, que venden anchoas de producción propia, que en nuestro caso no fueron las Don Bocarte ni las popularizadas por el presidente Revilla. De camino a San Vicente, visitamos brevemente Liérganes, una hermosa localidad, famosa por su balneario, en cuyo casco histórico destaca el puente pseudo-romano, bajo el que descansa un hombre-pez de leyenda.

El domingo recibíamos una nueva visita. Esta vez eran los padres de Eva, que venían desde Madrid para pasar unos días con nosotros. De nuevo, hasta que llegaron, estuvimos proveyendo la alacena de comida. Por la tarde, volvimos a visitar Comillas, donde visitamos el Cementerio antiguo.

Llevábamos varios días recorriendo diversos parajes cántabros y decidimos cambiar de aires y hacer una excursión hasta los Lagos de Covadonga, aprovechando que el día prometía ser agradable. Nos subimos los cuatro a Mescalito y nos dirigimos hacia Panes, desde donde parte la carretera con dirección a Cangas de Onis. Esta carretera, que discurre por la ladera norte de los Picos de Europa, atraviesa varias gargantas sobre el río Cares antes de adentrarse en el concejo de Cabrales, famoso por sus quesos. Nos detuvimos en Arenas de Cabrales, un pueblo muy turístico dada su proximidad al Naranco de Bulnes y a Poncebos, donde se encuentra una de las cabeceras de la ruta del Cares. Unos kilómetros más adelante, antes de entrar en Cangas de Onís, tomamos el desvío hacia Covadonga, donde iniciamos el ascenso a los Lagos, un mítico puerto habitual en la Vuelta a España. Pasamos un rato agradable disfrutando junto a los lagos de Enol y la Ercina bajo un débil sol preotoñal antes de bajar hasta Cangas de Onís para almorzar, no sin antes visitar brevemente el Santuario de Covadonga. Dejamos atrás Cangas de Onís y su famoso puente, y subimos hasta el Mirador del Fito, más allá de Arriondas, desde donde descendimos hacia el mar, en busca de Ribadesella. Paseamos por el muelle, siguiendo el curso del río Sella hasta su desembocadura en el mar, antes de reanudar nuestra marcha hacia San Vicente, por la autovía A8. Un viaje que resultó ser más lento de lo deseado por las obras en la vía a la altura de Llanes.

La previsión meteorológica no nos era propicia el martes 25. Lloviznaba por la mañana cuando, equipados con los chubasquermos, partimos hacia Santillana del Mar, la ciudad de las tres mentiras. Poco antes de entrar en la ciudad, visitamos el museo de Altamira; el acceso a la cuevas y a sus pinturas rupestres está restringido en la actualidad. El cielo se ennegrecía cuando comenzamos nuestro recorrido por las calles de Santillana. Piedras adoquinadas y casas de piedra son la tónica en esta villa, amén de las múltiples tiendas de souvenirs y restaurantes. Desde la casa de los Tagle hasta la Colegiata, pasando por la calle Mayor, recorrer la villa no nos llevó mucho tiempo. Entretanto elegimos uno de los muchos restaurantes de Santillana para almorzar. No habíamos acabado cuando se desató el diluvio en la calle. Era sólo media tarde, pero la lluvia ya no cesó hasta que anocheció, cuando ya nos hallábamos plácidamente instalados en el apartamento, del que ya no salimos ni para cenar.

A primera hora de la mañana partían hacia Madrid los padres de Eva y nosotros emprendíamos viaje hacia Gijón, la primera de las dos ciudades principales de Asturias que visitaríamos. Esta ciudad portuaria, es la seguna más importante del Principado. Tiene un núcleo histórico reducido, ubicado en la base de Cimadevilla, se encuentran la Casa Consistorial, la iglesia de San Pedro, la plazuela de Jovellanos y el palacio de Revillagigedo. En lo más alto de Cimadevilla se encuentra el Elogio del Horizonte, de Chillida. Desde la cima se divisan el puerto deportivo y el importante puerto de El Musel. Bordeamos el puerto hasta los jardines de la Reina, caminamos por calles comerciales de la ciudad, visitamos el Mercado Central y buscamos un lugar donde almorzar en la plaza Mayor. A media tarde nos volvimos a San Vicente a descansar para la última ruta por Cantabria planificada para el día siguiente.

Un nuevo día de sol nos permitió disfrutar de nuestra última road movie por tierras cántabras. Quería enseñarle a Eva un recorrido que había hecho en mis años mozos (es decir, hacía tres años) con la flaca. Partimos relativamente temprano, sin pasarnos, hacia La Cavada, donde el monumento al ciclista Vicente Trueba daba inicio al puerto de Alisas. Descendimos éste hasta Arredondo para, a continuación, iniciar la ascensión la collada de Asón. Antes de llegar a la cima nos marcamos una mini-excursión a una cascada de agua señalizada como el nacimiento del río Asón, que ha horadado un valle espectacular. Sin solución de continuidad descendimos unos metros y comenzamos el ascenso a la parte final del Portillo de la Sía, en cuya cima se encuentra el límite provincial con Burgos. Las vistas son impresionantes desde la cima. Anduvimos algunos kilómetros por las hermosas tierras burgalesas, atravesando Las Machorras antes de llegar hasta la bifurcación donde se separan las ascensiones al portillo de Lunada y al puerto de Estacas de Trueba, dirigiéndonos nosotros hacia éste último. El largo descenso nos condujo hasta Vega de Pas, población conocida por sus sobaos (qué ricos), donde almorzamos, a pesar de que eran las cuatro de la tarde, en Casa Frutos y compramos sobaos, por supuesto. El cielo se encapotaba cuando abandonamos el valle del Pas y recorrimos los kilómetros que separan Torrelaguna de San Vicente, y que ya nos conocíamos tan bien.

La excursión a Oviedo fue la última que realizamos en este viaje. Bajo una suave y pertinaz lluvia llegábamos a Oviedo a media mañana y aparcábamos el coche en las inmediaciones del Teatro Campoamor, uno de los destinos obligados de nuestro viaje, desde que allí se le concedió a Leonard Cohen un premio Príncipe de Asturias en el año 2011. Recorrimos las comerciales calles en los alrededores del Teatro, antes de caminar a conciencia por el casco antiguo, con la Catedral, el Ayuntamiento y el mercado, junto al cual almorzamos. Antes de volvernos a San Vicente, rendimos visita al maestro Woody Allen, que posa sin gafas, por culpa de unos gamberros, en una de las bocacalles de la concurrida calle Uría.

Nuestro viaje llegaba a su fin. El último día completo en San Vicente amaneció nublado y lluvioso. Aparte de hacer unas compras en nuestra panadería favorita, La Gallofa, donde tan bien nos atendieron durante las dos semanas que permanecimos en el apartamento, poco más nos quedaba por hacer. Tan sólo descansar de unos días bastante ajetreados, durante los cuales habíamos disfrutado de la exuberante naturaleza de Cantabria y, en la mayoría de las ocasiones, de una gastronomía de primera. La mañana del domingo 30, tras adecentar el apartamento y dejar las llaves en la inmobiliaria, nos pusimos en marcha hacia Madrid, adonde llegamos a media tarde, poniendo punto y final a nuestras vacaciones y prácticamente al verano.