27/11 - 14/12/2010 Jordania
27/11 Madrid - Amman.
28/11 Amman.
29/11 Amman - Karak. 160 km.
 
Amman - Madaba - Nitil - Umm ar-Rasas - Dhiban - Wadi Mujib - ar-Rabba - Karak.
30/11 Karak - Madaba. 400 km.
 
Karak - Mu'ta - Wadi al-Hasa - Tafila - al-Qadisiyya - ash-Shawbak - Wadi Musa - Udhruh - ash-Shawbak - al-Sal'a - Tafila - Snafha - Potash City - Amman Beach - al-Shiyah - Madaba.
01/12 Madaba.
02/12 Madaba - Jerash. 310 km.
 
Madaba - Mt. Nebo - al-Kafryn - ash-Shunah-al-Janubiyya - Muthallat al-Masri - Dayr'Allah - Kufranja - Aljun - Ishtafena - Ba'un - Kufr Rakib - Pella - ash-Shunan-ash-Shamaliyya - Irbid - Umm Qais - Irbid - Jerash.
03/12 Jerash - Azraq. 190 km.
 
Jerash - Mafraq - Umm al-Jimal - as-Salihiyya - as-Safawi - al-Azraq ash-Shimali - al-Azraq al-Janubi.
04/12 Azraq - Amman. 185 km.
 
al-Azraq-al-Janubi - Qasr Amra - Qasr al-Harrana - al-Azraq al-Janubi - al-Halabat - ad-Dulayl - Amman.
05/12 Amman - Wadi Musa. 215 km.
06/12 Wadi Musa.
07/12 Wadi Musa.
08/12 Wadi Musa.
09/12 Wadi Musa - Wadi Rum. 105 km. 55 km.
10/12 Wadi Rum - Aqaba. 27 km. 42 km.
11/12 Aqaba - Amman. 320 km.
12/12 Amman.
13/12 Amman.
14/12 Amman - Madrid.

Jordania

Lunes, 29 de noviembre. Karak • Faltan apenas veinte minutos para que la gorda y redondeada cara del Sol se oculte tras las montañas al este de Karak. Lo podré comprobar en vivo y en directo desde la ventana de mi habitación. Hotel decrépito y semivacío, habitación muy poco lustrosa, carcomida por la humedad y el paso de los años, unas vistas impresionantes. Suficiente con eso.El castillo que hace que merezca la pena desplazarse hasta aquí se encuentra a cien metros, sobre un promontorio desde el que se divisa todo el territorio circundante.

En absoluto imaginaba yo que iba a pasar la noche en esta ciudad. Mi recorrido estimado me llevaba desde Amman hasta Madaba, Dana, Petra, Wadi Rum, Aqaba y el norte del país. Pensaba detenerme en Karak, tal vez, camino de Petra. Pero he tenido que elegir una ruta alternativa por mala pata. O más bien mal pie. Una tendinitis en el tobillo izquierdo, que arrastro desde hace diez días y que, me temo, va a agriarme el viaje. De entrada, cancelo la visita a Dana. Una caminata de 14 kilómetros por un valle en continuo descenso no es el mejor modo de curar una tendinitis. También dejo las visitas a Petra y Wadi Rum para el final del viaje, confiando en que para entonces el tobillo se recupere. Lo peor de todo es que tengo los ánimos tan tocados como los tendones. La inspiración fotográfica brilla por su ausencia. Paciencia.

El sábado llegué a Amman con una hora de retraso. Me agregué a una pareja de españoles, Serafín e Ismail, que habían contratado un taxi para ir al centro. Nuestros hoteles estaban cerca el uno del otro, pero ese cerca se me hizo eterno. En el hotel aún había gente despierta, a pesar de que era casi la una de la madrugada.

A la mañana siguiente visité el Teatro Romano y su museo con trajes típicos regionales, y desde allí me desplacé hasta Jebel al-Qala'a, la Ciudadela, un recinto con un compendio de ruinas de diversas épocas, como el periodo de Bronce, Roma, Bizancio y Umayyan. De vuelta a la ciudad, la comparo mentalmente con otras ciudades. En mi escala de Caos, Amman no está entre las primeras ciudades. Dos millones de habitantes, la mayoría con coche, que no dan lugar a un tráfico masificado. Calles relativamente limpias. Comercios ordenados, bien expuestos. Aceras desocupadas, por las que es posible caminar. Definitivamente este un Asia muy distinto. Comiendo algo en un coffee shop cercano al hotel, me invitaron a su mesa dos jóvenes estudiantes de la Universidad de Amman, Mohammed, jordano de origen sirio, y Bassel, de Palestina, ambos ingenieros en Electrónica. Paso con ellos toda la tarde, charlando de todo un poco, conociendo algo de sus costumbres, sus horarios, sus expectativas en la vida, sus relaciones (concertadas por sus padres) con el sexo opuesto y su increíblemente desmedida afición por el fútbol español. Mohammed dispone de su propio coche. Con el fuimos hasta el valle del río y hasta el Mar Muerto. Por dos veces se detuvieron en plena marcha para rezar. Una primera vez junto a una mezquita a pie de carretera, las hay por todas partes, y una segunda vez al lado de la carretera, junto a la playa. Era casi medianoche cuando me llevaron hasta el hotel. Para entonces, yo apenas podía caminar, y no precisamente por estar bajo los efectos de la pipa de agua que habíamos compartido durante la cena, en uno de los muchos coffee shops frecuentado por los jóvenes jordanos, que van allí a charlar, fumar, jugar a la consola, al ajedréz o a ver deporte en la televisión.

Esa misma tarde había alquilado el coche a través del hotel, con la empresa Dolphin. Dos de los encargados se presentaron en el hotel a la mañana siguiente. Me entregaron las llaves de un Nissan Sunny con cambio automático. Era la primera vez que conducía uno. En Madaba, adonde llegaba una hora después de dejar Amman, cometía el clásico error cuando se pasa de cambio manual a automático; pisé con todas mis fuerzas el freno a la entrada de una rotonda, pensando que era el embrague. Afortunadamente el taxista que me seguía tuvo reflejos. En Madaba, ración doble de mosaicos, en el Museo Arqueológico y en la Iglesia de San Jorge, donde está el famoso mosaico con uno de los primeros mapas de Palestina. El centro del pueblo es agradable, pero pequeño. Pasé más tiempo en la cola del banco, esperando mi turno para cambiar dinero, que recorriendo las calles del centro.

Desde Madaba fui hasta Umm ar-Rassas, un pueblo que destaca por un importante conjunto de ruinas y mosaicos, declarados Patrimonio por la Unesco. No había más visitantes que yo y aparentemente no esperaban un visitante solitario. No obstante, me dejaron entrar. Incluso me escoltó un joven Policía Turístico. Si bien el paisaje de los alrededores de Madaba contenía pinceladas de vegetación, principalmente del color del olivo, que me recordaban la Extremadura central de los meses de verano, salvo por los turbantes sobre las cabezas de sus correspondientes jordanos a pie de carretera o dentro de sus rancheras, a medida que me acercaba a Umm ar-Rassas, el aspecto árido y desértico de la zona se acrecentaba. Desaparecen los olivos, el viento sopla fuerte y arrastra grandes bolsas de arena, y se divisan los primeros campamentos con tiendas de lona verde y los camellos amarrados frente a la entrada. De camino a Karak atravesé Wadi Mujib, un impresionante cañón horadado durante eones por el agua. Atravieso varias aldeas, en el momento en el que los colegios vomitan centenares de niños o niñas (disyunción puesta a propósito). En alguna de ellas el viento ha convertido algunos eriales en plantaciones de plástico, cientos de troncos y ramas desnudas donde prenden bolsas de plástico de múltiples colores. Sucesión de toboganes, subo, bajo, vuelvo a subir y, en una de las cimas, aparece ante mí una nueva bajada y otra colina, esta vez densamente cubierta de edificios que se extienden varios kilómetros en ambas direcciones. Hacia el oeste, a la derecha según el sentido de mi marcha, se encuentran Karak y su castillo. Dos horas aún de luz de sol, suficientes para visitar el castillo. A las cinco ya es de noche. Noche de derby, incluso en Karak.

Martes, 30 de noviembre. Madaba • Road movie en Jordania. Cuatrocientos kilómetros de carretera en un país que tiene 350 kilómetros de Norte a Sur. La distancia de este a oeste es incluso menor. De sol a sol. Partí de Karak, dejando el castillo a mis espaldas. Hacia el sur. Atravieso varias poblaciones hasta iniciar el descenso hacia la presa en el fondo del cañon del Wadi al-Hasa. Impresionante. Tafila no está lejos de allí. Mientras llego y no llego, o bien subo o bajo. No hay terreno neutral. Esta importante localidad, así como otras de menor entidad que forman con ella un cordón habitado, se esparce por la cresta de una meseta a 1.100 metros de altitud. Hacia la derecha, descenso en picado hacia el Mar Muerto. Hablaré de ello después. Al sur de Tafila se encuentra al-Qadisiyya, la puerta de acceso al Parque Natural de Dana. Me conformo con contemplar la belleza del valle del Wadi Feinan, por el que mis tendones debían haberme permitido caminar algún día de estos. Borrón y cuenta nueva. Siguiente parada, ash-Shawbak, con su solitario castillo, tan poco integrado con la ciudad. A la salida, mi primera parada en un control policial. Mi brújula me sigue orientando hacia el sur. Gira 180° justo a las puertas de Petra, apuntando de nuevo hacia el norte. Mi idea de cruzar hasta el Mar Muerto desde aquí es inviable. No vuelvo sobre mis pasos, sino que construyo una L en el desierto entre Wadi Musa, Udhruh y ash-Shawbak. Desde allí recojo las migas de pan que había comenzado a soltar en Tafila. Cuando no veo más migas en la carretera, inicio el descenso hacia el Mar Muerto, atravesando llamativos paisajes excavados en roca basáltica, desde los 1.200 metros sobre el nivel del mar hasta los -256, ahí queda eso. Desde allí, hacia el norte, unos cuarenta monótonos kilómetros por plantas de desalado y campos sembrados de tomates. Jordania es uno de los mayores países exportadores de tomate. Esta planta tiene la capacidad de tolerar de buen grado la sal del agua en el subsuelo más próximo a la superficie en la orilla del Mar Muerto, la única que Israel permite extraer. Ahí está, la ciudad de Potasio, construida única y exclusivamente con una finalidad fácil de imaginar. Paso Wadi Mujib de largo, pero escucho su llamada. Atiendo sin embargo la llamada del Mar Muerto. En Amman Beach me permito el lujo de marcarme unas acrobacias en el agua. Curioso. Se me hace tarde, así que emprendo el camino hacia Madaba. No hay ganas de apoquinar lo que piden por noche en los hoteles junto a Amman Beach ni tiempo para llegar a un destino más lejano.

Apenas he hablado de mi tobillo, cuando he estado todo el día pensando casi únicamente en él. Voy a pisar el freno en este viaje, en sentido literal y metafórico, aquí en Madaba. Quiero disfrutar de Petra y quiero disfrutar de Wadi Rum. En estas condiciones creo que apenas podría pasar del Centro de Atención a Visitantes en cualquiera de estos sitios. Un día, tal vez dos. Veremos. Afortunadamente tengo un margen considerable.

Miércoles, 1 de diciembre. Madaba • Jornada de descanso y reflexión en este oasis en mitad del desierto. Me lamo las heridas en un entorno para nada desagradable, pero esto que vivo son sólo vacaciones, no es un viaje, y no está hecho para mí. Me va la marcha.

Jueves, 2 de diciembre. Jerash • Reanudó la marcha la máquina de tragar kilómetros. Poco después de las ocho de la mañana abandoné Madaba en dirección al Mar Muerto, pasando por el Monte Nebo, desde donde Moisés divisó la Tierra Prometida. Ciertamente Palestina se divisa desde aquí, aún tras una molesta neblina. No me detengo en las atracciones religiosas, aquí, ni en el supuesto lugar del Bautismo de Jesús, junto al río Jordán. Por el contrario, continuo hacia el norte, dejando a la izquierda valle del Jordán y a la derecha una cadena montañosa. El valle está repleto de plantaciones, principalmente cultivos de tomate y frutales. Atravieso pueblos donde decenas de puestos de venta de estas hortalizas flanquean la carretera. Dejo el valle atrás y comienzo a escalar la cadena montañosa hasta llegar a Aljoun, presidido por su castillo, pasable. Toda la región está cubierta de árboles. Huele a aceite y aceituna esta Jordania que tanto me recuerda a mi dehesa extremeña. Inicio el descenso hasta Pella, enclave a los pies del valle del Jordan. En el camino llevo durante unos kilómetros a un joven autoestopista. Por primera vez en mi vida, hago de taxista y además pago. Desde Pella, debía seguir la carretera que llega hasta el norte, casi a la frontera con Siria y el Líbano. En su lugar, decido atajar por Irbid, la segunda ciudad del país, que me costó tres cuartos de hora atravesar. En Umm Qays, paro una hora, con almuerzo incluido. Desde estas ruinas romanas en un aceptable estado de conservación de divisa Palestina y los Altos del Golán, territorio israelí reclamado por el Líbano. Sólo me quedaba regresar hasta Jerash, pasando de nuevo por Irbid, donde me volví a entretener. Al final, con las luces de cruce ya encendidas y con el depósito en mínimos, conseguí llegar hasta Jerash. Gasolinera abierta, habitación disponible en el hotel Hadrian Gate Hotel, frente a las ruinas romanas. Perfecto.

Viernes, 3 de diciembre. Azraq • Walid, el yemení encargado del hotel, nos tenía preparados el desayuno a varios huéspedes del hotel. Pelé el huevo cocido. Unté la mantequilla sobre el pan. También algo de mermelada, de la que dejé una copiosa ración para las abejas. Bebí a sorbos un café turco contemplando las ruinas de Jerash desde la terraza del hotel. En breve estaría arrastrando los pies por las antiguas ruinas romanas. Dos teatros, una plaza rodeada por columnas, al igual que el largo paseo que une las dos puertas de la ciudad, aún pavimentado con las losetas de granito originales. Dos horas saboreando dos milenios de historia. Me despedí de Walid y partí de Jerash con dirección a Mafraq, al nordeste. Llegué sin pérdida, pero no sin sobresaltos. Por el retrovisor pude ver la colisión del coche que me seguía a unos cien metros con el que me acababa de cruzar. Todos ilesos. Panorama algo más agreste. Cerca de Mafraq, visito las ruinas de Umm al-Jimal, un antiguo poblado romano y bizantino, construido con roca negra. Próximo hito, al-Safawi, a ochenta kilómetros de Umm al-Jimal. Rectas eternas, cambios de rasante bruscos y repentinos, pasos de peatones elevados sobre el asfalto, asesinos de amortiguadores. Pocas localidades, pocos habitantes. Me cruzo con varios chavales ataviados para jugar al fútbol. Paradas de autobús en mitad de la nada, ¿para qué? Siempre el mismo paisaje de arena y roca negra, carreteras vacías. No atravieso una sola localidad en los últimos 30 kilómetros antes de llegar a al-Safawi. Allí, giro de 300 grados hacia Azraq. De seguir recto, hubiese llegado a Iraq en menos de 3 horas. Qasr al-Azraq, una fortificación donde el archiconocido Lawrence de Arabia resistió el asedio de los turcos durante la Primera Guerra Mundial, y que fue desolada por un terremoto pocos años después. A escasos kilómetros se encuentra el núcleo principal de Azraq. Paro en el Azraq Lodge, quizás el hotel más caro en el que me aloje en Jordania. Tienen hielo, internet, habitaciones con balcón, calentador eléctrico de agua para el té, mantas de camuflaje azul y un aeropuerto operando a un kilómetro, qué más puedo exigir.

Sábado, 4 de diciembre. Amman • Último episodio de esta mini-serie en ruta. Últimas visitas en el desierto oriental de Jordania. Qasr Amra y Qasr al-Harrana, ubicados en la autopista 40, que enlaza directamente Azraq con Amman. Una vez cumplidas las visitas, volví tras mis pasos, hasta el cruce con la autopista 35, que también une Azraq con Amman, a través de Zarqa. Setenta kilómetros hasta Amman; durante los primeros cuarenta no se atraviesa pueblo alguno. Sólo algunas industrias, apeaderos para camioneros y estaciones de policía, muy frecuentes. Me retracto de la descripción dada ayer acerca de estos parajes: no son sólo arena y rocas, también abunda el caucho de ruedas reventadas a lo largo de la cuneta. Me desvío hacia ad-Dulayl, para pasar por delante de Hammam al-Srah sin detenerme y para ni siquiera encontrar el Qasr al-Halilat. Entrada sin complicaciones en Amman. Aparco cerca del Palace Hotel, donde me vuelvo a registrar, y devuelvo el coche de alquiler. Revisión rutinaria, desperfecto nuevo, 30 dinares por los inconvenientes. Toda la tarde libre, el tobillo palpita de indescriptible alegría. Próxima parada, Wadi Musa, es decir, Petra.

Domingo, 5 de diciembre. Wadi Musa • Cuesta igual, que no lo mismo, recorrer los apenas cuatro kilómetros entre el centro de Amman y la estación de autobuses de Wahadat, al sur de la ciudad, que los casi trescientos desde esta estación hasta Wadi Musa. El gremio de los taxistas, siempre tan incomprendidos, tan denostados. Me pregunto muchas veces por qué. La carrera era de cuatro dinares, le entregué cinco, y me preguntó si no tenía cambio. Un dinar, uno. En Wadi Musa a mediodía. Hotel Saba'a. Habitación individual, más que cómoda. Hielo, wifi. Descanso anhelado, necesario, hasta el martes. Será entonces cuando quizás claudique definitivamente, pero no me iré sin ver lo que he venido a ver. Ya sanará lo que se rompa cuando deba. En otro orden de cosas, uno de los mejores días en años. Al tiempo.

Lunes, 6 de diciembre. Wadi Musa • Día de descanso a las puertas de Petra. Se hace difícil quedarse en el hotel cuando a unos dos kilómetros está el famoso desfiladero del siq, y más allá, el paraíso de piedra. Hoy puse a prueba el tobillo, viaje de ida y vuelta entre mi hotel, Saba'a, y el lujoso Mövenpick, cercano al Centro de Visitantes. Cuatro kilómetros de ida y vuelta. La conclusión es que voy a sufrir los días que me restan, pero podría haber sido mucho peor de llegar aquí la semana pasada. Música en el iPod, wifi en el portátil, al final ha sido todo un acierto traer más peso en electrónica que en ropa. No la estoy ensuciando mucho al fin y al cabo. Mañana es el día D. La hora H, ya veremos en su momento.

Martes, 7 de diciembre. Wadi Musa • A primera hora de la mañana, algunas horas antes de que desembarquen enjambres de turistas a las puertas de la ciudad de piedra, me adentraba en el siq, el famoso desfiladero que conduce a Petra. Estrechándose cada vez más hasta que se abre ante el imponente Tesoro. El trayecto más sencillo lleva desde el Tesoro hasta la antigua ciudad de Petra, donde se encuentran el Gran Templo o el templo de Qasr al-Bin. Allí comienza el ascenso hasta el Monumento (Qattar ad-Deir), otro impresionante templo cuya fachada se encuentra completamente tallada en la roca. De vuelta del Monasterio me encontré con la marabunda de visitantes que ascendían a mis espaldas. No visité mucho más este primer día, sólo la tumba de la Urna, la más imponente de las tumbas reales.

Hoy decidí aislarme del exterior. Auriculares en ristre, el Symbol of Life de Paradise Lost en el iPod, que asociaré a partir de ahora a este viaje. En dos ocasiones cedí los auriculares a algunos de los niños que trabajan en Petra, ya sea limpiando las tiendas de artículos de regalo de la familia o vendiendo collares y postales. Algunos incluso se ofrecieron a cambiarme el reproductor por un collar valorado en 200 dinares.

Miércoles, 8 de diciembre. Wadi Musa • Volví a las andadas en sentido literal. Un día extenuante. Al alba recorrí nuevamente el camino entre el hotel y el centro de visitantes de Petra, de allí hasta el siq. Unos cientos de metros más adelante, unas escaleras que surgen a la izquierda, tras un grupo de tiendas de baratijas y refrescos, conducen hasta el Alto Altar del Sacrificio. Excelentes vistas. La ruta desciende por la vertiente occidental del macizo rocoso y desemboca frente al majestuoso Jebel Khubtha, atravesando previamente un desfiladero en el que se encuentran varias tumbas y salas interesantes. Completo la visita a las tumbas reales e inicio una nueva ascensión que parte del extremo norte de las tumbas y lleva hasta la cima de Jebel Khubtha. Lo que se ve desde arriba es indescriptible e imposible de plasmar en una instantánea. Queda en la retina y en el recuerdo. Ese mismo sendero desciende hasta situarse justo sobre el final del siq, frente al Tesoro. Con eso acabé en Petra. Por la tarde, nueva dosis de shisha y mensaf para cenar, compartido con Ibrahim y Geil, los propietarios del Hotel Saba'a, así como otros huéspedes.

Jueves, 9 de diciembre. Wadi Rum • El minibus que enlaza Wadi Musa con Wadi Rum no opera a diario, sino sólo cuando se alcanza un número de pasajeros suficiente para hacer rentable el viaje al conductor. Se suele reservar plaza la tarde anterior. Éramos una decena los turistas con rumbo al desierto. Una vez allí, cuatro de nosotros, viajeros solitarios, nos agrupamos para contratar un jeep con el que recorrer el desierto durante unas cinco horas. Un belga, un alemán, un americano y un español. Como en un chiste. Después de vagar durante horas por el desierto, visitar dunas, puentes colgantes, resultado de la erosión de las rocas por acción de los vientos y la arena, antiguas inscripciones nabateas, apreciar los intensos y vivos colores de las rocas y, en definitiva, sentirnos insignificantes en la inmensidad del desierto, nos apeamos en el campamento donde pasamos la noche el americano, Kevin, y yo, junto con una pareja de franceses y los propietarios del campamento, Abdullah y su hijo Mohammad. Cenamos y charlamos hasta que comenzamos a sentir el escozor del sueño en los ojos. Noche cálida, silenciosa, estrellada, al amparo de una enorme pared de roca, bajo un juego de mantas, abrazando una ausencia, anhelando el regreso.

Ya he comenzado a blasfemar en inglés. Señal de que va siendo hora de volver a casa.

Viernes, 10 de diciembre. Aqaba • Despierto y enciendo el portátil. Mohammad abre los ojos de par en par. Durante la siguiente media hora se hace con el control. No toco una tecla hasta que Abdullah nos prepara y sirve el desayuno. Al rato, nos dejaba en Wadi Rum, junto a la parada de taxis, que por entonces estaba vacía. Kevin y yo habíamos pensado en compartir un taxi hasta Aqaba, pero tuvimos la suerte de coincidir con la salida del minibus con destino a Petra. Subimos al minibus, y nos dejó en la autopista del Desierto, junto con otros dos chicos. Los cuatro alquilamos un taxi hasta Aqaba. Todo ello de forma rápida y barata, sin esperas innecesarias. No es, en absoluto, lo habitual. Frente a la parada de taxis me despedí de Kevin, un tipo majo, que inició hace mes y medio un viaje que le mantendrá fuera de casa hasta el verano que viene.

Aqaba, ciudad portuaria, única del país con costa, al mar Rojo, destino turístico para los que quieren bucear y nadar en agua salada, y no sólo flotar. Dista a escasos kilómetros de Elat, la ciudad más meridional de Israel, la cuál se puede divisar al otro lado del golfo. Aqaba acoge en la actualidad el Rally automovilístico de Jordania. En una de las calles principales, de espaldas a los hoteles más selectos de la ciudad, tartanas jordanas con cuatro ruedas hacen alardes de pericia al volante y de falta de catalizador en el tubo de escape. El olor a quemado debe llegar a Israel, el Mossad está alerta. Ya se dónde fueron a parar los Supermiraflori y los Ford Sierra de nuestra tierna y lejana infancia. Me alejo del centro sísmico buscando un lugar donde repostar. Por ejemplo, en el restaurante Al-Shami; mutabal (de nuevo, aplaco mi adicción) y kutash con tahina, me dejan sin habla. Me merecía el homenaje; ya ando por el último agujero del cinturón.

Dos horas de análisis en la única playa pública de Aqaba, y por ende de Jordania. He aquí el resultado: se fuma shisha sobre las toallas, las jordanas se broncean confiando en que los rayos del Sol penetren a través de las varias capas de ropa que visten, los pocos bañistas comparten el agua con lanchas a motor, un buque mercante de más de cien metros de eslora maniobra a media milla de la costa justo frente a nosotros, ¿ese de la chilaba es el socorrista? Sufro mi primera agresión en Jordania. El agresor, con un metro de altura y treinta kilos de peso, descargó su rastrillo de arena sobre mi rodilla. Su tutor legal lo zanjó con disculpas varias y el ya clásico "Welcome to Jordan". Me encanta la simplicidad y franqueza de esa frase. Mi respuesta a la agresión, un ataque de risa.

Sábado, 11 de diciembre. Amman • Largo día de transición. Más de lo que me esperaba. Trescientos veinte kilómetros separan Aqaba de Amman. Distancia que, en condiciones normales, un autobús recorre en unas cuatro horas y media. Pero no eran las condiciones que se daban hoy. Llegué pronto a la estación, en concreto dos horas y media antes de que emprendiésemos la marcha, el tiempo necesario para completar aforo. Ya se sabe, la rentabilidad prima, aquí los dichosos ANS (acuerdos de nivel de servicio) brillan por su ausencia. La aduana de Aqaba nos obsequió con otra media hora de espera. Fuerte viento del sur, más aún, vendaval. Ahora me explico por qué la mitad de los árboles del país desafía las leyes de la gravedad. Trayecto completo hasta la capital a través de una gigantesca nube de arena en suspensión, del tamaño de Jordania, con lluvia ocasional, que provocaba que todos los vehículos se mimetizasen con el desierto circundante. En días como el de hoy, que no cuenten conmigo para un paseo en bici. Parada técnica para llenar el estómago y aliviar mi ligera jaqueca. El diagnóstico es claro: demasiada shisha y poca chicha. Tras nueve horas de autobús, llegamos a Amman, rozando la puesta del sol. De allí al Palace Hotel, el "our pick" de entre los hoteles baratos según la Lonely Planet. En la puerta me encuentro con mis compañeros de desierto belga y alemán. Con este último, Harald, me voy a cenar a una coffee shop cercana. El regresa a la gélida Alemania esa misma noche. Yo me diluyo en el humo de nuestra enésima shisha. Arranco una hoja del calendario. Faltan cuatro días.

Domingo, 12 de diciembre. Amman • Día desapacible. El viento sigue aullando con violencia y la temperatura ha caído en picado. Por la calle sólo se ven caras resoplando, han desaparecido de un día para otro las camisetas, y los vendedores de orejeras hacen su agosto. No viene en la guía de viajes, pero yo me encargo de instaurarla: la ruta de las coffee shops. Tres cafés turcos y un té antes de la comida, más lo que viene después. Aunque la ciudad amaneció bajo un cielo claro, ya se ha instalado sobre nuestras cabezas un enorme hongo que, en lugar de esporas, libera arena directamente a nuestros ojos. Goodbye Jordan.

Lunes, 13 de diciembre. Amman • Cierre por vacaciones de estas vacaciones. De nuevo frío y lluvia. Al menos ya no respiramos arena. La ola de frío afecta a todos los países de los alrededores. Turquía en alerta, anuncia la BBC. En los suburbios de Ammán incluso ha nevado. La capa blanca sobre algunos coches así lo atestigua. Día de compras. Ladies only, lo siento por vosotros tres. Día de cafés, tés, nervios. Son las seis y media cuando me llama Bassel. Su examen se posterga, pasarán a recogerme al hotel. Desde allí nos dirigimos hacia una coffee shop bastante moderna. Tche-Tche, perteneciente a una cadena con franquicias en todos los países de los alrededores excepto... acertaste, Israel. Charlamos largo y tendido. Con Bassel y Mohammad es un placer. Son estudiantes, pero me niegan la posibilidad de pagar ni la cena ni la shisha. De vuelta al hotel, me acompañan a comprar el único regalo que me permito, un poco de tabaco para una pipa de agua que no tengo. Me empeño en regalarme artículos perecederos de los que tal vez no haga uso. Confirmo la hora de salida del vuelo, 10:50. Se acabó por hoy.

Martes, 14 de diciembre. Volando • Sobrevolando vete a saber qué país cierro capítulo. No sin antes pararme a pensar en una de mis manías. No puedo dejar los envoltorios del rancho del avión desperdigados sobe la bandeja. Si alguno de los recipientes tiene tapa, allá adentro que van plásticos, papeles y envoltorios hechos una piña. Me imagino a un empleado de una empresa de reciclado separando esta amalgama de papeles y acordándose de la familia de aquellos que no dejan la basura esparcida, como Dios manda. El día no tiene mucha historia: entrego las llaves en recepción, me dejo todo lo que llevo encima (15 dinares) en el taxi hacia al aeropuerto, buena táctica para no tener que negociar esa de no tener con qué, atravieso la gymkana de controles de seguridad, olfateo de perro incluido, aunque no me obligan a soplar ni a desnudarme. Una vez a bordo, se presentan cinco horas largas de vuelo hacia el fin de este viaje, hacia el comienzo de uno nuevo. Ya he hablado de ello.