04/12 Kuala Lumpur - Yangon.
05/12 Yangon.
06/12 Yangon - Bago - Mandalay.
07/12 Mandalay.
08/12 Mandalay (Amarapura / Inwa / Sagain).
09/12 Nyaung U (Bagan).
10/12 Nyaung U (Bagan).
11/12 Nyaung U (Bagan).
12/12 Nyaung U (Bagan).
13/12 Kalaw.
14/12 (trekking de Kalaw a Inle).
15/12 (trekking de Kalaw a Inle).
16/12 Nyaungshwe.
17/12 Nyaungshwe.
18/12 Yangon.
19/12 Yangon - Kuala Lumpur - Amsterdam.
20/12 Amsterdam - Madrid.
Birmania: la Tierra Dorada
Hace ahora dos años y medio conocí en Argentina a un estón que me habló maravillas de Birmania, un país del sureste asiático de gentes muy hospitalarias, con una fuerte influencia budista, que viven en condiciones de subdesarrollo por culpa del gobierno militar que impide cualquier clase de progreso que pueda beneficiar a la mayoria de sus ciudadanos. Ese mismo año estuve tentado de ir, aunque afortunadamente me decanté por Nepal, puesto que varios días antes de volar hasta Kathmandú estalló la revuelta pacífica de la importante comunidad de monjes birmanos contra el gobierno actual, el cual respondió con las armas, y que propició la evacuación del país de todos los turistas, y veto temporal a la entrada en el país. Una vez normalizada la situación, decidí cumplir con uno de los viajes que, de un tiempo a esta parte, más me apetecía realizar, y mereció la pena.Jueves, 3 de diciembre. Kuala Lumpur • Aún bajo los molestos efectos del jet lag, que he acusado más que de costumbre, abandono Kuala Lumpur, la capital de Malasia, bajo la lluvia, en el KL Ekspres, un tren que cubre el trayecto entre el aeropuerto internacional de Kuala Lumpur con el centro de la ciudad. En unas horas habré dado un pequeño salto en el mapa mundial y me encontraré en Yangon, hasta hace poco capital de Myanmar, a dos horas de vuelo de distancia. Comencé este viaje a escasos minutos de las cinco de la tarde del miércoles 2, cuanto tomé un primer avión para realizar una breve escala en Amsterdam, después un eterno viaje de medio día hasta la ciudad asiática talismám de Fernando Alonso.
No pude disfrutar de mucho tiempo en la ciudad, pero al menos no tuve que pasar la tarde del jueves y la noche posterior en el aeropuerto. Esta breve visita a KL me brindó varias cosas: un nuevo sello en el pasaporte, la posibilidad de visitar el recinto del KLCC, donde destacan las moles gemelas conocidas como torres Petronas y la constatación de que Malasia, o al menos su capital, tiene un considerable nivel de desarrollo, una buena red de trasportes locales y no pocos centros comerciales, algunos de ellos lujosos complejos con stands de firmas prestigiosas. Las cadenas de comida rápida habituales en occidente, están presentes en casi todas las avenidas principales, y compiten por ganarse la clientela con los restaurantes locales de tipo cantina.
Poco después de aterrizar y pasar el control de aduanas, un mero trámite con pasaporte español, recogí el equipaje y me dirigí hacia el centro de la ciudad en el KL ekspres. El trayecto, de poco menos de media hora, finaliza en la estación KL Central. Desde allí parten varias líneas de transporte independiente, cuyas ramificaciones se expanden en forma de estrella por la ciudad. Cada línea dispone de sus propios trenes, infraestructuras y personal, y aplica sus propias tarifas, si bien todas se encuentran situadas en la propia estación. La línea más util es la que une las estaciones de Kelana Jaya y Terminal Putra, pasando entre otras, por la estación de KL Central, por Pasar Seni, junto al barrio chino, por Masjid Jamek, junto a la mezquita de igual nombre que se encuentra al sur del barrio conocido como La Pequeña India, y por KLCC, parada próxima a las Petronas. Me alojé en el modesto hotel Lok Ann, en el barrio chino, una concurrida amalgama de calles, mercados y restaurantes donde tiene lugar un importante trasiego de turistas y locales. En los mercados, construidos en estrechas callejuelas, se puede encontrar de todo: camisetas, relojes, deportivas y gafas de sol. La sucesión de tiendas no se interrumpe hasta más allá de la Pequeña India, abarrotado de tiendas de telares. Estos dos barrios se situan uno sobre el otro, en el margen oriental del río y de las vías del tren procedente del aeropuerto, mientras que en la orilla occidental se encuentran la emblemática plaza de Merdeka e importantes centros religiosos, como la mezquita de Masjid Jamek. Con las últimas luces del sol acudí al KLCC, un enorme complejo de modernos edificios que rodean un parque muy bien cuidado, en el que destacan las torres Petronas, el símbolo de la ciudad. Todo el complejo está surcado por un entramado de galerías subterráneas, tiendas y aparcamientos masivos. De vuelta al barrio chino probé fortuna con los primeros, y últimos, noodles con chili del viaje.
Viernes, 4 de diciembre. Yangon • Mi primera tarde en Yangon me trajo recuerdos de mi viaje a Nepal. Si bien Yangon es una ciudad bastante más extensa que Kathmandu y presenta una organización mejor ordenada, con una distribución de calles en una cuadrícula regular, comparte ciertos rasgos con aquella, así como con otras ciudades asiáticas. Las aceras están completamente repletas de puestos de lo más variopintos, desde improvisados restaurantes de comida rápida hasta tiendas de venta de productos varios, prensa o lotería. Enormes avenidas, como Merchant, Anawrahta o Bogyoke Aung Son, flanqueadas en su mayor parte por largas hileras de tiendas de todo tipo, así como por eventuales edificios significativos, como el mercado de Bogyoke. Estas tres grandes avenidas, junto con la Strand Street, más al sur, discurren paralelas al río Yangon, de este a oeste, y son atravesadas perpendicularmente por un buen número de calles, algunas, las principales, con nombres propios, y otras muchas identificadas por un número ordinal, desde la 1st más occidental, hasta la 60th más oriental. Estas calles numeradas suelen servir como escapatoria al lento y dificultoso caminar de las avenidas principales, y nos lleva por un Yangon para nada turístico. Me llamó la atención la escasa presencia de turistas occidentales deambulando por las calles. La mayoría de turistas son aportados por Malasia y China, pero éstos se mantienen alejados de las masificadas calles de Yangon, y sólo copan las atracciones turísticas y los hoteles de lujo regentados por personas del gobierno o sus afines. Esto tiene su reflejo en el elevado número de negocios orientados al pueblo birmano, y la escasa oferta de lugares de ocio específicos para turistas occidentales de presupuesto medio o bajo. Esta sea quizás una de las diferencias más importantes con respecto a barrios como Thamel, en Kathmandú.
Aterricé en el aueropuerto internacional de Yangon poco después del mediodía local. Tras pasar el preceptivo control de salud con cámara de infrarrojos, para la detección del virus influenza, y los trámites del visado, negocié mi traslado en taxi al hotel Three Seasons, en la calle 52, por 6 dólares. Desafortunadamente el hotel, en el extremo oriental del centro de Yangon, establa completo. Encontré alojamiento en el segundo hotel en que probé suerte, el Ocean Pearl Inn, en la calle Botathaung Pagoda Road, paralela al este de la 52. En el mismo hotel cambié dos billetes americanos (de 100) por 188 billetes de a 1000 kyats (pronúnciese chats) la unidad. Esa misma tarde me dí un extenso paseo por la ciudad, no sin antes detenerme a conversar un rato con Ethel, una septuagenaria birmana con buen nivel de inglés y muchísimos amigos por todo el mundo, que descansaba en la puerta del hotel. Hacia el norte del hotel se encuentra el monasterio habitado de Chwe Dae Pwin Zedi. En el extremo sur de la misma calle, junto al río Yangon, se encuentra la pagoda de Botathaung, un complejo formado por varios edificios y estátuas de Buda. Caminando por la Strand road hacia el oeste, se pasa frente a varios edificios emblemáticos, como el hotel Strand, la Embajada británica, el edificio principal de la compañía postal nacional y varios edificios gubernamentales fuertemente blindados y vigilados, situados al sur del parque de Mahabandoola, en cuya esquina noroccidental se encuentra la pagoda de Sule Paya, curiosamente ubicada en el centro de una gran rotonda. La pagoda se eleva en el segundo piso de un edificio circular en cuyos alrededores puertas y ventanas se cuentan por tiendas, y en cuyo interior un paseo alicatado permite caminar alrededor de la pagoda, separándola de las tiendas y locales situados en la planta superior de este edificio esférico. El complejo guarda similitudes con la stuba tibetana de Bouddhanath, en las afueras de Kathmandu. Hacia el norte se encuentran las dependiencias de la estación central de ferrocarril y cerca de ésta dos importantes complejos comerciales, el moderno FMI central y el popular mercado de Bogyoke, en el que es posible encontrar una enorme variedad de puestos de artesanía y joyerías. Este mercado es también el principal centro de cambio de divisas del país. Deambulando por las calles comprendidas entre las avenidas de Bogyoke Aung Son, Merchant, Shwedagon Pagoda y Sule, encontré infinidad de tiendas, varias mezquitas musulmanas en plena actividad oratoria, templos hindúes, e incluso un mercadillo de artículos de segunda mano, en el que un monje budista inspeccionaba con curiosidad un viejo transistor de radio.
En la calle los birmanos soportan las altas temperaturas, cercanas a los 35 grados, con la ayuda de los longyis, una especie de pareos que usan como prenda de vestir alternativa a nuestros pantalones. Los que no llevan longyi, optan por vaqueros. Muchos de los birmanos musulmanes, así como los monjes budistas, optan por la túnica. Se da una extensa mezcla de religiones y etnias. Conviven gentes procedentes de la India, Bangladesh, China o Nepal con los nacidos en Birmania. Algunas mujeres llevan el tika dibujado en la frente, pero la gran mayoría se pintan la cara con thanaka, un tinte procedente de un árbol abundante en el país. Todos ellos contribuyen a la actividad frenética en la calle; charlan, beben té y zumos de fruta, comercian, en definitiva, viven en la calle. Y así es incluso después de anochecer, cuando la puesta del sol y los contínuos apagones dejan barrios enteros de la ciudad a oscuras no amedrentan a los birmanos, que permanecen impasibles, sentados en las sillas de plástico de sus teterías habituales.
Sábado, 5 de diciembre. Yangon • La visita a la impresionante pagoda de Shwedagon era el plato fuerte del día. Tras madrugar lo justo y necesario y recuperar unas pocas horas de sueño perdidas en las dos noches anteriores de insomnio, caminé hacia el oeste por la Bogyoke Aung Son hasta llegar a la Shwedagon Pagoda road, que tomé en dirección norte. En la puerta de la pagoda me encontré con Eddy Thurazeya, un birmano residente en Tailandia desde hace 21 años, con el que visité en primer lugar la imponente pagoda, parcialmente cubierta con motivo de unas obras de remodelación acometidas en la actualidad. Después de pasar un largo rato deambulando por el recinto y apreciando los bellos motivos decorativos repartidos por los diversos pabellones, capiteles, stupas y pilares, nos dirigimos hacia el lago Kandawgyi, cuyo perímetro bordeamos antes de volver sobre nuestros pasos hasta el mercado de Bogyoke. Cerca de allí, almorzamos en un restaurante típico de comida shan, el Aung Mingalar, antes de despedirnos. Poco más que un breve descanso, una cena en el restaurante indio Golden City Chetty y uno de los peores cafés de mi vida en el Mr. Brown, me deparó lo que restaba de día.
Domingo, 6 de diciembre. Bago • Me despertó el domingo la animada charla que mantenían unos huéspedes de mi hotel en Yangon cuando aún no eran las siete. Mi habitación, en la planta baja, daba al comedor del hotel. Se trataba de su último desayuno antes de partir hacia el aeropuerto y desde allí a sus respectivos hogares. Aproveché para desayunar , saldar la cuenta y dirigirme a la estación de autobuses Highway, varios kilómetros al norte de la ciudad. Desde allí, en cuestión de minutos, partí en un autobús hacia Bago. En esta ciudad, un polvoriento asentamiento en la carretera que une Yangon con Mandalay, que dispone de una estación de trenes en la línea que une ambas ciudades, que además sirve de puerta de acceso al sur del país, y que está dividida en dos por el río que le da nombre y que recibe los vertidos de todos sus habitantes, existen algunos puntos de interes que merece la pena visitar, como una de las pagodas más altas del país, Shwenawdaw Paya, que preside imponente el extremo noreste de la avenida principal de la ciudad, la cual parte desde la torre del reloj. En los alrededores de Bago, dos enormes Budas recostados esperan a los pocos visitantes que se detienen en la ciudad. La visita al monasterio de Kha Khat Wan Yaung se convierte en todo un espectáculo, en el que una larga hilera de jóvenes monjes novicios acceden al comedor entre dos filas de curiosos turistas. Kyaik Pun Paya, con los cuatro enormes budas dándose la espalda, y un monasterio en el que se adora a una serpiente de tamaño considerable, y a la que no pocos birmanos piden la concesión de deseos son otras de las atracciones a las que me llevó el motorista al que había contratado. Por la tarde me armé de paciencia y esperé en la estación la llegada desde Yangon del autobús nocturno que me llevaría hasta Mandalay. Acuciado por una jaqueca en aumento y un ligero dolor de garganta, me subí al autobus para hacer un viaje que se presumía eterno. Afortunadamente, a pesar de que hasta las 11 de la noche nos bombardearon con series de televisión y videos musicales en birmano a un volumen estridente dificilmente soportable, de las dos paradas en mitad de la noche en sendos restaurantes de carretera, de lo escaso del mínimo espacio disponible para encontrar una postura cómoda y de un aire acondicionado que convertía el autobus en una cámara frigorífica, pude conciliar el sueño y no llegué excesivamente machacado a Mandalay. Eran las siete de la mañana, cuando conseguí que un motorista me llevase hasta el Royal Guest House, donde me albergué durante los siguientes dos días.
Lunes, 7 de diciembre. Mandalay • En el centro de Mandalay, un amplio complejo rodeado por una muralla y un canal de agua exterior encierra el Palacio real. Poco queda del original, construido en el sigo XIX y destruido casi en su totalidad durante la Segunda Guerra Mundial. En el año 1990 el gobierno birmano comenzó las labores de su reconstrucción. Parte de esta reconstrucción es pagada con los 10 dólares que cuesta la entrada al recinto amurallado. Es de suponer que esos 10 dólares contribuyen también a mantener, si no agrandar, la brecha entre el nivel de vida de los militares y sus asociados y el del resto mayoritario de la población. Es por eso que, cuando me dirigía hacia la entrada al recinto, un taxista me abordó y me pidió que no entregase esos dólares al gobierno y que los invirtiese el cualquier guía privado. Finalmente él mismo me llevó a visitar varios lugares interesantes, dentro del área metropolitana, así como a alguna que otra tienda o taller enfocados a la venta al por menor a turistas, como por ejemplo un taller de elaboración de láminas de oro, con las que los birmanos adornan las imágenes de Buda presentes en casi todas las pagodas, un almacén de tapices y obras de madera, el barrio de los orfebreros del jade, la ribera del río con sus barcos-vivienda anclados frente a la orilla, el antiguo monasterio de madera de Shwe In Bin Kyaung, la hermosa pagoda de Mahamuni y la colina de Mandalay, copada por un buen número de pagodas. Pasé un buen rato con el taxista, cuyo nombre trascribiría fonéticamente como Moumo. Este licenciado en matemáticas y padre de cuatro hijos se gana la vida como taxista y guía turístico, hace gala de un buen sentido del humor y muestra un espírito crítico, frecuente entre los birmanos. A las cinco de la tarde ya estaba cenando en un restaurante nepalés cercano al hotel y poco tiempo después pegaba cabezazos frente a Los Pilares de la Tierra, que leía a duras penas entre esporádicos cortes de luz.
Martes, 8 de diciembre. Mandalay • Varias son las ciudades al sur de Mandalay que, en algún momento de la historia, fueron capitales de imperios más o menos extensos. En un único día es posible realizar una visita a las ciudades de Amarapura, Sagain e Inwa. A la visita de estas ciudades dediqué mi segundo día en Mandalay. En la motocicleta pilotada por Ko Forway, un guía turístico que ronda los cuarenta y que tiene su base de operaciones cerca del Royal Guest House, recorrimos los 11 kilómetros entre Mandalay y Amarapura, donde visitamos por primera vez en la jornada el famoso puente de U Bein, un puente de teca de casi una milla de longitud, así como la tranquila pagoda de Pahtodawgyl y el bullicioso monasterio de Maha Ganayon Kyaung, repleto de turistas que esperaban la procesión de monjes hacia el comedor en la hora del almuerzo. De camino a la colina de Sagain, cuna de numerosos monasterios y hogar de muchos monjes y monjas, nos cruzamos con los preparativos de una fiesta de celebración del noviciado de varios jóvenes budistas. Tras ascender hasta uno de los templos en la cima de la colina y contemplar desde la misma el aspecto que presentan otros tantos templos diseminados por doquier, descendimos nuevamente al pueblo, a tiempo de asistir a la celebración de la fiesta del noviciado; con todo un despliegue de colorido, la comitiva estaba formada por un buen número de caballos, carros tirados por búfalos y hasta un elefante, cabalgados por los propios homenajeados y algunas jóvenes acompañantes, ataviadas con llamativos vestidos de fiesta. Cerraba la comitiva una ruidosa y alegre comparsa. Tras almorzar en un restaurante junto al río, cruzamos en barca hasta la isla donde reside la antigua ciudad imperial de Inwa, sede en la actualidad de un par de interesantes pagodas y monasterios. Dentro de la isla, es posible dar un agradable paseo en coche de caballos por los caminos entre árboles, vegetación, sembrados y canales con destino a alguno de los varios templos dispersos por la zona. También se puede acceder a la isla con una bicicleta o con la motocicleta, como fue nuestro caso. Pasear por los caminos de Inwa puede resultar un ejercicio reconfortante, a escasos kilómetros del bullicioso centro de Mandalay. Para finalizar la jornada, nos dimos un tranquilo paseo a lo largo del puente de U Bein esperando, como tantos otros turistas, una agradable puesta de sol.
Miércoles, 9 de diciembre. Nyaung U (Bagan) • A primera hora de la mañana, tras una nueva noche en la que me costó conciliar el sueño, masacrado por los mosquitos a pesar de que usé la mosquitera y me rocié de repelente, me desplacé hasta la estación de autobuses, al sur de la ciudad. Una vez allí, no esperé mucho hasta la salida del autobús con dirección a Bagan. Durante el viaje conocí a Sonia e Iwan, una pareja de viajeros que llevan ya un buen número de kilómetros a sus espaldas. Asturiana ella y suizo él, compartieron conmigo los siguientes días en la ciudad de los mil templos. La carretera hacia Bagan, asfaltada sólo en parte, transita por paisajes semiáridos, donde predominan árboles de secano, palmerales y alguna que otra plantación de cereales. Algunas veces badeamos franjas de tierra que en otras épocas del año deben albergar peligrosas balsas de agua, cuya ausencia deja al decubierto las desnudas raíces de algún que otro árbol. Atravesamos pequeñas villas y campos de labranza donde algunos campesinos, ataviados con sombreros de paja, similares a los típicos sombreros vietnamitas, trabajan mientras el sol aún se levanta por el oriente. Tras una parada en un modesto y barato restaurante de carretera, que aprovechamos para almorzar y sacudirnos la fina capa de polvo de encima, reanudamos la marcha. Siete horas después de haber abandonado Mandalay, llegábamos hasta la taquilla de entrada al área de Bagan, donde abonamos la preceptiva tasa de 10 dólares. Juntos decidimos alojarnos en el May Kha Lar Guest House, situado en el pueblo de Nyaung U, situado en el vértice nororiental del triángulo formado por el viejo Bagan, el nuevo Bagan y la citada localidad de Nyang U, u que contiene la gran mayoría del los templos de la región. El viejo Bagan, al oeste de Nyaung U, hogar hace no muchos años de los habitantes de la región, es ahora sede de varios complejos residenciales regentados por familiares de miembros del gobierno. Mientras tanto, los ciudadanos residen en Nyaung U o en el nuevo asentamiento de Bagan, al sur del asentamiento original, adonde fueron forzados a desplazarse. Nyaung U es, de las tres ciudades, la que más alternativas de alojamiento, y más económicas, ofrece. La jornada concluyó con una breve visita a la localidad, una frugal cena y la visita a unos amigos de mis dos recientes compañeros de viaje, que nos sirvió para contratar una excursión en carro de caballos para el día siguiente.
Jueves, 10 de diciembre. Nyaung U (Bagan) • Desayuno español en el May Kha Lar cuando, a las siete y media de la mañana, nos congregábamos en el comedor los cinco españoles alojados en el hotel. Después de malayos, chinos, alemanes y suizos, la nuestra es la nacionalidad más común entre los turistas que visitan Myanmar. Uno de los españoles compartía viaje con un monje budista, al que había conocido a través de una asociación que se encarga de poner en contacto turistas y monjes. Sonia, Iwan y yo nos subimos a un carro tirado por una yegua de tres años llamada Namwa (transcripción fonética), que nos llevó por varios de los templos situados en el camino entre Nyaung U y el nuevo Bagan. Izagawna, Nandamannyam junto al que se encuentra el monasterio de Kyat Kan Umin, Thambula, Phayathonezu, el impresionante Tayokpyi Paya y Laymyethna, son algunos de los templos que visitamos antes de detenernos en el poblado de Minnanthu para tomar un refresco con que aliviar el calor seco reinante en la región. Desde allí fuimos directos hasta la majestuosa pagoda de Dhammayanzika Zedi, antes de buscar un lugar donde almorzar en el nuevo Bagan, que resultó ser diferente al local que nuestro guía nos sugería, y que era más caro que el que elegimos por nuestra cuenta, justo frente al anterior. Seguimos con la visita a más templos. Lawkananda, una bella pagoda situada a la orilla del río Ayeyarwaddy, y Mahuma, un turístico templo situado en la villa de Minkaba. La puesta de sol nos sorprendió en la azotea del templo de Dakkyaunggyi. Algunos otros peregrinos nos recomendaron los templos de Mynyeingon y Shwesandaw para disfrutar de un agradable amanecer, así como los templos Shwesandaw y Buledi para vivir los ocasos en Bagan. Con la noche pisándonos los talones, la caravana de carros y turistas se dirigía hacia sus respectivos destinos. De noche, los templos son propiedad de las serpientes que habitan en la zona. En una de las muchas agencias de viaje de Nyaung U reservé los billetes de avión para los trayectos desde Nyaung U hasta Heho (y la región de Kalaw y el lago Inle) y desde Heho hasta Yangon. Por la noche, no tuvimos ningún problema para encontrar una mesa libre en uno de los muchos y muy vacíos restaurantes de la población, que parece preparada para recibir muchos más turistas de los que he podido ver en la calle durante los últimos dos días.
Viernes, 11 de diciembre. Nyaung U (Bagan) • El plan para el viernes consistía en alquilar unas bicicletas en el hotel y pedalear por entre los templos que se encuentran junto a la carretera principal, que une Nyaung U con el viejo bagan. En el camino de ida hacia el oeste, visitamos los templos de Thakyabon, Htilominlo, U Pati Thein, Ananda, Min-o-Chan-Tha y Thakbyinnyu. Destaca el enorme templo de Ananda, que conserva la mejor fachada de todas, y cuyo interior consiste en un intrincado conjunto de galerías, repletas de ventanales con sus respectivas figuras de Budas, así como sus cuatro grandes estatuas de Buda frente a las cuatro entradas laterales al templo. Junto a la entrada norte del templo, un pequeño templo rectangular alberga pinturas muy interesantes, relativamente bien conservadas. Poco después nos encontrábamos con César, un segoviano que emprendió su particular periplo por tierras asiáticas dos meses atrás, y que se nos unió durante el resto de la jornada y los días venideros. La tarde resultó menos prólija en cuanto a visita de templos se refiere. Dhammayangyi Patho, la concurrida Shwesawdaw, famosa por sus puestas de sol, Sulameni Patho y la ´cercana Tha Beik Bnauk, donde esperamos a la puesta de sol. Por la noche tuvimos la osadía de cenar en el restaurante "italiano" de Nyaung U.
Sábado, 12 de diciembre. Nyaung U (Bagan) • Con la sensación del deber cumplido después de haber pasado los dos días anteriores visitando los templos más representativos, me tomé las cosas con más calma. Alargué el desayuno hasta que aparecieron Sonia, Iwan y César, que planeaban cambiar de hotel buscando algo más de comodidad. Alquilamos nuevamente una bicicleta. César y yo salimos en busca de nuevos templos pero una avería en la rueda trasera me hizo volverme a Nyaung U a pie. Después de probar todos y cada uno de los cacharros que les quedaban por alquilar, decidí buscar una bici en otro establecimiento. Este cambio de vehículo me mantuvo ocupado buena marte de la mañana. Ya era mediodía cuando conseguí llegar hasta los templos situados en la ribera occidental del río. Almorcé en el San Thi Dar, un acogedor restaurante regentado por una amable familia budista. Bajo un calor arreciante visité los templos de Shwesandaw, por enésima vez, y Pya-Tha-Da, antes de refugiarme en la sombra del toldo de una de las tranquilas teterías cercanas al templo de Dakkyaunggyi. Ya se acercaba la hora del ocaso cuando me dirigí al templo Alo-pyi, frente al que se erige el modesto templo de Bulethi, identificado por el número 294, donde esperamos hasta que el sol tiñó el cielo de ocre. Me despedía poco después de Sonia e Iwan, con unas cervezas y una charla animada. Ellos se quedarían en Bagan algunos días más, antes de viajar directamente a Yangon. Mientras tanto, César y yo volvíamos a Nyaung U, ya de noche, por una desierta carretera que, horas atrás, había sido limpiada a conciencia por algunos de los habitantes de la región, obligados a realizar el trabajo sin recibir nada a cambio, con motivo de la visita que debían realizar al día siguiente varios miembros del gobierno central. A esas horas, ya debían haber suspendido toda comunicación, telefónica o telemática, desde Bagan hacia el exterior.
Domingo, 13 de diciembre. Kalaw • Bajo la luz proyectada por un tubo de neón conectado a un circuito alimentado por la fuente auxiliar, el cual llevaba una hora funcionando desde el último corte de electricidad, descansaba en el Eastern Paraside, un pequeño y acogedor hotel en Kalaw, una población situada en el oriental estado Shan, hasta la que se desplazan algunos turistas con la intención de hacer un trekking de uno o varios días por los alrededores, como el que me planteaba realizar a partir del lunes, con destino al lago Inle. No es complicado llegar desde Bagan hasta Kalaw. tres compañías operan vuelos entre los aeropuertos de Nyaung U y Heho. Air Bagan, que ofrece una mayor gama de vuelos, algunos de ellos directos, y Air Mandalay y Yangon Airways, que conectan ambas ciudades a través de Mandalay. Todos los billetes se pueden reservar en casi cualquier agencia de viajes del país, y su precio oscila entre los 50 y 60 dólares. Mi vuelo, con Air Bagan, estaba previsto para las ocho y cinco de la mañana. Llegué al aeropuerto con tiempo suficiente. La sala de espera estaba llena de viajeros, del mismo y otros vuelos diversos. Vi cómo muchos de ellos eran llamados a embarque y desaparecían, primero tras la puerta de cristal de la sala de espera y después en el horizonte, hasta que quedábamos tan sólo los viajeros del vuelo de Air Bagan con destino a Heho. Con todo, poco antes de las 10 aterrizábamos en Heho. Evité los taxis apostados frente al aeropuerto y caminé hasta la carretera principal, a una milla de distancia, que une las ciudades de Kalaw y Taunggyi. Allí, esperé hasta el primer transporte público que circulaba en dirección oeste, hacia Kalaw, y me subí al techo de la furgoneta, para hacer compañía al resto de pasajeros que no cabían en los asientos cubiertos. Tres mil kyats por hacer un recorrido que en taxi cuesta seis veces más (unos 20 dólares). El techo de la ranchera es un buen lugar donde instalarse para observar las variopintas máquinas que usan los birmanos para llevar de un sitio a otro tanto personas como trastos, algunos dignos de aparecer en los dibujos animados de los autos locos. La ranchera se quedó sin gasolina a escasos kilómetros de Aungban. Hasta allí se desplazó el copiloto, que volvió minutos después con un bidón lleno de gasolina, que nos permitió llegar hasta Aungban. Allí, tras pasar media hora detenidos frente a un mercadillo y un par de teterías, y después de ver cómo los vendedores avasallaban a mis compañeros birmanos de viaje mientras que a mi me ignoraban por completo, nos mudamos a un autobus de tamaño reducido que, una vez superados ciertos problemas mecánicos, nos llevó hasta Kalaw, a 10 millas de distancia. Llegué sin problemas al Eastern Paraside, donde contacté con un guía con el que podría realizar el trekking hasta el lago Inle al día siguiente, junto con Daniela y Pascal, dos chicos suizos que también se alojaban en el hotel. Poco más hice en Kalaw, aparte de recorrer el pequeño mercado, visitar el exterior de pagodas, mezquitas y templos sith, y probar la comida de dos restaurantes, el Golden Kiti y el más que recomendable Sam's Family.
Lunes, 14 de diciembre. Entre Kalaw y el lago Inle • Uzo llegó al hotel poco antes de las nueve de la mañana. Para entonces ya había empaquetado en la mochila lo mínimo necesario para un viaje de tres días hacia la vida rural birmana, sin electricidad ni agua caliente. El resto del equipaje sería trasladado hasta el hotel Aquarius Inn, en Nyaungshwe, donde esperaba encontrar habitación tres días después. Mis compañeros de caminata también estaban listos, así que comenzamos a caminar buscando la salida de Kalaw. En cuestión de minutos abandonábamos la civilización y nos adentrábamos en caminos de media montaña, atravesando pinares y flanqueando algún arroyuelo poco caudaloso y llegábamos a la primera aldea, habitada por gentes de la etnia palaung, que viven del té que recogen en las laderas de las montañas y secan sobre lonas bajo el tibio sol, de la leña que talan en los bosques cada vez menos abundantes, y de los diversos cultivos de mostaza, arroz, arroz de montaña, calabazas, papayas y bananas. Pero principalmente del té, cuyas plantaciones van comiéndole terreno al bosque. Visitamos la modesta escuela de la aldea, llena de niños por tratarse de un día lectivo. Uzo se detiene en varias cabañas a entregar caramelos a sus habitantes, en su mayoría mujeres y niños pequeños. Hacemos una primera parada para el almuerzo en un restaurante de montaña, donde coincidimos con otro grupo de excursionistas. Reanudamos la marcha, que no detenemos hasta llegar a la estación de ferrocarril en el momento en que el último tren de la tarde abandona la estación. Todas las vendedoras siguen el lento avanzar del tren, con la cesta sobre la cabeza, tratando de realizar una última venta, hasta que el tren avanza demasiado rápido para sus piernas. Después, emprenden la vuelta a sus respectivas aldeas. Es tiempo de tomar unos refrescos y un coffemix, un triste café con chocolate en sobre, que encanta a los locales. Cuarenta minutos de caminata separan la estación de la aldea donde pernoctamos. Una vez en ella, mientras los chicos juegan al chinlon, una mezcla de fútbol y voleibol, nuestro cocinero particular prepara una deliciosa cena, que compartimos los tres. Ya estoy sobre un delgado colchón, bajo un juego de gruesas mantas cuando miro el reloj antes de dormir. Apenas son las ocho de la tarde.
Martes, 15 de diciembre. Entre Kalaw y el lago Inle • A pesar de que los gallos comenzaron a cantar sobre las cuatro, conseguí conciliar el sueño hasta las seis. Desde la ventana de la cabaña veía cómo la aldea se despertaba. El humo de las cocinas comenzaba a filtrarse por los tejados de paja de algunas chozas mientras que sus ocupantes salían de ellas, despeinados, desperezándose y agitándose para combatir el frío matinal. El delicioso y cuantioso desayuno estaba poco tiempo después encima de la mesa baja que ocupaba el centro de la planta superior de la cabaña. Torrijas de pan rebozado en huevo y fritas en aceite, bananas fritas, fruta en abundancia así como el indispensable coffemix. Comenzábamos a caminar pasadas las ocho y desde el principio pudimos comprobar que el día se presentaría más caluroso que los anteriores. El paisaje fue cambiando a medida que avanzábamos hacia el este. Dejábamos atrás las montañas cubiertas de plantaciones de té y los bosques, para entrar en terrenos menos agrestes, cubiertos por multitud de cultivos de chili, patatas, maiz, trigo, varias sémolas de sésamo, judías de diversos tipos, mostaza, coles, arroz y árboles frutales, como la papaya o la banana. Nos detuvimos en alguna aldea de la etnia pa-o, para contemplar cómo sus habitantes tendían alfombras de chili secado al sol. No sabría decir quién estaba más sorprendido de ver a quién. Después de un copioso almuerzo, continuamos la marcha a través de un adsequible paso de montaña, frecuentado por muchos de los aldeanos del lugar, para llegar, poco tiempo después, hasta el monasterio donde pasaríamos la noche, en compañía de algunos otros grupos de excursionistas.
Miércoles, 16 de diciembre. Nyaungshwe • Myanmar es un país tradicionalmente budista. A la temprana edad de diez años, los birmanos ingresan por primera vez en un monasterio, en el que permanecen desde varias semanas hasta algunos pocos meses. Diez años después ingresan por segunda vez en el monasterio. Tras esta segunda estancia deben decidir si reanudarán su vida normal o permanecerán en el monasterio de forma definitiva, lo cual es considerado un honor por los familiares del novicio. Una de las primeras tareas que los novicios realizar cada jornada, como pude comprobar en el monasterio en que dormía, consiste en cantar oraciones desde las cinco de la mañana, antes de la salida del sol, hasta que éste ya ilumina el salón de ceremonias. Mientras un monje adulto conducía las plegarias de los jóvenes novicios, nosotros abandonábamos silenciosamente la sala y esperábamos el desayuno en un edificio adyacente, para después despedirnos del monje responsable del monasterio, al que dimos un donativo a cambio del cual nos obsequió con una bendición y una pulsera. Era la última jornada de viaje hacia el lago Inle, descendente casi en su totalidad, y Uzo, que vió que podría regresar hasta Kalaw ántes de lo previsto, nos guió a un paso más rápido, a través de paisajes de color verde y rojo, por una pista de tierra ocre, cubierta ocasionalmente por rocas, árboles que proyectaban reconfortantes sombras y apenas alguna villa que, a nuestra llegada, estaba prácticamente vacía. Sus habitantes habían marchado en caravana, hacia diferentes campos de labranza, instantes antes de nuestra llegada a la aldea. No obstante, nos detuvimos allí para conversar con los que allí quedaban, con la ayuda de Uzo, y a realizar algunas fotografías. No había persona con la que no se cruzase nuestro guía, con la que no intercambiara algunas palabras. Dejamos atrás bosques de bambú, tecos y árboles de uvas salvajes para iniciar un descenso más acusado hasta Indein, a la orilla del lago Inle, en el que se celebraba un mercado semanal, ya poco activo a nuestra llegada. Nos habíamos cruzado con gran cantidad de aldeanos cargados con fardos mientras volvían a sus aldeas desde el mercado.
Nuestro cocinero particular nos preparaba una última comida en un restaurante junto a un transitado canal de agua, después del cual embarcábamos en una lancha motora que nos llevaba hasta Nyaungshwe, en el extremo norte del lago. Esta ciudad alberga la práctica totalidad de turistas que visitan la región. Por la tarde Daniela, pascal y yo, que encontramos habitaciones disponibles en el mismo hotel, Aquarios Inn, nos relajamos paseando por las calles de la localidad, visitando el muelle fluvial donde la actividad comenzaba a cesar, y disfrutando de unas merecidas cervezas y una sabrosa comida india. Poco más quedaba por hacer en esta ciudad sumida en la oscuridad por los continuos cortes de suministro eléctrico.
Jueves, 17 de diciembre. Nyaungshwe • Cúmulos de nubes cubrían el lago Inle la mañana del jueves. La primera en que no amanecía con cielo despejado. Con un frío que se metía en los huesos, todos los huéspedes del Aquarius Inn nos empeñamos en desayunar en la terraza. En esta ocasión, el desayuno incluía tortilla de patatas. Para el día de hoy habíamos contratado un paseo en bote por el lago. Cuando nos pusimos en marcha, sobre las ocho de la mañana, apenas se aguantaba el contacto con la helada corriente de aire que barría la barca de proa a popa. Nuestros primeros destinos fueron una fábrica de telas, donde Daniela no pudo resistirse a la tentación de comprar algo y me arrastró con ella, y el mercado de Nam Pan, un hervidero de gentes venidas de las diferentes aldeas en los alrededores del lago. Después del mercado, navegamos por entre las calles anegadas de una aldea sobre el lago. Casi la totalidad de los edificios, de madera en su mayoría, se elevan del agua mediante pilares de madera. Uno de estos edificios es la sede de una fábrica de puros. Allí se enrollan las hojas de palma y se pegan, las unas con las otras, con una cola obtenida a partir de arroz, encerrando dentro el tabaco traído desde Mandalay. Para potenciar el sabor del tabaco, se mezcla con un mejunge compuesto de limón, miel y azucar, entre otras sustancias. Tras una breve visita a una pagoda plagada de turistas almorzamos en un restaurante también bastante concurrido. Del recorrido en barca que los guías suelen proponer a sus clientes, decidimos saltarnos las visitas a la fábrica de artículos de plata y a un monasterio donde los monjes amaestran gatos, para poder dedicar mayor tiempo a la visita a una fábrica de papel donde emplean a varias mujeres de la etnia kayan, que se caracterizan por adornar su cuello con gran cantidad de anillas de oro. Cada lustro añaden 5 aros al collar, hasta acumular un total de 25 anillos. También pudimos visitar los jardines flotantes, unas vastas extensiones de sembrados apoyados en la flora autóctona del lago y fijados al suelo por estacas de madera, donde crecen tomates y otras hortalizas. Antes de regresar hacia Nyaungshwe, observamos de cerca la actividad de los famosos pescadores del lago Inle que manejan el remo con una de sus piernas, mientras que con los brazos hunden una cesta en el fondo del lago e introducen dentro de élla un tridente con el que intentan atrapar los peces encetrados en el fondo. Esa misma noche, Daniela; pascal y yo nos despedimos con unas cervezas y una cena en el mejor italiano de la ciudad, el Golden Kite.
Viernes, 18 de diciembre. Yangon • El hijo del propietario del Aquarios Inn me acercó hasta el aeropuerto de Heho a las siete de la mañana. Aparte de dirigir el hotel, hace las labores de taxista ocasional. Partimos hacia Yangon sin más retraso que el esperado en los vuelos nacionales. De vuelta al sofocante calor de la antigua capital, probé suerte en los mismos dos hoteles que en mi primera visita a la ciudad, con peor fortuna, pues ni siquiera el Ocean Pearl tenía disponibilidad. No tuve problemas para encontrar una habitación disponible en el hotel Eastern, de los mismos propietarios que el Three Seasons, y ligeramente más caro que éste, diferencia de precio injustificable dada la única panorámica de la habitación, un muro de hormigón a menos de un metro de la ventana, y el constante zumbido procedente de un motor a poca distancia de la habitación. Dediqué la tarde a realizar las últimas compras en el mercado de Bogyoke y caminar una vez más por las abarrotadas calles de la ciudad hasta que, después de cenar en el restaurante indio New Dehli, regresé al hotel.
Sábado, 19 de diciembre. Kuala Lumpur • Día de mero trámite que he pasado entre aeropuertos y aviones. Para abandonar Myanmar por aire, es necesario abonar la tasa del aeropuerto, 10 dólares por persona. Mientras esperaba mi turno para pagar la tasa, un turista se enteró de que debía abonar la tasa para sus hijos, que apenas tenían 3 años. Tuve que cederle unos dólares que me sobraban, a cambio de algunos de sus euros. El vuelo salió con dos horas de retraso. Afortunadamente, esas dos horas de más que pasé en yangon, me las ahorré en el de Kuala Lumpur. Este aeropuerto es uno de los más importantes del sureste asiático, junto con el de Bangkok, pues sirve de enlace entre las principales europeas y la mayoría de aeropuertos internacionales de Oceanía y del sur de Asia, algunos de los cuales, como el de Yangon, no tienen conexión directa con Europa. En sus numerosas tiendas uno puede dejar pasar el tiempo, mientras se acerca la hora de embarcar en el avión que le llevará hasta casa, posíblemente al encuentro de un gélido frente siberiano.
Domingo, 20 de diciembre. Madrid • El frente siberiano me estaba esperando ya en Amsterdam, adonde llegué poco después de las seis de la mañana. En cuanto aterrizamos, busqué la estación de tren de Schiphol y me subí al primer tren con dirección al centro de Amsterdam, Cuando llegué allí, con la intención de hacer algo de turismo hasta la salida del avión hacia Madrid a media tarde, me encontré con la calle totalmente nevada y un tiempo inclemente: frío, viento gélido y nieve continuamente cayendo. Ni siquera esperé al amanecer por ver si el tiempo mejoraba y regresé al aeropuerto. A la hora prevista embarcamos en el vuelo de la KLM, pero el minutero comenzó a girar mientras que nosotros seguíamos parados frente a la puerta de embarque, hasta que el aeropuerto reanudó su actividad, suspendida temporalmente a causa de la nieve. Para entonces la cola de aviones que debían ser sometidos a un proceso de deshielo antes de despegar era considerable. Finalmente llegamos a Madrid con un retraso acumulado de tres horas, lo que me dejó poco margen para descansar de un agotador viaje de cara al día siguiente, en que volvía a la rutina del trabajo. Será entonces hora de empezar a pensar en el siguiente viaje.