30/10 - 02/12/2008 Vietnam

El sur de Vietnam

Jueves, 30 de octubre. Sobrevolando Afganistán • Heme aquí, a justo 37.000 pies de altitud, a bordo de un avión con una enorme flor de loto dorada en el estabilizador vertical, sobrevolando las montañosas regiones afganas, donde el fanatismo religioso y, más aún, la lucha por el control de un recurso tan valioso como el opio han sumido al país en una tardía edad medieval.

Atravesando la línea imaginaria que une Kabul con Kandahar, a lo largo de una porción de tierra rugosa, quebrada, árida y rota, se habrá consumido la primera mitad del trayecto, desde que partimos de París, hará poco más de un cuarto de día, hasta nuestro destino, la que quizás sea la ciudad más conocida de un país en el que se producen ingentes cantidades de café al tiempo que se limpian los campos de las toneladas de peligrosos juguetes, que los yankees esparcieron durante su intervención en la guerra fratricida entre las mitades septentrional y meridional, y que sesgó tantas vidas. Aún hoy se cobra su peaje, entre aquellos que han hecho de la búsqueda y desactivación de proyectiles su medio de vida.

Cuando por fin pongamos pie a tierra, en la ciudad de Ho Chi Minh, otrora Saigón, habremos cubierto 10.100 kilómetros en línea casi recta sobre la superficie del globo terrestre, y nos dispondremos a recorrer, con medios más modestos, la distancia comprendida entre Saigón y Hanoi; una ruta cada vez más adsequible, a través de un país que dicen muestra su cara más amable con todos aquellos que lo visitan. Con un mes por delante para liberar todo el estrés acumulado tras meses y meses participando, como una pieza más, en la gigantesca, inestable y cruel maquinaria de generar riqueza ficticia en que se ha convertido el mundo en que vivimos; una maquinaria gobernada por locos operarios a los que puede la avaricia, pero que, por otra parte, hace posible que algunas piezas puedan desengranarse ocasionalmente, y retirarse del inexorable mecanismo durante varias semanas al año, huyendo hacia un destino que les permita recibir la capa de grasa con que perpetuarse en su puesto y funcionalidad, y tener constancia de lo privilegiado de su situación, de que en esta enorme maquinaria no todas las piezas reciben tan exquisito tratamiento. Asi que, mientras los operarios de medio mundo andan arrancándose jirones del cabello y desgañitándose en un frenético mercadeo de papeles que representan empresas, dos insignificantes piezas han decidido simplificar su existencia hasta su expresión más básica, al menos durante un breve lapso de tiempo de sus vidas.

Viendo el logotipo de la compañía aérea que nos trae desde el viejo continente, pienso en el buddha de múltiples brazos, un par levantándose hacia el cielo, otro guardando la horizontalidad, otro reposando sobre las rodillas y otro en posición de rezo. Carlos no ha visto otra cosa que un extraño animal con cabeza de sapo, brazos de orangután, torso de cerdo y piernas de cabra desde que, cuatro horas atrás, se bloquease el terminal interactivo en el frontal de su asiento, mientras testeaba una interesante aplicación de combinación de animales a la carta, una especie de pasatiempo para biólogos chiflados. De todos modos, no le ha faltado tiempo para intimar con la octogenaria monja vietnamita que forma, junto a nosotros, el trío de ocupantes de la parte izquierda de la fila 40 del enorme Boeing 777 en cuya tripa nos encontramos. Al contrario que sucedería, por poner un ejemplo, en el Reino Unido, nuestros esfuerzos por hacernos comprender en la única lengua, aparte de nuestra lengua materna, que conocemos, van a resultar vanos en la mayoría de las ocasiones, y dudo que en un mes nos de tiempo a aprender el vietnamita más elemental, ni siquiera para regatear el precio de un taxi. Ya se me hace harto complicada la comprensión del Quốc Nga, sistema de escritura introducido en el país por misioneros franceses en el siglo XVII, como medio para representar, con caracteres románicos un lenguaje tonal tán complejo como el vietnamita.

Qué mejor forma de tomar contacto con el quốc nga que apuntando los nombres de unas delicias culinarias publicadas en la revista gratuíta de Vietnam Airlines. Las fotografías de la sopa dulce de uva (chė búði) que toma su sabor de los extractos de la flor de uva, o la sopa dulce de semilla de loto (chė sen), o la sopa dulce de judías negras, cocidas y adornadas con hojas de vainilla y una buena dosis de azúcar (chė đð đen), son más que prometedoras.

Viernes, 31 de octubre. Ho Chi Minh City / Saigon • Sensaciones contradictorias en nuestro primer día en Hồ Chí Minh. Para empezar, a uno le lleva su tiempo el acostumbrarse a ser considerado una mera hucha con piernas, como leí en algún foro de viajes no hace mucho, y tiene que aprender a convivir con la gran cantidad de gente que se gana la vida vendiendo todo tipo de artilugios y cacharros a los extranjeros. Somos nosotros los que venimos aquí y hemos de aceptar las prácticas que, al fin y al cabo, financiamos. No obstante, siempre aceptan el rotundo «no» que amablemente les brindas. Otra cosa bien diferente es que te timen a las primeras de cambio, digamos por ejemplo al subirte al primer taxi que te ha de llevar desde el aeropuerto hasta el centro de Saigon, obligándote a pagar las desorbitadas tasas de aparcamiento del taxi, llegando hasta el extremo de arrancarte, de tus propias manos, el dinero con que supuestamente debes abonar las tasas. Lo único que se le ocurre a uno es poner cara de incredulidad, abonar el taxi y, al cabo de media hora, tras analizar fríamente la magnitud de la cantidad sustraída, lamentarse por la falta de genio y repetir para sus adentros «una y no más». Aprender a «no enseñar nunca tu dinero». Pero siempre hay una segunda experiencia, que te hace grabar a fuego en tu cerebro la frase «no aceptes regalos de un extraño», cuando a la entrada de una pagoda alguien coloca en tus manos unas varas de incienso que, tras encender y distribuit dentro del templo, has de pagar a la salida, y a buen precio. Como tercera y última lección aprendes que el patrón de agresividad de vendedores hacia turistas no es exclusivo de vendedores de romero, lectores de fortuna y limpiadores de mal de ojo que pululan por la Alhambra de Granada, sino que se trata de una práctica universal, aplicada allá donde el ser humano es llevado por su afán de curiosidad. Dicho esto, añadiría que tanto el clima como el tráfico están locos en esta ciudad. No recuerdo tal masificación de vehículos a dos ruedas que la que he podido presenciar hoy en nuestro periplo desde el aeropuerto hasta el distrito turístico de la ciudad. Saigon parece una ciudad invadida por las motocicletas, donde el peatón, escaso, es un estorbo empeñado en atravesar una calzada atestada de vehículos que NUNCA se detienen. El hecho de que se produzca un contínuo pitar de bocinas ya me resulta familiar, por lo que no le he dado mayor importancia. En cuanto al clima, que en esta región y época del año, es más suave que en otras partes del norte del país, una vez superada aparentemente la temporada de monzones, se caracteriza por una elevada humedad y una notable propensión a los chubascos y aguaceros digna de climas tropicales. Bastó con que cuatro gotas golpeasen el asfalto para que la marea de conductores, que creíamos incapaz de detenerse ante nada, echase pie a tierra para cubrirse de arriba a abajo con un poncho antes de cubrirse de arriba a abajo con una manta de lluvia.

A todo se acostumbra uno. Por ello hemos caminado por todo el popular barrio de Đồng Khởi, buscando primero el edificio de la Ópera, para después acercarnos hasta la orilla del Mekong, antes de que un diluvio demorase nuestra visita a la catedral de Notre Dame así como al cercano edificio que sirve de sede al servicio postal. Tras una pausa para el almuerzo, visita obligada al Palacio de la Reunificación, donde los principales mandatarios del estado hacen ostentación de su poder y en cuyo recinto irrumpió un tanque del ejército nor-vietnamita, el 30 de abril de 1975, poniendo punto y final a la Guerra de Vietnam. Son dignos de ver el despacho presidencial, presidido por dos colmillos de marfil de tamaño considerable, el salón de juegos, ocio y esparcimiento de la planta superior y el lúgubre y sórdido sótano donde, en impersonales cuartos anexos se apiñaban los camaradas del servicio de información y comunicaciones norvietnamitas, en sombríos despachos repletos de equipos de radio y telefonía, sus paredes forradas de mapas; un recorrido por los corredores del sótano le permiten a uno saborear los momentos de tensión y, quizás, agonía, dolor y muerte, que debieron vivirse bajo los cimientos del palacio. No lejos de éste, se encuentra el Museo de Recordatorio de Guerra, testimonio de las atrocidades cometidas por los americanos durante su cruzada contra el comunismo en esta porción del sudeste asiático. Se echa en falta, sin embargo, algo de objetividad , la visión desde el punto de vista de quienes perdieron aquella guerra.

Sábado, 1 de noviembre. Ho Chi Minh City / Saigon • Con menos precipitaciones que en la jornada de ayer, hoy hemos aprovechado para caminar desde el hotel, cerca de De Tham, hasta el Museo de Historia, situado en el extremo oriental de la avenida Le Duan, flanqueada por diversos consulados y otros edificios ocupados por importantes empresas. No puedo decir gran cosa del museo; llegamos pasadas las diez de la mañana y, la hora escasa que nos concedieron para recorrer sus salas, antes de echarnos atropelladamente a la hora del almuerzo, no nos permitió consultar más que la mitad del recorrido. El museo cuenta con una importante colección de piezas diversas, recogidas de diferentes emplazamientos arqueológicos, que abarca cronológicamente las distintas dinastías que han gobernado los reinos precursores de la actual Vietnam, así como las legendarias batallas contra los invasores chinos y mongoles. Dos de las últimas salas del recorrido contienen una excelente colección de representaciones en bronce de buddha y una amplia colección de espadas samurai, que no pude más que contemplar con el rabillo del ojo, mientras sentía el aliento del vigilante de seguridad tras de mí.

A un paseo del museo de Historia se encuentra la pagoda budista de Ngoc Hoang, conocida popularmente como la pagoda del Emperador de Jade. Si bien el recinto de la pagoda está poco cuidado, posiblemente debido a que su manutención corre a cargo de los inquilinos y no del gobierno, a partir de donativos de turistas u ofrendas de fieles al budismo, la visita merece la pena, aunque sea por contemplar en retablo principal, situado en la primera sala, a la que se accede directamente desde la entrada al complejo.

De vuelta al hotel nos detuvimos a almorzar en un solitario antro especializado en comida hindú, donde mi compañero de viaje claudicó ante el excesívamente picante plato de noodles con pollo. En cualquiera de estos establecimientos es posible saciar el apetito con un presupuesto entre 50.000 - 75.000 dongs por persona, incluyendo la bebida, aunque es posible abaratar el presupuesto destinado en comida hasta los 30.000 dongs, en los numerosos restaurantes callejeros, atestatos de vietnamitas a casi cualquier hora, si se sustituye la cerveza embotellada por la correspondiente cerveza de barril. En las áreas más céntricas, lejos de las pobladas calles destinadas a mochileros con presupuestos más ajustados, es posible encontrar hoteles y restaurantes que ofertan buffets por 10 dólares americanos (165.000 dongs) por persona, y en algunos restaurantes de lujo, con una exquisita decoración, como por ejemplo el Restaurante L'Indochine, es posible encontrar una amplia gama de platos a la carta con precios en torno a los 10 dólares. El amante de la buena comida se puede recrear en la idea de vivir en una ciudad como ésta con un sueldo occidental.

Los precios de las bebidas se ajustan a los mismos patrones de variabilidad de precios. Uno puede llegar a pagar 30.000 dongs por una cerveza de botella, y el doble por un cocktail, sentado en la terraza de un llamativo bar para turistas (y Saigon está lleno de buenos ejemplos, como el Go2 o el Allez Boo), o pagar 3.000 dongs por un vaso de cerveza de barril, con una proporción indeterminada de agua y cerveza. Existen diferentes marcas de cervezas embotelladas, con volúmenes y precios dispares. Uno puede encontrar cervezas con marcas de renombre, como Heineken o San Miguel (cerveza embotellada em Filipinas), cervezas distribuidas en todo el territorio nacional, como Tiger, Halida, Bivina, Larue o BGI, y cervezas con una mayor aceptación en sus lugares de origen, como Saigon, Hanoi o Huda.

Un paseo nocturno desde Dong Khoi hasta De Than, pasando por las cercanías del mercado de Ben Thanh, nos permite comprobar que los habitantes de Saigon disfrutan de una animada vida nocturna, gustando de reunirse en restaurantes locales, cervecerías o bia hoi, o incluso formando grupos en las aceras, sobre mantas, o en el césped de los numerosos y extensos parques de la ciudad. Los alrededores del mercado de Ben Thanh, que durante el día, mientras permanece abierto al público, es un hervidero de comerciantes, turistas y compradores que se cruzan y en los estrechos pasillos y se amontonan frente a los puestos de fruta, carne, pescados y mariscos, café, especias, encurtidos, artículos de marroquinería, zapatos, ropa de todo tipo y, por supuesto, souvenirs, se transforman en un alegre mercado callejero, frente a cuyos puestos se instalan grandes carpas, bajo las cuales uno puede sentarse a degustar una de las muchas especialidades de carnes, pescados y mariscos disponibles en la carta, al precio más que adsequible de 50.000 a 80.000 dongs por plato.

Domingo, 2 de noviembre. Ho Chi Minh City / Saigon • Esta tarde nos hemos topado con una tormenta de verano, de esas que en España la gente recuerda durante años. Nos encontrábamos en el distrito de Cho Lon, conocido por albergar el barrio chino o Chinatown, para visitar las pagodas que hay en la Nguyen Tray así como en los alrededores, así que no pudimos hacer otra cosa que enfrentarnos a la cortina de agua, parapetados bajo nuestros insuficientes chubasqueros, con la cabeza agachada, y recorrer las callejuelas esquivando los charcos, profundos hasta los tobillos. Horas después nos enteramos de que, en el norte del país, las torrenciales lluvias y las posteriores inundaciones se habían cobrado, trágicamente, la vida de decenas de personas.

Poco después de llegar de la excursión matinal a los túneles de Cu Chi, y almorzar en uno de los muchos restaurantes italo-vietnamitas, tomamos el bus local número 1, con salida frente al mercado de Ben Thanh, y múltiples paradas en la larga avenida Trang Hung Dao, que prácticamente une el mercado con la estación de autobuses de Cho Lon, final de trayecto del bus. A pesar de ser un medio cómodo de transporte, la gente prefiere la locura colectiva del transporte en moto en un país con 80 millones de habitantes y 40 millones de motocicletas. Todas las pagodas que pudimos localizar, salvo la primera de ellas, cuyo horario de apertura llegó a su fin a las 17, estaban abiertas al público, incluso aquella a la que llegamos con las últimas luces del día, lo cual requirió que el cuidador de la pagoda encendiese las luces tras el retablo, para que pudiésemos contemplar las diferentes imágenes.

Pocos metros al sur de la estación de autobuses de Cho Lon, cuando se desató el aguacero, buscamos cobijo en uno de los mercados más importantes de la ciudad, tras el de Ben Thanh. El hermoso patio abierto, situado en el centro del mercado de Binh Tay le confiere, más aún que sus dos plantas repletas de puestos adyacentes, y en ocasiones casi superpuestos a lo largo de angostos pasillos, un interés adicional. Uno puede imaginarse el patio, libre de comerciantes y ornamentos superficiales, como el escenario de una de esas épicas luchas que nos ha ofrecido el cine oriental en los últimos años. Bajo el diluvio, al este de la estación, en la iglesia católica de Cha Tung, se oficiaba una misa, con una nutrida asistencia.

Dos días en la ciudad han sido más que suficientes para comprobar que la rampante prostitución en estos lugares no es un mito. Basta con pasear por las calles o parques anejos al barrio de De Tham tras la puesta de sol para recibir proposiciones directas por parte de proxenetas, que por lo general también trapichean con droga, como de las propias chicas, que no dudan en apalancarse a tu lado en una calle llena de gente, ofreciendo compañía. No es tampoco infrecuente encontrar bares de copas con una decoración más que sospechosa y una clientela homogénea, formada por hombres occidentales entrados en años y jóvenes chicas orientales, excesivamente maquilladas y demasiado poco vestidas. Un caso peculiar es el de unos chicos que, montados en una bicicleta, hacen sonar intermitentemente un instrumento a modo de cascabel, y que ofrecen servicios de masaje, entre otros.

Lunes, 3 de noviembre. Can Tho • Para nuestra toma de contacto con el delta del Mekong, habíamos contratado un paquete turístico de dos días y una noche, con permanencia en unos bungalows dentro de un completo turístico situado en un pequeño poblado cerca de Can Tho, en la misma agencia de turismo con la que ya habíamos contratado la visita del día anterior a los túneles de Cu Chi, así como el billete en autobus hacia Dalat. El tour arrancaba con un primer traslado en el autobus de la agencia desde Saigon hasta My Tho, durante el cual conocimos a una simpática pareja de Barcelona formada por Mónica y Juliá, con quienes compartimos varias horas durante los siguientes dos días. Una vez en My Tho, nos hemos subido a unas barcazas que nos ha llevado hasta una de las islas dentro del delta del Mekong, de entre las que suelen formar parte de los recorridos turísticos. Tras una degustación de diversas frutas, una demostración de música popular y una exposición de productos regionales a la venta, embarcamos nuevamente, esta vez en unos saipanes de menor tamaño y aforo. A los remos de nuestro saipán se sentaba una longeva anciana, realmente auténtica. En la desembocadura del pequeño canal sobre un afluente más importante, hemos cambiado a una barca mayor, con la incertidumbre de a qué destino nos llevaría esta vez. La duda se resolvió cuando, pocos minutos después participábamos de una nueva muestra de productos locales y una prueba de nuestros hábitos consumistas. La siguiente parada, tras un animado paseo subidos a varios carros impuslados por tracción animal, fue la del almuerzo, consistente en un triste plato de noodles de bolsa, tras el cual reemprendimos viaje por carretera hasta Can Tho, que distaba 100 kilómetros y requería el cruce del río sobre un enorme ferry. Una vez en ésta ciudad, nos subimos nuevamente a una lancha motora sin luces ni suficientes salvavidas, que nos llevo, en un agradable paseo nocturno, hasta la pequeña villa donde pasamos la noche, no sin antes haber disfrutado de una agradable cena con arroz abundante, noodles, verduras, tofú en salsa picante, rollos de patatas y judías, y pescado del delta.

En la retina quedan las imágenes del caótico momento del embarque en el ferry, que partió de una de las numerosas dársenas en un extremo del delta, mientras que otros ferrys partían o se aproximaban en rumbos paralelos al nuestro, al resto de dársenas libres, con toda su carga humana y mecánica a bordo. En el recuerdo también, el agradable viaje nocturno a través del delta, en casi total oscuridad, escuchando tan sólo el suave ronrroneo del motor de la barcaza y el suave golpeteo del agua sobre el casco, observando las luces de las casas en la orilla y el brillo de las luciérnagas en la copa de los árboles. Una vez en la habitación, bajo la mosquitera no tardo en conciliar el sueño, mientras percibo cada vez más débilmente el canto de los insectos y, a lo lejos, el murmullo de un motor surcando aguas lejanas.

Como aspectos negativos de un tour tan turístico como este, la excesiva pérdida de tiempo debidos a paradas en lugares que a prácticamente nadie le interesaban.

Martes, 4 de noviembre. Ho Chi Minh City / Saigon • A las seis menos cuarto de la mañana, aún escuchando el continuo goteo de la lluvia sobre el tejado de madera y chapa de la cabaña en las que habíamos pasado la noche, Carlos ya estaba preparado y haciendo tiempo hasta la excursión al mercado de la villa, a donde el encargado del complejo residencial se había comprometido a llevarnos. A duras penas, quizás confiando en que remitiese la lluvia, que había azotado con fuerza durante toda la noche, me vestí y, chubasquero en mano, fui al punto de reunión a acompañarle a él, a nuestros amigos catalanes y a otros incautos que, como nosotros, esperaron hasta que nuestro guía se levantase, un cuarto de hora después. El mercado, que se encontraba unos cientos de metros arriba del curso del canal frente a las cabañas, en la otra orilla, ocupaba la confluencia de una carretera asfaltada y un camino de tierra, y congregaba a no más de veinte comerciantes que, sentados sobre ladrillos, esperaban a posibles compradores para su pescado, verduras, fruta o carne. Encontraron, sin embargo, un buen número de cámaras a su alrededor, si bien no mostraban reparo en dejarse fotografiar junto a alguna de las chicas que nos acompañaban.

El plato fuerte del día, consistente en la visita a los mercados flotantes de Cai Rang y Phong Dien, no se hizo esperar. A las ocho ya estábamos instalados a bordo de una lancha turística que, junto a otras dos barcas, formó una flotilla que zarpó rumbo al primero de los dos mercados, a la postre el más importante de la región. Una vez allí, un atractivo espectáculo el ver el modo en que cientos de barcos de la más diversa índole, los unos con motor, los otros meros botes de remos cruzados (típicos en Vietnam, los braceros empujan los remos hacia delante en lugar de tirar de ellos hacia sí), desvencijados la mayoría de ellos, se aproximaban los unos a los otros, tras lo cual comenzaba el trasiego de mercancías y dinero de un barco a otro. Cada barco especificaba con qué mercancía trabajaba colgando una muestra de la mercancía de un mástil en la proa o popa de la embarcación, a modo de piñata. En cuestión de minutos, la afluencia de embarcaciones turísticas al mercado derivó en una carrera por abrirse el mejor camino posible entre los barcos mercantes, para garantizar a los clientes la mejor de las instantáneas.

Los mercaderes, ajenos a esa lucha por la mejor foto, continuan viviendo como lo han hecho siempre, de, por y para el delta del Mekong, en un mundo de contrastes en el que no sorprende encontrar a un solitario pescador sobre un vetusto en mitad del río, apartando momentaneamente los aparejos de pesca, para realizar una llamada telefónica con un moderno teléfono móvil.

Tras una breve parada en una fábrica de noodles, hechos a partir de arroz y tapioca, visitamos el segundo de los mercados flotantes que, a pesar de ser más pequeño que el anterior, no carecía de encanto. El viaje organizado al delta del Mekong no dió más de sí. A punto de oscurecer llegamos a Saigon, donde con una cena en uno de los restaurantes junto al mercado de Ben Thanh nos despedimos de Mónica y Juliá, que partían al día siguiente hacia Camboya, y de la ciudad, de la que partimos poco tiempo después en un autobús con dirección a Dalat.