14/06 - 27/06/2011 Italia y Eslovenia
14/06 Madrid - Sevilla (aeropuerto). 555 km.
15/06 Sevilla (aeropuerto) - Trento. 1.780 km. 220 km.
16/06 Trento - Stava. 106,15 km. • 7h42' • 13'8 km/h Mapa
 
Trento - Romagnano - Vigolo Vattaro - Levico Terme - Borgo Valsugana - Telve - Passo Manghen - Molina di Fiemme - Lago - Tesero - Stava.
17/06 Stava - Col di Rocca. 102,10 km. • 6h53' • 14'8 km/h Mapa
 
Stava - Passo di Lavazè - Ponte Nova - Nova Levante - Passo di Costalunga - Vigo di Fassa - Moena - Passo di San Pellegrino - Cencenighe - Caprile - Rocca Pietore - Col di Roca.
18/06 Col di Rocca - Corvara. 61,07 km. • 4h37' • 13'2 km/h Mapa
 
Col di Rocca - Passo di Fedaia - Canazei - Passo Pordoi - Arabba - Passo di Campolongo - Corvara.
19/06 Corvara - Cortina d'Ampezzo. 97,20 km. • 6h34' • 14'8 km/h Mapa
 
Corvara - Passo di Gardena - Passo di Sella - Passo Pordoi - Arabba - Brenta - Andraz - Rucavà - Colle Santa Lucia - Selva di Cadore - Passo di Giau - Pocol - Cortina d'Ampezzo.
20/06 Cortina d'Ampezzo - Tolmezzo. 121,20 km. • 7h01' • 17'2 km/h Mapa
 
Cortina d'Ampezzo - Passo Tre Croci - Auronzo di Cadore - Passo di Sant'Antonio - Danta di Cadore - Santo Stefano di Cadore - Campolongo - Forcella Lavardet - Pesariis - Prato Carnico - Luincis - Muina - Villa Santina - Tolmezzo.
21/06 Tolmezzo - Trenta /SI/. 97,16 km. • 6h03' • 16'0 km/h Mapa
 
Tolmezzo - Amaro - Chiusaforte - Passo di Sella Nevea - Passo di Predil - (frontera con Eslovenia) - Kal-Koritnica - Soča - Trenta.
22/06 Trenta - Bohinjska Bistrica. 89,23 km. • 5h49' • 15'3 km/h Mapa
 
Trenta - Vršič - Kranjska Gora - Mojstrana - Jesenice - Spodnje Gorje - Bled - Nomenj - Bohinjska Bistrica.
23/06 Bohinjska Bistrica - Ljubljana. 79,29 km. • 4h57' • 16'0 km/h Mapa
 
Bohinjska Bistrica - Nemški Rovt - - Rudno - Železniki - Škofja Loka - Medvode - Ljubljana.
24/06 Ljubljana.
25/06 Ljubljana - Mestre /I/. 141,18 km. • 7h00' • 20'1 km/h Mapa 160 km. Trieste a Venecia
 
Ljubljana - Vrhnika - Logatec - Podkraj - Col - Ajdovščina - Planina - Gaberje - Dolanci - Kobdilj - Kopriva - Dutovlje - Kreplje - (frontera con Italia) - Opicina - Trieste.
26/06 Mestre / Venecia.
27/06 Mestre - Madrid. 8,2 km. • 25' • 19,6 km/h 1.780 km. 471 km.

Dolomitas italianos y Alpes Julianos eslovenos

Martes, 14 de junio. Aeropuerto de Sevilla • Todo viaje tiene un comienzo, que por norma general se me suele hacer muy pesado. El verano irrumpe con fuerza y temperaturas en la treintena, despejando así las dudas y las nubes de las cimas dolomíticas. Atrás queda una primavera de lluvias y competiciones. Dejo la casa y la recién estrenada Nespresso a buen recaudo. El ejército de cucarachas que han tomado mi piso en fechas recientes mostró sus intenciones de ocupación la víspera del viaje, obligándome a acudir a los matarifes del mundo de los invertebrados, presumiéndose un viernes sangriento. Apuré mis últimas horas en el trabajo con una sonrisa de satisfacción. Con las bicicletas en cajas de cartón y las cajas en el compartimento de carga de una Citroen Berlingo, el cuentakilómetros empezó a girar hasta detenerse frente a la puerta de la casa de mis padres en Mérida. Tras la pausa obligada tomamos rumbo hasta la estación de tren de Santa Justa en Sevilla; dos horas de vides, montes bajos sembrados de bosques y, llegando a la ciudad andaluza, campos de girasoles. Con el gaditano que recogimos en la estación, el trío ya estaba completo. Dilatamos la ingesta de la hamburguesa y la cerveza hasta la una de la mañana, aparcamos la furgoneta en el aeropuerto y nos esparcimos sobre el suelo y los bancos a la espera de facturar el equipaje con destino a la ciudad que se hunde sin remisión en el Adriático.

Miércoles, 15 de junio. Trento • Despertamos cuando ya ha comenzado la facturación de nuestro vuelo. Nuestras bicis embarcan antes que nosotros y nos están esperando cuando, poco más de dos horas después, pisamos la bota transalpina. Metemos cajas y bultos en las tripas del autobús 15, que nos vomita junto a la estación de ferrocarril de Mestre. Allí nos subimos a un tren regional con destino a Milan y escala en Verona, ciudad que otrora fuera testigo de la innegable clase de Oscar Freire. Nos apeamos en Verona con las bicicletas ya montadas y un queso y un pedazo de chorizo menos en el equipaje, bajo la atenta mirada de unos perros, cuyos dueños son invitados a abandonar el tren por llevar billete de polizón. Tras sólo un carto de hora, nos subimos a otro tren regional, únicos donde se permite el transporte de bicicleta, con destino a Bolzano, dejándonos en trento después de las dos y media de la tarde. Siesta, paseo en bici por el bello casco histórico de esta ciudad en fiestas y copiosa cena en uno de tantos restaurantes italianos, cómo no, que abundan en la urbe. En Trento nos sorprende la gran cantidad de ciclistas en las calles y la abundancia de cafeterías, birrerías y restaurantes de todo tipo. Carácter latino.

Jueves, 16 de junio. Stava • Tras una noche intranquila de sueño frecuentemente interrumpido, con el incómodo ruido de los vehículos transitando en una autovía cercana y los pájaros piando a horas intempestivas, llegó la mañana a un valle del Adige cubierto por la bruma. A los pocos minutos, desayuno y carretera, buscando Levico Terme. Dimos un generoso rodeo por Mattarello, con visita incluída a la oficina postal, y Vigolo Vattaro, ascendiendo un puerto de siete kilómetros que no entraba en nuestros planes. Desde Vigolo hasta Levico y su lago, bajada fácil, y después, un entramado de vías ciclistas que se extendía hasta Borgo Valsugana y más allá. En esta villa, donde comienza la ascensión al passo di Manghen, degustamos un café excelente y compramos algo de comida para una previsible frugal cena en el camino. El puerto se presumía largo y así fue. Su ascensión nos llevó alrededor de tres horas. Se sucedín rampas empinadas, tornantes (nuestras curvas de herradura), secciones a través de bosques y junto al cauce de un río. El calor reinante en las primeras rampas dio paso al frío y la fina lluvia de los últimos. Poco antes de coronar nos sorprendió una tormenta de la que nos cobijamos bajo un arbol, bajo el que dimos cuenta del almuerzo. Aún quedaba dureza en las rampas por superar. La bajada, cómoda salvo por la esporádica aparición de la lluvia, que traía consigo el frío. En Molina di Fiemme acababa el descenso y tomábamos una vía ciclista hacia el este. Buscábamos alojamiento en alguna de las localidades de camino al passo di Lavazè. En Tesero nos encontramos con todos los establecimientos cerrados. Tuvimos que ascender los primeros kilómetros de la subida hasta encontrar un alojamiento económico, que ofreciese servicio de restaurante, en Stava. El plato de pasta (pennette con pomodoro) y buen vino local dio paso a un reparador sueño poco antes de medianoche.

Viernes, 17 de junio. Col di Rocca • Segunda jornada en las Dolomitas. El rutinario inicio de cada día, empaquetado de equipaje, desayuno y puesta a punto, antes de iniciar el ascenso al passo di Lavazè, o lo que nos queda de él. Siete kilómetros con duras rampas, algunas al 18% de pendiente. Una hora después de comenzar, ya en la cima, nos sorpende una caravana de motocicletas, encabezada por un carabinieri. Si bien son pocos los ciclistas que hemos visto hasta el momento, el número de motoristas, en su mayoría alemanes, es elevado. Descenso del passo rápido y sobre buen asfalto, hasta Ponte Nova, donde comienza el suave ascenso al passo di Costalunga, el más adsequible de la jornada. La mañana es agradable y el sol brilla cuando llegamos a la cima, tras haber dejado atrás el lago de Carezza, de aguas increíblemente cristalinas. Desde la cima, un impresionante descenso hasta el valle del Fassa, que concluye en la localidad de Moena, donde, con algo de suerte, encontramos una pizzería abierta. Muchos de los negocios de la región permanecen cerrados entre los días 15 y 17 de junio. Afrontamos las primeras rampas del passo di San Pellegrino con el estómago lleno. Los dos primeros kilómetros del camino abierto al tráfico de bicicletas, de los doce de ascensión, discurren por una pista de tierra y cemento, y nos resultaron los más exigentes. Con el cansancio acumulado, realizamos diversas paradas para tomar aliento, como junto a un conjunto de trincheras preservadas desde la Primera Guerra Mundial. Alcanzamos la cima en el momento en que los propietarios de unos vehículos de lujo de los años 60 brindan con una buena dosis de champán y esnobismo el haber traído sus reliquias hasta la cima de una pieza. El cielo amenaza lluvia cuando comenzamos a descender hasta Falcade. Las rampas en los primeros seis kilómetros de descenso eran espeluznantes. Se sucedían curvas de herradura y tramos entre el 15% y el 18% de pendiente. Encontramos asfalto mojado entre Falcade y Cencenighe. Allí tomamos un café justo donde el 23 de mayo pasado, durante el Giro de Italiam había hecho lo propio Alberto Contador con algunos compañeros y personal del Saxo Bank, Riis entre ellos. Chispeaba cuando iniciamos el ascenso final hacia Caprile, a los pies del temible passo di Fedaia. En esta localidad nos topamos con un rally de coches de los años 50 al 70, dignos de la mismísima Penélope Glamour. Buscamos alojamiento, en Rocca Pietore primero, y algo más arriba después, en Col di Rocca, en el agradable hotel Villa Eden, donde años atrás se concentró el Illes Balears. Buena habitación y mejor cena para reponernos de la paliza del día y preparar la del siguiente.

Sábado, 18 de junio. Corvara • Aparentemente el tiempo mejoraba y el sol asomaba por entre la niebla y las ligeras nubes clavadas a la montaña. Aún con frío iniciamos el ascenso al temido Passo di Fedaia, más conocido como la Marmolada. Atravesamos un par de localidades, en una de las cuales había extrañas esculturas metálicas de animales, antes de llegar a Malga Ciapela. Allí, mientras los automóviles antiguos que habíamos visto en Caprile atravesaban el puelo, nosotros avanzábamos poe la vía de circunvalación. Desde un puente más adelante divisamos un estrecho desfiladero abajo en el pueblo, por el que pasaban los coches. Restorcedimos hasta la entrada del desfiladero y nos adentramos en él, incorporándonos pocos kilómetros después a la vía principal, volviendo a la cruda realidad de las durísimas rampas de este mítico puerto. Desde la cima se ven, o se intuyen tras las nubes, las colosales moles de roca que dan nombre a la subida y que, con cielo despejado, deben verse reflejadas en la cristalina superficie del lago. Descenso rápido hasta Canazei. Nos cruzamos con un numeroso grupo de ciclistas y más que vimos en el cruce donde comienza la ascensión a la segunda dificultad del día, el Passo Pordoi. Despojados de las ropas de abrigo afrontamos las 27 tornantes del Pordoi, si bien la pendiente media es ostensiblemente menor que en el Passo di Fedaia. En la hora y media que nos suposo ascender hasta la cima, 2239 metros sobre el nivel del mar, compartimos asfalto con caravanas de motocicletas, Ferraris, BMW Z3 y Mazdas descapotables. Toda una exhibición de economías saneadas. En la cima, mientras adoptábamos la fisionomía de una cebolla, coronaba a buen paso un corredor con la equipación del Liquigas italiano, que resultó ser Iban Basso, seguido por un coche del equipo. En la bajada nos cruzamos con otros dos ciclistas más del equipo italiano. El capucchino y la ración de tarta de manzana que degustamos en Arabba nos quitó el hambre, pero no el frío, como sí hizo la inminente subida al Passo di Campolongo, en cuya cima nos soprendió la lluvia, que no cesó ya en toda la tarde y que nos hizo parar en Corvara, a los pies del Passo di Gardena. Por la tarde, una hora de spa, visita a las pocas tiendas abiertas, café y cena reconstituyente y apagado de luces antes de las diez y media.

Domingo, 19 de junio. Cortina d'Ampezzo • El pronóstico del tiempo de la región de Corvara daba sol y nubes. La meteorología se convierte en una obsesión, a pesar de su impredecibilidad. Esta vez, las previsiones se cumplieron. Camino del passo di Gardena, el sol brillaba a través de los débiles bancos de niebla prendidos a la montaña, por otra parte cubierta de frondosos pinares y verdes campos, donde pastan las vacas dolomíticas. Poco después de las nueve y media de la mañana llegábamos a la cima. Con el cielo despejado y las impresionantes vistas de riscos rocosos, laderas boscosas y profundos valles con sus poblaciones, encadenamos el descenso del Gardena, el ascenso de los últimos seis kilómetros del passo di Sella, el rápido descenso de éste hasta el desvío hacia el Passo Pordoi, del que ascendimos los siete últimos kilómetros. En la bajada del Sella nos volvimos a cruzar con los tres corredores del Liquigas, concentrados en esta zona en su preparación del Tour. Con un cielo muy diferente al de la víspera, descendimos todo el valle hasta la localidad de Brenta. Cuando afrontábamos las primeras rampas del passo di Falzarego, nos desviamos al sur, hacia Colle Santa Lucia, siendo adelantados nuevamente por un Ivan Basso que, a rueda de una motocicleta, bajaba a tumba abierta y tuvo que frenar al vernos en mitad del carril derecho. A escasos kilómetros nos esperaba el passo di Giau, un duro puerto con cima a más de dos mil metros, con una pendiente media superior al 9% en sus últimos 10 kilómetros y rampas al 14%, siendo una de las subidas más exigentes de los Dolomitas. Mediada la subida nos detuvimos a dar buena cuenta del queso, lomo, chorizo y los colines, antes de proseguir hasta el restaurante, repleto de moteros, en la cima. Fuerte viento en la cima, que nos animó a iniciar la bajada hasta Cortina d'Ampezzo, una importante y turística ciudad, con un casco histórico no muy espetacular y una calle peatonal repleta de tiendas pijas y vacía de peatones a partir de las nueve de la noche.

Lunes, 20 de junio. Tolmezzo • El mercurio del termómetro alcanzaba un nivel inferior al de días precedentes, cuando reanudamos la marcha tras atiborrarnos en el buffet del desayuno del Hotel Montana. La primera dificultad del día, el Passo Tre Croci, no tenía rampas exigentes, pero su decena de kilómetros requirieron una hora y cuarto de ascensión. Hubo intentos de fuga y esprint por los puntos de la montañna, a pesar de que la rodilla de Edu ya había comenzado a dolerle. Un larguísimo descenso nos condujo hasta Auronzo di Cadore, donde compramos ibuprofeno para combatir las molestias en la rodilla del alcalaíno y algo de comida para el almuerzo. Desde Auronzo hasta Santo Stefano di Cadore fuimos por la carretera secundaria donde se encuentra Danta di Cadore, ascendiendo los cinco primeros kilómetros del inesperado y durísimo Passo di Sant'Antonio, con una pendiente media del 10%. Siguiendo el curso del Fiume Piave hacia el este, alcanzamos la localidad de Campolongo, desde donde una carretera asfaltada irregularmente los primeros cinco kilómetros, a partir los cuales el asfalto es reemplazado por el sterrato, lleva hasta el alto de Forcella Lavardet, donde se retoma el asfalto nuevamente, justo antes de alcanzar la intersección con la ruta 465. Esta subida, que transcurre casi siempre junto al cauce de un río, nos ocupó un par de horas, durante las cuales almorzamos buena parte de nuestra comida. Al llegar a la carretera principal, un largo descenso hacia el este, por una estrecha carretera serpenteando entre pinares hasta que el valle fue ensanchándose, para poco después atravesar los pintorescos pueblos de Pesariis, Osais, Pieria y Prato Carnico, donde degustamos un miacchiato, hasta llegar a las inmediaciones del río Degano, que nos separaba de la localidad de Ovaro, donde comienza el ascenso al temido Zoncolan, al que dimos la espalda para dirigirnos hacia el sur, por una carretera poco transitada que llevaba hasta Villa Santina, vía Muina. Era media tarde y el calor había hecho acto de presencia cuando nos acercábamos a la barrera de los cien kilómetros en el día. Así llegábamos a Tolmezzo, un enclave a poca distancia de Austria al norte y Eslovenia al este, donde decidimos hacer escala. En el hotel, aparte de recibir una buena remesa de folletos publicitarios y mapas, hicimos buen acopio de calorías, que completamos con un helado en una gelatteria, el primero desde que estábamos en Italia.

Martes, 21 de junio. Trenta • Toque de diana a las siete, tras una noche de sueño discontinuo, y desayuno media hora después en un hotel a las afueras de Tolmezzo, como de costumbre, con la salvedad de un cielo azul complétamente despejado. Partimos al este, hacia Amaro, por una carretera cortada en la que un operario trabajaba en la fijación de mallas de protección contra desprendimientos. Nos vio pasar, impotente, y al poco nos gritó a pleno pulmón un "e chiusa la strada" que nos heló la sangre. Encadenamos las carreteras SS52 y SS13 hasta que llegamos a Chiusaforte, remontando el amplio y tendido valle del río Fella. En Chiusaforte comenzaba la ascensión a Sella Nevea, una estación invernal a 1200 metros de altitud. Una ascensión cómoda, con numerosas zonas de sombra, algunas rampas al 12% y un final exigente. No nos detuvimos en esta localidad, sino a las orillas del Predil, un lago de aguas turquesas que cuenta con un buen número de pequeñas playas donde poder recuperar el aliento y tomar un refresco. En un extremo del lago comienza la última subida en territorio italiano, que coronamos justo en la frontera con Eslovenia, donde nos hacemos las fotos de rigor antes de iniciar el descenso hacia Bovec, con los Alpes julianos en el horizonte. En plena bajada nos cruzamos con Jan Brajkovic, el esloveno del RadioShack, preparándose para el Tour en la zona más montañosa de su país. Al llegar al río Koritnica, en lugar de ir a Bovec, donde pensábamos pernoctar, nos dirigimos a las estribaciones del paso Vršič, remontando el angosto valle por el que fluye el río Soča, en el Parque Natural del Triglav, la montaña más alta de Eslovenia, con sus casi 2900 metros de altitud. La temperatura rondaba los 34 grados cuando atravesábamos la localidad que toma el nombre del río, el frío de cuyas aguas tuvimos la ocasión de probar durante nuestra parada para almorzar. Tras Soča, una sucesión de granjas, alojamientos rurales y localidades que se extiende a lo largo de varios kilómetros, llegamos al centro de información del Parque Natural, donde contratamos una noche en uno de los apartamentos disponibles, situados en la base del Vršič, en un recodo del valle desde el que se pueden ver algunos de los picos más elevados de los Alpes julianos, entre los que destaca el Triglav. Vimos caer el sol sobre las montañas en el oeste, que habíamos dejado atrás esa misma mañana, con la brisa refrescándonos las piernas y una cerveza fresca la garganta.

Miércoles, 22 de junio. Bohinjska Bistrica • Desayunamos pizza recalentada, fruta y unos Kit Kat en torno a la mesa del apartamento antes de de iniciar la marcha. Con sus cincuenta curvas de herradura, la mitad en cada vertiente, y sus ocho últimos kilómetros en la vertiente de Trenta con un desnivel superior al 9% y rampas al 14%, el paso de Vršič se ha convertido en un clásico dentro del recorrido de la Vuelta a Eslovenia, y en un atractivo turístico para ciclistas y moteros. Dos horas de ascenso para alcanzar la cima, con el Triglav y otros picos como testigo, y tan sólo veinte minutos para descender hasta Kranjska Gora, situada al norte del paso. Virado descenso el de esta vertiente del Vršič, con todas sus curvas de herradura adoquinadas. La pequeña y tranquila localidad de Kranjska Gora es una de las últimas ciudades en el noroeste del paíis, a escasa distancia de Austria e Italia. En su bien cuidado centro tomamos un bien merecido café y compramos alimentos y algo de medicamentos antes de proseguir nuestra marcha hacia la industrial ciudad de Jesenice, al este. Tomamos la pista ciclable D-2, paralela a la carretera principal, a través de Mojstrana, hasta Jesenice, donde atajamos hacia Bled vía Spodnje Gore, por carreteras secundarias que atraviesan bosques, campos de labranza y pequeñas zonas residenciales. En Bled, junto al lago y a la puerta del camping local, nos detuvimos para almorzar y disfrutar de una cerveza y de las vistas al lago y sus alrededores en un más que benigno día. El calor apretaba y el mercurio superaba el nivel de los 30 grados cuando emprendimos el viaje hacia el sur, por entre los montes bajos en las estribaciones de los Alpes julianos. Carretera ancha casi sin arcén, compartida con un importante tráfico y algún que otro ciclista profesional del Lampre italiano (podría tratarse de Grega Bole) haciendo series tras coche. Una veintena de kilómetros al sur de Bled llegábamos a la localidad de Bohinjska Bistrica, un enclave turístico nacional, cercano a un gran lago y a varias estaciones de esquí, donde decidimos pernoctar antes de nuestro asalto a la capital eslovena.

Jueves, 23 de junio. Ljubljana • En la pensión de Bohinjska Bistrica no aceptaban tarjetas, así que, mientras Nkono y yo buscábamos un cajero, Edu, que no se había percatado de la jugada, pensó que aquello era una broma de las nuestras y emprendióo viaje en solitario hacia Ljubljana por una ruta no prevista. La cosa no fue a mayores, pues volvió sobre sus pasos y nos encontró en el centro de la ciudad, donde llevábamos esperando un cuarto de hora. Nuestra idea original consistía en ascender a la estación de Soriška planina y girar al este en busca de Ljubljana, pero nos desviamos hacia Škofja Loka antes de llegar a la estación y, como consecuencia, pedaleamos durante treinta kilómetros por pistas inmersas en plena naturaleza, rodeados de inacabables pinares. Retornamos al asfalto en la pintoresca aldea de Rudno y descendemos por un encantador valle hasta Železniki y, más adelante, ya por una carretera nacional, hacia Škofja Loka, lugar elegido para el habitual café de media mañana. Ljubljana estaba cerca. En primer lugar, tras unos minutos de llano, llegamos a Medvode, punto desde donde se restringe la circulación de bicicletas hasta la capital a algunos carriles-bici específicos, que sólo encontramos con la ayuda de una ciclista local. Por fin, en la capital, un picnic en un parque público donde dimos buena cuenta de todas nuestras viandas, y la búsqueda de un hotel céntrico. En este sentido, el personal de la Oficina de Información Turística se portó, enviándonos al Hotel Park, un enorme edificio de doce plantas, cercano al centro, relatívamente pequeño de Ljubljana. Por la tarde, nos sumergimos en las agradables y bullicionas calles de Ljubljana. El tiempo acompañaba y las terrazas estaban repletas. Cerveza, kebabs (venir hasta Eslovenia para esto) y, de postre, una fuerte tormenta de verano que nos despertó a media noche.

Viernes, 24 de junio. Ljubljana • Ljubljana, la capital de la República de Eslovenia, bañada por el río Ljubljanica, es una ciudad animada y abierta a los visitantes, con una atractiva oferta de ocio y gastronómica. Su pequeño casco antiguo y sus calles peatonales, aptas para el tránsito de ciclistas, hacen de la visita a la ciudad una agradable experiencia. Separadas por tan sólo unos metros, se encuentran las bohemias calles de Trubarjeva cesta y Starl trg de las monumentales Mestni trg, Ciril-Metodov trg o Petkovškovo nabrežje. En la orilla sur del río es posible comprar fruta y verdura fresca en el mercado al aire libre de Vodnikov trg, o adquirir algun souvenir o baratija en el más modesto mercado de Pegačarjev; o degustar una cerveza Union, Laško o negra Human Fish en alguna de las terrazas junto al río de Breg o Hribarjevo, presenciando actuaciones de algún artista callejero. Pasear por las calles Copova, Nazorjeva y Wolfova, que desembocan en el punto neurálgico de la ciudad, la plaza de Presernov. No obstante, merece la pena alejarse un poco del centro para descubrir lugares y negocios singulares. Incluso si el tiempo acompaña y llueve desde el alba hasta el anochecer, como fue el caso. Visitas obligadas las del puente Zmajski most, o puente de los dragones, cuyos alados inquilinos constituyen el emblema de la ciudad, y el castillo, reconvertido en restaurante y centro de exposiciones de arte. En la enorme plaza del Congreso (Kongresni trg) tienen cabida actos oficiales como el que nos encontramos esta noche de viernes, que resultó ser la víspera del aniversario de la declaración de independencia de Eslovenia, y en la que participaba el presidente Danilo Türk.

Sábado, 25 de junio. Mestre • Día de fiesta en la capital y poco tráfico de salida hacia Trieste. Con viento favorable por un terreno llano vamos devorando los kilómetros a buen ritmo hacia Logatec. Allí nos desviamos de la ruta principal y comenzamos a ascender un puerto de ocho kilómetros, que compartimos con un equipo de esquí alpino, entrenando con los sticks y patines de ruedas en línea. La subida, muy arbolada, finalizaba en la localidad de Podkraj, donde se presentó ante nosotros un largo descenso hasta las llanuras inferiores que, pintadas de verde oliva, nos esperaban una veintena de kilómetros hacia el oeste. Recorrimos esta distancia en poco más de veinte minutos y llegamos hasta Ajdovščina y nuestro café matinal. Desde esta localidad, parte hacia el sur la tranquila Ruta del Vino, que discurre por bellos parajes encerrados entre montes bajos, cubiertos de árboles frutales y cultivos, principalmente viñedos, y tachonados de diminutos y pintorescos pueblos como Planina, Gabelje o Dolonci. Esta es una de las regiones vitivinícolas más importantes del país y son muchas las bodegas a visitar y donde catar buen vino. La ruta era sinuosa y no exenta de rampas de pendiente pronunciada. Aún con viento favorable, alcanzamos un altiplano a 400 metros de altitud y atravesamos las poblaciones más meridionales de Eslovenia, antes de cruzar la frontera con Italia. En una de estas ciudades nos tomamos nuestra última cerveza Union, antes de afrontar el largo descenso hasta Trieste y su estación de ferrocarril. A pesar de que habíamos pensado alojarnos en esta ciudad costera, nos subimos en el primer tren hacia Mestre, a las 15:44, adonde llegamos dos horas después. Por la tarde, completamos el kilometraje diario con una ración extra. Nos dirigimos al aeropuerto de Marco Polo para informarnos acerca del vuelo y del transporte de las bicicletas. Allí nos informaron de que 1) no era posible embalar las bicicletas en el aeropuerto, 2) RyanAir no tenía inconveniente en que las bicicletas viajasen sin embalar si la seguridad del aeropuerto lo permitía y 3) la seguridad del aeropuerto no tenía problemas al respecto. De todos modos, de camino nuevamente a Mestre, en busca del hotel, compramos cinta adhesiva y bolsas de plástico para embalar las bicicletas de forma chapucera. Tras un intento fallido, encontramos habitaciones disponibles en el Hotel Kappa, en uno de los barrios a las afueras de Mestre. Casi sin descansar nos bajamos a la plaza frente al hotel para tomarnos una cerveza fresca y recibimos la primera estocada veneciana. Afortunadamente, no muy lejos encontramos un restaurante con precios adsequibles y buena cocina, donde pude probar por fin, el auténtico risotto italiano.

Lunes, 27 de junio. De camino a Madrid • De vuelta a España, al calor de Sevilla y a la impuntualidad de sus servicios de transporte, a la rutina del trabajo y a los placeres de la vida día a dí. Los ocho kilómetros entre Mestre y el aeropuerto de Marco Polo supusieron las últimas pedaladas de este viaje. Nos despedíamos desde el aire de una Venecia ya azotada por el sol, ciudad que habíamos visitado el día anterior, bajo un sol de justicia, junto a una marea de turistas de la más diversa condición, entre los cuales se contaban por decenas los típicos italianos de pelo engominado, gafas anchas de famosos y caros diseñadores, pantalones vaqueros ajustados y polo con cuello alzado, clones los unos de los otros. Ellas se alzaban tiesas sobre sus tacones de aguja, ocultas tras las mismas enormes gafas. En Venecia, ciudad emblemática y ciertamente pintoresca, nos dedicamos a deambular de un lado para otro, a toparnos con calles sin salida, o más bien, con salida al agua, a subir y bajar escaleras, sortear puentes, turistas y puestos en este gran bazar lleno de piratas. Sin embargo, la crisis se nota incluso a este lado del istmo y ya es posible comer de supermercado o, si se tiene pereza hasta para hacer la compra, de McDonalds. Las trattorías y restaurantes exhiben precios acordes a los tiempos que corren, o al menos las que no están en la plaza de San Marco, a la que llegamos para encontrarnos con una marea humana. Hermosa la plaza y el paseo junto al mar, con la interminable hilera de hoteles de lujo y restaurantes a un lado. Mediado el almuerzo, volvimos al hotel, por cortesía de la compañía de transportes de Venecia y su línea 2, que nos apeó justo frente al hotel. Tarde de siesta la del domingo y noche de risotto, macchiato y helado, el último antes de iniciar el rocambolesco regreso a Madrid.