| 18/09 Madrid - Moscú - Delhi. |
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| 19/09 Delhi - Kathmandu. |
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| 20/09 Kathmandu. | |
| 21/09 Kathmandu - Lhasa. |
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| 22/09 Lhasa. | |
| 23/09 Lhasa. | |
| 24/09 Lhasa. |
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| 25/09 Lhasa - base del Kampa La. |
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| 26/09 Base del Kampa La - Nagartse. |
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| 27/09 Nagartse - base del Simi La. |
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| 28/09 Base del Simi La - Gyantse. |
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| 29/09 Gyantse - Shigatse. |
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| 30/09 Shigatse. | |
| 01/10 Shigatse - base Lagpa La. |
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| 02/10 Base Lagpa La - base Gyatso La. |
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| 03/10 Base Gyatso La - base Pang La. |
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| 04/10 Base Pang La - Tashi Dzom. |
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| 05/10 Tashi Dzom - Rongbuk. |
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| 06/10 Rongbuk - base Lamna La. |
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| 07/10 Base Lamna La - Tsamda. |
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| 08/10 Tsamda - base Lalung La. |
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| 09/10 Base Lalung La - Nyalam. |
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| 10/10 Nyalam - Bharabise. |
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| 11/10 Bharabise - Dhulikhel. |
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| 12/10 Dhulikhel - Kathmandu. |
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| 13/10 Kathmandu. | |
| 14/10 Kathmandu - Delhi. |
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| 15/10 Delhi. | |
| 16/10 Delhi. | |
| 17/10 Delhi - Moscú - Madrid. |
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Viaje al Tíbet
Domingo, 19 de septiembre. Kathmandu • Hay comidas que no pueden sentar mejor si hay hambre y hay colchones que no le impiden a uno conciliar el sueño por incómodos que sean. No recuerdo haber disfrutado en otra ocasión de igual modo que hoy he apreciado la bazofia de comida que me han servido en el vuelo de Delhi a Kathmandu. Air India me facilitó una estancia gratis de siete horas en el Aeropuerto Indira Gandhi de Delhi. Allí no me atreví a tirar de tarjeta para comprar un sucedaneo de hamburguesa, así que el pollo del avión me pareció un manjar de dioses. El hecho de que perdiese el vuelo de la mañana, tuviese que facturar en el siguiente, afortunadamente sin penalización, y fuese acumulando retraso tras retraso se debió a que llegué al aeropuerto con sólo dos horas de margen para atravesar el control aduanero, recoger la maleta, encontrar los mostradores de facturación y correr hacia la puerta de embarque. No llegué tan lejos, pues me encontré la facturación cerrada una hora antes de la hora de despegue. Hasta entonces todo había salido según lo esperado: vuelo desde Madrid a Moscú sin complicaciones, las mismas que hasta Delhi desde la capital rusa, excepto por un pasajero que se agarró un pedal descomunal y que , a falta de una hora para llegar a Delhi, emitió un quejido prolongado y lastimero que nos heló a todos la sangre y que le valió una plaza en clase business, a la que llegó arrastrándose por el pasillo con la ayuda de un amigo.
En la enorme sala de facturación de salida del aeropuerto de Delhi, las oficinas de atención al público de los vuelos domésticos e internacionales de Air India (Indian Airlines) están situadas en extremos opuestos. Ahora lo se. A mitad de camino, en la fila de mostradores H, decenas de indios se agolpan frente a un ordenador, tras el cual un empleado se afana por recoger y procesar todos los papeles y pasaportes que le plantan en la cara. Estos mismos operarios que ignoran mi presencia cuando trato de informarme acerca de mis posibilidades reales de salir alguna vez de ese aeropuerto. Conseguí una plaza y atravesé un nuevo control de seguridad, para llegar a un área completamente alfombrada, un lujo donde pasé las siguientes tres horas. Llovía sobre Delhi cuando partimos y las nubes se extendían hasta Kathmandu, situada a una hora de vuelo. A pesar de mi retraso, el autobús del hotel Holy Himalaya, lugar de reunión del grupo de viaje al Tíbet, estaba esperando. Tras recoger a todos los huéspedes nos dirigimos al hotel, donde nos encontramos con la mayor parte del grupo, entretenidos rellenando los formularios de solicitud del visado para entrar en China. Poco después David, el responsable del grupo, nos reunía para el briefing del tour. Algo más tarde cenábamos en un restaurante cercano, en en barrio de Thamel.
Lunes, 20 de septiembre. Kathmandu • Si ayer fui dado por desaparecido por los responsables de Red Spokes, hoy le tocó el turno a Nigel, mi compañero de habitación durante nuestra estancia en Kathmandu. Se le esperaba a media tarde, pero llegó en los postres de la cena. Más cosas se perdieron y fueron encontradas. El viejo Andy (el mayor de los dos tocayos del grupo) se adelantó unas horas a su bicicleta, que hizo el viaje desde Londres en solitario con un día de retraso. Tuvo que acudir al aeropuerto de Kathmandu para recogerla y de paso se trajo la maleta de Mike, americano de Wisconsin, que la había estado buscando la tarde anterior durante horas en una sala rebosante de maletas, paquetes y trastos variados, hasta darla por perdida. Los demás, ajenos a estos problemas logísticos, nos dedicamos ultimar preparativos para el viaje, recoger las bicicletas de alquiler o simplemente deambular por la ciudad. Se nos llevó en visita guiada a algunos atractivos turísticos de la ciudad, como Swayambunath o la stupa de Boudhanath. Recuerdo estos lugares de mi primer viaje a Nepal. No han cambiado mucho desde entonces.
El lunes fue un día de preparativos. Dividimos el equipaje en dos bultos, uno pequeño para sobrevivir un par de días, que debíamos llevar en el avión a Lhasa como equipaje de mano, y otro con el resto de nuestras cosas, que serían transportadas por tierra hasta Lhasa por el equipo de nepaleses contratados para este viaje. Para pasar sin problemas el control de las autoridades chinas se nos recomendó tomar algunas medidas, como no incluir baterías de cámaras o pilas de repuesto en el equipaje de mano. Cuando llegó el momento de la verdad, nuestros equipajes fueron registrados y alguno pisó suelo chino con algún artículo menos en su mochila.
Martes, 21 de septiembre. Lhasa • Lhasa, la capital del antiguo reino independiente del Tíbet, hasta su ocupación por tropas chinas en la década de los 50, se situa a algo más de 3.600 metros de altitud sobre el nivel del mar. Altitud ligeramente inferior a la mayor altitud del continente europeo. Llegar hasta aquí desde altitudes inferiores supone enfrentarse a los conocidos síntomas del mal de altura, que se contrarrestan con un adecuado proceso de aclimatación: dolor de cabeza, pérdida de apetito, náuseas y vómitos, hiperventilación son algunos de los síntomas. Se suele permanecer en esta altitud durante algunas jornadas durante las cuales se incrementa la toma de líquidos no alcohólicos. Algunos medicamentos permiten acelerar el proceso de aclimatación, como los productos que contienen acetazolamida, como el Diamox (Edemox en España), aunque su uso no es del todo recomendable.
Llegamos a Lhasa junto con nuestras bicicletas una hora después de despegar de Kathmandu. El reloj, una vez actualizado en base a la diferencia horaria entre Nepal y China, marcaba las tres de la tarde. Formábamos frente a las autoridades nacionales, para atravesar dos controles de seguridad, a añadir a los ya superados antes de despegar. Esta vez requisaron algunos libros, guías de viaje, a dos de los integrantes del grupo. En el aparcamiento del aeropuerto nos esperaba la parte tibetana de la organización, para recibirnos con la preceptiva ceremonia de bienvenida. Faltaba aún una hora de viaje hasta la ciudad, a través de un amplísimo valle donde se veían innumerables árboles y extensas áreas anegadas por el agua. A lo lejos, en los márgenes del valle, se levantaban magnificas cadenas montañosas de colores ocre, marrón, naranja, gris y negro. Ya en la ciudad, ocupamos nuestras habitaciones en el Hotel Mandala, situado a poca distancia del casco antiguo de Lhasa. Un cielo cetrino cubría la ciudad a nuestra llegada. Llovió esa misma noche. La tormenta nos sorprendió mientras cenábamos en el restaurante Dunya, regentado por una pareja holandesa desde hace años.
Miércoles, 22 de septiembre. Lhasa • Tras una larga noche de la que algunos despertamos aquejados de dolor de garganta, jaqueca, insomnio y nauseas, fuimos llegando al desayuno más tarde que pronto. Todos menos Sandy, que no pasó buena noche. A media mañana nos reunimos con Shering, el responsable del grupo en Tíbet, con quien fuimos a visitar el palacio de Potala, la antigua residencia de los Dalai Lama, mientras éstos vivieron en Lhasa. Las visitas están restringidas a un número máximo por día, a una franja horaria específica y es necesario reservar con al menos un día de antelación. El complejo de edificios, construidos sobre trece niveles sobre una formación rocosa, se alza imponente sobre la ciudad, que va quedando cada vez más abajo a medida que se ascienden los numerosos escalones hasta los edificios principales. Una vez en ellos recorremos capillas, pasillos, las estancias privadas de los Dalai Lama, salas de recepción y mausoleos, estancias iluminadas por la tenue luz de velas alimentadas con mantequilla de yak, cuyo rancio olor al arder se mezcla con el aroma a madera y antiguos tejidos. La llamativa decoración te transporta a otros tiempos, que algunos directores de cine nos han acercado en años recientes, monstrándonos un Potala y un barrio de Barkhor ajenos a la influencia china que va copando las calles con sus monótonas tiendas y sus brillantes letreros en mandarín. Potala sigue siendo un lugar para la devoción, y es habitual ver peregrinos tando dentro como en sus alrededores, manosenado sus collares de cuencas o girando sus ruedas de oración.
El monasterio de Sera, a pocos kilómetros al norte de Lhasa fue nuestra siguiente parada. Con una población de más de quinientos monjes, es uno de los monasterios más importantes de la región. Nuestra visita coincidió con la hora del curioso y ruidoso debate entre alumnos y profesores en uno de los jardines, bajo la sobra de los árboles. Debe resultarles difícil concentrarse con semejante enjambre de turistas fusilándoles con sus flashes. Con esta visita terminó la jornada turística guiada por Lhasa. Quedaba tarde para pasear por el barrio de Barkhor, dejarse arrastrar por el río de gente que recorre continuamente el kora alrededor de la venerada capilla de Jokhang. Este circuito está jalonado por innumerables puestos de artesanía, tejidos y souvenirs. A pesar de los avances tecnológicos cada vez más presentes en la ciudad, la atmósfera especial creada por edificios, gentes y costumbres hacen de éste un excelente lugar donde perderse y caminar sin rumbo, o detenerse y simplemente observar.
Jueves, 23 de septiembre. Lhasa • Tercer día en Lhasa, que dedicamos en buena parte al montaje de las bicicletas. Durante algunas horas ocupamos el aparcamiento del hotel para ensamblar las bicis, inflar las ruedas, engrasar cadenas, instalar los pedales automáticos y realizar arreglos de última hora, siempre bajo la atenta mirada de los empleados que podían librar unos minutos para supervisar nuestro trabajo. También llegaron los camiones con nuestro equipaje, en algunos casos aligerado nuevamente tras su paso por la aduana.
A primera hora de la mañana, después del desayuno, me uní a muchos peregrinos en el kora que circunvala toda la ciudad, y que rodea el Chagpo Ri, una colina situada al suroeste del Potala, coronada por una antena de telecomunicaciones. Un sendero asciende parte de esta colina, atravesando un callejón a cuyos lados se apostan decenas solicitando limosna. El camino desciende de la colina hacia un espacio abierto, donde se congregan decenas de personas frente a un enorme moral en el que se dibujan cientos de iconos, antes de girar hacia el norte, y bordea el Potala por su cara norte.
Más tarde Shering nos acompañó hasta la capilla de Jokhang, la cual estaba abarrotada de fieles que formaban una fila a la entrada del templo que ocupaba buena parte de su perímetro. Los turistas podíamos entrar por una puerta alternativa. Una vez dentro nos abstuvimos de entrar en las capillas interiores a las que los fieles llevaban horas esperando acceder. Esa misma noche celebramos el simbólico sexagésimo cumpleaños de Andy en el restaurante Dunya. Hubo tarta, adornada con una curiosa flor de plástico cuyos pétalos, unidos en su parte superior por un fino hilo de plástico, se abrían al arder este hilo, una horterada que nos hizo gracia a todos, la verdad.
Viernes, 24 de septiembre. Lhasa • Último día libre en antes de comenzar la ruta en bici. Fui con Michael y Andy al barrio de Barkhor. Les acompañé mientras practicaban el arte del regateo en una tienda de bisutería. Aproveché la coyuntura brindada por un buen número de fotógrafos chinos, embutidos en petos chillones con la publicidad de Nikon o Canon, para realizar algunas fotos que hasta el momento me había quedado con ganas de tomar. Almorzamos en un modesto restaurante local regentado por una familia musulmana, antes de ir, junto con el resto del grupo, a la sede de la organización Braille Sin Fronteras, que acoge y educa a medio centenar de niños invidentes. Venidos de toda la geografía tibetana, los niños aprenden aquí a ser autosuficientes, y se les proporciona formación en idiomas e informática. Se sustentan de los donativos que reciben de turistas o de empresas privadas. Antes de acudir al restaurante Lhasa Kitchen, donde habíamos reservado una mesa para cenar, dimos un paseo de algo más de una hora en bici por los alrededores de la ciudad.
Sábado, 25 de septiembre. Base del Kampa La • Por fui nos echamos a la carretera. Comenzamos la primera etapa, 84 kilómetros completamente llanos, pasadas las nueve de la mañana, tras las preceptivas fotos de grupo con el Potala de fondo. Los primeros diez kilómetros transcurren en la ciudad, que dejamos definitivamente atrás cuando giramos a la izquierda para seguir el curso del río Kyi Chu. realizamos una primera parada poco después, en el kilómetro 20 de la marcha. Estas paradas fueron habituales a lo largo de todo el viaje hasta Nepal. Llegábamos a la altura de la furgoneta, donde nos esperaba Loka, uno de los guías nepaleses y nuestro cocinero, con algo de bebida y unos aperitivos. Atravesamos largas rectas flanqueadas por árboles de hojas amarillas y pequeños pueblos de casas encaladas. A menudo los árboles escaseaban y aparecía ante nosotros un amplio panorama de lejanas montañas topadas de nieve. Por el camino adelanté a un par de peregrinos que, en plena carretera, realizaban un ritual que ya había presenciado en Lhasa: caminar unos pasos, parar, recitar una oración, alzar los brazos al cielo y echarse al suelo, dejando que el cuerpo y las manos resbalen, para levantarse a continuación, caminar nuevamente y volver a empezar. En algún momento de la jornada atravesamos Chusul y poco después Dagar, donde nos reagrupamos y nos desviamos de la ruta principal, que sigue el curso del río hacia el oeste, para ir hacia el sur. A poca distancia del desvío se encontraba el campamento, en las estribaciones del puerto que debíamos ascender al día siguiente, el primero del viaje. Allí nos esperaba un surtido de bebidas calientes y aperitivos, que dieron paso a una pronta cena. Sentados en círculo esperamos hasta que las estrellas comenzaron a brillar. Lejos de la ciudad y de la contaminación el cielo se presenta con una nitidez inusitada.
Domingo, 26 de septiembre. Nagartse • Día caluroso durante el que hemos cubierto el trayecto entre el campamento ubicado en la base del Kampa La y el nuevo lugar de acampada, cerca de la localidad de Nagartse. Frente el mismo campamento se encontraban las primeras rampas del Kampa La, un largo puerto de 23 kilómetros de longitud y una ganancia total de 1200 metros de altitud. La cima se encuentra a unos 4700 metros sobre el nivel del mar. El asfalto estaba en buenas condiciones, y la subida estaba repleta de curvas y contracurvas hasta la cima. La recompensa por llegar arriba, la impresionante visión del Yamdrok Tso, un enorme lago de aguas de color turquesa. No éramos ni mucho menos los únicos turistas allí. Junto a nosotros se congregaba una gran cantidad de turistas nacionales, que hacían fotos del paisaje, de los yaks vestidos para la ocasión y de nuestro extraño grupo de ciclistas. Durante la subida y en días posteriores se repitió una misma escena, la de los 4x4 parando en seco a nuestro lado, bajando la ventanilla, tomando una foto rápida de alguno de nosotros y gritando una frase de ánimo al tiempo que la ventanilla subía de repente y el conductor aceleraba, proyectando polvo y piedras en todas direcciones.
Descendimos hasta los 4400 metros, que mantuvimos durante los siguientes 40 kilómetros hasta el campamento. Hubiesen sido 50 de no ser por un desvío, a falta de 10 kilómetros para Nagartse, que atraviesa un brazo del lago, seco en otoño. Los últimos kilómetros de la jornada deberían recorrerse facilmente al ser un ligero descenso. Asimismo, la visión del Yamdrok Tso a la izquierda y el pico Nojin Kungstang (7190 metros) deberían servir de aliciente. Sin embargo, el calor, la deshidratación y una aclimatación incompleta me provocaron un dolor de cabeza que fue en aumento y que me obligó a dormir hasta la cena y poco después de ésta. Al llegar nos enteramos de que uno de los nepaleses integrantes del equipo de apoyo se encontraba enfermo y había sido evacuado al hospital, pero se había incorporado al grupo. Poco después tuvo que ser trasladado hasta Kathmandu.
Lunes, 27 de septiembre. Valle del Namru Chu • Partíamos de Nagartse con los primeros rayos de sol sobre el rostro. Dejábamos atras el lago de Yandrok Tso mientras girábamos hacia el oeste. Después de atravesar varias diminutas aldeas, situadas a lo largo de una carretera que se internaba en las montañas nevadas al este, comenzábamos a ascender el Karo La, nuestro primer cincomil, con cima a 5050 metros de altitud. Las rampas no eran exigentes, pero el gélido viento frontal dificultaba la ascensión. La excelente panorámica de las montañas y picos cubiertos de nieve y los glaciares, uno pequeño a la izquierda de la ruta y otro bastante mayor, que a la postre da nombre a la subida y que domina la vertiente occidental del puerto, compensan el esfuerzo. Almorzamos en un desfiladero situado en la bajada, resguardados del viento. El campamento no estaba lejos. Situado en el valle del Namru Chu, estaba cerca de un poblado. Los chavales que vivían allí no tardaron en hacernos una visita. Pasaron toda la tarde jugando, correteando por entre las tiendas y bicicletas. Por la noche y por segunda vez, tuvimos algo que celebrar. Michelle cumplía años. A la habitual cena compuesta de arroz, pasta, pan y verduras le acompañó una tarta enorme. El viento azotaba con dureza. Huyendo del frío nos metimos en las tiendas de campaña poco después de la cena.
Martes, 28 de septiembre. Gyantse • Toque de diana a las siete y media y desayuno a las ocho. A esa hora todo el suelo estaba escarchado, así como las lonas sobre las tiendas. Hacía bastante frío al aire libre. El sol comenzó a azotar el valle casi a las nueve y fue a partir de esa hora cuando nos pusimos en marcha desordenadamente. Primeros kilómetros de suave descenso hasta el lago artificial al pie del Simi La. Dejamos atrás varios pueblos dedicados a la agricultura y algunos otros pueblos abandonados, todos ellos separados de la montaña por una garganta estrecha y poco profunda. Coronamos el Simi La, único puerto del día bastante adsequible, desde cuya cima se ve gran parte del lago artificial, originado tras la construcción de una presa. Durante el almuerzo se detienen algunos lugareños junto a nosotros; nos observan y esperan durante todo el tiempo que pasamos al borde de la carretera. Su paciencia se ve recompensada. Se quedan con todas las botellas de plástico vacías y con las sobras de la comida. Eprendemos el descenso hacia Gyantse. A medida que nos acercamos a esta población el valle se va abriendo. Sorprende la aridez de la tierra y sin embargo todo lo que se ve hasta el pie de las montañas son enormes extensiones cultivadas, en su mayoría de cebada, y pastos para el ganado. Cientos de personas trabajan en estos campos, que decenas de tractores surcan, cargados de cereal, para tomar la carretera hasta la aldea más cercana. En una de las últimas rectas comenzamos a divisar a lo lejos un espolón de roca, sobre él un antiguo monasterio y detrás unas murallas rojas. Alrededor del espolón, Gyantse. Pasamos una única tarde en esta ciudad, tiempo suficiente para visitar el recinto amurallado y el barrio tibetano.
Miércoles, 29 de septiembre. Shigatse • Hoy cubrimos los 95 kilómetros que separan Gyantse de Shigatse, la segunda mayor ciudad del Tíbet, con 80 mil habitantes. Un recorrido llano, viento favorable hasta que, a falta de 20 kilómetros para llegar, la carretera dibuja una amplia curva de 90 grados hacia el norte, dejándonos a merced de un viento lateral y frontal. Jornada de paisajes muy similares a los que ya encontramos a nuestra llegada a Gyantse. Montañas bajas al norte y montañas bajas, más distantes, al sur. En el medio, el fértil valle del Nyang Chu, cubierto de extensas plantaciones de grano, cuya recolección presenciamos estos días. A la entrada y salida de cada poblado que atravesamos se han colocado varias señales, que advierten de la salida y entrada de tractores en la calzada. También son habituales las fábricas de ladrillos, obtenidos de la arcilla que se extrae del suelo mojado, se incrusta en moldes y se deja secar al sol, del mismo modo que se dejan secar al sol las deposiciones de los animales domésticos, sobre los muros de las viviendas o apiladas en el exterior, a la espera de ser usadas como comustible.
En Shigatse nos alojamos en un buen hotel, el Manasarovar. Desde allí me dirigí hacia el norte de la ciudad, alejándome del hotel y del casco antiguo. Pude ver cómo están construyendo una nueva ciudad a las afueras, en ocasiones sobre los cimientos de las antiguas edificaciones tibetanas. A lo lejos se ve la silueta de las gruas que levantan bloques y más bloques residenciales. Dudo que haya en Shigatse suficiente población para ocupar tantas viviendas. Me pregunto de dónde vendrán a sus futuros inquilinos y si lo harán voluntariamente.
Jueves, 30 de septiembre. Shigatse • Día de descanso y aclimatación en Shigatse. Desayuno ligero pero me tomo mi tiempo. Visité con parte del grupo el monasterio de Tashilungpo, la antigua residencia del Panchen Lama, el rango inmediatamente inferior al Dalai Lama. Frente al monasterio nos llamó la atención la presencia de unas estatuas de bronce simbolizando figuras occidentales, como un ciclista, una turista o un atleta. A la entrada, un cartel prohibía la entrada a todos aquellos que no guardasen unas mínimas normas de decoro (pantalones largos) aunque no hubo problema en que Liam entrase con las playeras y el pantalón corto de la selección de fútbol brasileña. El monasterio es enorme, está surcado por varios callejones, galerías cubiertas, y pasadizos que entrelazan los edificios, que pueden ser visitados en su mayoría. No había muchos peregrinos, y los turistas nos concentrábamos en el patio principal del monasterio, junto a las diferentes tumbas de los difuntos Panchen Lama. Detrás de estos edificios se erige la pared Thangka. Desde allí fuimos hasta el atareado centro de Shigatse, donde paseamos por un mercado en el que vendían carne y souvenirs (rara mezcla). Almorzamos en un curioso restaurante, donde había platos tan sugerentes como curry de intestinos, orejas de cerdo o cabeza de oveja hervida. Nos decantamos por los tradicionales platos vegetarianos, o a lo sumo nos arriesgamos con el pollo. Dediqué la tarde a asuntos varios, como cambiar dinero en una oficina del Banco de China, donde hablé de fútbol con el simpático jefe de la oficina, que me recitó los nombres de algunos jugadores del Barça, leer o usar internet, en definitiva, hacer tiempo hasta la hora de la cena.
Viernes, 1 de octubre. Base del Lagpa La • Jornada marcada por el viento de cara y la continua pendiente ascendente desde Shigatse hasta el campamento. Un recorrido total de 95 kilómetros. Partimos agrupados de Shigatse, al tiempo que muchos otros turistas. La recepción del hotel estaba llena de gente. La enfermería en nuestro grupo aún tiene trabajo: los catarros proliferan y algunos han preferido descansar una o dos jornadas. El clima seco, el viento y el frío de las noches en el campamento nos están causando algunas complicaciones. En estas condiciones nos pusimos en marcha. Los primeros kilómetros pasaron deprisa, pues disfrutábamos de un viento en calma chicha. Tras el almuerzo, el viento hizo acto de presencia y decidimos agruparnos para hacer los últimos kilómetros de la etapa más cómodamente. El campamento estaba instalado casi a la altura del kilómetro 5000 de la autopista, en las estribaciones del Lagpa La. Junto a nosotros aparecieron rápidamente los habituales visitantes de los alrededores. Aparecen siempre que nos detenemos, como cuando almorzamos este mediodía junto al acceso a un poblado, que estaba siendo remodelado por los propios vecinos. Todos dejaron sus tareas y se alinearon al borde de la carretera, para observarnos con curiosidad. Pero en cuanto sacamos las cámaras e hicimos un par de fotos, el grupo se disolvió, quedando tan sólo los más interesados en recuperar las botellas de plástico vacías.
Sábado, 2 de octubre. Campamento en Tussucky • Etapa corta, con tan sólo 61 kilómetros, que comenzaba a la hora habitual, alrededor de las nueve y media, tras el desayuno y el empaquetado de equipajes. Tras unos breves kilómetros llanos ascendíamos el Lagpa La, un puerto corto pero con rampas exigentes. En la cima nos esperaba una gran cantidad de banderas tibetanas y un par de grupos de turistas. La bajada, bastante rápida, nos conducía hasta un amplio valle, en el que se veían campesinos trabajando, caravanas de tractores cargados de cereal y animales pastando. A media tarde llegamos a Lhatse, una de las poblaciones más importantes en esta parte del Tíbet. A la salida de la localidad dejamos atrás un nuevo control policial, que regulaba el tráfico en la bifurcación contigua: hacia la derecha la carretera se dirige hacia el sagrado monte Kailash, mientras que hacia la izquierda la carretera nos lleva hasta el Everest, pasando por el Gyatso La y el Pang La. Justo al pie del primero de estos dos puertos de montaña encontramos nuestro campamento, instalado frente a una aldea donde los campesinos se afanaban en su trabajo diario. En medio de sus yaks, vacas, perror y cabras se levantaban las tiendas. Por la tarde recibimos la visita de una decena de niños venidos de los alrededores. Andy los mantuvo entretenidos. Aún correteaban cuando algunos de nosotros ya estábamos dentro de las tiendas, preparados para una nueva noche de ladridos.
Domingo, 3 de octubre. Campamento cerca de Baipa • La mayor dificultad del día tenía el nombre de Gyatso La. Su cima se encuentra a 5250 metros de altitud y es la puerta de acceso natural al parque nacional de Quomolongma (más conocido como Everest). Desde su cima se divisa la impresionante cordillera de la que forma parte la famosa montaña. Desde el primer kilómetro de marcha, la subida discurre por un angosto valle. Se suceden largas rectas con desniveles elevados, con pocos tramos donde suavice la pendiente y permitan que uno pueda tomarse un respiro. Con un persistente viento de cara nos acercamos a la parte final de la ascensión, donde el valle se abre y se nos muestran algunos cercanos picos en los alrededores. Coronamos el puerto, nos reagrupamos e iniciamos el descenso, enfrentándonos a un helado viento de cara. Algo más de treinta kilómetros después llegamos hasta el campamento, instalado a poca distancia de Baipa, una localidad de paso, cercana al desvío hacia el campo base del Everest.
Lunes, 4 de octubre. Campamento cerca de Tashi Dzom • Una jornada maratoniana en cuanto a horas de bici a través del exigente Pang La, tras cuyo largo descenso hemos llegado hasta Tashi Dzom, en cuyas afueras se encontraba nuestro campamento. Esta localidad es el enclave más importante de la región aunque sólo cuente con unos pocos albergues y restaurantes y un par de tiendas de venta de verduras y fruta. En una bifurcación de la carretera situada en mitad del pueblo nos recuperamos para cubrir los últimos cuatro kilómetros hasta las tiendas de campaña, donde nos esperaban las bebidas y una sopa caliente.
Poco tiempo después de amanecer, con el sol aún oculto tras la colina en cuya base nos encontrábamos y en presencia de algunos vecinos que esperaban poder recolectar las botellas de agua vacías, partíamos hacia Baipa. En esta población atravesábamos un control policial sin tener que echar pie a tierra y continuábamos hasta el siguiente control del ejército con los pasaportes preparados. A los pocos kilómetros abandonábamos el tarmac y comenzábamos a ascender el Pang La, un puerto que cuenta con innumerables curvas de herradura, sobre una pista de tierra. El tránsito de todoterrenos era intenso. El polvo seco que levantaban a su paso nos cubría como una sábana adherida a nuestra piel. En la cima nos esperaba la impresionante panorámica de un Everest cubierto por nubes. El larguísimo descenso contó con los mismos ingredientes que el ascenso: todoterrenos cargados de turistas chinos que nos tiraban fotos al vuelo, polvo seco en el aire, curvas y más curvas. En el campamento, las tiendas se disponían en una fila sobre una estrecha franja de tierra situada entre el río y el camino pedregoso; el paso de los vehículos resonó toda la noche dentro de las tiendas.
Martes, 5 de octubre. Rongbuk • A los pies del Everest, en las estribaciones del valle que lleva hasta este coloso omnipresente, se encuentra el monasterio de Rongbuk. Azotado por el viento que baja por el valle, este monasterio ofrece cobijo para los visitantes y sitio para establecer un campamento, con las tiendas montadas tras una valla de piedra que las protege del viento, entrelazadas las unas a las otras con cabos. El lugar se encuentra a 4960 metros sobre el nivel del mar, la mayor altitud a la que dormiremos durante todo el viaje. Llegar hasta aquí no fue sencillo. Los cuarenta kilómetros cubiertos hoy, sobre pistas de arena y ripios en ocasiones difíciles de transitar y en continua ascensión, han requerido un gran esfuerzo. Los primeros kilómetros eran los más suaves del día, con pendientes suaves. Durante esos primero minutos del día se concentraba la mayor parte del tráfico rodado, que literalmente nos hacía tragar polvo. Seguíamos el curso ascendente de un pequeño río, insignificante en comparación con el amplísimo valle. Atravesamos algunas poblaciones donde el asfalto mejoraba de forma ostensible. Hacíamos lo mismo con un nuevo control del ejército. Tras el almuerzo afrontábamos una última docena de kilómetros, los más complicados. La carretera se empinaba y había más tierra y piedras sueltas sobre la calzada; las suspensiones, ruedas y cadenas sufrían lo suyo; partí la cadena en mitad de un duro repecho. La altitud cercana a los cinco mil metros hacía mella en las fuerzas. El paisaje, por el contrario, mejoraba por momentos. Entrábamos en un estrecho valle, con la carretera a la izquierda, pastos donde manadas de yaks pacían tranquilamente regados por riachuelos a la derecha; frente a nosotros, moles de roca y hielo elevándose hacia el cielo. Llegamos hasta un control de acceso al parque natural, donde se nos solicitó el ticket de acceso. Yo no lo tenía a mano, así que me hice el sueco, y dio resultado. Poco después, tras dejar atrás varias curvas de herradura, entrábamos en Rongbuk, con el impresionante Everest al fondo, a tan sólo unos kilómetros de distancia.
Miércoles, 6 de octubre. Base del Lamna La • La noche más fría hasta hoy la pasada en el campamento junto al monasterio de Rongbuk. Diez grados bajo cero marcaba el termómetro a la hora del desayuno y ni se sabe cuántos unas horas antes. El frío me despertó por la noche y una serenata de perros impidió que volviese a conciliar el sueño posteriormente. Con las manos entumecidas por el frío ayudé a David a arreglar un nuevo pinchazo en mi bicicleta. Poco después pedaleábamos los 8 kilómetros de suave ascenso hasta el campo base de Everest, ahora vacío una vez concluida la temporada de ascensiones a este coloso. En la cima de una colina, punto más lejano al que se nos permitía el acceso, hubo brindis con un champán chino y muchas fotos, algunas de ellas con la bandera de Gales. Volvimos hacia el campamento en Rongbuk, y allí nos encontramos con un control policial. Un chivatazo. Varios policías, con fusiles en mano, nos solicitaron los pasaportes, revisaron nuestras mochilas y cámaras de fotos y nos obligaron a borrar todas las fotos en las que apareciese la bandera, que también fue requisada. Shering, nuestro guía tibetano, se llevó una buena reprimenda y se le advirtió del problema que le supondría la publicación de las fotografías en internet. Nosotros colaboramos en todo, no teníamos alternativa. Otra cosa es que lo entendiésemos. La jornada concluyó sin incidentes. Una veintena de kilómetros de continuo descenso, por la misma carretera de tierra, piedra y ripios que ya habíamos tomado para llegar hasta Rongbuk, salvo por un desvío hacia la izquierda que nos costó lo suyo encontrar. El campamento se encontraba poco después, en la falda del Lamna La, puerto que ascenderíamos al día siguiente, en ruta hacia Tingri.
Jueves, 7 de octubre. Tsamda • La rutina diaria. A las seis y media el generador eléctrico comienza a ronronear. La temperatura dentro de la cocina se dispara mientras se preparan los desayunos y se calienta el agua para nuestro primer aseo del día. A las siete, toque de diana. Se entrega el agua caliente tienda por tienda. Media hora después se sirve el desayuno en la tienda principal, de la que se han sacado las bicicletas, que se desperdigan alrededor del campamento. Té y agua caliente, café, leche y chocolate en polvo, mermelada, tortillas o huevos cocidos, cereales, pan y gachas. Cuesta salir de la tienda, sobre todo mientras el sol se esconde tras las colinas alrededor. Se revisan las bicis, con suerte no hay pinchazos que arreglar. Si la etapa es complicada o se asciende algún puerto, parte un primer grupo a las ocho y media, y otro una hora después, una vez que el sol asoma por el este. Esta mañana, bajo un cielo encapotado que no llegó a descargar, comenzamos a ascender el Lamna La, un puerto de unos diez kilómetros con rampas bastante empinadas y algunos tramos de roca suelta que requerían cierta destreza. Los camiones tuvieron serios problemas para superar algunos de estos tramos, auténticos barrizales tras días anteriores de lluvia. Los primeros cincuenta kilómetros del día eran una pista de tierra, en ocasiones cubierta de piedras, en especial durante los primeros kilómetros de bajada después de coronar el puerto y antes de parar para almorzar, donde hemos puesto a prueba las suspensiones de las bicicletas. Los paisajes a lo largo de la jornada fueron sencillamente impresionantes. Desde la ascensión a lo largo de un hermoso valle, el descenso por laderas desérticas hasta llegar a llanuras aluviales cubiertas de cantos rodados, la estrecha garganta donde almorzamos y, poco después, el increíble descenso por una pista de tierra roja suelta, siguiendo el borde derecho de un cañón en cuya base corría un estrecho río de agua blanca, más allá del cañón una explanada yerma y rocosa y en el horizonte lejano las imponentes cimas nevadas del siguiente valle en el oeste, ocultas tras unos amenazantes cúmulos de nubes de tormenta. El final de esta travesía de ensueño lo marcó la llegada a Lingjiang, donde nos aguardaba otro control del ejército. En Tingri tomábamos nuevamente la carretera asfaltada y cubríamos la docena de kilómetros que nos separaban de Tsamda. El Cho Oyu, e incluso el monte Everest, nos observaban desde la distancia. Acampamos en un recinto privado, en mitad del pueblo, ante la curiosa mirada de un nutrido grupo de chavales, junto a otra expedición de ciclistas. Llevamos días coincidiendo con ellos, los suficientes para saber que han hecho gran parte del camino, principalmente las subidas, dentro de un jeep. Hay diversas formas de atravesar los Himalayas "con bici".
Viernes, 8 de octubre. Base del Lalung La • Recorrimos 70 kilómetros entre Tsamda y el campamento al pie del Lalung La, que estaba instalado en la misma pradera que la expedición con la que ya habíamos coincidido en Tsamda. Por la mañana partimos todos a la misma hora. La etapa del día era bastante asequible y no formamos grupos diferentes. La carretera estaba en buenas condiciones y era prácticamente llana salvo en los últimos kilómetros, en que remontábamos el valle suavemente. El viento nos empujó durante todo el camino y el sol brillaba en un cielo sin nubes. Sin embargo hacía un frío criminal. Desde la carretera veíamos a nuestra derecha, a cierta distancia en el centro del amplio valle, una sucesión de poblados tibetanos y antiguas ruinas de aldeas y fortificaciones situados junto al río y unidos unos a otros por un camino paralelo a la ruta asfaltada. Atravesamos algunos pueblos que no habían quedado aislados por la construcción de la carretera, como Gutso, que cuenta incluso con un pequeño hospital. A media tarde llegábamos a la explanada donde se encontraba el campamento, con suficiente tiempo de luz para relajarnos, hacer la colada, escuchar algo de música o leer antes de la cena. Los más valientes se atrevieron a darse un chapuzón en las gélidas aguas del río que fluía junto a las tiendas de campaña.
Sábado, 9 de octubre. Nyalam • Los ochenta y cinco kilómetros entre nuestro campamento y Nyalam, a través de los pasos de Lalung La y Yakru Shong La, y posteriormente del valle del Matsong Tsangpo, azotado por un fortísimo viento del sur, frontal a nuestra marcha, han resultado extenuantes. Las dos subidas del día eran exigentes, aunque el buen estado del asfalto y la ausencia de viento ayudaron durante la escalada. Desde las rampas del primer puerto era posible divisar el Shisha Pangma, un famoso ocho mil. Desde la cima del segundo y último puerto que ascendimos en el Tíbet, con la cima situada a más de cinco mil metros, se divisa la imponente cordillera del Lapshi Gang ir, con una elevación máxima de 7361 metros, una sucesión de picos nevados que abarca 180 grados de visión. Allí mismo comienza el que es conocido como mayor descenso del musmo. Una breve y pronunciada bajada, en la que no es necesario pedalear, nos lleva hasta un desfiladero donde nos paramos a almorzar. Al reanudar la marcha y llegar hasta una sección del valle más abierta, nos encontramos con un telón de viento frontal impenetrable, que nos machacó el resto del camino hasta Nyalam. Avanzávamos por amplias llanuras abiertas donde pastaban caballos, yaks, bueyes, vacas y ovejas, no lejos de sus cuadras en las aldeas cercanas. A medida que avanzábamos el valle estrechaba, cerrándose en ocasiones en estrechas gargantas, como la situada cerca de las cuevas de Milarepa. A ambos lados de la carretera se levantaban colosales montañas, algunas con sus cimas moteadas por la nieve, y otras con sus laderas surcadas por caminos que conducen a pasos de montaña como el Kang La. Tras unos kilómetros de terreno rompepiernas llegamos a Nyalam, situada a 30 kilómetros de la frontera con Nepal. En lugar de acampar en las afueras, como estaba previsto inicialmente, nos alojamos en el Nyalam Hotel, para huir del frío y la lluvia habituales en esta región. En la confluencia de dos valles, Nyalam se caracteriza por un clima loco; basta con mirar al cielo y comprobar la velocidad a la que se mueven las nubes bajas sobre la ciudad. Por tercera vez en el viaje, celebramos un cumpleaños durante la cena. Esta vez la homenajeada fue Lisa. Afuera chispeaba por primera vez desde que habíamos comenzado la ruta en bici. Nos llegaron noticias desde Rongbuk. Dos días después de nuestra visita, el tiempo había empeorado y el ascenso hacia el campo base del Everest era mucho más complicado. Nos felicitamos por nuestra buena suerte con el tiempo.
Domingo, 10 de octubre. Cerca de Bharabhise • Hoy pasamos nuestra última noche de acampada. Por este motivo nos prepararon una pequeña fiesta en la que no ha faltado la comida, la cerveza y la música. La lluvia también nos acompañó durante la celebración, pero no nos impidió disfrutar de esta noche al aire libre, bajo el cielo estrellado de Nepal.
Cuando abandonábamos Nyalam el cielo estaba cubierto y hacía el frío de costumbre. Esta situación no duró mucho. En cuanto comenzamos a rodar y descender progresivamente la temperatura y humedad ascendían y cambiaba drásticamente el paisaje. Las vistas sobre el valle del Pho Chu, angosto y encerrado entre elevadísimas montañas, hasta llegar a Zhengmu, son espectaculares. Desde esta pintoresca ciudad china llena de actividad hasta la frontera, hay siete kilómetros, en su mayoría atestados de camiones que aguardan para cruzar la frontera. Existe un elevado tránsito de personas a través de la frontera, muchos de ellos son porteadores que se ganan la vida transportando a pie mercancías y equipajes, como nuestras mochilas, que eran así transportadas desde los camiones chinos hasta un autobús con matrícula de Nepal. Los camiones chinos que nos habían acompañado hasta el momento, así como la parte tibetana del equipo, no cruzarían la frontera. La aduana china se encuentra en Kodari, el primer pueblo de Nepal, y tras ella se encuentra el puente de la amistad, que une o separa ambos países. Seguimos descendiendo por una carretera cada vez en peores condiciones hasta llegar al complejo turístico The Last Resort, que cuenta con una buena oferta de deportes de aventura dentro de y sobre el río Bhote Koshi. Algunos dejaron a un lado la bici y se atrevieron a saltar desde el puente colgante, 170 metros por encima del río. Desde allí hasta el campamento, nos dejamos caer los seis kilómetros de distancia, disfrutando de las continuas cataratas, la fuerza de la corriente en el río, los pequeños poblados y las verdes terrazas que jalonan las laderas del valle.
Lunes, 11 de octubre. Dhulikhel • Penúltima etapa de nuestra ruta entre Lhasa y Kathmandu, con final en Dhulikhel, tras algo más de sesenta kilómetros sobre asfalto, los últimos 20 de ascensión, desde los poco más de 600 metros de altitud de Dolaghat hasta los 1500 de Dhulikhel. Con una temperatura ideal y algo de lluvia partíamos del campamento por la mañana. Antes de llegar al primer pueblo, Bharabise, nos encontramos la carretera cortada por un camión volcado a lo ancho de la ruta. Esto no nos impidió proseguir, pero provocó que no tuviésemos suficiente apoyo durante la jornada u que nuestros equipajes llegasen al hotel a última hora de la tarde. Descendíamos siempre el valle del Bhote Koshi, aunque ocasionalmente nos enfrentábamos con alguna que otra subida complicada. Las laderas junto al río están repletas de casas y terrazas, allí donde no hay bosques o arbustos, o la montaña no ha sido horadada por el cauce del río en forma de cascada. Atravesamos varias poblaciones de diversa entidad, como Chehere, e iniciamos el ascenso final hacia nuestro destino. Almorzamos en Timpiple, al comienzo de la ascensión. Dos kilómetros antes de llegar al pueblo rompí la cadena por segunda vez en el viaje, y tuvimos que eliminar tres eslabones más. Desde el pueblo hasta la cima tardamos una hora de escalada bajo un intenso bochorno cada vez mayor. Llegamos a Dhulikhel con cuentagotas y, una vez reagrupados, fuimos juntos hasta el hotel, que se encontraba bastante retirado. Durante la jornada hemos repartido saludos a los cientos de niños que se acercaban corriendo al arcén. La travesía por Nepal ha sido una delicia, por el clima, el paisaje, las pintorescas viviendas, sus colores y formas, por la simplicidad de todo cuanto vemos, por la calidez de la gente. Nos hemos cruzado con un gran número de autobuses llenos hasta la baca de pasajeros. Comienza el Dashain, la celebración más importante de Nepal, y la gran mayoría de nepaleses viajan hasta sus lugares de origen para estar con la familia.
Martes, 12 de octubre. Kathmandu • Con nuestra entrada en la caotica Kathmandu termina nuestro viaje en bicicleta. Resultó toda una experiencia el cubrir estos últimos 30 kilómetros de viaje entre la multitud de coches, motos y autobuses a través de pueblos congestionados por el tráfico, envueltos por una densa nube de polvo y restos de la combustión de carburante. Afortunadamente no hubo ningún incidente. Una vez en el hotel, pudimos relajarnos, hacer las últimas compras y matar el tiempo hasta la hora de nuestra última cena en grupo y nuestras últimas cervezas, unas primeras rondas en el Sam's Pub y las últimas en el Holy Himalaya. La mayor parte del grupo parte hacia sus destinos en la mañana siguiente. Algunos permanecen en Nepal. Yo no tengo claro qué haré. Al llegar al hotel desde Dhulikhel entregué mi pasaporte en recepción, con toda la información relativa a los vuelos de entrada y salida de Delhi. Ellos se encargarían de tramitar la extensión de mi visado en la Embajada de la India en Kathmandu. Debía esperar hasta el siguiente día para conocer el resultado de estas pesquisas, pero todo pintaba bien.
Miércoles, 13 de octubre. Kathmandu • Día de despedidas múltiples. Durante todo el día se han ido marchando del hotel hacia el aeropuerto o la estación de autobuses casi todos los integrantes de la expedición. A última hora del día sólo quedábamos en el hotel los dos últimos en llegar el primer día del viaje, Nigel y yo. Su intención de realizar un trek en la región de Helambu le había hecho prolongar su estancia en el país diez días más. Yo, por el contrario, viajaré finalmente a Delhi el 14, tras conseguir la extensión del visado por una semana más. Los trámites me han supuesto el desembolso de 40 dólares. Con el pasaporte en la mano he dedicado buena parte de la tarde a buscar un hotel en Delhi. Al final he elegido algo no muy caro (me han sorprendido los precios de los hoteles) en el centro, en Connaught Circus. Esta zona se encuentra a cierta distancia del viejo Delhi y de algunas de las atracciones turísticas más visitadas, como el Fuerte Rojo o la mezquita de Jama Masjid. Mis últimas horas en Kathmandu no dieron para mucho, algunos cafés orgánicos en el New Orleans Café y una visita a la plaza durbar.
Jueves, 14 de octubre. Delhi • Hoy se clausuraban los de la Commonwealth, que se habían celebrado en Delhi durante los últimos días. Esta misma mañana, mientras yo esperaba en el aeropuerto de Kathmandu la salida de mi vuelo, tenían lugar las últimas pruebas, entre ellas la maratón, que típicamente cierra todos los eventos deportivos de esta magnitud. Durante toda la tarde se ha celebrado la ceremonia de clausura en el principal estadio de la ciudad. Como consecuencia de esta celebración y del ambiente festivo, me he encontrado una ciudad paralizada. Casi todas las tiendas, desde el centro hasta el bazar de Chandni Chowk, se encontraban cerradas. El tráfico era poco denso y había una gran cantidad de policías en la mayoría de calles y cruces principales.
Llegué a Delhi con retraso, aunque estaba en el aeropuerto de Kathmandu con bastante antelación. Allí me esperaba el taxista que me llevó hasta el Hotel Alka Annexe. El hotel no es una maravilla, y la habitación en que me alojé era algo claustrofóbica y la vista desde la ventana, a un callejón trasero, no era para nada idílica. Al menos estaba céntrico. Al contrario que lo que he visto en Kathmandu o Lhasa, en Delhi hay un elevado nivel de mendicidad, incluso en una zona exclusiva como Connaught Circus. Contrasta ver mendigos en los soportales de edificios pseudo coloniales frente a escaparates de tiendas de ropa de marca. Nada más llegar al hotel, salí a dar un paseo, hasta el viejo Delhi, donde visité el Fuerte Rojo y la mezquita de Jama Masjid. Entre estas dos atracciones se encuentra la calle Eplanade, y en una de sus estrechas y ocultas bocacalles está el Hotel Tara Palace. Allí me encontré con Andy Wiggans, otro de los ciclistas "tibetanos", que estaba pasando un par de días en la ciudad antes de regresar a Inglaterra. En esta misma calle, cortada al tráfico como muchas otras, había chicos jugando al cricket y un pasacalles preparado para iniciar su ruta, formado por una caravana de carretas, con figuras de vivos colores representando animales y dioses o demonios, o algo que se le parecía, algunos bueyes de gran tamaño y los músicos, con trajes e instrumentos ciertamente antiguos. Las calles del bazar de Chandni Chowk estaban por entonces vacías de comerciantes y clientes, pero repletas de familias esperando la llegada de la caravana. Tras despedirme de Andy volví sobre mis pasos, compartiendo calzada con ricksaws y autoricksaws, unos pequeños taxis motorizados de color verde-amarillo. En los alrededores de la plaza Connaught encontré familias paseando, un nutrido grupo de gente siguiendo la ceremonia de clausura en una pantalla gigante, varios restaurantes de comida rápida trabajando a pleno rendimiento y algunos grupos de mendigos, ajenos a todo lo anterior.
Viernes, 15 de octubre. Delhi • La ciudad vuelve a la normalidad tras los juegos de la Commonwealth, los mercados, bullen de actividad y las tiendas han levantado el telón. Los tres anillos concéntricos de Connaught Circus se llenan de estantes de vendedores de libros, incienso y golosinas, mientras que las tiendas de firmas reputadas abren sus puertas a una escasa clientela. Hay un buen número de cafeterías, pero no abren sus puertas hasta media mañana. Mi búsqueda de un lugar donde tomarme un café fue un fracaso. Desistí y me desplacé hasta la estación de metro de Qutb Minar. Desde allí caminé algo más de un kilómetro hasta el complejo arqueológico de Qutb Minar, al que me aproximé por una puerta trasera, vigilada por un guardia de seguridad. Le pregunté dónde se encontraba la entrada, y me dijo que era aquella, y que le debía pagar 250 rupias directamente a él para entrar. Entreabrió la puerta y comenzó a mirar nervioso hacia el interior, pero decidí alejarme de allí. A un centenar de metros se encontraba la taquilla y la entrada al recinto. Tras contemplar el elevado minarete y recorrer la mezquita, algunas tumbas que me recordaban la Alhambra y otros restos, abandoné el lugar y me desplacé hasta la fantástica tumba de Humayun, en la actualidad algo desolada en su interior debido a que fue utilizada como campo de refugiados hace ya algunas décadas y no ha sido adecuadamente restaurada. No obstante, ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Un kilómetro al norte se encuentra el complejo de Purana Qila, un amplio recinto en cuyo interior hay varios monumentos de interés cultural y grandes espacios abiertos, cubiertos de césped, donde muchos habitantes de Delhi se sientan y pasan el día. Antes de llegar a Purana Qila, pasé junto a un pequeño barrio residencial cuyas calles estaban cortadas al tráfico, y que me recordaba la Moraleja, con sus lujosas casas bajas, sus calles arboladas y las hileras de coches deportivos en la calzada. Para llegar a Connaught Circus di un largo largo paseo, a través de la Puerta de India y del barrio donde se ubica la mayoría de embajadas foráneas.
Sábado, 16 de octubre. Delhi • Tercer y último día en Delhi. Lo he dedicado a recorrer alguno de los bazares más concurridos de la ciudad. A primera hora me acerqué al Jantar Mantar, un complejo de curiosas construcciones pintadas de rojo con funciones astrológicas, con casi tres siglos de antigüedad. Desde allí caminé hasta Chandni Chowk pasando por Connaught Place, Minto Road, Bharbhuti Road, la puerta de Ajmere, el bazar de Chawr y la mezquita de Jama Masjid y finalmente el bazar de Chandni Chowk. Calles angostas, lúgubres, sucias y cubiertas por una maraña de cables. A ambos lados, una interminable sucesión de de tiendas y callejones, que no dejan de escupir más y más gente. Calles transitadas por peatones, animales, coches, ricksaws, autoricksaws, bicicletas, carros para el transporte de mercancías y otros medios bastante más básicos. Visité también algunos templos curiosos, como el del raro culto Jain. De vuelta al hotel, por Mahal y la puerta de Turkman, perdí la cuenta de la gente sin ninguna ocupación, vagando por la calle o sentada en las aceras esperando sin esperar nada.
Me habían hablado más de una vez acerca de lo persistentes que eran los habitantes de la India, y en particular los de Delhi. No he podido comprobarlo. Aquí cada uno intenta ganarse la vida como puede, ya sea vendiendo ropa, libros de estudios, joyas, flores, aparatos electrónicos, comida, zumos de frutas, conduciendo un taxi o un ricksaw, transportando mercancías sobre una bici, con la ayuda de un palanquín o una carretilla, o cargándolas sobre los hombros. El sustento de uno puede consistir en un bloque de hielo, transportado sobre el sillín de una bicicleta, que pierde trozos en función de las peticiones de los clientes. Algunos viven de los turistas, pero hasta donde yo pude comprobar, aceptan una negativa.
Domingo, 17 de octubre. Aeropuerto de Moscú • Hay pocas experiencias más tediosas, aburridas y menos gratificantes que una prolongada escala en un aeropuerto. En estos últimos años ya he vivido varias: una interminable noche en el aeropuerto de Doha, prolongados retrasos en los vuelos de salidas de Myanmar, alguna espera debida a pérdidas de vuelos. La espera de siete horas de hoy, en Moscú, ni ha sido ni la mejor ni la peor de todas. Estos rusos al menos se podrían prodigar en algo más de atención a los pasajeros. En el aeropuerto de Frankfurt el té y los periódicos corren a cargo de la empresa. Eso si, nos han sometido al rutinario control de seguridad, el enésimo del mes, de modo que podré pasar siete tranquilas horas esperando mi vuelo, convencido de que no se ha colado ningún terrorista procedente de Delhi aquí. Como casi siempre la odisea comenzó bien temprano. A las tres de la mañana sonó el despertador, aunque para entonces ya llevaba una hora despierto viendo la segunda parte de Kill Bill en la televisión. Bajé con el equipaje a recepción y desperté al encargado, que por otra parte debía llamarme a la habitación a las tres y media de la mañana para despertarme. Le aboné los gastos pendientes y llamó al taxista, que con su turbante negro y sus ancestrales arrugas me llevó hasta la terminal de salida del Indira Gandhi sin dirigirme la palabra ni una sóla vez. Embarque sin incidentes y vuelo tranquilo sobre los despejados cielos del impresionante paisaje montañoso de Afganistán, digno de ver desde el cielo. Al aterrizar, una trabajadora del aeropuerto nos agrupó a los "sin papeles" con destino a Madrid y mos llevó, como una profesora lleva a los alumnos de su clase de párvulos, a nuestro terminal de salida. El resto del viaje, la eterna lucha por no morir de aburrimiento, y los recuerdos de un viaje ya pasado y unas amistades que quizás no lleguen muy lejos o quizás duren para siempre.