30/07 - 09/08/2009 Francia
30/07 Madrid - Villafranca del Penedés. 560 km.
31/07 Villafranca del Penedés - Bourg d'Oisans. 715 km.
01/08 Bourg d'Oisans. 167 km. • 7h36' • 22,1 km/h • 3920 m ∠ • Mapa
 
Bourg d'Oisans - Allemont - Col de la Croix de Fer - St-Jean-d'Arves - St-Jean-de-Maurienne - St-Michel-de-Maurienne - Col du Télégraphe - Valloire - Col du Galibier - Col du Lautaret - La Grave - Le Freney d'Oisans - Bourg d'Oisans.
02/08 Bourg d'Oisans - Briançon - Bourg d'Oisans. 156 km. 22,1 km. • 1h27' • 15,2 km/h • 1155 m ∠ • Mapa
 
Briançon - Col d'Izoard.
03/08 Bourg d'Oisans - Moûtiers. 59 km. 100,5 km. • 5h33' • 18,1 km/h • 3110 m ∠ • Mapa
 
La Chambre - St-Etienne-de-Cuines - Col du Glandon - St-Etienne-de-Cuines - La Chambre - St-François Longchamp - Col de la Madeleine - La Léchère - Aigueblanche - Moûtiers.
04/08 Moûtiers. 125,4 km. • 5h52' • 21,4 km/h • 2870 m ∠ • Mapa
 
Moûtiers - Aime - La Plagne - Aime - Moûtiers - Salins-les-Thermes - Bozel - Planay - Pralognan-la-Vanoise - Salins-les-Thermes - Moûtiers.
05/08 Moûtiers - Flumet. 51 km. 141,4 km. • 6h43' • 21,0 km/h • 3640 m ∠ • Mapa
 
Bourg-St-Maurice - Val d'Isere - Col de l'Iseran - Val d'Isere - Bourg-St-Maurice - Cormet de Roselend - Beaufort.
06/08 Flumet. 96,5 km. • 5h05' • 19,0 km/h • 2615 m ∠ • Mapa
 
St-Nicolas-la-Chapelle - Héry - Col de l'Arpettaz - Ugine - Marlens - Col de l'Epine - Le Bouchet - Serraval - Les Clefs - Manigod - Col de la Croix-Fry - Les Etages - Col des Aravis - La Giettaz - Flumet - St-Nicolas-la-Chapelle.
07/08 Flumet - Taninges - Flumet. 100 km. 65 km. • 3h06' • 20,9 km/h • 1685 m ∠ • Mapa
 
Taninges - Samoëns - Col de Joux Plane - Morzine - Essert-Romand - La Côte-d'Arbroz - Col de l'Encrenaz - Taninges.
08/08 Flumet - Bèdoin - Villafranca del Penedés. 849 km. 21,1 km. • 1h30' • 13,9 km/h • 1525 m ∠ • Mapa
 
Bèdoin - Mont Ventoux.
09/08 Villafranca del Penedés - Madrid. 560 km.

Ciclismo en los Alpes franceses

Como si de una UTE se tratara, varios integrantes del Club Ciclista Chamartín y de la Peña Ciclista Rodriguez Magro decidimos pasar una semana de vacaciones en los Alpes franceses para subir puertos, sufrir a base de bien y consumir aún más nuestras exíguas fuerzas. Las bondades del viaje no acabaron ahí, sino que pudimos comer a base de bien y disfrutar de unos paisajes de ensueño.

Usando como base las localidades de Bourg d'Oisans, Moûtiers y San Nicolas la Chapelle, realizamos una serie de excursiones, más o menos largas, algunas de ellas en circuito cerrado y otras en línea, estas últimas gracias a que José se sacrificó para llevar a cabo la ingrata tarea de hacerse cargo de la furgoneta y esperarnos allá donde le necesitábamos (gracias por tu ayuda!). Subimos algunos de los puertos de montaña más emblemáticos, aunque se nos quedaron otros en el tintero. Como hacen algunos directores, dejamos abierta la puerta para un segundo capítulo en este viaje.

En el término meramente deportivo, los "magros" fueron ampliamente superados por los "chamartines".

Jueves, 30 de julio. Villafranca del Penedés • Partimos de Madrid el último jueves de julio, tras recoger la Citroen Jumper que habíamos alquilado en Atesa, con un poco de retraso, Pepe Facio, Carlos y yo. En un centro comercial a la salida de Alcalá de Henares nos esperaban Edu y José Juarez, junto a los que formábamos el grupo definitivo. Tras varias horas de camino, nos paramos en un restaurante de Muelas, cerca de Zaragoza, donde nos zampamos unos bocadillos enormes y, sin conseguir nuestro objetivo inicial de cruzar la frontera en el día, acabamos el día en el Basic Hotel, un aséptico hotel de carretera en Villafranca del Penedés.

Viernes, 31 de julio. Bourg d'Oisans • El viernes, después de desayunar, reemprendimos nuevamente la marcha. Atravesamos la Junquera tras chuparnos el primer atasco del día y nos adentramos en territorio francés. Después de mediodía, con un tráfico denso, llegamos a Valence, en una de cuyas estaciones aledañas nos detuvimos a almorzar. A Bourg d'Oisans llegamos a las seis y media de la tarde. Retiramos las cosas de la furgoneta, nos acomodamos en la habitación (una única habitación con seis camas para todos nosotros) y nos preparamos para bajar al comedor a cenar a las ocho de la tarde. Las costumbres francesas difieren de las nuestras en cuanto a horarios de almuerzo y cena. Compartimos cena con otros huéspedes del hotel (o más exactamente chambre d'hôte) Les Petites Sources, entre los que había una pareja de ciclistas británicos, con los que entablé conversación. Esta cena fue la primera de tres colosales banquetes, colmados de deliciosa comida bañada en vino abundante.

Sábado, 1 de agosto. Bourg d'Oisans • El sábado era sobre el papel, la etapa más dura del viaje. Para ese día habíamos planificado el recorrido de la marcha internacional La Marmotte, con alguna variación, con la ascensión a los puertos de Col de la Croix de Fer (en lugar del Col de Glandon), Col du Télégraphe y Col du Galibier. Comenzamos el día con un temprano desayuno y un suave rodar hacia Allemont. Pocos kilómetros después, en el comienzo del Col de la Croix de Fer, se tensa la cuerda y Edu y yo ganamos unos metros. Por detras, las distancias se agrandaban por momentos. Poco antes de llegar a Rivier de Allemont nos reagrupamos y comenzamos el descenso que precede a las rampas más duras del puerto. A once kilómetros de la cima, remontamos una gran presa, a partir de la cual el valle se abre majestuosamente y muestra los últimos 9 kilómetros de carretera serpenteando en la ladera izquierda hasta la misma cima. El día, espléndido, nos permite admirar el paisaje, de un verde muy vivo, y las cascadas horadando la roca en la ladera opuesta del valle. Llegamos hasta el restaurante situado en la cima del Glandon y, tras hacer unas fotos, fuimos a la cima del Col de la Croix de fer, a esperar a los demás. Sólo vimos llegar a José, que decidió regresar hasta Bourg d'Oisans. Pepe y Carlos nos habían esquivado y bajaban ya hacia St-Jean-de-Maurienne. Edu y yo, bajamos tras ellos y comenzamos a subir el Télégraphe, bajo una cortina de sudor, para descubrir en la cima que Pepe y Carlos nos esperaban allí. Tras la reagrupación, decidimos tomar un caro y escaso almuerzo en el restaurante de la cima, antes de afrontar la subida al Galibier. La ascensión, larga, dura, bajo un sol abrasador, y con un incómodo aire frontal en los últimos kilómetros, los más duros, nos dejó tocados, a unos más que a otros, eso sí. Desde la segunda cima más alta del viaje, hasta Bourg d'Oisans, donde nos esperaba una anhelada y bien merecida cena, un largo descenso entre el tráfico, a través de los túneles junto a la garganta de Malaval, hasta la presa de Chambon y más allá, hasta nuestro destino. Nuestra Marmotte no se vió culminada con una ascensión al Alpe d'Huez, sino con una buena dosis de vino local.

Domingo, 2 de agosto. Bourg d'Oisans • El día amaneció lluvioso. Sin saber si podríamos realizar la etapa prevista, con salida y llegada a Briançon y las ascensiones al Col d'Izoard, por las vertientes sur y norte, y el Col de Agnel por la vertiente francesa, nos dirigimos hasta Briançon. Una vez allí, la intensa lluvia nos retuvo un buen rato en la furgoneta, hasta que reunimos valor para correr hasta un restaurante donde nos tomamos unas bebidas. Descampó a lo largo de la mañana e hicimos un poco de turismo en la ciudadela de Briançon, quizás la ciudad monumental mas importante de cuantas visitaríamos en los Alpes. Después de dar cuenta de las provisiones que habíamos comprado, iniciamos la ascensión al Col d'Izoard todos salvo José, que nos tiró algunas fotos durante la subida y nos esperó en la cima. Una vez allí, tras un calentón de una hora y media, nos reagrupamos y decidimos no subir el Col de Agnel, en vista de lo precario del tiempo. Dimos media vuelta y nos plantamos en Bourg d'Oisans con el tiempo justo para asearnos y acudir a nuestra ansiada cita diaria en el comedor para cenar por última vez en Bourg d'Oisans.

Lunes, 3 de agosto. Moûtiers • Nos llevó tiempo preparar las bicis y el equipaje, desayunar, abonar la cuenta y partir de Bourg d'Oisans, tras despedirnos de Pauline, la atenta y simpática dueña de Les Petites Sources. Cruzamos el Glandon en el camino hacia La Chambre, donde nos preparamos para ascender el Col du Glandon por la vertiente de St-Etienne-de-Cuines, entre el frío y la lluvia y bajo un ligero aguacero. Al comenzar el puerto, nos cruzamos con otro español que resultó ser de Cáceres, y que conocía a mis compañeros del Caja Duero-Avanzamos. En la cima del Glandon, Edu y yo coronamos entre la niebla con unos metros de ventaja sobre el resto, e iniciamos el descenso, que se nos hizo durísimo por culpa del frío. Improvisamos una comida a base de fruta, pan con jamón serrano, galletas y membrillo y comenzamos la ascensión al segundo coloso del día, el Col de la Madeleine, por St-François Longchamp. El tiempo había mejorado y el asfalto se mantenía seco en esta ladera de la montaña. Carlos marcó un ritmo de subida desde el principio, al que conseguimos adaptarnos todos hasta que a la altura de St-François Longchamp 1650, a 5 kilómetros de la cima, Pepe decidió hacer la guerra por su cuenta. Abierta la veda, Edu y yo nos fuimos hacia delante. En la cima, ante un paisaje de verdes y extensas praderas truncadas por moles de roca, nos esperaba Jóse. Allí decidimos bajar en bici hasta Moûtiers, mientras Pepe y Carlos coronaban este mítico puerto. Descenso largo hasta Moûtiers, durante más de 30 kilómetros, para salvar los más de 1500 metros de diferencia de altitud (la cima se encuentra a 2000 metros y el valle a menos de 500). Por primera vez en todo el día divisamos rayos de sol y claros entre las nubes en el horizonte. Dejando atrás extensos bosques y rodando sobre un asfalto rugoso y en regulares condiciones, por una carretera estrecha y sinuosa, llegamos a Moûtiers, donde no tuvimos problemas para encontrar el Hôtel le Terminus, regentado desde primeros de julio por un joven matrimonio. Nos dieron las diez y media de la noche tras tomarnos una cerveza y una visita a la pizzería más cercana al hotel, al que llegamos poco después, después de atravesar las desiertas calles de un aparente pueblo fantasma.

Martes, 4 de agosto. Moûtiers • Por la mañana Moûtiers apareció cubierto de una ligera niebla, que se disipó en el tiempo que nos llevó desayunar. En el desayuno, tras consultar con el encargado del hotel, acordamos subir a las estaciones de ski de La Plagne y Pralognan-la-Vanoise, esta última en lugar de Courchevel, por recomendación del encargado. Al parecer, Pralognan preserva casi intacto el estilo de los típicos pueblos alpinos, mientras que Courchevel se ha convertido en un enorme y lujoso complejo turístico. Partimos pronto hacia Aime, por la incómoda carretera con destino a Bourg-St-Maurice, transitada por muchos vehículos pesados y con un escaso arcén. En Aime comienza la constante ascensión a La Plagne, con sus 21 curvas de herradura numeradas, unidas por largas rectas, y un excelente asfalto, lo cual nos garantizaba una rápida y cómoda bajada. Siguiento la tónica habitual de días previos, Edu y yo tomamos unos metros de ventaja. Tras alcanzar la cima, en Aime la Plagne, a 2100 metros de altitud, desde la que se apreciaba el contraste del sobrecogedor paisaje alpino con el Montblanc hacia el nordeste y el terrorífico entramado de grotescos edificios erigidos por el hombre, hicimos una breve parada en una cervecería, antes de regresar hasta Moûtiers. Tras una comida ligera, consistente en unos paninis resecos y chamuscados en exseso, iniciamos el ascenso hasta la estación de Pralognan-la-Vanoise. Durante los primeros kilómetros, compartidos por todos los que tienen como destino las estaciones de Meribel, Courchevel o Pralognan, así como a otras poblaciones cercanas al Parque Natural de Vanoise, tuvimos la ingrata compañía de un enjambre de vehículos, que fue disminuyendo hasta que dejamos atrás el desvío a Courchevel y las poblaciones de Bozel y Planay, a partir de la cual comenzaba el tramo más exigente de la subida. Carlos tomó unos metros de ventaja, que parecían buenos hasta que Pepe, empeñado en dinamitar las posibilidades del resto de chamartines, tensó la cuerda. Al final, les solté un latigazo y ya no les volví a ver hasta la plaza principal de Pralognan. Allí pudimos disfrutar de un paisaje excelente y de unas cervezas que nos supieron a gloria. Dejamos en Pralognan a turistas, senderistas y campistas, y nos volvimos a Moûtiers, quemando nuestras últimas reservas de fuerza en otro calentón sin sentido. Por la noche, antes de que la escasa multitud dejase la ciudad vacía como un desierto, cenamos en la terraza de una pizzería en la plaza principal.

Miércoles, 5 de agosto. San Nicolas la Chapelle • A las ocho y media de la mañana dejábamos el hotel para llegar, media hora después, a Bourg-St-Maurice, donde comenzaba nuestra etapa del día, que nos debía llevar hasta el Col d'Iseran y, si nos quedaban ganas, a la cima del Cormet de Roselend. El ascenso hasta Val d'Isere, al pie del Col d'Iseran, transcurre por una carretera amplia, con poco arcen y muy transitada, desde los 800 metros de altitud de Bourg-St-Maurice hasta los 1800 de Val d'Isere. Se trata de una subida de poca dureza, con descansos frecuentes. A la altura de Tignes, ciudad olímpica, llegamos a la gran presa de Tignes y el lago de Chevril, a la derecha de la ruta. Desde la carretera divisamos la estación de Tignes, a los piés de un gran anfiteatro de roca y hielo. Una sucesión de túneles y paravalanchas nos conduce a Val d'Isere, donde José nos espera con la furgoneta. Mientras Pepe y yo continuamos de inmediato nuestra ascensión al Iseran, los demás se toman un refresco y fantasean con las camareras. Preciosa subida hasta los 2770 metros, el punto más elevado de nuestro viaje, ascendiendo por la ladera izquierda del valle hasta que, tras varios kilómetros de subida un giro de 180 grados nos situa en la ladera derecha, donde remontamos los últimos 10 kilómetros hasta la cima, descarnada, donde encontramos bastante gente (un alcalaíno incluido) y desde donde se divisa un panorama sobrecogedor. Un descenso rápido nos lleva hasta Val d'Isere, donde almorzamos todos juntos antes de iniciar el regreso en bici hasta Bourg-St-Maurice. Esta vez, Pepe acompañó a José en la furgoneta. Al llegar a nuestro punto de partida, los cuatro iniciamos el ascenso a los 19 kilómetros del Cormet de Roselend, los 8 primeros bastante duros, con algunos kilómetros al 9 y al 11% de media. Edu aprovecha una parada técnica de los chamartines para lanzar un ataque, si bien su escapada apenas duró unos kilómetros. A mitad de puerto nos encontramos con un desagradable aire de cara, que enturbió un descenso de la pendiente. A partir de ese relativo descanso el valle se abría, mostrando un camping de autocaravanas y al fondo, el coloso nevado del pico del Águila de los Glaciares (3817 metros). Tras superar en solitario los dos últimos kilómetros del puerto, endurecidos por el viento, inicio el descenso hacia Beaufort, con una ventaja ostensible. La bajada desde la cima del Roselend hasta Beaufort nos deparó algunos de los mejores momentos del viaje, a lo largo de impresionantes paisajes, como la presa de Roselend y sus aguas de color turquesa, o el arbolado, angosto y claustrofóbico desfiladero de Entreroches. Sin pararme en la fuente de Beaufort, como hizo el resto del grupo, inicio el ascenso al Col de Saisies, del que sólo cubrí los primeros 6 kilómetros. Con una deshidratación en progresión exponencial, me subí a la furgoneta en cuanto tuve la ocasión. Por la noche, en San Nicolas la Chapelle, cenamos en uno de los pocos restaurantes del lugar, llamado Le Saint Nicolas, donde Pepe y yo degustamos nuestra única fondue con queso de Savoia del viaje.

Jueves, 6 de agosto. San Nicolas la Chapelle • Para el jueves habíamos programado un recorrido de 100 kilómetros por los alrededores de San Nicolas la Chapelle, incluyendo varios puertos relativamente desconocidos para el público español, la mayor parte por carreteras secundarias poco transitadas. Tras el desayuno partimos en dirección hacia Ugine, y tomamos un desvío tras dos kilómetros de bajada hacia Hèry, encontrándonos con unas exigentes rampas sobre buen asfalto, que se prolongaron hasta los 1000 metros de altitud, 300 sobre el nivel en que se encontraba el Hotel du Vivier. Unos metros después de atravesar Hèry, tomamos el desvío señalidado al Col de l'Arpettaz, un puerto de 12 kilómetros, la práctica totalidad de ellos de carretera estrecha, de alta montaña, que asciende hasta los 1500 metros tras una sucesión de gentiles descansos y rampas pronunciadas, con impactantes vistas del Montblanc al sureste. Llegamos a la cima, desde donde parte una pista de tierra hacia el Col des Aravis. Nosotros tomamos la carretera asfaltada que conducía hasta Ugine por un descenso muy peligroso, repleto de virajes, baches, claroscuros y cubierto de ramas y arenilla. En Ugine, Edu decidió volver hacia Flumet. Pepe, carlos y yo nos dirigimos hacia Marlens, en la Alta Savoia, donde daba comienzo a la segunda ascensión del día al Col de l'Epine, un corto pero duro puerto coronado a 1000 metros de altitud. El puerto apenas tenía tráfico, y gozaba de un excelente asfalto y una pendiente regular, mantenida entre el 7 y 8% de desnivel. Durante la bajada a Serraval, Carlos partió un radio de la rueda trasera, avería con la que aguantó el resto del viaje alpino. En Serraval repostamos agua, nos tomamos unos refrescos y charlamos con una simpática y guapa ex-ciclista, que nos dió una lección acerca de los puertos en los alrededores. Reanudamos el descenso hacia Les Clefs, donde comenzamos la subida al Col de la Croix-fry, un puerto de algo más de 12 kilómetros entre casas de madera, bordeando la ladera izquierda del valle del río Fier, dejando a mano derecha la cadena del Aravis, en cuyo extremo opuesto se encontraba la cima del Col de l'Arpettaz. Las rampas más exigentes del puerto se encuentran a la salida de Manigod, una población ubicada a mitad de la ascensión. En la cima nos detuvimos en un restaurante para tomar un almuerzo consistente en cervezas y tortillas de un tamaño considerable. Un breve descenso hasta Les Étages nos situó en la ruta hacia Flumet, si bien tuvimos que cubrir los cuatro últimos kilómetros de ascenso al Col des Aravis desde La Clusaz, rodeados de un enjambre de vehículos motorizados, un posterior descenso pronunciado hasta La Giettaz y unos kilómetros de falso llano a través de las gargantas de l'Arondine. Llegamos con tiempo para bañarnos en la piscina natural de Flumet.

Viernes, 7 de agosto. San Nicolas la Chapelle • El plato fuerte del recorrido del viernes era, sin duda, la ascensión al Col de Joux Plane, un puerto con poco más de 11 kilómetros, pero con una pendiente media del 8,4%. Tras ascender este puerto pensábamos subir el Col de Joux Verte, desde Morzine, y los puertos de l'Encrenaz y la Ramaz, en un circuito de 100 kilómetros alrededor de Taninges. Finalmente descartamos las subidas al Col de Joux verte y el Col de la Ramaz. Desde Flumet hasta Taninges nos desplazamos en la furgoneta; un viaje de apenas 60 kilómetros que nos llevó más de una hora, debido al intenso tráfico en todas las ciudades que tuvimos que atravesar en nuestro camino. Ya en Taninges, nos preparamos e iniciamos la marcha hacia Samoëns, ganando altitud paulatinamente a medida que nos acercábamos al inicio del Col de Joux Plane. Justo abajo, recibí una llamada telefónica de mi futura empresa, para concretar determinados aspectos relativos a mi incorporación en septiembre. Pepe y Edu aprovecharon ese momento para apretar el ritmo. A partir de ese momento y hasta la cima, puse el ritmo de caza y les fui dando alcance. primero fueron Carlos y José en el kilómetro 4 de ascensión. En la rampa más dura del puerto, un poco antes de llegar a La Combe-Emeru, alcancé a Pepe. Cacé a Edu en el siguiente kilómetro a La Combe-Emeru, a 4 kilómetros de la cima. No le conseguí distanciar hasta unas exigentes rampas a dos kilómetros de la cima. El calentón que me estaba pegando no me impidió apreciar el brutal paisaje que se divisaba a la derecha de la marcha en algunas curvas a izquierda. El majestuoso Montblanc, sus perpetuas nieves y sus innumerables picos menores, afilados como los dientes de una sierra. Tras detenernos unos minutos en la cima, y despedirnos de José, que se volvió hacia Taninges por Samoëns tras vencer al monstruo de la jornada, descendimos hacia Morzine. Allí, llevamos a cabo el ritual de la ingesta de cafés y cerveza, y decidimos la suerte del grupo para el resto de la jornada, que se redujo a la ascensión al corto pero exigente Col de l'Encrenaz, a 1500 metros de altitud, que atraviesa la pintoresca población de Côte d'Arbroz. Desde allí hasta Taninges, un largo descenso por carreteras tan tranquilas como las que nos habían llevado hasta la cima. Encontramos sin grandes dificultades un lugar para almorzar el plato de pasta de rigor y regresamos hasta Flumet, donde pasamos el resto de la tarde, entre compras y otras nimiedades varias.

Sábado, 8 de agosto. Villafranca del Penedés • El último puerto que ascendimos en nuestras vacaciones no fue precisamente un puerto alpino. Para este último día habíamos reservado la ascensión al mítico Mont Ventoux, el coloso de la Provenza, con sus casi 2000 metros de altitud, tras una ascensión de 21 kilómetros y medio, y tres partes claramente diferenciadas: unos seis primeros kilómetros suaves hasta Les Bruns, 9 kilómetros infernales dentro del bosque comunal de Bèdoin, con rampas mantenidas entre el 9 y el 10%, y unos seis kilómetros finales más suaves, a partir del Chalet Reynard, que dan al Mont ventoux su fama de puerto árido, desolado y castigado por el viento. Dejamos el Hôtel du Vivier poco después de las seis, y no nos detuvimos a desayunar hasta pasadas las 8. Tras comer todo lo que habíamos comprado la noche anterior, reemprendimos la marcha para llegar hasta Bèdoin poco después de las 11 de la mañana. A mediodía ya estábamos sudando la gota gorda en las duras rampas del Mont Ventoux. En la cima nos esperaba José, que no había subido en bici y había estado tomándonos fotos en plena ascensión. Por pocos segundos conseguí mejorar el tiempo invertido en esta misma subida el año anterior, al marcar un tiempo inferior en pocos segundos a la hora y media. Almorzamos pizzas, por enésima vez en la semana, y nos montamos en la furgoneta para no parar hasta llegar a Martorell, donde cenamos en un restaurante muy barato (jarras de cerveza de medio litro por sólo 1,8 euros y platos combinados por 6 y 7 euros). Pasamos la noche en el mismo hotel de Villafranca del Penedés que ya nos alojó en nuestro viaje de ida a las Galias.

Domingo, 9 de agosto. Madrid • Todo viaje llega a su fin. El final del nuestro comenzó a las seis de la mañana, en un hotel de Villafranca del Penedés, frente a un escueto pero inesperado desayuno. Por delante, 560 kilómetros de monótona autovía, sólo interrumpidos por dos paradas para respostar carburante y otra para tomar un refresco en un bar de carretera en Muelas. Ya en Madrid, adonde llegamos antes de lo previsto, pusimos en marcha el plan de entrega a domicilio de veraneantes, que fue mermando al grupo hasta que, poco después de la una, Pepe me dejó en la puerta de casa. Por la tarde, el último puerto de estas vacaciones: limpiar y recoger la ropa, ordenar papeles, clasificar fotos y redactar esta crónica.