01/11 Saigon.
02/11 Saigon.
03/11 Saigon - Can Tho.
04/11 Can Tho - Saigon - Dalat.
05/11 Dalat.
06/11 Dalat.
07/11 Dalat - Thap Cham - Nha Trang - Hoi An.
08/11 Hoi An
09/11 Hoi An (My Son).
10/11 Hoi An (Danang).
11/11 Hoi An - Hue.
12/11 Hue.
13/11 Hue - Ninh Binh.
14/11 Ninh Binh (Tam Coc / Hoa Lu).
15/11 Ninh Binh (Vang Long) - Hanoi.
16/11 Hanoi.
17/11 Hanoi - Cat Ba.
18/11 Cat Ba - bahía de Ha Long.
19/11 Bahía de Ha Long - Hanoi.
20/11 Hanoi - Sapa.
21/11 Sapa - Ta Van.
22/11 Ta Van - Sapa.
23/11 Sapa - Bac Ha - Lao Cai - Hanoi.
24/11 Hanoi.
25/11 Hanoi.
26/11 Hanoi - Ba Be.
27/11 Ba Be - Cho Ra.
28/11 Cho Ra - Hanoi.
29/11 Hanoi.
30/11 -02/12 Hanoi - Frankfurt - Madrid.
Las regiones centrales
Miércoles, 5 de noviembre. Dalat • Llegamos a Dalat de madrugada, poco después de las cuatro. Desestimamos el ofrecimiento de un taxista de llevarnos a un hotel de confianza, incluso una vez dentro del taxi, para pasar la noche en un pequeño y pésimo hotel junto a la estación. La habitación, con una única vieja cama que desprendía un aroma a rancio, estaba separada del pasillo por una puerta con cristalera, a través de la que llegaba con nitidez el ruido procedente de la televisión encendida en recepción. Pocas horas después nos despertamos con el firme propósito de mudarnos a otro hotel, como así hicimos.
Nuestro hotel, el Peace Hotel, es centro de reunión de un famoso grupo de motoristas de la región, conocidos por el nombre de Easy Riders. Este grupo se dedica a ofrecer servicios de guías turísticos, principalmente por los alrededores de Dalat, si bien también es posible organizar con ellos viajes de mayor duración, aunque ir de paquete no sea quizás la forma más cómoda de recorrer este país. Los Easy Riders ofrecen un par de rutas establecidas alrededor de Dalat, en cooperación con determinadas familias de empresarios de la región; así, entre las diversas instalaciones a las que los dos guías que finalmente contratamos nos llevaron, figuraban una destilería de licor de arroz, una fábrica de noodles de arroz, una plantación de café en una modesta aldea, donde también visitamos el modesto hogar de un campesino, uno de los muchos invernaderos que hacen de Dalat una de las mayores exportadoras de flores del país, una empresa de obtención de seda o el hogar de unos artesanos fabricantes de cestas de bambú, así como otros lugares de interés como la colorida pagoda del Dragón, la cascada de Datanla o un poco ortodoxo hotel en Dalat, denominado la Casa Loca, que recuerda a los diseños de grandes arquitectos como Gaudí o Hundertwasser. Por un buen puñado de dólares, uno puede convertirse en parte de la atracción turística, como huésped de tan curioso hotel.
La experiencia fue positiva, además, porque nos permitió disfrutar de los bellos paisajes de montaña característicos de estas regiones centrales de Vietnam, donde se mezclan bosques de pinos con enormes plantaciones de café, allá donde el monte no aparece completamente cubierto de interminables hileras de invernaderos, aprovechando así todo el espacio que no es ocupado por los cuantiosos lagos o los dispersos núcleos poblacionales, aldeas, casas de labranza o granjas. En el horizonte, con su cima cubierta por una espesa niebla, el monte de Long Biang, punto más elevado de la región.
De vuelta a la ciudad, dedicamos las últimas horas de luz a recorrer el perímetro del lago y a visitar la catedral, situada en uno de los puntos más elevados de la ciudad, en cuyo sótano hay un curioso mausoleo. Desde su puerta se tiene una buena perspectiva de la ciudad, de su irregular disposición sobre las laderas de la depresión natural en el que se encuentra. Cerca de la catedral, se erige una réplica de la torre Eiffel, una rareza más de esta ciudad, que fue un conocido lugar de refugio y descanso para buena cantidad de franceses durante los años de colonización.
Jueves, 6 de noviembre. Dalat • En el camino ascendente que une las localidades de Dalat y Trai Mat, poco después de dejar atrás las últimas casas construidas bajo la influencia del estilo colonial francés, una mirada a las colinas de la izquierda revela un impactante mar de plástico, el de los centenares de tejados de los invernaderos que confieren a Dalat el apelativo de la Ciudad de las Flores. Pasamos de largo por Trai Mat, una modesta población en la que destaca la modesta estación de ferrocarril, que opera un único tren con destino a Dalat, así como uno conjunto de pagodas, una de ellas con siete tejados, todas a mano derecha según el sentido de nuestra marcha, hacia el paraje donde ibamos a comenzar la jornada de senderismo. Desde ese punto, Linh, nuestro guía, nos llevó en un descenso prolongado hasta la ribera del río La Ba. Tras remontar un tramo del río, cruzar su cauce un par de veces por puentes colgantes, atravesar varias plantaciones de café y ascender, por el espacio de una hora, hasta la cima de un pico elevado varios centenares de metros sobre el nivel del río, y desde la que se divisaba buena parte del valle del La Ba, nos detuvimos a tomar el almuerzo ligero que Linh tuvo a bien prepararnos. Después de reanudar la marcha, atravesamos la aldea Chi, una docena de viviendas de adobe y madera dispuestas en círculo, alrededor de un barrizal baldío, en la cima de una loma rodeada completamente de plantas de café. La cascada del Tigre se encontraba a una hora de distancia, que cubrimos a duras penas sobre pistas enfangadas por la lluvia. En el parque turístico en el que se encuentra la cascada, al que llegamos dos horas después de mediodía, dimos por finalizada la jornada de senderismo.
Por la tarde, recorrimos a conciencia la sección norte de Dalat. Este laberíntico entramado de calles, encerrado entre las calles Phan Dinh Phung y Hai Ba Trung, se asemeja a las gradas semiesféricas de un teatro romano, donde los edificios situados a diferentes alturas harían las veces de asientos. Estrechas callejuelas, encajonadas entre los edificios, descienden desde Phan Dinh Phung, la calle nivelada más elevada. Donde ambas calles confluyen, se erige una pagoda donde se concentraba gran cantidad de jóvenes, que en ese momento daban por concluida la jornada escolar, y donde Carlos entabló una conversación, en absoluto fluída, con un par de aprendices a monje, residentes en la pagoda. Pasamos las nuestras últimas horas en Dalat, en el cobijo que nos proporciona la recepción del hotel, en cuyos mullidos sillones se congregan clientes y miembros del grupo de easy riders que, con sus libros de referencias en la mano, intentan promocionar su cartera de servicios.
Viernes, 7 de noviembre. Entre Nha Trang y Hoi An • Día de transición en el que hemos abandonado las tierras altas interiores del sur de Vietnam para, por unas breves horas, acercarnos a la costa del sureste del país, antes de emprender un viaje de doce horas con destino a Hoi An.
Tras desayunar por última vez bajo el grisaceo cielo de Dalat, nos instalamos como pudimos en un incómodo autobus con destino a Nha Trang, que nos debía dejar a los piés de las torres Cham, en la población de Thap Cham, cercana a Phang Rang. Un traqueteo provocado por los baches de una carretera maltratada por la lluvia y la falta de mantenimiento, nos acompañó los primeros tediosos kilómetros, por una meseta hasta que, poco después de atravesar Dran, a 70 kilómetros de Phang Rang, se presentó ante nosotros un espéndido panorama. La autopista 27, tras un recodo a la izquierda, comienza un descenso lento y paulatino hacia la planicie verde, salpicada de blancos cúmulos de nubes y coloridos tejados, que se extiende, mil metros verticales más abajo, hasta donde alcanza la vista. Habíamos dejado toda la llanura atrás cuando llegamos hasta Thap Cham, donde pasamos varias horas visitando las torres de Thap Cham, tres torres relativamente bien conservadas y ubicadas sobre un arbolado promontorio, paseando por las calles y el mercado de la población, muy poco acostumbrada a recibir visitantes tan lejanos, y esperando en la estación de trenes hasta que abriesen la taquilla, primero, y partiese nuestro tren con destino a Nha Trang, después. El tren, que llegó a la estación con bastante adelanto, partió con la puntualidad de un reloj suizo. En ese intervalo hicimos nuestra apoteósica entrada en un vagón de duros asientos de madera (la categoría más barata, generalmente evitada por turistas), por la puerta contraria a la que correspondía según la numeración de nuestros billetes. Un vistazo rápido al interior del vagón, con sus ventiladores giratorios, suspendidos del techo, el espacio reservado para las maletas repleto hasta los topes, al igual que la zona bajo los asientos así como buena parte del pasillo, y la maraña de pies y manos, piernas y brazos que sobresalían de los asientos, o la gente que prefería la dureza del suelo del pasillo a la del asiento, y bolsas de comida, principalmente fruta, en tal cantidad que me pareció estar dentro del mercado de Ben Thanh, me hizo presagiar que el viaje iba a ser divertido. Atravesamos el vagón, con las mochilas a cuestas, ante la atónita mirada de unos, la jocosa felicidad de otros y la indiferencia de pocos, hasta nuestros asientos. Durante los primeros veinte minutos instalados en nuestros asientos, Carlos y su sombrero típico, ese que compró en el Mekong y que con tanto cariño luce, fueron el centro de atención de los miembros de la familia con quienes compartíamos asientos contiguos. Pronto anocheció fuera del vagón, por lo que los intentos de iniciar una conversación imposible con nuestros compañeros de viaje sustituyo a la contemplación del paisaje como pasatiempo. No obstante, al final del viaje Carlos había conseguido comunicarse con ellos, a duras penas y con la ayuda de las frases de ejemplo en la Rough Guide así como su perseverancia, y estos le obsequiaron con un racimo de ricas uvas y con la observación de que su sombrero era de mujer. En Nha Trang nos detuvimos el tiempo suficiente para comprar los billetes para partir esa misma noche hacia Hoi An, cenar un rico plato tailandés y meter los pies en aguas del Índico.
Sábado, 8 de noviembre. Hoi An • Con los primeros rayos de sol, tras haber surcado un mar verde, anegado de agua, de plantaciones de arroz, moteado con las manchas grises y marrones de los bueyes arrastrando arados con lentitud, mientras llevan sobe sus lomos diminutos pasajeros de blanco plumaje, nos aproximábamos a la ciudad monumental de Hoi An, un conocido y visitado conjunto arquitectónico, rehabilitado gracias a los esfuerzos de varias asociaciones japonesas, que ha recibido el título de Patrimonio Mundial de la Humanidad. El casco histórico de Hoi An está formado por un pequeño conjunto de calles dispuestas paralela y perpendicularmente al río Hoai. Junto al río se encuentra la calle Bach Dang, que contiene la franja de viviendas situadas frente al río, desde el puente japonés hasta el mercado central y la calle Phan Boi Chao, situada al este del mercado. Paralela a la Bach Dang, transcurre Nguyen Thai Hoc, donde es posible encontrar la casa de Tan Ky, el Teatro Tradicional, el museo de Cultura Folclórica y el Taller de Artesanía. Al norte de la Nguyen Thai Hoc se encuentra la Tran Phu, donde destaca, al oeste el puente japonés, y hacia el este el templo cantonés de Quang Dong, la mansión de Quang Thang, el museo del Comercio de la Cerámica y el templo de Phoc Kien. Al norte de Tran Phu está la Phan Chau Trinh. En ella está la solitaria mansión del clan Chapel. Al oeste del puente japonés, siguiente por Nguyen Thi Minh Khai, se llega hasta la mansión de Phung Hung. Bordeando el flanco occidental del mercado central y cortando las principales arterias del casco antiguo, se encuentra Nguyen Hue, donde destacan el Museo Histórico y Cultural y el templo de Quan Cong. Esparcidos por todas estas calles hay puestos de venta de tickets, necesarios para visitar la mayoría de las atracciones en el área. Cada ticket, con un coste de 75.000 dongs, da derecho a visitar uno de los cuatro templos, alguna de las cuatro mansiones, un museo, asistir a un espectáculo musical y visitar, o bien el interior del puente japonés o el templo de Quan Cong. Se necesitan cuatro tickets para poder visitar todos los edificios incluídos en este sistema, si bien dos tickets han satisfecho nuestras espectativas.
Aparte de los diferentes atractivos turísticos, Hoi An está repleta de tiendas de souvenirs, restaurantes, talleres de artesanos y, sobre todo, sastrerías. La primera ocasión en que dejamos la llave en la recepción del hotel, el recepcionista nos recomendó un taller, no lejos del hotel. Para añadir una pizca de variedad al habitual ir y venir por las calles de las ciudades que visitamos, hemos asistido a un espectáculo de música y danza tradicional. Durante media hora, presenciamos varios números artísticos.
Domingo, 9 de noviembre. Hoi An • Poco antes de las seis de la mañana ya humean los puestos de comida al pie de las calles, y el olor a parrilla inunda el olfato y abre el apetito. Los vietnamitas desayunan fuerte, noodles, carne, sopas, los mismos platos que forman parte de su almuerzo, pocas horas después. Su vida parece comenzar dos horas antes que la de un español. En las poblaciones donde el turismo no es la principal fuente de ingresos cesan su actividad cuando comienza a caer la noche. En Hoi An hay mucha vida bajo la luz de la luna, incluso para los centenares de sastres que mantienen abiertas sus tiendas hasta bien avanzada la jornada. A una de estas sastrerías, la que nos había recomendado el recepcionista del hotel, acudimos ayer sábado. Tras ojear unos catálogos y elegir el material, encargamos dos trajes, que las encargadas se comprometieron a tener preparados para una primera prueba hoy mismo.
My Son reune la mayor parte de los vestigios de una civilización, la Cham, que tuvo su apogeo hace un milenio, y cuya grandeza pasada ha quedado reducida a un conjunto de restos arqueológicos y a una exigua población de 150.000 descendientes diseminados por todo el sureste asiático, principalmente en el delta del Mekong, el sur de Camboya e Indonesia. Descubierto por el ejército francés durante la guerra de Indochina y bombardeado por los americanos en la guerra de Vietnam, My Son alberga un importante conjunto de ruinas y templos. Un tour operado desde Hoi An nos llevó hasta My Son por 4 dólares por cabeza, sin incluir las tasas de entrada al complejo (otros 4 dólares). Dicho complejo está formado por un conjunto de recintos más o menos dispersos en un área de 10 kilómetros cuadrados, la mayor parte de ellos amurallados, que se identifican mediante letras. Así, los grupos A, B y C son los mejor conservados, mientras que los grupos D, E y F están prácticamente destruidos. Existen otros grupos de templos, cerrados al público, al estar siendo actualmente investigados por expertos de la Unesco. Aparte del encanto de los templos mejor conservados y la evocación de las multitudinarias ceremonias religiosas que albergaron siglos atrás, el marco en que fueron erigidos es espléndido. Encajados en las laderas de varias montañas, una de las cuales da nombre al complejo.
De vuelta a Hoi An, una primera prueba de los trajes, que estaban bastante avanzados y apuntaban buenas maneras, y una cena en el Café de Amis, un restaurante atípico donde no hay carta de menú. El cliente elige entre menú vegetariano, con carne o con productos de mar, y deja en manos del cocinero la elección de platos.
Lunes, 10 de noviembre. Hoi An • Las montañas de mármol, cinco moles de pura roca que se erigen sobre kilómetro y kilómetros de planicie, a escasos kilómetros de la costa y equidistante de Danang y Hoi An. Destaca sobre el resto, por el conjunto de construcciones que alberga, la montaña del agua (Thuy Son). En ella, a diferentes niveles, accesibles mediante escaleras que surcan y rodean la ladera de la montaña, se accede a diversos templos, pagodas, miradores y cuevas, estas últimas convertidas en santuarios budistas. En las entrañas de la montaña, se encuentra la gruta de An Phu, que merece la visita. Contiene un buen número de altares, figuras de mármol, y escaleras que ascienden hasta la ladera de la montaña, o descienden más aún hacia las profundidades de ésta, donde una serie de escabrosas figuras representan el infierno al que hemos descendido. Desde las montañas fuimos directos al museo de Arquitectura Cham, en Danang. En él se exhibe una extensa colección de figuras y elementos decorativos de la civilización Cham. Muchas de las figuras están dedicadas a deidades de la religión hinduista. Me resultó curioso comprobar que el museo carece de ventanas, aunque no hace mucha falta, puesto que la mayoría de las figuras están literalmente incrustadas en las paredes del museo. El museo contiene también información relativa al complejo arqueológico de My Son, de donde procede buena parte de las piezas expuestas. Aparte del museo, en Danang visitamos la pagoda de Pho Do y el templo dedicado al culto Cao Dai, una peculiar secta que santifica a personajes históricos, como Victor Hugo, y cuyo símbolo es un gran ojo. Nuestra excursión a Danang y las montañas de mármol nos ocupó cuatro horas de la mañana, que hubiesen sido más de habernos desplazado en transporte público o en motocicleta, y no en taxi tal y como finalmente hicimos.
Aparte de nuestra pequeña expedición a Danang, aproveché este último día en Hoi An para acercarme a la playa de Cua Dai. Situada a cinco kilómetros de Hoi An, al final de la avenida que toma el nombre de la playa, se extiende varios centenares de metros, separada de una hilera de edificios por un buen tramo de suave arena y varias hileras paralelas de palmeras. Por la tarde nos probamos los trajes por última vez, y ultimamos los preparativos para su envío hasta España por vía aerea, despidiéndonos poco después de las atareadas dependientas, que no habían dejado de recibir clientes durante todo el tiempo que pasamos en su tienda.
Martes, 11 de noviembre. Hue • Dejando atrás la bahía de Danang, una gran cuenca de mar rodeada de tierra y montañas, la carretera remonta altura hasta el paso de Van Hai. Desde allí hasta la ciudad de Hue, se suceden los habituales paisajes vietnamitas, arrozales anegados, hileras de palmeras, naranjales, cocoteros y demás vegetación. Llegamos a Hue a mediodía. El autobus nos dejó en mitad de un polígono, donde estaban esperándonos varios trabajadores de la misma compañía propietaria del autobus, que se ofrecieron a llevarnos al hotel de la compañía. La vieja triquiñuela les salió bien, y acabamos quedándonos en el hotel. Más tarde nos acercamos a la Ciudadela, motivo principal de nuestra presencia en la ciudad. Nos llevó toda la tarde recorrer la parte más monumental de la Ciudadela: la Ciudad Imperial, con su impresionante entrada principal, el pabellón de Thay Hoa, la residencia de la madre del rey Dien Tho, así como el templo de Thue Mieu. Los jardines del recinto interior a la Ciudad Imperial soprenden por su amplitud. Sin embargo, resulta curioso comprobar que todo aquí está en aparente estado de abandono o en plena fase de remodelación.
Visitando minutos después la pagoda budista de Dien Be, entablamos conversación con Tho, un profesor de matemáticas, y aspirante a profesor de inglés, que nos invitó a su caja donde pasamos un rato junto con su mujer y sus dos hijos, de dos y cinco años. Nos llevó a un buen restaurante frecuentado principalmente por habitantes de la ciudad, donde nos dimos un festín de buena comida vietnamita, con platos como pollo al curry, ancas de rana, calamares a la plancha en salsa de menta, o pinchos de ternera adobada deliciosos; todo ello acompañado de abundante cerveza. La factura posterior fue de órdago. Nuestro simpático anfitrión se ofreció a prepararnos una cena en su casa al día siguiente.
Miércoles, 12 de noviembre. Hue • Surcamos el río del Perfume, y sus amplios meandros, al igual que lo hicieron en su día numerosas dinastías de emperadores que, en vida y, tal vez en su último viaje, partieron desde la ciudad de Hue hacia su última morada, en alguno de los diferentes mausoleos construidos en ambas orillas del río. Sólo que nosotros no navegamos en una de las presumiblemente bellas embarcaciones que navegaron estas aguas en aquellas ocasiones, sino en una barcaza rectangular y complétamente acristalada, con dos estrafalarias cabezas de dragón en la proa, una de las cuales está de tal modo dispuesta que el capitán no tiene visión directa de cuanto sucede a sus diez. Los más de veinte pasajeros nos repartimos sobre la tarima de la embarcación, en irregulares hileras de sillas de plástico.
La larga procesión de barcazas avanza de muelle en muelle, realizando paradas en los diferentes monumentos incluídos en la excursión, como la pagoda de Thien My, con su peculiar torre de siete tejados, uno de los símbolos de la ciudad. Junto a la torre, un buen número de templos y edificios, rodeados de cuidados jardines, sirven de refugio a una amplia comunidad de monjes y aprendices. Tras dejar en tierra a dos pasajeros que se volvieron a la ciudad en autobus, reemprendemos la marcha hasta el mausoleo de Tu Duc, un atractivo complejo de templos, y tumbas dentro de un recinto amurallado de considerables dimensiones. Dentro del mismo, un sistema artificial de lagos y canales de agua, que en la actualidad separa templos de tumbas, en su momento fue lugar de descanso de emperadores. Dentro de la sobriedad del lugar, destacan las figuras de soldados de piedra que guardan el acceso a la tumba principal. Tras dejar atrás a una nueva pareja, nos acercamos al templo de Hon Chen, construido sobre vestigios Cham en un recodo del río, accesible sólo por agua. Nueva parada en la tumba de Minh Mang, que a la postre fue la última. Debido al retraso acumulado en las sucesivas esperas, decidimos unánimemente saltarnos la quinta y última visita. Aún así, no llegamos a Hue hasta la hora del té. Allí nos tomamos una cerveza con Eduardo, un oscense al que habíamos conocido en el barco-dragón-comedor.
A las siete de la tarde habíamos quedado citados con Tho, en la puerta de la pagoda donde nos conocimos el día anterior. Allí estaba su mujer, que nos acompañó hasta su casa, donde esperamos por más de media hora sin que Tho hiciese acto de presencia. Para cuando se presentó en casa, casi a las 8 de la tarde, ella había ido en su búsqueda, dejándonos a Carlos y a mí al cargo de la casa y del mayor de sus dos hijos. Una vez que escuchamos las livianas excusas de Tho y su mujer hubo vuelto de buscarle, nos sirvieron la comida. Y mientras Carlos y yo dábamos cuenta del arroz, los rollitos de verdura, la sopa de pescado, la deliciosa crema de lentejas y el pollo con verduras, Tho y su mujer discutían sin hacernos mucho caso. Cuando aún no habíamos terminado con la cena, Tho volvió a salir, ante la disconformidad manifiesta de su mujer, y no volvió hasta veinte minutos después. Ya habíamos acabado de cenar y, como estaba planificado, fuimos los seis hasta un karaoke. Éste no era como nos lo habíamos imaginado; no se trataba de un lugar público, sino un edificio con varias salas privadas, que la gente alquila por horas. En una de ellas pasamos las siguientes dos horas, hasta que Carlos y yo decidimos que nuestra experiencia con una familia autóctona había llegado a su fin. Tras dejar a su mujer e hijos en casa, Tho nos acompañó aún mientras nos bebíamos una cerveza en la calle, cerveza que, al igual que el karaoke, pagamos religiosa e íntegramente de nuestro bolsillo.
Jueves, 13 de noviembre. Hue • Tercer día consecutivo sin lluvias ni atisbo de ellas. El cielo no llega a estar despejado pero la temperatura es agradable y el viento sopla con menor intensidad que durante nuestras primeras horas en Hue. Nos estamos acostumbrando a viajar cuando el tiempo es agradable y hacer turismo con tiempo revuelto. Antes de subirnos al autobús nocturno con dirección a Ninh Binh, recorrimos gran parte de las calles al sur del río del Perfume, visitando las pagodas de Bao Quoc y Tu Dam, el mercado de Dong Ba, las catedrales de Notre Dame y Pho Cam y el museo de Ho Chi Minh.
Viernes, 14 de noviembre. Ninh Binh • Llegamos de madrugada a Ninh Binh, una ciudad con poco interés turístico, pero situada en un enclave privilegiado, que sirve de base para la realización de varias excursiones interesantes. Allí donde se detuvo el autobús, nos estaba esperando el dueño del hotel Xoan Hua, casualmente situado frente a la improvisada parada. Con el compromiso de permanencia por una noche más, pasamos las dos últimas horas de la noche en una habitación que nos cedió el dueño de forma gratuíta.
Bajo un cielo brumoso, que parecía estar aclarando por momentos, pedaleamos sobre nuestras bicicletas alquiladas los diez kilómetros que nos separaban de Tam Coc. Una vez allí, dejamos las bicis en uno de tantos aparcamientos habilitados para ello y abonamos los tickets que nos daban derecho a visitar la pagoda de Bich Dong y dar un paseo en saipan por los espectaculares paisajes kársticos que dan fama a la región. Durante más de una hora se surca por aguas pandas entre montañas y formaciones rocosas, en cuyas paredes los carneros pacen ajenos al constante peligro en que viven, entre planicies cubiertas de arrozales y bajo el informe techo de tres grutas. Desde Tam Coc parte una carretera hacia la pagoda de Bich Dong, situada en la falda de una de las numerosas montañas kársticas.
Volvimos tras nuestros pasos, en dirección a Ninh Binh, para localizar la carretera que comunica Tam Coc con Hoa Lu, situada a mano izquierda a dos kilómetros del embarcadero de Tam Coc, junto a una señal de dirección a Hang Mua. Los doce kilómetros de distancia entre Tam Coc y Hoa Lu, que cubrimos no sin esfuerzo y habiendo preguntado por la dirección adecuada varias veces, permiten admirar el bello paisaje de la región con absoluta tranquilidad. Tras casi una hora de pedaleo, llegamos a nuestro destino, los templos de los reyes Dinh en Hoa Lu, de los que quizás esperábamos algo más. La vuelta a Ninh Binh, atravesando Hoa Lu, Thien Ton y una buena parte de la caótica autopista 1, se localiza con facilidad.
Sábado, 15 de noviembre. Hanoi • Atravesamos el ecuador de nuestras vacaciones en cuanto a su duración y ya hemos alcanzado el norte del país. Hemos ido ganando días a la planificación que nos habíamos marcado al llegar a Vietnam, con la intención de dedicar cuatro o cinco días de la última semana a la visita de los templos de Angkor en Camboya. Una vez en Hanoi, nuestros planes de abandonar el país temporalmente se han ido al traste, al comprobar que los billetes de avión con destino a Siem Reap son carísimos (del orden de 250 dólares por persona y trayecto). La opción económica, consistente en viajar de nuevo hasta Saigón en avión, y desde allí en autobús hasta Siem Reap, no se nos antoja cómoda, por lo que hemos desistido de visitar aquellos increíbles templos, al menos por esta vez.
Ajenos aún a los abusivos precios de los billetes de avión a Camboya, nos despertamos en Ninh Binh, recogimos todos los bártulos, que dejamos en la consigna del hotel, y nos preparamos para la excursión en moto, con motoristas incluídos, que habíamos contratado el día anterior. Bajo un cielo parcialmente cubierto, emprendimos la marcha hacia la reserva natural de Van Long. Cuna de una importante comunidad de langures, esta extensa aglomeración de montañas de roca, que se elevan un par de centenares de metros sobre las poca profundas aguas que los rodean y aislan de las circundantes tierras de arrozales y frutales, guarda similitud con las formaciones que habíamos visitado en Tam Coc la jornada previa. Tras el breve paseo en barca por los alrededores de las montañas, nuestros chóferes nos condujeron a través de caminos, que aquí consisten en pistas de cemento elevadas sobre el nivel del agua un par de metros verticales que, durante varios kilómetros, separan el agua y las montañas de Van Long a la derecha y a la izquierda los arrozales, granjas, palmerales y poblaciones, destacando estas últimas por los enormes campanarios de sus iglesias. No es extraño encontrarse campos anegados de agua, tomados por nenúfares de los que brotan flores rosas, y de los que emergen cruces, lápidas o mausoleos, separados del agua que los rodea y aísla, por un fino tabique de piedra, como islotes de piedra en un apacible mar.
Poco después llegamos al pueblo de Tran Me, desde donde una lancha motora nos llevó hasta el pequeño poblado pesquero de Kenh Ga, situado al pié de una de las numerosas formaciones kársticas de la región. No nos detuvimos en este pueblo, accesible sólo por agua, sino en un muelle a escasos kilómetros, desde donde distaban dos kilómetros a las cuevas de Van Trinh. De vuelta a la barcaza, observamos cómo un camión vaciaba el contenido de su remolque, una enorme cantidad de ladrillos de cemento, en mitad de la carretera, bloqueando la circulación de todo vehículo de cuatro ruedas, por otra parte escaso en estos parajes. Desde allí volvimos a Tran Me y luego a Ninh Binh, donde nos despedimos del amable propietario del Xoan Hua, que nos facilitó el acceso a un minibus con destino a Hanoi.
Llegamos a la estación de Giai Bat en Hanoi aún de día. Una vez allí, en torno al minibús se congregó una muchedumbre de motoristas y taxistas que, al vernos aún en el interior tras los mugrientos cristales, comenzaron a sonreirnos, gesticular, aporrear las ventanas y casi zarandear el vehículo. Una vez fuera del minibus nos costó deshacernos de ellos y buscar la parada del bus local que nos llevaría al centro. Dos de los motoristas permanecieron junto a nosotros hasta el momento en que nos subimos al bus local de la línea 8, esperando quizás nuestro arrependimiento y resignación a ir hasta el centro en moto. ya en el centro, y por primera vez desde que llegamos al país, encontramos problemas de disponibilidad de habitaciones en varios hoteles, y tuvimos que acceder a quedarnos en un hotel de dos estrellas pagando algo más de lo habitual.