08/07 - 11/07/2011 Italia
08/07 Madrid - San Vigilio di Marebbe. 1450 km. 348 km.
 
Bergamo - Brescia - Sirmione - Trento - Chiusa - Ortisei - Corvara - La Villa - Pedraces - San Vigilio di Marebbe.
09/07 San Vigilio di Marebbe. 53,91 km. • 2h01' • 26'6 km/h 88 km.
 
San Vigilio di Marebbe - Corvara - San Vigilio di Marebbe.
San Vigilio di Marebbe - Passo Furcia - Valdaora - San Lorenzo di Sebato - San Martino in Badia - Passo di Erbe - San Vigilio di Marebbe.
10/07 San Vigilio di Marebbe
Maratona dles Dolomites 2011.
138,0 km. • 5h54'03" • 23'1 km/h
 
La Villa - Corvara - Passo di Campolongo - Arabba - Passo Pordoi - Passo di Sella - Passo di Gardena - Corvara - Passo di Campolongo - Arabba - Andraz - Colle Santa Lucia - Selva di Cadore - Passo Giau - Pocol - Passo di Falzarego - Passo di Valparola - La Villa - Corvara.
11/07 San Vigilio di Marebbe - Madrid. 84,9 km. • 3h54' • 21'7 km/h 395 km. 1450 km.
 
San Vigilio di Marebbe - San Lorenzo di Sebato - Bolzano - Merano - Spondigna - Prato allo Stelvio - Passo dello Stelvio - Bormio - Mazzo di Valtellina - Passo di Foppa - Monno.
Monno - Passo di Foppa - Monno - Ponte di Legno - Passo Gavia - Ponte di Legno - Monno.
Monno - Edolo - Spinone al Lago - Bergamo..

Italia y la Maratona dles Dolomites

Dos semanas después de volver del viaje con bici, alforjas y dos compañeros de lastre por Italia y Eslovenia, volvía a subirme al avión con destino al país de la pasta. No habiendo quedado saciado de puertos dolomíticos, regresaba con la intención de participar en la Maratona dles Dolomites, uno de los grandes fondos, o marchas cicloturistas, más famosas de Italia. Baste decir que cuenta con cobertura televisiva en directo, en Rai3, y que en su lista de ganadores hay un buen puñado de ex-profesionales. Con un recorrido de 138 kilómetros y siete subidas a puertos de la entidad del Pordoi, Sella, Falzarego, Gardena, Campolongo por dos veces, Falzarego y Giau. No se acumula mucho desnivel, alrededor de 400 metros, pero la continua sucesión de subidas va minando las fuerzas y las exigentes rampas del Giau te dejan listo para la sentencia definitiva, en la ascensión al Falzarego.

Con la confianza justa y resintiéndome de unas molestias en la rodilla, que persistían desde el viaje de dos semanas atrás, embarqué en Madrid con destino a Bérgamo a las 6 de la mañana. Otra velada en el aeropuerto por cortesía de Ryanair. No me extraña que presuman de ser la compañía con menos retrasos de Europa, ya que no dependen de nadie más para despuegar, pues siempre son los primeros en limpiar la pista de despegue del rocío de la mañana. Así que estaba igualmente temprano en Bérgamo, embutiendo la caja de cartón con la bicicleta, afortunadamente intacta, en un Fiat Punto. Me dieron a elegir un flamante Fiat 500, pero a la vista de la caja cambiaron de opinión. Era el Fiat 500 o la bicicleta. Autopista de peaje y más autopista desde Bérgamo hasta Bolzano. Al poco de dejar atrás Bolzano, en Chiusa, tomaba la carretera secundaria con destino al Passo de Gardena, atravesando lugares tán turísticos como Ortisei o Selva di Val Gardena, con las montañas al fondo formando un paisaje espectacular. El que se podía presenciar al llegar al Gardena me era familiar. La bajada hasta Corvara, con el cielo despejado, una delicia. Se respiraba ciclismo y, en esta ocasión, eran más los ciclistas que los motoristas en la carretera. Recogí el dorsal y la bolsa con algunos regalos y mucha propaganda en la oficina situada en San Leonardo-Pedraces y, sin perder tiempo en la zona de exposiciones, conduje hasta el hotel, en San Vigilio di Marebbe, a ni más ni menos que 25 kilómetros de La Villa, localidad de inicio de la Maratona. Y qué kilómetros más pestosos. El hotel no estaba nada ma y Carlo, el propietario, se portó de maravilla, se servían buenas cenas e incluso prepararon un desayuno muy madrugador el domingo de la prueba.

La mañana del sábado probé la rodilla en un suave paseo de dos horas hasta Corvara. Según me acercaba hasta esta localidad, era cada vez más palpable que nos encontrábamos en la víspera del día M. Volví al hotel con buenas sensaciones y pocas molestias. Una ojeada al parte meteorológico hacía presagiar una agradable jornada de ciclismo dominical. La tarde del sábado cundió para hacer compras, limpiar la bicicleta, que buena falta le hacía, y reconocer en coche los puertos de Furcia y Erbe.

La Maratona

Suena el despertador a las xuatro y media de la mañana. Calma chicha rota por ruidos en el pasillo mientras me visto y pongo en orden todo cuanto me he de llevar. La bici, brillante y engrasada, reposa en el maletero cuando accedo al salón, donde ya hay gente desayunando. A las cinco y cuarto, aún de noche, ya estoy en ruta hacia Corvara, formando parte de una caravana que asciende el valle. Aparco en Pedraces y pedaleo los cuatro kilómetros hasta La Villa. Las seis menos cuarto, tres cuartos de hora para el pistoletazo de salida, y ya no veo a los primeros de mi grupo de salida, que es el cuarto y último. Delante de mí, 8000 dorsales y, quizás, algunos menos ciclistas. Ateridos de fríos y con espasmos musculares, aún esperamos quince minutos después de la hora de salida de los primeros, hasta que llega nuestro turno de partir. Una salida que no puede llamarse lanzada. A trancas y barrancas, casi sin inmutarnos, realizamos la primera ascensión al Passo di Campolongo, avanzando puestos en la medida de lo posible, siempre que hay vía libre por la izquierda de la calzada. Desde la cima, bajada multitudinaria hasta Arabba y, una vez allí, congestión en el inicio del Passo Pordoi. El sol brilla alto y comienza a calentarnos ora la mejilla izquierda, ora la derecha, a medida que viramos en cada una de las 33 curvas de herradura de este mítico puerto. La carretera se va despejando en las últimas rampas del Pordoi. El Sella, que afrontamos tras un rápido descenso a la sombreada vertiente sureste del Pordoi, pone a cada uno en su sutio. Las posibilidades de remontar son cada vez mayores. Descenso del Sella, ascenso y descenso del Passo di Gardena, y primer paso por Corvara, donde los participantes que han elegido hacer el recorrido corto, de 55 kilómetros de longitud, finalizan su pequeña Maratona.

En el segundo ascenso al Campolongo, ya sin obstáculos, puedo subir a buen ritmo, marcando el 96º mejor tiempo general en dicha subida. Las piernas ya comenzaban a dar signos de fatiga. Me acoplé a un grupo con el que hice el largo descenso hasta Selva di Cadore, interrumpido por un par de repechos, el segundo de ellos, la subida a Colle Santa Lucia, algo más duro. El terrible Giau se acercaba. Subí el puerto a un ritmo constante desde las primeras rampas, tratando de no cebarme demasiado, aunque en el último kilómetro de los 10 de que consta este ascenso, comencé a sufrir calambres en los cuádriceps, algo bastante atípico en mí. Aún así, marqué uno de los doscientos mejores tiempos en esta subida. Quizás ya era tarde, pero me detuve en el puesto de avituallamiento de la cima por primera vez en el día.

Los ciclistas que, disgregados, llegábamos a la cima del Giau, iniciábamos en solitario el descenso hasta Pocol, donde comenzaba el passo di Falzarego, un puerto de 11 kilómetros al 7%, la última ascensión de la jornada, mi calvario personal. Con las piernas tocadas y una sensación de vacío tiré de lo poco que me quedaba para llegar hasta la cima del Falzarego, junto al desvío en el nos uníamos a los que habían optado por el recorrido intermedio, 108 kilómetros sin la ascensión al Giau, y hasta la más elevada cima del Valparola, un kilómetro después. A estas alturas no íbamos muy sobrados de fuerza, y se sucedían adelantamientos y retrocesos durante los últimos kilómetros de la subida. La coronación del heptacostés dió paso a un vertiginoso descenso hasta La Villa. Las ganas de cruzar la línea de meta eran patentes. En La Villa, giramos a la izquierda para tomar la carretera hacia Corvara. Ligero ascenso y viento en contra, los ingredientes necesarios para una ensalada de gambas maceradas al passo. En meta marco un tiempo de 5 horas y 54 minutos, acabando el 375º en la general, a sólo una hora y veinte minutos del vencedor.

Era hora de sacar a relucir los cupones que daban derecho a 1 plato de pasta Rana, 1 bebida, 1 salchicha o filete y 1 postre o plato de patatas fritas. En este aspecto, no se estiran mucho los organizadore de la prueba. Por fortuna, pude contactar con Michelle y Andy, dos de los compañeros de viaje al Tibet con quienes había quedado en encontrarme durante este fin de semana. De hecho, esta reunión del grupo de exiliados tibetanos era el motivo principal por el que estábamos aquí. Juntos pasamos una velada agradable.

La innecesaria hombrada del día después

Qué mejor forma de concluir un fin de semana de puertos míticos que con el asalto a uno de ellos, el Mortirolo. Con esa intención me desperté a las 4 y media de la mañana. Muchos eran los kilómetros que había que recorrer y poco el tiempo disponible. A las cinco, con las luces de cruce y el limpiaparabrisas retirando las gotas de lluvia de la luna del coche, abandonaba San Vigilio. Una hora después, cuando amanecía, ya había dejado atrás Bolzano y me dirigía hacia Merano, ciudad más allá de la cual se encuentran las fronteras con Austria y Suiza. Kilómetros antes de llegar al país neutral por antonomasia, un desvío a la izquierda lleva hasta la localidad de Stelvio y al impresionante passo dello Stelvio que se corona a más de 2700 metros de altitud, no sin antes haber superado la nada desdeñable cifra de 48 curvas de herradura. Un puerto digno de ser franqueado. El posterior descenso a Bormio también es digno de ver. Desde allí, la carretera a Sondrio atraviesa una buena cantidad de túneles hasta llegar a la localidad de Mazzo di Valtellina, a los piés del mítico passo di Foppa, más conocido como Mortirolo. La vertiente más dura del puerto es la que comienza en esta localidad, con sus 12 kilómetros y medio a algo más del 10% de media. Opto por hacer la subida en coche y descender hasta Monno, donde le dí un descanso al Fiat. Era el momento de sacar de paseo a la Wilier, que bien podría ser el último en su Italia natal. En poco más de una hora doy cuenta de la subida y bajada al Mortirolo pur su vertiente más suave. Aún con ganas de bici hago camino hasta Ponte di Legno, una tursística población donde comienzan las subidas al paso de Tonale y al más conocido passo Gavia, que me pareció el más duro de todos cuantos he subido en Italia, aunque quizás se debiese a que ya estaba totalmente exhausto. El caso es que, harto de pasar penurias y avanzar a paso de tortuga en las rampas del Gavia, que en ocasiones llegaban al 16%, me dí la vuelta a cuatro kilómetros de la cima. Remo contra el viento de vuelta a Monno. Lleno el estómado con unos bocadillos improvisados, empaqueto la bicicleta en la caja de cartón y conduzco hasta Bergamo, por Edolo. Menos de 100 kilómetros por carreteras de doble sentido con mucho tráfico pesado y pocas ocasiones para adelantar. En fin, lo justo para llegar con la hora justa al aeropuerto, aunque al final tocase esperar más de la cuenta por un retraso en el vuelo, que estuvo a punto de hacerme perder el último metro de la noche. Pero eso, como todo lo demás, son batallitas que no interesan a nadie.