| 19/04 Madrid - Marrakech - Iguelwane. |
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| 20/04 Iguelwane - Zouiat Bou Naji. |
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| 21/04 Zouiat Bou Naji - Aït Youl. |
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| 22/04 Aït Youl - Agoudal. |
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| 23/04 Agoudal - Tasraft. |
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| 24/04 Tasraft - valle del Assif Mellou. |
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| 25/04 Valle del Assif Mellou - Assemssouk. |
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| 26/04 Assemssouk - Marrakech. |
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| 27/04 Marrakech. | |
| 28/04 Marrakech - Madrid. |
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El Alto Atlas marroquí
A finales del año pasado comenté con Edu, un primo de mi padre, pero que para el caso ya lo es mío, la posibilidad de viajar con las bicis de montaña al Atlas. Ya me quedé con las ganas de hacer un viaje similar la Semana Santa del 2008, pero una caída a finales de febrero, de la que escapé con una fisura en la muñeca derecha, truncó el viaje cuando ya tenía los billetes comprados para Túnez. Este año, con suficiente antelación, Edu aceptó la propuesta y también lo hizo Alberto (aka. Nkono), un madrileño de nacimiento y gaditano de adopción, que negoció unos días de permiso en su casa y se plantó en Madrid el 18 de abril con un material "de primerísima calidad". La siguiente parrafada contiene la crónica de un viaje para recordar, que esperamos no sea el último que hagamos. De hecho, el año que viene aspiramos a formar un grupo más numeroso.
Domingo, 19 de abril. Cerca de Iguelwane • En plena ascensión al puerto de Tizi n-Oufti se nos ha hecho de noche. A las tres y media de la tarde comenzábamos a pedalear en Demnate, una población donde dieciseis mil almas viven a los pies de la imponente cordillera del Atlas. Hemos cubierto poco más de 30 kilómetros en dos horas y media de marcha, pero la carretera no nos ha dado un solo respiro, con una primera ascensión de casi diecisiete kilómetros con un desnivel acumulado de 1000 metros. Alrededor de una improvisada fogata nos sentamos los tres integrantes de la expedición, Alberto, Edu y yo, apurando el calor que desprenden las últimas ascuas antes de irnos a dormir.
Nuestro campamento está 150 kilómetros del centro de Marrakech más lejos de lo que pensaba que estaría esta mañana, cuando en el aeropuerto de Barajas me embarcaba en mi primer vuelo al continente africano. Dejamos atrás Madrid, donde el día se prometía lluvioso y aterrizamos al cabo de dos horas en la Perla del Sur, con una temperatura envidiable y un cielo azul claro que invitaba a emprender la marcha cuanto antes. En el aeropuerto de Menara, sin los agobios habituales de otros lugares donde los turistas son carne de cañón, tuvimos tiempo de cambiar dinero, comprar algo de agua para el camino y negociar con un taxista un viaje hasta Demnate. Tres bicis y otros tantos pasajeros llevados hasta dicha población por 900 dirhams (90 euros). Unas galletas, unas patatas fritas y algunas palabras en franchuñol fue lo único que compartimos con el taxista.
En la calle principal de Demnate, rodeados de curiosos y en compañía de los empleados de un modesto taller de mecánica, montamos las bicicletas y media hora después almorzábamos unas alubias con arroz y una ensalada, que el camarero nos sirvió con las manos y que culminamos con un café y unas pastas caseras. Los marroquís son muy golosos, como pudimos comprobar por la gran variedad de dulces disponible en las tiendas de alimentación a lo largo del país. Herencia gala. Poco después de salir de Demnate, y cambiarnos de ropa en un apartado arcén lejos de las curiosas miradas de vecinos, pedaleamos hasta el puente natural de Imi-n-Ifri. Rechazamos la oferta del propietario de un albergue para pernoctar en el lugar, advirtiéndonos que no llegaríamos a nuestro destino, Toufrine. Razón no le faltaba. Justo en la bifurcación del camino tras el puente, nos desviamos hacia la derecha (la ruta a mano izquierda llegaba hasta Agouti). La carretera comenzó a ascender hasta que, diecisiete kilómetros después, alcanzamos unas antenas de radio que indicaban el final de la subida. Un vertiginoso descenso de poco más de seis kilómetros nos llevó hasta la base de un hermoso valle y el comienzo de un nuevo puerto, que quedaba a mano izquierda de una garganta, la cual daba paso más adelante a la ladera de la montaña, jalonada de aldeas con sus casas de adobe. Ya comenzaba a caer la noche cuando atravesamos Tifni. Allí, Alberto repartió una buena cantidad de bolígrafos, Edu fotografió a un aldeano equipado con un enorme arado y yo, yo simplemente dejé pasar el tiempo. Decidimos buscar un lugar donde acampar poco después de salir del poblado, evitando así la algarabía de los muchos niños de la zona. A mitad del puerto de Tizi n-Oufti dimos por concluido nuestro primer día en el Atlas.
Lunes, 20 de abril. En las afueras de Zouiat Bou Naji • A 1500 metros de altitud, cero grados de temperatura y con elevada humedad despertamos la mañana del lunes. Eran poco más de las cinco cuando ya estábamos vestidos y desmontando las tiendas de campaña. Los primeros kilómetros de la jornada resultaron ser un calvario. Una ascensión mantenida en torno al 8% de desnivel con algunas rampas al 11% , o incluso más, hasta llegar a la cima del puerto Tizi n-Outfi, después de atravesar varios solitarios y polvorientos pueblos. Los paisajes en la cima me recuerdan a las descarnadas cumpres alpinas visibles desde la cima del Galibier o la Croix de Fer. Un descenso que comenzó junto a una antena de radio, bajo la cual se levantaban unas cabañas frente a las cuales partía una pista de tierra con destino a uno de los poblados erigidos abajo en el valle, junto al cauce del río, del mismo color rojizo de la tierra de la ladera sobre la que reposaban, nos llevó en cuestión de minutos hasta Aït Tamlil, un estrecho poblado donde nos detuvimos para comprar provisiones, agua, y algunas chucherías, que compartimos con los niños que corrieron a recibirnos. El tendero hizo buen negocio con nosotros. A pocos metros nos tomamos unos tés y cafés, que nos supieron a gloria, al tiempo que arreglábamos el primer pinchazo del viaje, por cuenta mía.
Con una temperatura en aumento, rozando los 30 grados, reanudamos nuestro camino, en busca del segundo puerto del día, Tizi-n-Fedrhate. Antes de afrontar su ascensión tuvimos tiempo de tomarnos una Coca Cola y comprar almendras y dátiles, a un buen precio, en Toufrine. Tras esta breve parada, de nuevo retomamos la ascensión, que se vió interrumpida en un punto donde un arroyo había rebasado la carretera, dándonos una excusa para tomarnos unas fotos pasadas por agua. Esta segunda subida, sin presentar los desniveles de la primera del día, era exigente por su longitud y porque su cima se situaba a 2200 metros de altitud. Con un viento favorable cada vez más fuerte y el firme cada vez más descarnado como consecuencia de lluvias y heladas recientes, el camino ascendía por la ladera izquierda del valle, dejando atrás rojizos poblados encallados en las montañas y vergeles difíciles de imaginar en estos parajes. A medida que ganábamos altitud, la subida se recrudecía, desaparecían los árboles y predominaba la roca sobre cualquier forma de vida. Tras unos últimos kilómetros desolados llegamos a la cima, desde donde un fuerte viento no nos impidió admirar la grandeza de los paisajes montañosos que habíamos dejado atrás. Un fácil descenso nos llevaba hacia el sudeste. Dejábamos atrás Tamzent y poco después nos deteníamos junto a un establo en desuso, donde almorzábamos rodeados de rabiosas moscas bajo un intenso sol.
Si bien no venía indicado en el mapa, aún nos quedaba una última ascensión a un puerto cuya cima se situaba a 1950 metros de altitud y que dió paso a una larga bajada, al final de la cual llegamos hasta una extensa y árida meseta situada a 1400 metros sobre el nivel del mar. Destacaba en ella una enorme mancha verde y roja, formada por un cojunto de aldeas estrechamente comunicadas entre sí, que apenas lográbamos distinguir por las almenaras que anunciaban cada una de sus respectivas mezquitas. Hasta alli nos dejamos llevar por un viento favorable. Dentro de una de las aldeas, nuestras pesquisas para conseguir algo de agua no fueron del todo bien recibidas por algunos vecinos. Conseguimos localizar una tienda donde comprar agua, zumos y pan para acompañar la comida que habñiamos traído desde España. Frente al conglomerado de aldeas partía una pista de tierra con dirección a Toundoute, para detenernos al cabo de dos kilómetros, en el lecho de un arroyo, seco en esta época, para instalar el campamento. Con suficiente tiempo de luz solar para instalar el campamento y asearnos en una charca cercana y para cenar resguardados de las molestas ráfagas de viento, disfrutamos de una mayor comodidad que en la noche precedente. Eran tan sólo las ocho y media y ya estábamos en nuestros sacos de dormir, ajenos a una temperatura exterior más clemente que la de 24 horas atrás, en torno a los 15 grados. Finalizó la jornada y aún no habíamos decidido si continuar en dirección a Toundoute por la pista de tierra o dirigirnos al sur, para enlazar con la nacional que une Ouarzazate y Boumalne du Dadés
Martes, 21 de abril. Aït Youl. Aubergue La Famille Berbère • Alá debe estar con nosotros. Si ayer nos brindó un fortísimo viento de noroeste que nos favoreció en todas las subidas del día, hoy nos ha ofrecido una jornada de viento del oeste, que nos ha empujado en nuestro viaje desde el campamento improvisado la noche anterior hasta Aït Youl, una tranquila aldea en las estribaciones de la garganta del Dades.
Por la mañana, después de recoger todo el equipaje y desayunar bajo los primeros rayos de sol que lentamente ganaban terreno a las sombras de los montículos , que nos habían servido de refugio durante la noche, decidimos unánimemente dirigirnos hacia el sur, por la ruta asfaltada por la que habíamos venido desde Demnate, en busca de la nacional 10, en lugar de continuar hacia el este, por un sendero de tierra de inciertos estado y dureza, del que sólo sabíamos que también llevaba hasta la garganta del Dades por pueblos situados justo en la falda del Atlas. Descendimos desde los 1400 hasta los 1100 metros del cruce con la nacional, deteniéndonos brevemente en un palmeral rodeado de antiguas edificaciones, algunas de ellas derruídas, algunas otras en fase de restauración, que según Alberto podrían ser parte de los estudios cinematográficos cercanos a Ouarzazate, donde se rodaron clásicos del cine, como Lawrence de Arabia (gran película y gran tipo).
Giramos en el cruce a la izquierda y nos topamos con una nueva realidad marroquí: la de los adelantamientos imprudentes y las maniobras in extremis. Los primeros kilómetros fuimos bordeando el embalse de El-Mansour Eddahbi, dejando a mano derecha una extensión de terreno muy fértil, y bien aprovechado por los propietarios de gran cantidad de frutales y cultivos de regadío. Nos detuvimos poco tiempo después en el importante enclave de Skoura, donde disfrutamos de unos cafés acompañados de unas necesarias chocolatinas. La ciudad no nos pareció atractiva desde el punto de vista turístico, así que no le dedicamos mucho más tiempo del necesario. A partir de Skoura, la falta de agua se hace patente en un terrero árido y en gran medida deshabitado. Sólo a medida que nos acercábamos a El Kelaa des M'Gouna aumentaba la frecuencia con que nos encontrábamos con poblaciones a pie de carretera, hasta que a falta de una docena de kilómetros para llegar a El Kelaa alcanzamos un vergel, que se extendía desde allí hasta poco después de dejar atrás Boumalne des Dades, 40 kilómetros más adelante. Una franja de terreno cubierta de frutales, arboledas y rosales, sobre todo rosales. De hecho, abundan los negocios dedicados a la venta de productos derivados de la rosa. Varios chicos venden collares de rosas perfumadas a pie de carretera, y las tiendas publicitan productos como el Agua de Rosas. En El Kelaa des M'Gouna nos detuvimos a almorzar en un restaurante junto a la carretera. Nos animamos a probar diversos platos combinados, como el kefta (una especie de filetes rusos), las brochetas de carne, tahine (un típico plato de verduras y carne cocidas en una vasija de cerámica, que da nombre al plato) y couscous, acompañado de unos refrescos, a falta de cerveza.
Tras el almuerzo aún rodamos unos minutos, por el valle del Dades, compartiendo la carretera con un grupo de chicos que se dirigían al colegio en bicicleta, hasta que llegamos al albergue de Aït Youl en el que pasamos la noche. Tras dos noches de acampada en condiciones no muy propicias, agradecimos el té de bienvenida, la ducha, el abundante plato de couscous que nos prepararon de cena y la amena charla en el salón del albergue.
Miércoles, 22 de abril. Agoudal. Aubergue Aloutif • Los abuelos se han portado bién en el etapón de hoy. Si bien se arrastraron en todas las subidas largas del día, han demostrado tener el culo plastificado y han aguantado las bajadas por pistas de tierra y piedras sin problemas y al finalizar la etapa, han quemado las energías que les quedaban en un sprint inútil. Cuando desayunábamos las rebanadas de pan con mantequilla y mermelada en el albergue, no sabíamos la encerrona en que nos meteríamos horas después. Los primeros kilómetros de la etapa discurrían por la ruta del Dades, con sus innumerablescultivos y jardines regados por las aguas de este hermoso río que mantiene fértil el medio centenar de kilómetros del valle al que dá nombre. Rampas suaves, algún que otro repecho al 12% y un ascenso paulatino hacia la garganta. Cuando ya habíamos ascendido 200 metros desde el albergue, hasta situarnos a 1620, y habíamos dejado atrás varias poblaciones situadas en los amplios meandros del río, gobernadas todas ellas por kasbas mejor o peor conservadas, el valle se estrechó de forma abrupta, dejando apenas espacio para las aguas descendentes, la carretera y una hilera de hoteles y albergues adosados a la pared de roca. Una repentina subida nos elevó doscientos metros sobre el río, reptando por la montaña y mostrando en cada revuelta un paisaje impresionante, el valle y la garganta bajo nuestros pies. Un descenso de varios kilómetros nos condujo hasta la famosa garganta del río Dades, una hendidura horadada por el agua entre dos colosales paredes de roca, enfrentadas sin tocarse, en cuya base el río y la carretera compiten por los escasos metros de espacio disponible. Tras atravesar la garganta, la carretera continuaba ganando altitud gradualmente. Bordeábamos el valle, amplio y rico en vegetación, por su margen oriental, dejando atrás varias aldeas y una ingente cantidad de niños que en ellas vivían. Pocos kilómetros antes de llegar a Msemrir, la carretera se empinaba, a su paso por Tidrit y no suavizó su pendiente hasta que coronamos el puerto de Tizi n-Tidrit, a 2100 metros de altitud. Durante la subida, nos topamos varias veces con un chico y su bici que, o bien evitaba las curvas atajando por el barranco con su bici a cuestas para aparecer ante nosotros, o bien pedaleaba a nuestro lado, mostrando una tos de lo más insana. En la cima, al tiempo que nos parábamos para recuperar el aliento, un berebér se nos acercó con una bandeja de fósiles. Le compramos uno de ellos y le regalamos una botella de agua.
Tras un vertiginoso descenso por la ladera izquierda de la garganta, rodando por una carretera suspendida de acantilados sobre la cuenca del Dades y admirando el paisaje formado por montañas de roca estratificada y severamente inclinada, llegamos hasta Msemrir. En uno de las primeras cafeterías que encontramos nos detuvimos a tomar café y algo de fruta. El camarero, entre jugada y jugada de billar, nos hizo saber que, para llegar a Agoudal, debíamos tomar la pista de tierra a la salida del pueblo. Así hicimos y, por el espacio de un buen puñado de kilómetros rodamos por un camino pedregoso, no excesivamente incómodo, que atravesaba pintorescos poblados bereber. Nos sorprendió la cantidad de niños que nos salían al paso, no siempre con buenas intenciones. Algunos trataron de quitarnos las bolsas de comida que llevábamos sujetas al transportín por pulpos, y alguno consiguió quedarse con la fruta de Edu. Resulta sorprendente ver la cantidad de cuencas de afluentes y ríos que cortan la carretera en épocas de lluvia intensa, ahora secas. El río fluye tranquilo valle abajo y sirve bien a las mujeres que lavan la ropa en sus claras aguas, bajo la indiferente mirada de algún que otro holgazán.
Atravesábamos Tilmi y poco después nos detuvimos a almorzar, en un claro junto a las plácidas aguas del Dades. En el tiempo en que dimos buena cuenta de lo que lo que nos restaba de alimentos pasaron por el camino, a tan sólo unos pasos de donde se encontraba nuestro sencillo merendero, una decena de caravanas, formadas en su mayoría por dos o tres burros o mulas, cargados de mercancía, dirigidos por un grupo de mujeres ataviadas con sus velos. Algunas de ellas no se cortaron a la hora de pedirnos comida, ropa, medicamentos e incluso cremas para la piel. Arramplaron con nuestros pistachos y algunas chocolatinas, y se llevaron varias pastillas de paracetamol. A esas alturas apenas nos quedaban bolígrafos que regalar. Alberto demostró ser, a esas alturas, el relaciones públicas del trío. Una vez nos habíamos remojado los pies en el agua, bastante fría, continuamos nuestro camino hasta un gite d'etappe situado a dos kilómetros, tras el que tuvimos que vadear un río que había devorado parcialmente la pista. Justo después del río daba comienzo la mayor dificultad del día, una ascensión de casi 20 kilómetros de pista, coronada a una altitud de 2900 metros. La eterna ascensión al coloso del día estuvo llena de paradas, arrancadas, fotos, algún que otro patinazo debido a la gravilla, una conversación con un jóven pastor, en incluso una excursión hacia un riachuelo para cargar agua, protagonizada por un sediento Edu, preocupado por la escasez de agua. Superada la crisis del agua, tan sólo nos quedaban superar los últimos 300 metros de desnivel hasta la nevada cima, para después lanzarnos en un complicado descenso hacia Agoudal. A las seis de la tarde, tras 110 kilómetros y 8 horas de intenso esfuerzo, y aún a 10 kilómetros de Agoudal, nos detuvimos en el solitario aubergue Aloutif.
Allí pasamos la noche, después de una generosa cena, compuesta de sopa de arroz y fideos, un tahine de huevo y patatas (la versión marroquí de la tortilla), delicioso pan con mantequilla, queso y mermelada, y abundante té y café, y una complicada ducha con agua fría con una manguera frente al albergue. Eramos los únicos huéspedes de un simpático y joven bereber que hace lo posible por ganarse la vida regentando el albergue y prestando sus servicios como guía turístico, y que se esforzaba por chapurrear varias palabras en castellano.
Jueves, 23 de abril. En las afueras de Tasraft • A las afueras de Tasraft, aún a dos horas de camino de Anergui, instalamos nuestro tercer campamento. Por la mañana, tras un copioso desayuno en el Aubergue Aloutif, cubrimos los escasos kilómetros hasta Agoudal con relativa facilidad por una pista en buen estado, junto a la que se extendía el valle con sus plantaciones, que a pesar de lo temporano de la hora, ya eran trabajadas por las mujeres de las aldeas cercanas. Tras fotografiar a un par de ellas, a cambio de unas chocolatinas, nos sumergimos en las laberínticas calles del poblado, donde fuimos nuevamente perseguidos por la chiquillería, hasta que los hombres que hacían guardia frente al café nos indicaron la dirección de salida. Después de unos primeros kilómetros por pistas de tierra, llegamos hasta la carretera asfaltada que une Imilchil con Rich. Allí giramos a izquierda y avanzamos unos centenares de metros hasta Bouzmou, donde nos topamos con un bullicioso mercado, vigilado por dos gendarmes que nos abroncaron por tomar fotos. Alberto medió nuevamente por nosotros y salimos airosos del trance.
En Imilchil, importante pueblo bereber al que llegamos a media mañana, tomamos un tentempié mientras Alberto aplicaba varias modificaciones al transportín y yo buscaba un mapa de carretera de Marruecos, puesto que se nos había perdido el que llevábamos. Fotografiando la plaza me volví a ganar la bronca del propietario de una pequeña tienda, y es que los marroquís son bastante celosos de su imagen. Saliendo de Imilchil, el transportín de Alberto cedió, y su arreglo, una chapuza a lo Manolo y Benito a cargo de mis dos compañeros de viaje, nos retrasó media hora más. Continuamos al norte, hasta el lago Tislit, tras el cual comenzaba una corta pero empinada subida, cuya bajada concluía diez kilómetros después, en el arbolado valle del río Tassent. Allí charlamos con un grupo de franceses que, con la ayuda de sus guías marroquís, nos indicaron el modo de llegar hasta Anergui. Dejamos atrás la cómoda ruta de asfalto para adentrarnos en una nueva pista de tierra seca y arena suelta y afrontar un corto pero exigente puerto, que coronamos poco después. En un arroyo que encontramos al final de la corta bajada nos detuvimos a tomar el almuerzo, que se vió interrumpido por la sorprendente aparición, barranco arriba, de un curioso lugareño, que se llevó el último bolígrafo que nos quedaba. En un cruce posterior tomamos la dirección a mano izquierda y, tras unos kilómetros de continuos repechos llegamos hasta el amplio y verde valle de uno de los afluentes del Assif Melloul, flanqueado al norte por montes cubiertos de hierba y al sur por laderas cubiertas de nieve. El camino era un auténtico patatal, repleto de grandes piedras, charcos, surcos y barrizales. Atravesamos un poblado con la ayuda de un grupo de niños y nos dirigimos hacia el extremo occidental del valle. Tras un agotador ascenso y un corto pero peligroso descenso, nos encontramos con que las aguas del deshielo habían tomado un centenar de metros de pista. Con la ayuda de un lugareño y su burro, unos dirhams, y mucho esfuerzo, cruzamos hasta la otra orilla con las bicis a cuestas y calzados con las sandalias.
Eran casi las seis cuando, empapados y cansados, llegamos hasta Tasraft, donde fuimos nuevamente rodeados por una banda de muchachos hasta que el profesor de la escuela intercedió por nosotros. Siguiendo sus indicaciones abandonamos el hermoso poblado de casas rosaceas, repartidas por las diversas colinas que lo formaban, para detenernos poco después en un raso junto al río, donde instalamos el campamento. En eso estábamos cuando un aldeano, que residía cerca de allí, se acercó a curiosear. Se ofreció a traernos algo de té y al poco le vimos desaparecer por el sendero que llevaba a su casa. Tras asearnos en el río, recibimos la visita de unos jóvenes que nos ofrecieron cobijo y se ofrecieron a traernos algo de comida. Accedimos a esto último. Había anochecido ya y cenábamos nuestros últimos picos con chorizo, cuando recibimos la visita del primer lugareño que, junto con su hijo, nos trajo un té y un rico pan, elaborado por su mujer, que nos supo a gloria. Le dimos a cambio unos dirhams y compartimos con ellos algo de comida (todo salvo la carne de cerdo). Minutos después, cuando ya estábamos intentando conciliar el sueño, recibimos la visita de los dos jóvenes que nos trajeron más té y más pan, que aceptamos y guardamos para el desayuno del día siguiente, a cambio de unos pocos dirhams.
Viernes, 24 de abril. Desfiladero junto al río Assif Melloul • A las seis de la mañana nos poníamos en pie, recogíamos el campamento y partíamos hacia Anergui. Antes de partir, recibimos nuevamente la visita del padre e hijo que la noche anterior nos habían traído algo de té y pan, y que esta vez nos ofrecieron unos huevos frescos que lamentablemente no teníamos forma de cocinar. Nos vimos forzados a empujar las bicicletas cuesta arriba desde casi el principio, así como a vadear varias veces el río, hasta que llegamos al primer poblado de la jornada. Como fantasmas entramos caminando en la aldea, rodeados por la habitual chiquillería, lo que nos hizo desistir de detenernos a comprar alimentos en alguna de las pocas tiendas abiertas. El profesor de la escuela nos indicó la dirección hacia Anergui y trató, en vano, de persuadir a los niños de perseguirnos. Así, durante dos largos y duros kilómetros cuesta arriba fuimos acosados por un grupo de niños ávidos de regalos que no dudaron en adueñarse de unos calcetines que Edu había tendido en la parte de atrás de su bici, a pesar de que Alberto le había dado a uno de ellos, el que parecía más lanzado, una chocolatina para que mantuviese a raya al resto. La persecución y los insultos cesaron a mitad de subida, y nos pudimos concentrar en llegar a la cima, situada a 2400 metros de altitud. Una vez allí, el sendero se incorporaba a una ancha pista de gravilla. Giramos a izquierda y, tras algunos kilómetros de descenso y un par de repechos demoledores, en los que unos desafortunados patinazos sobre la gravilla me hicieron besar el suelo, comenzamos a ascender un largo y duro puerto coronado a 2500 metros de altitud, repleto de nieve en su tramo final. Desde la cima quedaban poco más de diez kilómetros de bajada continuada hasta Anergui, con el firme completamente cubierto de gravilla y un desnivel a descender de 1000 metros. Ya en Anergui nos detuvimos en el gite d'étape Chrifi. Era poco más de mediodía, pero no dudamos en pedir que nos preparasen un tahine de pollo para compartir, ni en arramplar con el té y los frutos secos que nos sirvió el propietario. El tahine estaba soberbio. Tras hacer acopio de pan, mantequilla y mermelada para la cena, y agua para el camino, y abonar la cuenta total (unos irrisorios 200 dirhams), nos despedimos del gite d'étape y enfilamos el desfiladero del río Assif Amellal hacia el suroeste.
A 23 kilómetros de Anergui, y 12 antes de nuestro destino previsto, instalamos el campamento, bajo una gran encina. Una buena lumbre para compartir los pistachos que aún nos quedaban y para comernos la mermelada y la mantequilla a cucharadas, puesto que el pan se había quedado atrás en algún punto del camino, y para compartir las sensaciones de un bello pero duro recorrido por el estrecho desfiladero horadado por este caudaloso río. Fueron 23 kilómetros duros, sobre todo para Alberto, que se iba dejando pedazos de sus zapatillas por el camino, y para unos marroquís que trataban de cubrir los 35 kilómetros de pista con una vetusta y destartalada furgoneta Mercedes que chorreaba aceite y que estaba parad en uno de los peores tramos de la senda, allí donde un desprendimiento la había cubierto de lascas de piedras. Aún nos miraban cuando desaparecimos tras una curva en el camino, instantes después de desistir en nuestro intento por empujar la furgoneta rampa arriba sin que el motor diese signos de arrancar. Con el cuerpo dolorido por las numerosas caídas del día y con el estómago vacío me metí en el saco para pasar la noche más clemente del viaje, sobre un suelo liso, bajo un cielo estrellado y a 25 grados de temperatura.
Sábado, 25 de abril. Assemsouk • Poco después de las cinco y media de la mañana un jeep, que pasaba junto a nuestras tiendas de campaña en dirección a Anergui, nos despertaba, pocas horas después de que otro vehículo hiciese lo mismo en sentido contrario, lo cual significaba que la pista no estaba bloqueada por la furgoneta que dejamos atrás el día anterior. Comenzábamos así el día, en que debíamos cubrir en primer lugar los doce kilómetros que nos separaban de la R302, ruta que unía las localidades de Ouaouizarht al norte con Zouiat Ahansal al sur. Llegamos sin problemas hasta el cruce con dicha pista, transitando primero junto al río a lo largo del desfiladero, que se cerraba a la par que disminuía la altura de sus paredes, y después a través de un frondoso bosque. Al llegar al cruce remontamos un kilómetro hacia el norte, en busca de un gite d'étape, donde tomamos el desayuno mientras hablábamos con un grupo de ciclistas italianos acerca de las posibles rutas hacia el sur, hacia Zouiat Ahansal. Uno de ellos nos propuso participar en un raid en MTB que él mismo organiza los meses de Noviebre. Naturaid, 700 kilómetros a través del desierto a cubrir en un plazo máximo de 88 horas. Desayunados, saciados y cargados de agua enfilamos la carretera en dirección a Zouiat Ahansal, que se encontraba a una distancia de 40 kilómetros.
Encontramos una pista en buenas condiciones, con algo de gravilla, pero un ancho adecuado y unas bandas para rodar bien definidas. Los primeros kilómetros, de contínua ascensión, nos condujeron hasta una cota a 1800 metros de altitud. A medida que la pista viraba hacia el este u oeste, se presentaba frente a nosotros la imponente mole de roca conocida como la catedral de roca o el poblado de Tamga, con sus casas diseminadas en la ladera oriental del valle. Tras coronar este primer puerto descendimos unos trescientos metros de desnivel. La carreterá continuço en su tónica de ascensos y descensos sucesivos, a lo largo del valle, cuyas laderas eran ricas en árboles, granjas, poblados, viviendas y aislados refugios. Según nos aproximábamos a Zouaiat Ahansal, la arboleda, abundante hasta entonces, iba escaseando, destacando así la abundante vegetación junto al cauce del río, más patente aún cuando llegamos hasta Zouaiat, un área compuesta de varias aldeas, las más extensas y desarrolladas que veíamos desde Imilchil, junto a las cuales se extendían un buen número de terrazas cultivabas. Eran casi las tres cuando nos detuvimos en el gite d'étape de Youssef Jini en Amezri, a degustar un sabroso tahine de huevos y patatas. Youssef nos indicó el camino que debíamos tomar para llegar hasta Azilal, nuestro consensuado destino final, y nos advirtió de la dureza de los próximos kilómetros. Poco después comenzábamos a ascender los 19 kilómetros de la primera de las dos subidas consecutivas, a la postre las últimas del viaje. Diecinueve kilómetros de curvas serpenteando por una montaña de rocas y piedras, con escasa vegetación, que ascendía desde los 1600 hasta los 2600 metros de altitud. El tiempo empeoró drásticamente a medida que nos acercábamos a la cumbre, en la que me pareció divisar una solitaria pareja de lobos, y a punto estuvimos de acampar en un solitario refugio que encontramos en la cima, pero decidimos bajar para evitar el frío e intenso viento que entraba desde el oeste. Tras descender seis kilómetros llegamos los tres hasta Assemssouk, bien abrigados salvo Edu, que lucía unos veraniegos pantalones piratas y llevaba por guantes unos roídos calcetines de Alberto. Allí comenzaba la ascensión al último puerto, cuyo asalto decidimos dejar para el día siguiente.
Assemssouk está compuesto de un conjunto de edificaciones de piedra, todas iguales, colocadas en fila. Aquí tiene lugar, todos los martes, un mercado en el que se reúnen todos los lugareños. El resto de la semana, sirve de refugio a los trabajadores que participan en el asfaltado de la pista. En uno de los cafés preguntamos por refugio y comida. Su propietario, Mohammed, se mostró muy atento desde un primer momento. Nos recibió, como suele ser costumbre, con un poco de té, y cocinó para nosotros un tahine, con carne de cabra sacrificada justo ante nuestros ojos, a fuego lento. A lo largo de la tarde pudimos comprobar cómo el refugio servía de punto de reunión para la comunidad de trabajadores que residen aquí de forma permanente. Algunos venían hasta aqui para beber té y jugar a las cartas, ante los ojos atónitos de Alberto, o a calentarse junto a la estufa. Otros venían para comprar algo de pan, o carne de cabra, o simplemente a por algunas de las ascuas que brillaban en la hoguera de la cocina. El caso es que el albergue estuvo animado hasta después de la puesta del sol. Cuando los últimos visitantes se habían marchado y Mohammed se disponía a cenar, desplegamos nuestros sacos en el suelo y nos deslizamos dentro.
Domingo, 26 de abril. Marrakech • El domingo por la noche ya habíamos aparcado la bicicleta al menos por este viaje. Al llegar a la localidad de Aït Mohammed, a 20 kilómetros de Azilal, ciudad en la que habíamos decidido dar por concluido el viaje, nos paramos a tomar un té frente a una parada de grand taxis. Entre bocados al pan con nocilla, sorbos de té y alguna que otra partida al futbolín, decidimos acortar nuestra aventura. Fijamos el precio del viaje a Marrakech en 800 dirhams, con el taxista que disponía de un taxi en mejores condiciones, pues la mayoría de ellos dudo que pudiesen ni siquiera abandonar la provincia. El viento de costado que nos azotaba desde bien temprano nos hizo desistir en nuestro intento de llegar hasta Azilal.
La mañana no comenzó muy bien. Mientras estábamos tomándonos el té con pan que el amigo Mohammed nos había servido, éste nos presentó en una libreta la cuenta que debíamos abonar por sus servicios, que ascendía a ¡6000 dirhams! (unos 600 euros). No dabamos crédito a la cifra que veíamos escrita y no éramos capaces de hacernos entender ni de conseguir que nos dijese cuánto dinero quería realmente. Al final todo se arregló, aparentemente, cuando Alberto sacó de la cartera dos billetes de 200 dirhams y se los entregó al mercader bereber. Al cabo de los pocos minutos, el buen Mohammed volvió a la carga, reclamándonos dinero por haber guardado las bicicletas dentro del refugio, y de nuevo nos pedía 2000 dirhams. Esta vez no le pagamos nada. De nada había servido que le hubiésemos regalado dos camisetas a su hijo la noche anterior, o que le hubiésemos dejado dos botes de mermelada y mantequilla prácticamente llenos para su propio uso. Esto nos animó a irnos del refugio con rapidez. Ya en la carretera, con un cortante y frío viento de cara comenzamos a ascender el último gran puerto del viaje, un 2770 metros que nos costó sudores completar, tras casi una hora de agónico pedaleo. Un largo descenso con aire de cara, a lo largo de una pista flanqueada por grandes cantidades de nieve, nos llevó hasta Aït Mohammed. Este largo descenso sólo se vió interrumpido por una corta y empinada ascensión de algo más de tres kilómetros, en cuya cima unas máquinas Caterpillar y unas antiguas ruinas flanqueaban la pista. Poco tiempo después de coronar esta última subida abandonamos las pistas de tierra, por las que habíamos rodado durante las últimas jornadas, y tomamos una carretera asfaltada, y bastante parcheada, que se dirigía al noroeste hacia Azilal.
Así, a bordo de un Mercedes, con las bicis y bultos repartidos entre la baca y el maletero, y una autorización manuscrita expedida al taxista por la gendarmería local, nos dirigimos hacia Marrakech, atravesando una buena cantidad de controles de tráfico, en los que la tartana que ocupábamos parecía no llamar la atención. En Marrakech, nos dirigimos hacia una calle en la que, según la Lonely Planet había algunos hoteles bonitos y económicos. En la puerta de uno de ellos, un cazaturistas se ofreció a llevarnos a un Riad, y así acabamos en el Riad Hotel Espagne, propiedad de un marroquí que vivió algún tiempo en Cuenca. Por la tarde recorrimos algunas callejuelas del enorme zoco que hace famosa la ciudad, y pudimos comprobar la enorme vitalidad de que hace gala la plaza Djemaa El Fna, con su infinidad de puestos de venta de zumos y frutos secos, sus restaurantes de comida, joyas o ropa, y los espectáculos callejeros musicales y teatrales, o los encantadores de serpientes y vendedores de elixires, que tratan de hacer negocio envueltos en el humo que desprenden las parrillas de los puestos de comida instalados al atardecer.
Lunes, 27 de abril. Marrakech • Nuestro único día completo en Marrakech comenzó con un buen desayuno en la azotea del Riad, del que éramos únicos huéspedes. Después de desayunar nos dirigimos hasta el aeropuerto, donde nos informaron del modo en que debíamos empaquetar las bicicletas para su vuelo de vuelta a Madrid. Nos propusimos limpiar las bicicletas antes de plastificarlas en la máquina giratoria disponible en el aeropuerto, pero nos costó lo suyo encontrar una gasolinera en la que accediesen a limpiar nuestras insensibles compañeras de aluminio con agua a presión. De vuelta a la ciudad, dedicamos la mañana a deambular por las calles del zoco, una impresionante maraña de pasadizos, estrechas calles, patios y galerías, donde la casi totalidad de portales se cuentan por tiendas. Alberto demostró ser un negociador nato, y le cogió la medida a las técnicas marrulleras de negociación de los comerciantes de la ciudad. Yo lo tuve muy difícil para encontrar un peluche que llevarle a mi sobrina. Finalmente encontré un camello hecho a mano por una cooperativa, cuyo precio no tuve la opción de negociar. Para cerrar nuestro periplo por Marruecos, pusimos a prueba nuestro estómago en uno de los restaurantes vespertinos de la plaza Djemaa, dándonos un atracón de carne a la parrilla y pescado frito.
Martes, 28 de abril. De Marrakech a Madrid • Desde las cuatro de la mañana, la hora en que los musulmanes acuden a las mezquitas en respuesta a la primera llamada al rezo de las cinco que reciben durante la jornada, esperaba despierto que llegase la hora del vuelo de vuelta a Madrid, donde me esperaba la rutina de siempre, pero también mi nueva bici, una Willier Izoard con la que espero poder seguir dándome las palizas que tan feliz me hacen.