03/10 - 18/11/2007 Nepal

Miércoles, 3 de octubre • Mucho bochorno. Esa fue sido la primera impresión al apearme del avión y descender hacia la pista del Aeropuerto Internacional de Doha. Calor, y también bastante humedad, en contraste con el frío artificial del vuelo QR070 de la Qatar Airways, que partía pasado el mediodía del 3 de octubre, para aterrizar en este pequeño estado, situado en la Península Arábiga, seis horas después.

Ante mí, algo más de seis semanas, que esperaba me cundiesen lo suficiente como para llevarme una impresión, confiaba que buena, de Nepal, el destino de mi viaje. No se trata de un país de grandes dimensiones; ocupa una quinta parte de la superficie de España y está rodeado por dos colosos como China y la India. No iba a recorrer una porción amplia de su territorio durante todo ese periodo. Si miramos un mapa, es posible delimitar el alcance de mi viaje a una tercera parte del país, la franja comprendida entre Naya Pul, al oeste de Pokhara y Dhulikel, al este de Kathmandu, y entre la frontera la frontera con el Tíbet, al norte de la región de Langtang, y la frontera con la India, al sur del parque natural de Chitwan.

Con 85 kilos de carne, hueso y equipaje y muchas ganas de disfrutar ... y aprender. Durante estas seis semanas iba a tratar de conocer algo de las costumbres de los nepaleses, sus religiones, su cultura, cocina el magnífico entorno natural en el que viven. Atrás quedaba el estrés de un trabajo que consume la mayor parte de mi vida, pero también dejaba a familia y amigos, a los que esperaba encontrar con salud a mi regreso para brindar con un buen vino de Somontano, o con unos daiquiris en el cubano junto al metro de Bilbao. Dejaba atrás Madrid, con los primeros indicios de un otoño que llegaba, trayendo el frío y la lluvia que tan poco le gustan a un extremeño de secano como yo; lo dejaba a contracorriente, en unas fechas en las que una gran mayoría de ciudadanos se ven inmersos en las involuntarias carreras y los habituales atascos para llegar a la colmena, y unos pocos que se cruzan con ellos, con diferentes rumbos, impulsados por la necesidad de huir del bullicio de la ciudad, con la casa a cuestas y una idea de qué les deparará la vida durante las siguientes semanas.

Llevaba varios meses mentalizándome para este viaje, si bien sólo tenía garantizado un billete de ida y otro de vuelta a mediados de noviembre. Una de las primeras preguntas que me había hará poco más de ocho meses antes, a mi vuelta de Argentina, fue "y ahora, ¿dónde?". Si algo tenía claro era que no quería atenerme a una planificación tan cerrada como en este viaje al sur del continente sudamericano. Cierto es que, en aquella ocasión, tuve que reservar con suficiente antelación los vuelos internos que me habían de llevar desde la provincia de Misiones, al norte del país, hasta el Cafayate, en el sur de la Patagonia, volver a subir hacia San Carlos de Bariloche y regresar hacia la capital desde la norteña ciudad de San Salvador de Jujuy. Demasiadas millas a recorrer en tres semanas, poco margen como para arriesgarme a adquirir los billetes en el momento. El resultado, vuelos cerrados de antemano y reservas de hoteles realizadas antes de emprender el viaje.

Esta vez quería que fuese diferente. Quería tener la posibilidad de alterar la ruta a mi antojo, postergando la partida de algún lugar que me pudiese interesar, o al contrario. Buena idea de partida, pero aún no había decidido dónde. Durante mi estancia en la ciudad argentina de Mendoza conocí a un estón que, en los ratos de autobús en nuestro recorrido por varias bodegas mendocinas, me contó acerca de sus viajes anteriores; en particular, me fascinó el viaje que había realizado a Myanmar, la antigua Birmania, donde pudo conocer el país de la mano de un budista, a cambio de compañía y unas clases prácticas de inglés báltico. Por otra parte, recordaba las fotografías que un amigo mío trajo hace varios años de su visita al Nepal para hacer el trekking alrededor del Annapurna. Ahora puedo decir que afortunadamente opté por Nepal, en lugar de Myanmar, como destino de mi viaje; la escalada de protestas pacíficas contra varias medidas impopulares del gobierno dictatorial de la nación, iniciadas por monjes budistas birmanos a mediados de agosto del 2007, fue aplacada de forma salvaje por el ejército birmano a finales de septiembre. La situación en el país a escasos días del comienzo de mis vacaciones era la de un ejército tomando las calles y acallando las protestas mediante el uso de armas de fuego. Desde luego, no se trataba del ambiente más seguro para iniciar unas vacaciones.

Nepal no es un país con una gran extensión, pero si está densamente poblado, hecho curioso si tenemos en cuenta que gran parte de la superficie del país de eleva varios miles de metros por encima del nivel del mar, donde no se reúnen las condiciones más óptimas para una vida cómoda. Es un país especialmente amable con los turistas, que aportan parte importante del producto interior bruto. Atrás parecen haber quedado los tiempos de guerra entre los maoístas y el gobierno nepalés; una guerra que se cobró la vida de más de 14.000 nepaleses, entre rebeldes, policías, soldados y civiles. En pleno proceso de pacificación y democratización, con un gobierno temporal en el confluyen varios partidos políticos, incluido el Partido Comunista de los maoístas, y con unas elecciones previstas para finales de año, éste parecía un buen momento para viajar al país. Nepal es destino anual de cada vez más turistas y aventureros que acuden allí para recorrer rutas de alta montaña, aún transitadas por los locales como único medio para transportar bienes, para escalar alguno de los muchos picos que jalonan la cordillera del Himalaya, para hacer rafting por alguno de sus ríos, o simplemente para contemplar desde la distancia picos como el Everest o el Annapurna desde alguno de los muchos bellos rincones. Por estos motivos me decidí por Nepal; por ese motivo escribía estas líneas en Doha, dispuesto a pasar la noche en un no muy cómodo asiento de este aeropuerto, esperando a que se repitiese ese protocolo, ya familiar para mí, de embarque en un avión. Noches como aquella parecen eternas. Menos mal que siempre hay alguien dispuesto a entablar conversación. Ali Rasheed, oriundo de las islas Maldivas, un paraíso para la pesca y el submarinismo formado por más de mil islas, cansado de impartir cursos de buceo para lucro de otros, creó su propia empresa con un socio; ahora está construyendo su segundo barco, con el que ofrece a sus clientes, principalmente turistas italianos y españoles, la oportunidad de practicar actividades acuáticas en semejante entorno.

Hago un breve repaso mental mi itinerario en este viaje: Al día siguiente llegaría a Kathmandu, un hervidero de gentes que hace las veces de capital de Nepal. Allí pensaba estar hasta que obtuviese los permisos necesarios para emprender el viaje a las regiones naturales protegidas por el estado. En Kathmandu y su valle hay también mucho que ver; los vestigios de una cultura, la newar, que predominó en el valle durante siglos; y los signos de una creciente y afianzada integración entre las culturas nepalesa y tibetana. De Kathmandu me dirigiría al noroeste, hacia Besi Sahar, con la intención de hacer parada en lugares intermedios, como Bandipur, ciudad con interesantes ruinas medievales, o Gorkha, un lugar emblemático para la monarquía nepalesa, antes de recorrer una de las regiones más impresionantes al alcance de cualquier amante de la montaña, a lo largo de la ruta que rodea los picos del Annapurna. A finales de octubre habría de llegar a Pokhara, desde donde partiría hacia el sur. Aún tenía que decidir si partir hacia Lumbini, lugar de peregrinación para los budistas, o viajar directamente hacia el parque natural de Chitwan. En cualquier caso, tras ese viaje hacia el sur, volvería a la capital y desde allí hacia el norte, para conocer la región de Langtang. Según el tiempo de que dispusiese, regresaría a Kathmandu por la vía rápida, tomando un autobús en Dhunche o Syabru Besi, o a través de la región de Helambu.

Hago también repaso de todo cuanto he traído como equipaje. No fue fácil decidir qué debía echar en la mochila; con toda probabilidad podría haber prescindido de ciertas cosas superfluas, con tal de limar un poco más de peso si cabe. Finalmente decidí sacrificar un poco de comodidad y fuerzas a cambio de llevar algunas pertenencias que suponía me ayudarían a soportar las previsiblemente numerosas horas de soledad de que dispondría las siguientes semanas. Me equivoqué. Aparte de varias guías de Nepal, una genérica y una por cada trekking a realizar, metí en el petate un libro de geología, el diario y un juego de témperas y lápices pastel. No podía faltar en el equipaje la cámara de fotos, una Canon EOS 400D. Iba bien surtido de apósitos, vendas, jeringuillas, antibióticos, analgésicos, antihistamínicos, pastillas potabilizadoras de agua, suero oral , sales hidratantes, repelentes de mosquitos y protector solar y labial. Quizás algo escaso de ropa, aunque esperaba tener suficiente con dos pantalones largos y uno corto, cuatro camisetas, dos forros polares de diferente grosor, varios pares de calcetines y un buen surtido de slips, un conjunto de ropa interior térmica larga, una chaqueta impermeable que hacía las veces de paraviento, unas botas rígidas para los días en que debiese caminar en condiciones más adversas, unas sandalias, guantes, gorra y pasamontañas. En la mochila queda sitio para rollos de cuerda, pinzas para la ropa, una linterna, un surtido de pilas AA de repuesto, un despertador, cinta adhesiva, una cantimplora de un litro de capacidad, cubiertos, una navaja, artículos de higiene, una pequeña toalla de fácil secado y en buen saco de dormir para las frías noches en la montaña. Incluso me había traído un libro de gramática nepalesa y el diccionario de inglés, verdadero idioma oficial del viajero en Nepal, si bien Nepal tiene una enorme riqueza lingüística pues, aparte del nepalí, se hablan otras lenguas, algunas derivadas del sánscrito, como el hindi, awadhi o maithili, así como otras derivadas de lenguas tibeto-birmanas, como el tibetano, el newarí o el tamang. El nepalí comparte alfabeto y sistema de escritura con otras lenguas indoarias: devanagari. Al final del viaje sólo era capaz de transcribir textos sencillos del devanagari al románico y viceversa.

Jueves, 4 de octubre • Kathmandu es una de las ciudades más caóticas que he conocido hasta ahora. Sus estrechas calles, repletas de tiendas y negocios son un hervidero de gentes; en las calles, motocicletas, taxis, rickshaws y transeúntes compiten por el poco espacio disponible para circular y hacen malabarismos para evitarse y continuar la marcha en cada estrechez o cruce. Es también una ciudad ruidosa, con el incesante sonar de los timbres y las bocinas, la música despedida desde las tiendas y la unísona amplificada voz del gentío. El olor a comida y especias lo impregna todo; cada pocos pasos es posible encontrar puestos de venta de dulces y comida caliente, mazorcas de maíz, bolas de masa rellenas de carne o patatas, frutas y verduras. El aroma a curry y otras especias se hace sentir, me resulta agradable. Apenas tres horas en Kathmandu y ya había cumplido con creces con mi rol de turista. No faltan nepaleses que ofrezcan viajes en rickshaw, carreras en taxi, flautas y otros instrumentos típicos; algunos insisten en que accedas a su tienda; otros tratan de venderte cualquier tipo de producto o souvenir. - "Hello my friend. Look!". Eso sí, al contrario que en otros lugares donde he estado, respetan a los turistas que están dentro de restaurantes u otros establecimientos y por norma general desisten con poco que se lo pidas afablemente.

Llegué a Kathmandu poco después de las tres de la tarde, hora local, tras un vuelo desde Doha de cuatro horas. Apenas había dormido desde que partí de Madrid hasta que finalmente pasé todo el viaje hasta aquí ligeramente traspuesto. Me desperté a tiempo de presenciar la impactante vista aérea del valle de Kathmandu, que aparecía ante mí una vez que el avión ha atravesado un cúmulo de nubes en su descenso, quedando al descubierto una larga extensión de tierra de intenso color verde y amarillo mostaza, salpicada por doquier por innumerables oscuros de bosques y edificaciones irregularmente esparcidas más allá de donde alcanzaba la vista. El valle se encuentra encerrado entre sierras con laderas cubiertas de bosques, atravesadas por serpenteantes caminos que, como una telaraña, parten de la capital en todas direcciones, hacia los pueblos del valle.

Una vez en el terminal de llegada del aeropuerto, soporté la pertinente cola para la obtención del visado, que obtuve tras abonar los 30 dólares americanos (en adelante USD) de tasa. A la salida del aeropuerto pude comprobar la importante fuente de ingresos que supone el turismo para los nepaleses, al ser abordado por varios representantes de hoteles. Dos de ellos se prestaron a llevarme al Shangri-La Guest House ofreciéndome una habitación por 6 USD la noche. Yo, que no he nacido para regatear precios, les acompañé hasta la que sería, según sus propias palabras, mi segundo hogar aquí en Nepal. Poco después rondaba las calles del popular y céntrico barrio de Thamel, comprobando la buena colección de libros disponibles en la librería Pilgrims Book House, dejándome más dinero de la cuenta en una relojería y degustando mi primera cena tibetana en el Tashi Delek donde, por unas 200 rupias pude saborear dos platos típicos, momos rellenos de verduras y thugpa, una sopa de fideos (llamados noodles por estos lares), pollo y verduras variadas, acompañado todo por una Coca-cola.

Viernes, 5 de octubre • Como iba a ser costumbre durante mi estancia en Nepal, madrugué bastante. No eran las seis y ya estaba en pié, deseando salir del hotel, lo cual pareció coger desprevenidos a los recepcionistas del hotel, que estaban dormidos en mitad de la recepción. Durante las primeras horas del día seguí uno de los recorridos indicados en la Lonely Planet, que comenzaba en la plaza Thahiti Tole hasta la impresionante plaza Durbar, pasando por rincones tan bellos como la stupa de Kathe Simbha, calles como la Asan Tole, flanqueada por tiendas de todo tipo, que desemboca en la plaza Indra Chowk donde destaca el templo de Akash Bhairab, patios interiores como el de Itum Bahal. Merece la pena detenerse largo y tendido en la plaza durbar y contemplarla con tranquilidad desde diferentes lugares, apreciando la agitada actividad alrededor del templo de Kasthamandap, la amplitud de la plaza de Basantapur con sus innumerables puestos de venta de souvenirs, en cuyo extremo norte se erige el antiguo palacio real, y apreciar el templo de Bhagwati desde lo alto de las escalinatas del templo de Maju Deval, el conjunto de templos alrededor de Jagannath, la hermosa y colorida puerta del león (Singh Dhoka) a través de la cual se accede al templo de Taleju. Desde la plaza durbar me dirigí hasta las oficinas del Annapurna Conservation Area Project (ACAP), a las que llegué largo rato después; caminar con prisas por las atestadas y estrechas calles del centro histórico de la ciudad es inútil. Tras obtener los permisos y pagar las pertinentes tasas para el acceso a las regiones del Annapurna (2000 rupias) y Langtang (1000 rupias) me dirigí al templo de Swayambhunath, más conocido como el Templo de los Monos, una importante stupa dos kilómetros al oeste de Thamel. La visita a la stupa, incluyendo el ascenso a la misma por las escalinatas orientales, merece la visita. El templo ofrece espectaculares vistas de la ciudad y el valle, siempre y cuando la polución no lo impida. Alrededor de la stupa hay repartidos diferentes monumentos que representan los cuatro elementos naturales. Desde el pie de las escaleras orientales, se puede emprender un agradable paseo hacia el este hasta la calle Chhetrapati, que conduce a Thamel.

En el extremo opuesto de Kathmandu se encuentra Pashupatinath, uno de los templos hindús más importantes del país, que constituye uno de los mayores destinos de peregrinaje de los fieles del hinduismo. Desde Thamel se llega hasta el recinto del templo tras atravesar el barrio de Naxal. La entrada al recinto cuesta 250 rupias para los visitantes extranjeros, ligeramente superior a las 200 rupias que cuesta entrar en la plaza durbar de Kathmandu (existen formas de ahorrarse esas 200 rupias) y las 100 rupias que el visitante debe abonar tras ascender las escaleras orientales de Swayambunath. Si uno no desea recorrer Pashupatinath en soledad, puede esperar indeciso hasta que un guía le arranque unas cuantas palabras en inglés, averigüe su nacionalidad original y sorprenda al visitante con varias frases en el idioma de éste y le recite los tres equipos punteros de la liga de fútbol. La entrada al recinto más importante, donde se concentran los templos, está estrictamente prohibida a los no hindúes. Uno de los mejores emplazamientos para admirar todo el recinto es el conjunto de bancos de madera situados frente al recinto vetado de templos, al otro lado del río Bagmati. Para llegar a ellos hay que cruzar el puente sobre el río situado poco después de la taquilla, ascender varios metros por la escalera de piedra hacia el este y girar hacia la izquierda junto a varios pequeños templos, retrocediendo entonces hasta el río en un plano superior. Junto al templo hay un conjunto de piras funerarias donde las familias pudientes incineran a sus difuntos; los gastos del ritual pueden costar más de diez mil rupias. Escasos metros al sur del puente sobre el Bagmati referido anteriormente, otro conjunto de piras es usado por el resto de familias, que llegan a Pashupati con su difunto en volandas y contratan los servicios de un sacerdote, que oficiará la ceremonia. Los crematorios funcionan día y noche. Es muy probable presenciar uno de estos rituales en una visita al templo; el tañido de una campana anuncia la llegada de una nueva comitiva y el pronto comienzo de una nueva ceremonia. Del mismo modo, es posible ver cómo jóvenes hindúes se bañan en las sagradas aguas del Bagmati. El santuario se encuentra a los pies de un monte cubierto por un manto de árboles, habitados por una ingente cantidad de monos. Gran parte del monte está cercada por alambradas metálicas, que preservan a los ciervos que habitan en su interior. En la cima del monte, a la que se llega por la escalera de piedra que parte del puente sobre el río Bagmati, hay algún restaurante y varios templos y monasterios. Uno no abandona Pashupatinath sin haber visto a uno de los saddhus que frecuentan el lugar.

Por la noche fui a cenar al restaurante Thamel House, situado en Pakajol, en un bello edificio newar restaurado. El lugar es tranquilo, muy limpio y un poco caro. El menú de degustación es recomendable, aunque quizás no justifique las 735 rupias que cuesta. Entre otras cosas, el menú incluía la cata de varias especialidades newar, una copa de un exquisito licor local, de alta gradación, que se sirve escanciado, y un plato principal basado en arroz con lentejas negras acompañado de carne de pollo, jabalí y cordero. Pero antes de la cena, para abrir apetito, recorrí la zona al sur de la plaza durbar, transitando por calles poco turísticas, pero que también guardan pequeñas sorpresas, como la plaza de Lagan. Al sureste de la plaza durbar se encuentra la famosa calle Freak Street, antiguo centro neurálgico de la capital, en una época en la que esta calle fue santuario para el movimiento hippie; cerca de ésta se encuentra la Dharma Path y la Sukra Path, donde es posible encontrar infinidad de tiendas de todo tipo. Estas calles modernas, alrededor de la famosa New Road, forman el nuevo centro comercial de Kathmandu, y difieren mucho de las abarrotadas calles como Asan Tole y Bangemuda, donde abundan los puestos de venta de sedas, tintes, especias de vivos colores, alfombras, artesanías y alimentos, como las carnicerías y su impactante modo de tratar y exponer la mercancía. Tras la cena, una vez en el hotel, el recepcionista me invitó a sentarme y, tras sugerirme la contratación de un guía o porteador para mi viaje al Annapurna, se resignó a aceptar mi decisión de ceñirme a mis locas pretensiones de viajar sin compañía hasta Besi Sahar. Aceptó reservarme el billete para el autobús local del lunes siguiente, por un precio de 550 rupias, muy superior al que yo suponía debía pagar por el billete, debido según él a la proximidad de las importantes festividades del Dasain.

Sábado, 6 de octubre • El valle de Kathmandu ofrece muchos atractivos a poca distancia de la capital. Lugares declarados Patrimonio de la Humanidad como la ciudad medieval de Bhaktapur, Patan y su plaza durbar, el templo de Changu Narayan y la stupa de Bouddhanath. Bhaktapur es una ciudad que aún conserva casi intactos muchos de los rasgos medievales que la hacen ser, a juicio de la Unesco y de la gran cantidad de turistas que pasean por sus calles y plazas, una de esas maravillas que merecen ser Patrimonio de la Humanidad. Bernardo Bertolucci eligió la plaza real de Bhaktapur para rodar varias escenas de su película "El pequeño Buddha". Es posible llegar a Bhaktapur en taxi, o en los minibuses que parten de Bagh Bazaar. El precio de estos últimos, para extranjeros que no regatean, es de 20 rupias. El autobús deja frente a uno de los múltiples arcos de puerta que dan acceso al casco histórico, provistos todos ellos de su correspondiente taquilla. El precio de la entrada a la ciudad es de 750 rupias para extranjeros que no vengan de países de la SAARC, si bien es posible acceder de forma gratuita a la ciudad por las calles situadas al sur de la ciudad, entre la plaza durbar y el río Hanumante. Hay tres plazas principales en Bhaktapur. La más importante es la plaza durbar, donde destacan el palacio real, la puerta dorada y el palacio de las 55 ventanas, que estaba en fase de remodelación en el momento de mi visita así como una rica colección de otros templos y estatuas. A corta distancia de ésta se encuentra la Taumadhi Tole, presidida al norte por el elevado templo de cinco tejados de Nyatapola, desde cuyas escaleras se obtiene una privilegiada vista del templo de Bhairabnath y del incesante bullicio del mercado que se establece en la plaza a primera hora de la mañana. Por último, la plaza de Tachupal Tole, al este de las anteriores, contiene buenas muestras de la arquitectura que se impuso en el valle durante los siglos XV y XVI. Aparte de estas plazas, hay otras como la plaza de los alfareros, la plaza de la cerámica, donde es posible contemplar el proceso completo de fabricación y secado de todo tipo de vasijas de cerámica; hay varias piscinas diseminadas por la ciudad, adonde los lugareños se acercan para asearse y lavar la ropa; las calles que conectan todas estas plazas están repletas de locales donde artesanos trabajan la madera y piedra, y de escuelas de pintura de thankas. La ausencia de tráfico rodado hace especialmente agradable el pasear por esta bella ciudad. Uno de estos paseos por las calles al sur de Bhaktapur me permitió comprobar que es posible abandonar el recinto controlado por las taquillas sin tener que atravesar ninguna de ellas. Es posible realizar el mismo recorrido a la inversa y, por tanto, entrar en la ciudad sin pagar las tasas estipuladas. Cuatro kilómetros al norte de la ciudad se encuentra el templo de Changu Narayan, ubicado sobre la cima de una colina que domina parte del valle, desde la que se observan extensos campos de arroz junto al río Manohara. Los buses locales que parten hacia el templo desde Bhaktapur, parten del cruce entre las carreteras hacia Kathmandu y Changu Narayan, al norte de Bhaktapur. Veinte rupias por ahorrarse una caminata de varios kilómetros ascendentes. La ascensión , jalonada por varias rampas con desniveles pronunciados, termina con la llegada al aparcamiento frente a la taquilla de Changu Narayan. Se accede al templo por unas escaleras de piedra flanqueadas por varios puestos de venta de souvenirs a la izquierda, y por el único museo del pueblo, que contiene varias herramientas, armas y monedas con varios siglos de antigüedad. Resulta curioso visitar la comida y el comedor, en la última planta de esta casa-museo. Doscientas rupias por la entrada en el museo y el templo, 140 de ellas correspondiente al ticket para ver el museo Una vez en hemos atravesado las escaleras hacia el templo, se presenta a nosotros una plaza cuadrada con varios templos pequeños rodeando el parámetro del perfil hindú. Las hermosas tallas de éste bien merecen una visita de varios minutos. En la parte opuesta a la entrada principal hay unas escaleras que conducen a un sendero que de tomarse de frente lleva hasta Kathmandu y en el sentido de las agujas del reloj bordea la montaña hasta regresar a la base de Changu Narayan, atravesando varias viviendas y esteras cubiertas de arroz puesto a secar. Es posible volver en autobús hasta Bhaktapur, y de allí a Kathmandu, o seguir el camino "directo" hacia la capital, que atraviesa campos de arroz y trigo y badea el río Manohara hasta llegar a la carretera que une Kathmandu con el extremo oriental del valle. De vuelta a la capital se atraviesan las poblaciones de Thali, Mulpani u Bouddha, donde se encuentra la enorme stupa tibetana de Bouddhanath, una de las mayores del continente asiático. Dicha stupa es el corazón de la comunidad tibetana forzada a emigrar desde el Tíbet. Aquí se concentran varios monasterios budistas que incluso ofrecen alojamiento a los occidentales que deseen acudir aquí para practicar meditación. Cerca de la stupa hay también un pequeño restaurante tradicional tibetano, Double Dorge, donde degusté momos y arroz al curry con vegetales y tofú, regado por abundante té por sólo dos euros. A lo largo del camino desde el barrio de Bramhakel hasta Thamel, se hace patente que el día de hoy es festivo para los nepaleses. Primero me crucé en el camino de los participantes de una maratón internacional en Bhaktapur; más adelante, ya en la carretera que lleva hasta la capital, no dejé de ver grupos de hombres reunidos en torno a tableros de karam, un juego similar al billar, en el que se golpea a las fichas con un dedo, de forma similar a como se hace en España para propulsar las chapas. Otros apuestan dinero sobre un tablero con seis casillas dibujado en el suelo; tras volcar unos dados sobre el tablero se produce un trasiego de dinero. Los niños se echaban a la calle con las canicas y las cometas, y las risas con que recibían a los pocos extranjeros que transitan por esa carretera. Así y todo, los campesinos recogen manojos de arroz, los depositan en cestas después de filtrar las partes de la planta que no interesan y las dejan secar bajo el tibio sol que bendice todo el valle. Tampoco descansan los tenderos de Bhaktapur, ni los dueños de las tiendas a pie de carretera, ni los artesanos que había visto trabajar durante todo el día. De vuelta al hotel viví mi primer apagón en Kathmandu y comprobé, tras olvidar la llave dentro de la habitación, lo sencillo que es entrar en ésta por la ventana del baño.

Domingo, 7 de octubre • Tres son las plazas (durbar) que hay que ver en el valle de Kathmandu. Tras visitar las plazas de Kathmandu y Bhaktapur en días anteriores, debía rendir visita a la plaza durbar de Patan, situada a cuatro kilómetros de Thamel. Patan, conocida también por el nombre de Lalitpur o Ciudad de la Belleza, es la segunda mayor del valle. En ella destacan la plaza durbar, el Museo de Patan, el templo dorado o Kwa Bahal y el templo de Kumbeshwar, con sus cinco tejados. Alrededor de este último se reúnen todos los martes parejas que realizan sus ofrendas para, según dice la leyenda, seguirán juntos por siempre. Es posible llegar a Patan en taxis, minibuses, buses locales o a pié, tras una marcha de algo más de una hora; desde Thamel se camina hasta la avenida de Kanti Path, que se sigue hacia el sur hasta llegar al estadio nacional, más allá están los recintos de los templos de Tripureshwar y Kalmochak, junto al río Bagmati. Cuando pasaba frente al estadio vi la publicidad de una prueba de maratón que había tenido lugar el día anterior entre Kathmandu y Bhaktapur. En ese momento me expliqué el por qué de tantos deportistas corriendo entre tenderetes y esquivando turistas el día anterior en la bella ciudad de Bhaktapur. Tras cruzar el río Bagmati, se asciende por la avenida Kopunhol hasta que, varios cientos de metros después se gira a la izquierda junto a un puesto fortificado de la policía. La calle a la que se accede desemboca en la plaza durbar, justo donde acaba el recorrido propuesto por el Consejo de Turismo de Patan, recorrido que comienza en el apeadero de los autobuses locales que llegan desde Kathmandu. Frente al museo conocí a Arjun y Dipesh, dos estudiantes nepaleses de literatura y periodismo respectivamente, que, aparte de sus titulaciones, se preparaban para obtener la licencia de guía turístico. Decidieron hacer prácticas conmigo. Compartimos la siguiente hora y media, hasta la apertura del museo, hablando de todo un poco, incluso de Patan. Me acompaņaron en un recorrido por la plaza durbar y por otros dos interesantes templos, como el templo dorado, donde Arjun y Dipesh me invitaron a entrar para contemplar cómo varios fieles hinduistas rezaban mantras en ese preciso momento. Me explicaron cómo conviven en perfecta armonía el hinduismo y el budismo. Arjun se ofreció a acogerme en su casa durante la venidera fiesta del dashain, la más importante festividad para los nepaleses, lo cual es un honor teniendo en cuenta el profundo significado religioso de estas fiestas para ellos.

El museo de Patan, situado en plena plaza durbar, contiene un catálogo de trescientas piezas relacionadas con las religiones hinduista y budista en su mayoría, así como varias piezas de artesanía, de mármol y metal. Quizás el número de obras no está al nivel de otros museos, debido a la expoliación y tráfico de obras antiguas de arte. Como ejemplo, el texto explicativo junto a una figura reza el modo en que ésta fue recuperada de un museo berlinés hace dos décadas. El museo está bien organizado y ofrece un recorrido exhaustivo por las distintas divinidades hindúes y su iconografía.

Una vez contemplados los tesoros arquitectónicos de la plaza durbar y visitados los templos cercanos, el recorrido recomendado se puede hacer a la inversa, quedando para el final de la visita el templo de Shiva y la stupa junto a una gran piscina o hati. Antes de volver a Kathmandu almorcé en un restaurante chino junto a la plaza Dhoka; el arroz con pollo, verduras, bambú y chile me dejó sin aliento. La comida oriental, hecha por y para orientales, es un reto para los paladares europeos. Dediqué la tarde a ultimar los preparativos para mi partida hacia Besi Sahar. Los precios de los artículos en los supermercados nepaleses o department stores, son la mitad de lo que costarían en occidente, por lo que resultan caros para los locales. Algunos productos son, al cambio, incluso más caros que en España; ese es el caso de lujos como las galletas digestivas McVities o el chocolate Lindt. Las tentaciones se pagan. A dos días de comenzar mi andadura por la región del Annapurna, traté de hacer acopio de proteínas en el restaurante Mandap, con buena comida india pero con precios superiores a muchos otros restaurantes; por otra parte, el pollo al yogurt con arroz estaba delicioso.

Lunes, 8 de octubre • Los apenas 160 kilómetros que separan Kathmandu de Besi Sahar discurren por un sinuoso y escarpado territorio, no exento de belleza. La carretera serpentea, asciende y desciende, a medida que remonta ríos como el Trisuli o el Marsyangdi, hasta llegar a Dumre. Una vez allí, la ruta a seguir se desvía de la carretera principal, que continua hasta Pokhara, para comenzar un ascenso lento pero constante hacia la floreciente población de Besi Sahar, en el distrito de Lamjung. En Besi Sahar se respira un ambiente mucho más sosegado que en la ciudad que quedó atrás horas antes, en un entorno propicio para relajarse antes de afrontar unas maratonianas jornadas de marcha y descansar tras un agotador viaje de ocho horas. El cielo amenazaba lluvia; de hecho, había llovido durante parte del viaje y volvió a hacerlo poco después de llegar al hotel. En la oficina del ACAP de Besi Sahar, donde es necesario registrar los datos personal y presentar el permiso de trekking expedido por la oficina de Kathmandu, coincidí con Geoff Wycoff, un californiano que a la postre fue mi compañero de viaje durante las siguientes dos semanas. La casualidad quiso que el representante del Hotel Gangapurna nos encontrase en la oficina del ACAP y nos llevase hasta su hotel, donde había un buen surtido de habitaciones dobles para compartir.

Martes, 9 de octubre • Geoff me comentó, escasos metros después de comenzar a caminar, que la peor parte de un trek era el inicio. No podía estar más equivocado. Llevábamos medio kilómetro recorrido cuando nos encontramos con nuestro primer obstáculo, el río cortaba la carretera durante varios metros; no habíamos tomado un desvío justo a la salida de Besi Sahar, como si hizo el numeroso grupo de franceses que habíamos tenido por vecinos en nuestro hotel. Estábamos pensando el modo de vadear el torrente cuando apareció a nuestras espaldas un autobús local que, no sólo nos ayudó a cruzar el río, sino que nos llevó hasta la cercana población de Bhulbhule, haciendo de nosotros los senderistas más aventajados de la promoción del 9 de octubre. Durante las siguientes dos horas, hasta las 11 en que tomamos un respiro en Ngadi, caminamos a un ritmo tranquilo, acostumbrándonos al equipaje o reglando las correas. Poco después comenzó la parte más dura del recorrido, con la ascensión a Bahundanda, donde llegamos con las fuerzas justas y un creciente apetito, que saciamos con un dhal bat al estilo nepalés. Nuestra intención era alcanzar, antes de la puesta de sol, uno de los lodges entre Syanje y Jagat, cerca de los cuales el mapa indicaba la existencia de fuentes de agua caliente. Conseguimos llegar hasta Shree Chaur a menos de media hora del ocaso, sin tiempo para visitar el chorro de agua caliente que, según nos dijo el propietario del albergue Asia Guest House, donde nos alojamos, ya no proporcionaba agua caliente.

Mi primer día de senderismo me sirvió para aprender varias cosas, como la importancia de traer una buena linterna, que no consuma muchas baterías (la que traje conmigo se funde dos pilas AA en menos de dos horas), velas y un encendedor, si bien es posible conseguir velas en casi todos los albergues. También aprendí que no hay que comprar relojes en Kathmandu a la ligera. Eran las cinco de la tarde cuando mi flamante reloj digital comenzó a sonar incesantemente; tras tratar de detener su canto con todas las combinaciones de teclas imaginables e intentar amortiguar el sonido ocultando el reloj en las entrañas de la mochila o los bolsillos de mis pantalones, decidí poner fin a nuestro sufrimiento con la ayuda de una piedra y la suela de mi bota. También aprendí que siempre es posible, incluso recomendable, prescindir del equipaje superfluo. Dos o tres kilos de más pueden no ser muchos, si los comparas con una mochila de 16 kilos, pero cuando hay que cargarla durante horas con fuertes subidas como las de hoy, esos kilos pesan como losas.

Los paisajes en ese primer día son espléndidos; el sendero remonta los ríos Khudi y Marsyangdi. Ambos ríos fluyen con fuerza, encajonados entre montañas cubiertas de terrazas sembradas, en su mayoría de arroz. Ocasionalmente se divisan poblados en lugares de difícil acceso. En nuestro camino encontramos un enorme corrimiento de tierras en la orilla occidental del Marsyangdi, que había borrado del mapa un gran segmento de la carretera, la cual estaba siendo arreglada por una bulldozer. El camino está salpicado por varias cascadas, algunas de ellas con caídas de un centenar de metros. Bajo una de ellas vimos un molino, en cuyo interior una mujer se afanaba para moler grano en harina. Durante este primer día no vimos muchos senderistas, pero sí un buen número de porteadores acarreando mercancías, principalmente alimentos y refrescos para turistas, hacia el norte, en nuestra misma dirección. Geoff y yo éramos los únicos clientes en ese recóndito lugar; el dueño del lugar no pudo disimular su alegría cuando nos vio llegar sin tiempo para continuar hacia el siguiente alojamiento.

Miércoles, 10 de octubre • El poblado de Tal es la puerta de entrada a la provincia de Manang. A partir de aquí se aprecia una mayor presencia tibetana en las gentes, edificios y las cada vez más numerosas manifestaciones religiosas. Es aquí, en Tal, donde encontramos la primera pared mani, una pared de roca en cuya parte superior se colocan piedras talladas y en ocasiones coloreadas con inscripciones o mantras tibetanos, situada en la mitad del camino, que debe ser rodeada por la izquierda. Sobre el muro se erigen varios mástiles de los que cuelgan banderas de oración, que son telas de colores blanco, azul, rojo, amarillo y verde, con un texto tibetano impreso. Nos llevó algo más de cuatro horas y media cubrir la distancia entre Shree Chaur y Tal. Decidimos no seguir adelante, en parte por descansar tras un primer día de marcha bastante largo y en parte porque el pueblo en sí, así como el paisaje que lo rodeaba, nos encantó. Hasta llegar a Tal habíamos pasado bastante calor, atravesando una región relativamente húmeda; confiábamos que a partir de aquí, y a medida que fuésemos ganando altitud, el clima sería más benévolo con nosotros.

Durante nuestra parada para el almuerzo, en Sattare, conocimos a un austriaco y a su guía. Este simpático y curioso tipo estaba realmente interesado en las diferentes plantaciones de marihuana esparcidas a lo largo del camino hasta allí. Pocas horas después, le volvimos a ver asomado a la ventana de su habitación en Tal. Desde Sattare hasta Tal hay apenas tres kilómetros, en continua ascensión, con un tramo especialmente duro antes de alcanzar la cima desde donde se divisa el poblado de Tal, reposando junto a las serenas aguas del Marsyangdi. Una vez en Tal, con muchas horas de sol por delante, visitamos la pared mani, las dos cascadas situadas en una pared a medio kilómetro hacia el noreste de la villa y el molino situado sobre el arroyo que baja desde una de ellas, pudimos tomarnos nuestra primera ducha caliente en tres días y cenamos curry, patatas, verduras, judías y calabacín, queso rallado, ingentes cantidades de té masala y dos hogazas de pan, el típico chapati nepalés y un pan hecho de harina de maíz (corn bread) realmente delicioso. Durante los días posteriores intentamos, sin éxito, encontrar un pan de harina de maíz como el que preparan en el Dragon Guest House de Tal, quizás el mejor pan que probé en Nepal. En el comedor coincidimos con un grupo de chicos israelitas con los que, a la postre, coincidí en muchas más ocasiones, durante el trekking del Annapurna y semanas después, en mis últimos días en el país.

Jueves, 11 de octubre • A medida que nos aproximábamos a los tres mil metros de altitud, el clima y la vegetación iban cambiando. Pasamos de los verdes prados y las terrazas con los bancales de arroz de Besi Sahar a los bosques de pinos y rododendros y a las plantaciones de trigo de Kotho y Thanchok. Partimos de Tal poco después de las ocho de la mañana. Tras unos centenares de metros por el margen oriental del Marsyangdi tomamos un sendero hacia la izquierda, que bajaba hasta el nivel del río y pasaba junto a la escarpada pared escarbada en la roca por la acción del agua. Este trayecto no es transitable en la época monzónica, durante la cual se ha de seguir el escarpado camino que se bifurca a la derecha y hacia arriba momentos antes. Ambos senderos se unifican a tiempo de alcanzar el puente colgante que conduce al lado occidental del río. Una escarpada subida, que atraviesa el poblado de Khorte, nos conducía hasta un nuevo puente colgante, cuya cabeza oriental sirve de entrada al pueblo de Karte. El camino aparece parcialmente derrumbado en algunos tramos, donde el agua se ha comido la base de tierra que lo sustentaba, hasta otro nuevo puente nos dejó nuevamente en la orilla oeste donde, esta vez, nos esperaba una pista bastante ancha, que ascendía de forma suave por la ladera de la montaña y atravesaba Dharapani, donde tuvimos que registrar nuestros datos en un nuevo registro del ACAP, y Bagarchhap, donde nos detuvimos para almorzar. Desde la terraza del restaurante veíamos el ir y venir de senderistas y porteadores; veíamos también los restos del desprendimiento de tierra que tuvo lugar pocos años atrás y que arrasó con varias viviendas y con la vida de sus habitantes.

De camino a Danaque, el sendero adoptaba la fisionomía anterior a la llegada a Dharapani. Poco después comenzaba la subida más complicada del día, tras tomar el desvío a la izquierda en un cruce, cuya alternativa hacia la derecha lleva hacia el mismo destino, Kotho, por la peligrosa senda a través de Lata Marang. Desde el cruce hasta Timang, una dura subida en la que se ascienden 300 metros de altitud, tras la cual un suave descenso conduce hasta la hermosa aldea de Thanchok y, más adelante, Kotho, donde decidimos pernoctar. En la ascensión a Timang alcanzamos a un anciano monje budista, nacido en Colorado, conocido por el nombre de lama Konchog. Llegamos los tres a Kotho casi a las seis de la tarde, con la oscuridad cayendo sobre nosotros, por lo que desistimos de llegar hasta Chame, nuestro destino pretendido por contar con internet (carísimo) y oficina postal (Geoff tenía postales que enviar). El lama Konchog pertenece a la rama budista tibetana, de la tradición Mahayana, que considera que el objetivo de toda práctica es alcanzar el alumbramiento (enlightment, bodhicitta) para ayudar así a todos los demás seres a conseguir dicho estado, en contra de la liberación personal.

Viernes, 12 de octubre • Esperaba a Geoff y al grupo que habíamos encontrado subiendo hacia Pisang en la villa de Dhukure Pokhari. A más de 3000 metros de altitud, mirando hacia el sendero y la imponente pared de Paungda Danda, una enorme losa de roca de 1500 metros de altura que domina el valle sobre el que descansa Pisang, apuraba mi café, mientras respiraba hondo y miraba hacia las nevadas cumbres sobre mi cabeza una última vez antes de incorporarme al grupo con el que llegué a mi destino.

Pisang está dividido en dos por el río Marsyangdi, con Lower Pisang al sur y Upper Pisang al norte y 100 metros sobre el nivel de Lower Pisang. Las vistas del Himalaya desde Upper Pisang son espectaculares, la ascensión al monasterio situado en la parte superior del pueblo salva la montaña sobre cuya base reposa Lower Pisang al sur, permitiendo ver en toda su magnitud el cordón montañoso al que pertenece el Annapurna II. Nuestro alojamiento, sin embargo, se encontraba en Lower Pisang. El Hotel Maya es un conocido local, con comida de calidad, un ambiente agradable, habitaciones confortables con luz y muchos huéspedes.

Partimos de Kotho a las ocho, tras el acostumbrado ritual del desayuno, consistente en un bol de gachas de avena, leche y banana. El lama Konchog inició la jornada mucho antes que nosotros, que nos tomamos el día con calma, tanta que a las nueve y media aún estábamos en Chame, buscando un local con internet de banda ancha. El lugar existía, y ofrecía servicio a un precio desorbitado, lo cual nos obligó a escribir correos en un tiempo record. A la entrada de Chame pudimos comprobar que la actividad maoísta se había reducido a una recaudación voluntaria, o al menos eso creímos en ese momento. A las diez abandonábamos Chame; el sendero ascendía de forma gradual por la ladera oriental del río, por un estrecho desfiladero repleto de pinares. El sendero atravesaba Talekhu y llegaba a Bhratang, donde nos detuvimos para almorzar. Llevábamos un rato esperando la comida cuando vimos aparecer, tras la pared mani a la entrada de Bhratang, a Konchog que, ni corto ni perezoso, nos saludó y se dirigió a la cocina, de la que salía con un plato repleto de curry, huevo, arroz y verduras. Casi había acabado cuando nos sirvieron nuestro dhal bat. Las ventajas de ser un lama son cuantiosas.

En la segunda parte del día debíamos salvar 400 metros de desnivel, hasta llegar a los 3200 de Pisang. El sendero se encrespaba nada más abandonar Bhrathang, por un camino excavado en la roca del flanco derecho del río. Tras cruzar un puente colgante sobre el río Swargadwari Danda, lo que hasta entonces había sido un estrecho desfiladero escarbado por la fuera del río daba paso a la impresionante pared de Paungda Danda. La posterior ascensión hacía accesible una hermosa vista del valle a nuestras espaldas, con el Lamjung Himal en el horizonte. Geoff y yo no hicimos la ascensión en solitario. Nos acompañó un grupo organizado, compuesto en su mayoría por australianos y neozelandeses, con el que llegamos hasta Pisang, donde encontramos más senderistas que en etapas anteriores. El lama Konchog estaba entre ellos.

Sábado, 13 de octubre • El lama Konchog es, con sus 72 años, todo un ejemplo de resistencia física y buen humor. Lleva más de 30 años practicando la doctrinas budistas. Durante todos ellos ha viajado a prácticamente todos los países donde el budismo está presente. Es padre adoptivo de un nepalí que trabaja en una de las mayores agencias de turismo de Pokhara. Solía comenzar su caminar diario sin prisas, cuando Geoff y yo estábamos desayunando y aún no habíamos empaquetado nuestras cosas; escogía los senderos más difíciles, en ocasiones los más bellos, y llegaba con las últimas luces del día al destino que se proponía. Ya habíamos coincidido con él los días anteriores en algunas comidas y caminado juntos durante algunos tramos. Este sábado no fue una excepción.

Durante la tarde del viernes y las horas previas a nuestra partida de Pisang, estuvimos dilucidando cuál de las posibles rutas hacia Manang sería la que íbamos a marcar con nuestras pisadas. Una posibilidad era recorrer a rápida y cómoda senda que transcurre por la orilla meridional del río Marsyangdi, flanqueada por vastos pinares, atravesando el poblado de Hunde, uno de los pocos con aeropuerto, antes de cruzar hacia el margen septentrional del río. Desde allí, el sendero cruza las villas de Murge y Braga, esta última a tan sólo veinte minutos de Manang. La otra posibilidad consistía en cruzar el río en Pisang y, bien ascender hasta Ghyaru, 400 metros sobre Upper Pisang, para avanzar hacia Ngawal al oeste, o bien realizar una ascensión directa hacia Ngawal. Desde allí, un empinado descenso seguido de varios kilómetros de senderos por los montes al norte del Marsyangdi lleva hasta la ruta principal entre Hunde y Manang, a la altura de Murge. Finalmente nos decantamos por ascender desde Lower Pisang hasta Ngawal, confiando en que las nubes sobre el Annapurna II se levantasen a lo largo de la mañana. Si bien el día se despejó, no lo hizo lo suficiente como para obtener una panorámica ideal de todos los picos visibles desde esta ruta. El ascenso prolongado hasta Ngawal, durante algo más de dos horas, constituyó una de las subidas más complicadas de las que habíamos realizado hasta el momento. A mitad de subida escuchamos una voz que procedía de una posición a varios cientos de metros de nosotros arriba en la montaña; el lama Konchog, en una estampa que me recordó al entrañable Santa Klaus, hacía aspavientos en un intento por llamar nuestra atención. A la altura de un fuerte en ruinas le dimos alcance para caminar juntos hasta Ngawal, donde almorzamos en una agradable posada junto al camino. Antes de llegar hasta Murge, Geoff y yo nos destacamos para llegar a Manang antes del anochecer. Una vez allí, nos alojamos en el Hotel Marsyangdi.

Manang, a 3700 metros de altitud, es una de las villas más importantes del distrito, tanto en número de habitantes como en los servicios que ofrece. Quizás contribuya a ello el hecho de que sea el lugar escogido por la mayoría de senderistas para pasar el día de aclimatación a la altitud, lo cual le aporta mayores ingresos que a otras poblaciones de paso. Hay multitud de hoteles de diversa categoría, restaurantes locales, tiendas repletas de artículos de primera necesidad o ropa especializada, dos salas de cine con un aforo limitado, varias pastelerías y ocasionalmente internet, aunque no estaba disponible en el momento de nuestra visita. Desde Manang parten varias excursiones alternativas, idóneas para facilitar el proceso de aclimatación, algunas de las cuales conducen a diferentes gompas diseminadas por las montañas circundantes; otra lleva hasta el Lago de Hielo, al norte de Braga; otra permite acceder, en una excursión de dos a tres días, no exenta de riesgo, al lago Tichilo.

Domingo, 14 de octubre • Era algo más de mediodía. Desde la ventana de mi habitación podía ver a los cuervos y escuchar su graznido. Acababa de llegar al hotel tras dedicar la mañana a realizar la excursión a Praken gompa. Junto con el lama Konchog y a instancia suya, Geoff y yo ascendimos hasta dicho monasterio, situado a 4000 metros de altitud, como preparación para la ascensión del día siguiente hacia Letdar. Konchog deseaba hacer una visita y una ofrenda al lama Tashi, quien vive en Praken gompa. Los tres visitamos al lama Tashi, quien, tras una ofrenda de cien rupias y unas banderas de oración a cargo de Geoff, nos concedió su bendición, vertiendo azufre sobre nuestra mano derecha con el que hemos mojado labios y cabellos, y nos obsequió con un collar que nos debería dar suerte. El exigente ascenso a Praken gompa nos llevó dos horas, por una hora del descenso. Antes del descenso, los tres almorzamos varias manzanas, pan, galletas, crema de cacahuetes, miel y queso en lonchas, sentados en el exterior de la gompa, admirando el increíble panorama a nuestros pies, con Manang entre la ladera de la montaña y el río Marsyangdi, el glaciar del Gangapurna al sur del río, vertiendo sus aguas en el lago glacial y varios picos como el Gangapurna, el Annapurna II y Annapurna IV.

El plan vespertino fue el más relajado de todos cuantos habíamos tenido hasta entonces. Tras disfrutar de un delicioso pedazo de tarta de manzana en la pastelería del Hotel Tichilo, asistimos a una de las sesiones de cine. Mientras que Geoff veía "Into thin Air", la dramática historia verídica de una tragedia acaecida en el Everest el año 1996, yo veía por enésima vez "Siete años en el Tíbet". Un cine pequeño con capacidad para unas 30 personas, sentadas en bancos cubiertos de piel de yak, dispuestos en L alrededor de una enorme televisión de plasma; el ineficaz sistema de calefacción por estufa no aliviaba la sensación de frío tras dos horas en aquella sala. Después me enteré de que la otra sala era más grande y tenía incluso venta de palomitas de maíz.

Lunes, 15 de octubre • El amanecer en Manang trajo un cielo claro; la ciudad despertaba despacio mientras el color del cielo tornaba azul claro y los primeros rayos de sol iluminaban las cumbres más altas del Himalaya, tiñendo de amarillo intenso la nieve sobre ellas, en una visión al alcance de aquellos que madrugan con los primeros ruidos de la villa. Desde un retirado punto elevado sobre la ciudad, pude ver cómo, minutos después, la villa despertaba y bullía de agitación, con grupos de excursionistas abandonando Manang para realizar una excursión en su jornada de aclimatación, o para dirigirse hacia Thorung Phedi. Desayunamos en nuestro rincón favorito en Manang, la panadería del Hotel Tichilo, antes de partir hacia Letdar. Tras abandonar Manang, el sendero asciende de forma gradual, atravesando varias villas, algunas de ellas formadas en exclusiva por albergues. Diez minutos después de salir de Manang atravesamos el poblado de Tangki; tras éste llegamos a Gunsang, una villa situada a la derecha del río Thorung Khola. Atrás quedó el Marsyangdi, que habíamos remontado casi desde el principio de nuestro viaje. Dejamos atrás Gunsang y seguimos nuestro ascenso suave por la ladera derecha hasta llegar a un puente sobre el río Gyanchang Khola. Dicho puente está situado 4000 metros sobre el nivel del mar y está situado junto a un restaurante. Yak Kharka (literalmente pasto de yaks), no quedaba muy lejos. Allí nos detuvimos a almorzar. El tráfico de porteadores era intenso; uno de ellos cargaba a duras penas con tres bolsos. Para llegar hasta Letdar sólo tuvimos que caminar tres cuartos de hora más. A 4200 metros de altitud, Letdar era uno de los lugares más fríos y secos en los que podíamos pasar la noche, que se hace difícil de soportar sin usar toda la ropa disponible y sentarse junto a la estufa en la sala de estar del refugio. Según llegábamos a Letdar, comenzó a llover, lo cual podía significar nieve en el paso de Thorung La. Si no se presentaba ninguna complicación, al día siguiente intentaríamos el ascenso a Thorung Phedi. Hasta el momento no había tenido más problemas que un resfriado, que arrastraba desde que me duché con agua templada el día que llegué a Manang. Pero no había observado en mí ninguno de los síntomas del mal de altura, como dolor de cabeza persistente, nauseas y vómitos, pulso acelerado y dificultades para respirar incluso en reposo, pérdida de apetito, sensación de mareo o falta de coordinación. Por norma general, muy pocos son los fallecidos por causa del mal de altura; en su mayoría se trata de porteadores que fuerzan más allá de un límite saludable con tal de llevar la carga a su destino sin renunciar a un dinero tan necesario. Antes de llegar a Letdar, nos cruzamos con un español que bajaba en sentido contrario, acompañado por el guía de otro grupo de españoles. Iban en busca del porteador de las tres mochilas que habíamos visto en problemas en Yak Kharka, al que habían estado esperando largo tiempo en Letdar. Lo encontraron aún en Yak Kharka, sin fuerzas para continuar la marcha hacia arriba, por lo que decidieron enviarle de vuelta a casa.

El resto de la tarde tratamos de olvidarnos del frío charlando con los demás huéspedes del refugio, entre los que había padre e hijo sudafricanos, además de dos españoles, Rafa y Nacho, acampados frente al refugio, que tenían previsto escalar el Chulu oeste. Para ello habían contratado un equipo compuesto por un guía, un sherpa de montaña, un cocinero y cinco porteadores.

Martes, 16 de octubre • Al finalizar la jornada estábamos a sólo un día de cruzar el paso de Thorung La que, con sus 5416 metros por encima del nivel del mar, es el paso más elevado que puede ser cruzado a pie. El refugio en el que nos alojábamos, Thorong Base Campo Lodge, estaba abarrotado. El ambiente era tenso, al contrario que en días previos como Manang o Pisang, donde era posible observar el clima distendido de las conversaciones entre los diferentes senderistas. La nieve caída durante el domingo y el lunes había impedido el cruce del paso el día anterior; nos contaron que la misma mañana del martes, los doscientos viajeros que se apiñaban en el albergue decidieron cruzar aún cuando las condiciones no eran del todo propicias. Todos ellos afrontaron una dura ascensión bajo la nieve, en penumbras, sin la posibilidad de disfrutar de las vistas alrededor del camino hasta bien avanzado el descenso hacia Muktinath. Dos de ellos tuvieron que volver por problemas de salud.

Si mi primera visión del amanecer en Manang fue la de un espléndido cielo soleado brillando sobre las montañas nevadas, la mañana en Letdar no pudo comenzar de una forma más diferente. Al abrir los ojos y mirar a través de la ventana, sólo alcancé a ver la ladera de la montaña sobre la que descansa el albergue cubierta de nieve. Un perro permanecía sentado a escasos metros de nuestra ventana; no parecía inmutarse por el frío en el ambiente, ni por la capa de nieve que reposaba sobre sus cejas. Tenía dolor en la garganta y me sentía mareado y algo agotado, lo cual me producía cierto estado de desasosiego por si pudiese estar desarrollando los síntomas del mal de altura. En la sala de estar del refugio el tema de conversación era unánime. Algunos optaban por continuar hacia Thorung Phedi mientras que otros preferían esperar un día en Letdar. Rafa y Nacho estaban allí, esperando a que las condiciones mejorasen para poder trasladarse hasta el campo base del Chulu. Con las aspirinas que Nacho me proporcionó y el desayuno, comencé a sentirme mejor, por lo que Geoff y yo decidimos hacer camino hacia Thorung Phedi, pero no antes de que acabase su libro y lo dejase allí, para que otros puedan leerlo. Después de caminar tres horas bajo y sobre la nieve, al principio rodeados por otros senderistas, guías y porteadores, y después en solitario, llegamos hasta nuestro destino con tiempo suficiente para encontrar una habitación libre sin problemas. El resto del día lo pasamos en la atestada sala de estar del refugio, viendo gente llegar desde Letdar y Yak Kharka. Allí estaban los sudafricanos, los israelitas que habíamos conocido en Tal y el grupo de neozelandeses y australianos de Pisang. Uno de los chicos israelitas tuvo que ser asistido aquejado de mal de altura; durante la tarde consiguió recuperarse de los síntomas y, al día siguiente, cruzó Thorung La con sus compañeros.

Miércoles, 17 de octubre • Sobre el papel se trataba de la jornada más dura del circuito alrededor de los Annapurna. Las expectativas se cumplieron con creces. Ya llegaba con la salud algo maltrecha desde que se me ocurrió ducharme con agua templada en Manang. Ya en Letdar, el día anterior a nuestra llegada a Thorung Phedi, me había despertado con un ligero dolor de cabeza y somnolencia. La mañana del miércoles no me desperté con dolor de cabeza, pero si con congestión nasal, molestias en la garganta y cansancio generalizado. Con esto y con todo, a las cinco y media de la mañana estábamos en el salón-comedor luchando por conseguir nuestras gachas de avena y unas napolitanas gigantes. Mi primer error del día fue el no desayunar suficientemente, aparte de no hacer acopio de agua suficiente para todo el día. Partí hacia la cima con tan sólo un litro de agua. El esfuerzo a realizar durante las casi cinco horas de ascensión exige una alimentación algo más completa. La ascensión comenzaba en el Thorung Base Camp Lodge, a 4450 metros de altitud, de donde partía un escarpado y resbaladizo terreno, que los senderistas del día anterior y los que nos precedían esta mañana se habían encargado de dejar como una impracticable pista de hielo. Ante la falta de crampones bajo nuestras botas, era necesario abrir nuevas vías por las que caminar a los lados de la ruta original. A casi 5000 metros se encuentra el campamento en altitud de Thorung Phedi y poco después, a 5115 metros, un albergue conocido como Yakawakang. A partir de entonces la subida, que había tenido una pendiente considerable desde el inicio de la ascensión, se suaviza y bordea el Thorung Peak en una sucesión de curvas y falsas cimas hasta la llegada al paso de Thorung La, 5416 metros sobre el nivel del mar. Allí paré el tiempo justo para tomar aliento, hacerme algunas fotos y controlarme el pulso y la respiración; mis constantes eran normales, pero había comenzado a sentirme mareado y aquejaba de un fuerte dolor de cabeza. Cometí el error de ascender los últimos minutos con la cabeza descubierta, precisamente en la zona donde más viento hace y más frío es dicho viento, por lo que creo que pude haber sufrido un enfriamiento repentino de mi cabeza. Dejé la cámara de fotos a Geoff y comencé a descender hacia Muktinath tan rápido como mis piernas me permitían. A medida que descendía el dolor de cabeza, en contra de lo que pensaba que sucedería, iba en aumento, al igual que sentía la necesidad de pararme a dormir. Con la ayuda de Geoff y Sarah conseguí recuperarme lo suficiente como para continuar, aunque tuve que parar varias veces a lo largo del camino. Para cuando llegamos a Chabarbu, tanto Geoff como yo estábamos exhaustos; casi diez horas nos había costado llegar hasta allí.

A pesar de las dificultades, el poder contemplar de cerca estos colosos en pleno Himalaya bien merece las penurias pasadas. Detenerse en mitad de la subida a Thorung La, volver la vista atrás, hacia la hilera de gente que asciende por la nevada ladera de la montaña mientras el sol comienza a iluminar las cimas más altas y a teñir de un amarillo suave las nubes a su alrededor, es algo digno de ver. También se imprime en la retina el descenso desde Chabarbu hacia el promontorio sobre el que se encuentra el cartel con el mapa de Muktinath, desde el que se divisa el imponente paisaje de quebradas y gargantas excavadas por los ríos Thorong Khola, Thangarghin Khola y Jhong Khola, de pequeños poblados esparcidos por las escarpadas colinas y de distantes montañas nevadas rodeándolo todo.

En el Hotel Sunshine no había ganas de dormir y sí de beber vino local o rakhsi y jugar a las cartas. Los israelitas de Tal y Thorung Phedi estaban alojados en nuestro hotel; Aviv, uno de ellos, contribuyó con un juego de cartas bastante divertido, llamado shit head. Una joven pareja de británicos, a los que habíamos visto en varias ocasiones los días en que transitamos por Pisang, se unió al juego.

Jueves, 18 de octubre • Kagbeni es una villa encantadora, con un toque medieval que se ve reforzado por lo angosto de sus calles y por la presencia del antiguo fuerte, una mole de grises paredes de adobe que se alza en el centro de la villa. Situada en la confluencia de los ríos Jhong Khola y Kali Gandaki, es la puerta de entrada a la región de Mustang, que se extiende hacia el norte, siguiendo el valle del Kali Gandaki hasta la frontera con el Tíbet. Desde Muktinath hasta Kagbeni hay unos diez kilómetros y un descenso de 900 metros de desnivel. Equidistante de Muktinath y Jomsom, Kagbeni era un buen sitio para tomar un almuerzo mientras contemplábamos, desde la azotea del restaurante Red House Lodge, el fuerte y, más allá, el valle del Kali Gandaki adentrándose en la protegida región de Upper Mustang.

Después de la agotadora jornada anterior, la mañana del jueves fue una de las más apacibles del circuito; el cansancio se notaba en las piernas y en el ánimo. Antes de desayunar visitamos el templo de Muktinath, a veinte minutos de Ranipauwa, uno de los más importantes lugares de peregrinaje de los hinduistas que se acercan hasta aquí a pie o en helicóptero, aprovechando el helipuerto que hay junto al templo y que estos días ha recibido a algunos ilustres visitantes con motivo de la celebración del dashain. Esta especie de aero-peregrinación ha sido practicada en alguna ocasión por el rey de Nepal. Dentro del complejo religioso de Muktinath destacan el templo de Vishnu en cuyo patio trasero se encuentran 108 famosas fuentes en cuya agua se purifican los hindúes, y el templo de Jwala Mai, bajo cuyo altar se da un extraño fenómeno cuando una llama de gas natural prende, produciendo una perpetua llama de fuego.

Tras la visita al recinto de Muktinath, emprendíamos nuestro viaje hacia el oeste, desviándonos de la ruta principal poco después de Ranipauwa, evitando así un sendero lo suficientemente amplio como para hacerlo transitable por los pocos vehículos que hay en los pueblos de alrededor. El sendero alternativo parte hacia la derecha de la carretera, atravesando pueblos como Jharkot o Khingar, antes de unirse definitivamente a la carretera principal. El sendero transcurre por hermosos paisajes cubiertos de arboledas y pastizales, campos de trigo y avena donde los campesinos se esmeran en separar el grano de la paja a golpe de vara, bordea muros de piedra y argamasa, pasa junto a pequeñas granjas y casas donde la gente expone frutas y verduras a la venta. En Jharkot destaca el viejo fuerte, de color rojo, situado sobre un espolón suspendido sobre uno de los cañones formados por las aguas que surcan el valle desde las montañas hasta el valle del Kali Gandaki, al oeste. Producto de estas aguas de deshielo es el paisaje que se nos presenta a medida que nos acercamos a Kagbeni. La carretera sigue el curso del rio Jhong Khola, el cual ha excavado un cañón con paredes repletas de innumerables pequeñas cuevas, desciende de forma gradual hasta llegar a una bifurcación; el sendero a la izquierda continua hasta Eklobhatti; hacia la derecha se desciende abruptamente hasta Kagbeni, población que se divisa allá abajo en el valle, rodeada por el río Kali Gandaki y por parcelas sembradas de cereal.

Siendo uno de los ríos más importantes de Nepal, el Kali Gandaki fluye noreste a suroeste formando uno de los valles más profundos del mundo, al pasar entre el Dhaulagiri (8167 m) y el Annapurna (8091 m). El agua fluye sobre un amplio lecho repleto de rocas que, en algunos tramos, llega a tener un kilómetro de ancho. El caudal, sin embargo, no es elevado en esta época del año, estando formado por diferentes corrientes de agua, dispersas a lo ancho. En temporada seca es posible andar gran parte del camino hacia Jomsom por el lecho del Kali Gandaki. A partir de esta ciudad, el cauce del río es encerrado en un estrecho canal de unas decenas de metros, sobre el que se erigen varios puentes que unen el viejo y el nuevo Jomsom. En el viejo Jomsom se encuentra el colegio, algunas tiendas de comestibles y algún hotel, como aquel que dice haber sido refugio del mismísimo Jimmy Hendrix. En el nuevo Jomsom se encuentran la mayoría de los hoteles, las oficinas del ACAP y el control de la policía, la oficina del Banco de Nepal y el aeropuerto. Jomsom no ofrece atractivos turísticos aunque dispone de otros servicios, por ser capital del distrito de Mustang, como un hospital o la corte del distrito.

Viernes, 19 de octubre • La actividad en el aeropuerto de Jomson comienza a primera hora del día. Los huéspedes de los hoteles y albergues aledaños pueden dar fe de ellos. El aeropuerto atiende solamente vuelos internos hacia las ciudades de Pokhara y Kathmandu, pero en él opera la gran mayoría de compañías aéreas locales, como Royal Nepal, Sita Air, Gorkha Airlines o Shangri-La Air, que disponen de oficinas de venta al público en la calle principal de Jomsom. Se trata de un destino importante por estar cerca de un importante centro de peregrinaje, como Muktinath, y sirve como inicio y final de trekking. Es el aeropuerto más cercano a la región de Upper Mustang y es punto de partida de las expediciones para escalar el Dhaulagiri. En definitiva, a primera hora de la mañana Geoff y yo nos asomábamos por la ventana para ver despegar uno a uno los distintos aviones bimotor. De paso, admirábamos atónitos los picos Tichilo y Nilgiri, que resplandecían al otro lado del Kali Gandaki. Tras un copioso desayuno no comparable con el filete de yak al jengibre de la noche anterior, dejamos el hotel. Nos esperaba algo más de una hora de camino hasta Marpha, donde hicimos una parada para visitar la villa y tomar un té acompañado por un delicioso trozo de pastel de manzana. El sendero desde Jomsom a Marpha discurre por la orilla oeste del río, aunque en temporada seca, como la actual, se camina por el propio lecho del Kali Gandaki, atravesando barrizales y cantos rodados, que hacen difícil el caminar. De todos modos, esta incomodidad es preferible a compartir la carretera con los vehículos que cubren la ruta entre Muktinath y Lete. El estado de la carretera principal permite la circulación de todoterrenos y motocicletas.

Marpha es apodada la capital de la Manzana. Toda la zona está cubierta de manzanos, si bien no faltan albaricoques o melocotoneros. La villa cuenta con un Centro de Investigación Horticultora y una destilería donde se fermenta principalmente brandy de manzana. Sus habitantes producen gran variedad de derivados de la manzana, como tartas, manzana seca o brandy. La arquitectura de la villa es la de un típico poblado tibetano, con casas de piedra pintadas de blanco, con tejados planos de adobe, en cuyo perímetro se colocan pilas de leños que protegen del frecuente viento los productos dejados a secar sobre el techo. Desde lo alto de la gompa de Tashi Lha K'An, uno de los edificios más elevados de la ciudad, se aprecia el conjunto de casas y albergues con sus terrazas en la azotea, así como mantas llenas de maíz, manzana, chili, trigo y otros productos secándose bajo el sol. Al pie de las escaleras que conducen a la gompa, una rueda de oración de más de 100 años de antigüedad da la bienvenida a los visitantes; en el extremo superior de las escaleras, varias generaciones de nepaleses se reúnen bajo los soportales de un bello patio que sirve de acceso al templo hindú. Una puerta al noroeste del patio conduce hasta un centro de meditación budista inaugurado diez años atrás por un holandés. La villa es una de las más limpias y mejor cuidadas del distrito, en parte por las multas impuestas por un Consejo Local a los propietarios que no cuidan sus propiedades adecuadamente.

Siguiendo por la orilla occidental del Kali Gandaki se llega hasta Tukuche. Desde Jomsom hasta esta población el paisaje ha cambiado; el cauce del río ha recuperado la amplitud que tenía antes de llegar a Jomsom y las montañas aparecen más densamente cubiertas de bosques, allá donde el agua y la tierra no han arrasado con la vegetación o el hombre no ha construido las habituales terrazas. Tukuche fue antaño una importante ciudad en la red comercial con el Tíbet; repleta de almacenes donde los mercaderes guardaban sus bienes entró en decadencia cuando China invadió el Tíbet y cuando se produjo el auge en el comercio de la sal en la India. En la actualidad, muchos de los antiguos almacenes de la ciudad han sido abandonados y permanecen derruidos. Antes de rendir una visita a la famosa destilería de Tukuche, almorzamos en la Lotus Guest House, donde preparan unos deliciosos momos de manzana y una rica crema de champiñones. La destilería de Tukuche es un negocio regentado por una misma familia desde hace más de 25 años. Visitamos la destilería de manos de la propietaria y matriarca de la familia, que nos mostró encantada la maquinaria destiladora, las distintas estancias donde almacenan el brandy y la sala de degustación, donde probamos todos los brandis disponibles, de naranja, manzana, zanahoria, cereza, albaricoque y melocotón, todos ellos con una gradación de 40°. La destilería ha estado surtiendo de buen brandy a todo el distrito de Mustang principalmente, y al resto del país en menor medida, desde su creación. La dueña nos habló del proceso de elaboración del brandy, de lo costoso que resulta obtener la materia prima, principalmente aquella no disponible en el valle, de cómo el negocio pasará a manos de su hijo, el cual se está formando para ello en Japón, país donde germinó el proyecto de creación de la factoría. Compramos dos botellas de brandy con que preparar el famoso café de Mustang (café sólo con azúcar y brandy).

Bajo la amenaza de lluvia proseguimos camino hasta los poblados de Kopche y Larjung, situados a menos de una hora de Tukuche. Sin tiempo para inspeccionar los alrededores, pero sí para contemplar la impresionante lengua de hielo del Dhaulagiri, accesible en una dura excursión de un día de duración, llegamos a Larjung, donde dos amplias y económicas habitaciones nos esperaban en el Larjung Lodge. Allí conocimos a María, una chica austriaca, de Graz, que viajaba en el mismo sentido que nosotros (había cruzado el Thorung La el mismo día que nosotros). La tarde cundió para jugar varias partidas de cartas y para probar dos nuevas especialidades culinarias, la crepe de limón con azúcar y el té de bayas marítimas, más conocidas por su nombre en inglés, seabuckthorn.

Sábado, 20 de octubre • Un viaje extenuante desde Larjung hasta Kopchepani, a tres horas de Tatopani y sus aguas termales. Atrás quedaron las impresionantes vistas de las cimas del Himalaya. La ruta que seguimos ese día estaba encerrada entre montañas bajas pobladas de bosques, siguiendo el curso descendente del río Kali Gandaki, fluyendo ahora más vertiginosamente que a su paso por el ancho y profundo valle al norte de Larjung. A medida que íbamos perdiendo altitud, desde los 2550 metros de Larjung hasta los 1700 de Kopchepani, el río iba adquiriendo velocidad y el paisaje alrededor cambiaba. Si al abandonar Larjung el lecho del río abarcaba centenares de metros y permitía ver los picos más altos del Himalaya, como el Dhaulagiri o el Annapurna I, a partir de Kalopani nos adentramos en un estrecho desfiladero. La temperatura y humedad también aumentaban. Las construcciones varían en función del clima; en villas como Lete, Ghasa o Kopchepani predominan las chozas de madera y aluminio con tejados de bambú, en contraste con las casas de piedra, cemento y madera de las villas en el distrito de Mustang.

Partíamos de Larjung a media mañana. Tras desayunar habíamos ascendido a una de las colinas al este de Larjung tratando de obtener mejores vistas de la lengua de hielo que baja desde el Dhaulagiri y de los picos al este del río. Seguimos una ruta que lleva hasta diferentes pueblos entre Larjung y el Dhaulagiri, hasta que llegamos a un templo a unos doscientos metros de altitud sobre el cauce del río. Después de abandonar Larjung con dirección a Lete, entablé conversación con Yadein, un chico nepalí que viajaba hasta Kathmandu para retomar sus estudios de medicina alternativa, tras disfrutar del periodo vacacional con sus amigos. En Kalopani nos separamos y, mientras él se quedaba con sus amigos, Geoff, María y yo buscábamos un sitio para almorzar en el contiguo poblado de Lete. Tras descartar la idea de ascender a un mirador al oeste del poblado, pues las nubes se habían posado sobre los picos al este, decidimos continuar caminando mientras nuestras fuerzas no nos abandonase, cosa que hicieron casi tres horas después, en un duro descenso hacia la pequeña villa de Kopchepani. Pasamos la noche en el Blue Ski Guest House, con el toldo del comedor al aire libre entre nosotros y un estrellado cielo azul oscuro, esperando la cena y que llegase el momento de ir a dormir a una pequeña habitación forrada con la foto de horteras pero famosos cantantes indios y nepaleses.

Domingo, 21 de octubre • Ese día era el más importante de cuantos forman parte de la festividad del dashain; durante ducha festividad, las familias nepalesas se reúnen en sus casas, los poblados y villas se muestran rebosantes de vida mientras que gran cantidad de negocios cierran al público. Si bien el festival había comenzado fechas atrás, ese era el día en que los padres pintaban un tika a sus hijos y los familiares se intercambian cartas y felicitaciones. Para nosotros se trataba del 21 de octubre del 2007, para los nepaleses del 4 del mes Kartik de 2064, día de Bijaya Dashmani. Ese día tan especial para los nepaleses como lo es la navidad para nosotros, lo celebramos casi íntegramente en Tatopani, una hermosa población llena de vida, famosa por sus piscinas de aguas termales y por ser paso y parada casi obligada para muchos de los treks que parten o llegan a Pokhara. Situada a 1100 metros de altitud y rodeada de vegetación subtropical, es un lugar idóneo para descansar tras unas agotadoras jornadas en las que se ha atravesado el Thorung La o se ha caminado por el rocoso y árido lecho del río Kali Gandaki o por los escarpados senderos al sur de Lete. Por la mañana abandonábamos Kopchepani poco después de las ocho. Durante las siguientes tres horas y media caminábamos entre vegetación subtropical, frutales, árboles tropicales y terrenos sembrados junto a las villas a uno y otro lado del río. Tras unos pocos minutos de calentamiento, descendiendo desde Kopchepani por el flanco oriental del Kali Gandaki, llegábamos a un puente colgante en el que tuvimos que esperar durante al menos diez minutos hasta que las sucesivas caravanas de burros transportando mercancías despejasen el paso. Desde ese punto hasta Tatopani, el trayecto discurre por la orilla occidental, atravesando villas como Rupche Chhahara, salpicada por una imponente cascada, Dana, que antaño fuese capital del distrito de Mustang y que destaca por sus hermosas casas con elegantes ventanas talladas y Jhatare, una pequeña aldea situada a algo más de un kilómetro de Tatopani, animada ciudad famosa por sus termas.

Nos alojamos en el Dhaulagiri Guest House, sitio recomendado por la guía Trekking in the Annapurna Region por su deliciosa comida. De hecho, había gran cantidad de clientes en el patio del hotel a la hora del almuerzo. Yo tuve la ocasión de saborear un reconfortante menú especial dhaulagiri, formado por dhal bat con ensalada de queso, curry de pollo y salsa de yogurt. Por la tarde, antes de la puesta del sol, Geoff y yo bajamos a las termas, abiertas desde las 5 de la mañana hasta las 9 de la noche, para darnos un relajante baño por tan sólo 25 rupias. Había que descansar bien para la ascensión a Ghorepani del día siguiente, con 1700 metros de desnivel que ganar.

En Tatopani vi caras conocidas. Allí estaba la pareja británica que fumaba tabaco de liar. Me regalaron un libro que pensaban intercambiar por otro en una tienda de libros de ocasión, The Climb, de Anatoly Boukreev, un montañero ruso que salvó la vida de varios alpinistas en la tragedia del Everest del año 1996 antes de fallecer en una avalancha en el Annapurna. También vi al grupo de israelitas que venían siguiendo nuestros pasos desde Tal. En el hotel se nos hizo de noche jugando a las cartas. Carlos, un húngaro conocido de Maria, nos acompañó esta vez; no sería la última.

Lunes, 22 de octubre • Los gallos nepalíes, al igual que en el resto del mundo, funcionan como un reloj. Llevaba toda la noche sin pegar ojo cuando, a las cinco de la mañana empezaron con su cantar habitual. Mal descanso para una jornada que se presumía tan complicada como la del lunes, con una ascensión desde los 1190 metros de altitud de la cálida villa de Tatopani hasta los 2750 metros de Ghorepani. Me despedía de Geoff y Maria después de desayunar. Habían sido muchos días juntos y finalmente nuestros caminos se separaban. Ninguno de ellos estaba por la labor de subir hasta Ghorepani en un solo día.

Ocho largas horas después llegué hasta Ghorepani. Medio kilómetro antes de llegar a dicho poblado, me encontré con un grupo de maoístas apostado junto a una fuente, que me reclamaron el recibo correspondiente al pago de la aportación "voluntaria" al movimiento revolucionario. Mi reacción fue quizás inconsciente, pero iba tan reventado de caminar todo el día que no hice más que gesticular como si no les entendiese, puse cara de sufrimiento y continué subiendo a pesar de que uno de ellos me insistía con un "- Wait! wait! wait!" para que me detuviese. Finalmente pude librarme de ellos. Pocas horas después comentaba el encuentro con varios senderistas; todos ellos habían pagado. Me comentaron que era habitual que los maoístas instalasen controles en las dos entradas a Ghorepani, desde Tatopani o desde Ulleri, la ruta que debía seguir al día siguiente. Al día siguiente opté por partir del albergue con algo de dinero separado por si debía hacer frente a una desagradable contribución.

Pero antes de llegar hasta Ghorepani había tenido que esforzarme, y mucho, para ascender un gran desnivel. Tras un primer kilómetro llano, dos puentes colgantes sobre el Kali Gandaki y el Ghara Khola llevaban hasta una escalera de piedra que ascendía de forma abrupta durante unos metros. Era el comienzo de una ascensión que transcurría al sur del estrecho valle del Ghara Khola hasta el mirador de Santosh, a 1500 metros de altitud. A partir de entonces, el valle se ensancha mostrando un hermoso panorama de aldeas diseminadas a ambos lados del río. A menudo el sendero se internaba en un bosque; en otras ocasiones se empinaba severamente hasta que la aparición de un poblado me permitía tomar un respiro. Esta fue la tónica del día, tramos de dura ascensión y travesías llanas por pueblos como Ghara, Sikha, donde almorcé, Phalate y Chitra, hasta llegar al último kilómetro y medio, en el que se debía salvar un desnivel de más de 250 metros. Finalmente, poco después de las tres he llegado a Ghorepani, una villa dividida en dos, el primer segmento de la población se encuentra situado en la cima que domina el valle del Ghana Khola, siendo el punto de entrada para los peregrinos que realizan la ascensión desde el valle de Kali Gandaki, y el otro segmento, un poco más tranquilo, se halla a unos doscientos metros por debajo del anterior, en dirección hacia Ulleri, Birethanti y Pokhara. Busqué alojamiento en un albergue llamado Lali Gurans Lodge, en el sector inferior, del que a la postre fui único cliente esa noche. La mayoría de los turistas se albergaron en la parte superior de Ghorepani. Todos esperábamos la madrugada del martes, y la ascensión a Poon Hill.

Martes, 23 de octubre • Adiós a los annapurnas o hasta la próxima. Por la mañana partía hacia Pokhara y me alejaba del Himalaya, dando por finalizado el primero de los dos trekking que tenía previsto hacer durante mi estancia en el país. A primerísima hora de la mañana me levanté para subir, aún a oscuras, hasta el mirador de Poon Hill, una cima situada a casi 3200 metros de altitud, desde donde es posible contemplar de una vez la gran mayoría de las cimas que habíamos estado circunvalando, como los Annapurna I, Dhaulagiri o Machhapuchare. Hice la subida tras uno de los numerosos grupos que partían de los diferentes albergues frente al mío. Tras un ascenso de casi una hora llegamos a la cima, donde unas doscientas almas esperaban ver el más grande amanecer sobre el Himalaya. Una vez que se me acabó la batería de la cámara, eché un último vistazo y emprendí la vuelta al albergue.

A los pocos minutos abandonaba Ghorepani, tras esquivar un nuevo control de los maoístas que, empeñados en revisar todos los recibos de pago de un numeroso grupo de franceses, no se percataron de mi espantada. Era el tercer control del que salía bien parado. En el cuarto y último no iba a tener tanta suerte. Los primeros kilómetros, hasta la población de Ulleri, transcurrían por un sendero cubierto por poblados bosques de rododendros. Salvo algún puente sobre un arroyo, el difícil tramo sobre resbaladizas piedras al pie de una garganta o unas empinadas escaleras de piedra, el sendero consistía en un cómodo camino de tierra, no obstante lo cual , en un determinado momento me deslicé sobre una piedra mojada torciéndome el tobillo. El incidente pudo haber significado el final de mis vacaciones, pero se quedó en un susto y en todo un calvario durante la bajada de los más de 3400 escalones de piedra que hay que descender al paso por Ulleri, y que concluyen al llegar al puente colgante sobre el río Bhurungdi Khola, poco antes de llegar a Tikhedunga. Los escalones trajeron algo bueno, y fue un nuevo paisaje, que pasó de ser un bosque cerrado a una interminable sucesión de granjas y cultivos de cereales sobre las laderas del río. Una vez superado Tikhedunga, el camino descendía gradualmente hasta Birethanti, pasando por las poblaciones de Hille y Sudame; en esta última tomé un copioso dhal baat. La estampación de mi firma en el registro del control del ACAP de Birethanti daba por finalizada mi vuelta a los Annapurnas. Tan solo quedaba bajar hasta Naya Pul y coger un autobús local hasta Pokhara. Pero antes de eso tuve un último encuentro con los maoístas, del que solamente pude escapar tras abonar 350 rupias, a pesar de que me insistían en el pago de 100 rupias por día de trekking. Les convencí de que estaba pelado por ser mi último día de trekking. Tomaron los billetes de mayor valor y me dejaron treinta rupias, con las que ni siquiera me llegaba para el autobús, a cuya parada conseguí llegar con tiempo para subirme al techo de uno de los últimos transportes a Pokhara.

Por la tarde no tuve mucho tiempo de conocer Pokhara, la segunda ciudad en importancia del país; quizás lo justo para poder decir que se trata de una ciudad más tranquila que la capital. Las dos principales áreas para turistas se denominan Lakeside y Damside. La primera se encuentra junto a la orilla oriental del lago Phewa Tal mientras que la segunda está frente a una presa al sureste del lago. Lakeside es el área turístico por excelencia, sus calles están repletas de negocios de venta de artículos y souvenirs, supermercados, cibers a 100 rupias la hora, tiendas de fotografía, albergues, agencias de turismo, librerías y restaurantes.

Miércoles, 24 de octubre • Hay bastante más que ver en Pokhara de lo que se aprecia si sólo se merodea por las calles de Lakeside o Damside. Basta con alejarse de las áreas frecuentadas por los turistas para encontrarse con una ciudad totalmente diferente y, de paso, sentirse observado por los habitantes de la ciudad. A poca distancia de Pokhara en bicicleta hay varias posibilidades para pasar el tiempo así como lugares que visitar. Hay varios negocios de alquiler de bicicletas al módico precio de 20 rupias por hora por una bicicleta india de calidad aceptable, suficiente para lidiar con los baches y el tráfico de la ciudad y sus alrededores.

Pokhara es una ciudad menos contaminada que la capital Kathmandu, pero parece sumida en una permanente niebla que lo rodea todo e impide contemplar la ciudad y las montaña a decenas de kilómetros e distancia, desde la Pagoda de la Paz Mundial. Hasta allí llegué con una bici alquilada en un negocio cercano al Palacio Real, hacia donde me dirigí a primera hora, cuando la ciudad despertaba y los negocios comenzaban a abrir sus puertas. Desde la tienda de alquiler de bicicletas me dirigí hacia el suroeste de Damside, con la intención de ascender hasta la famosa pagoda, visitar la cascada del Diablo y ver alguna de las cuevas que hay en la zona. Tras un primer intento fallido para ascender a la pagoda por el costado oriental del monte sobre el que ésta descansa, me dirigí hacia el oeste, por la carretera a Bhairahawa. Al cruzar sobre el canal que fluye desde el lago giré a la izquierda en busca de la cascada del diablo, que al parecer se encuentra hacia la derecha, entre la carretera y el lago; al menos encontré un par de kilómetros más adelante, un desvío a la derecha hacia la Págoda y la imagen dorada de Buddha en su cúpula. Desde allí bajé hasta la plaza de Majendra Pul, donde se encuentra la zona empresarial y comercial y el edificio de la compañía postal nacional, donde entregué una postal que aún no había llegado a España mes y medio después.

Por la tarde, tras visitar el muelle junto al lago, desde donde parten los botes al templo de Bahari, caminé hacia el viejo Pokhara, que se extiende desde la plaza de Mahendra Pul hacia el norte, hasta el río Sati, a lo largo de la extensa avenida de Bhairab Tole, junto a la cual están dispuestos varios de los templos más importantes de la ciudad, como el Bindhya Basini. El barrio antiguo hierve de actividad, siendo numerosos los negocios abiertos que dan a la calle. La distribución de los edificios, apiñados al norte de la Bhairab Tole, en pleno casco antiguo, varía a medida que nos dirigimos al sur, hacia la Mahendra Pul, donde la ubicación de las viviendas parece no responder a criterio alguno.

Jueves, 25 de octubre • La extensión de Chitwan es considerable. El número de actividades que se pueden realizar en el parque también. Aparte de las típicas actividades incluidas en los paquetes turísticos, como cabalgar a lomos de un elefante, navegar en canoa por el río Rapti, visitar el complejo de cría de elefantes o asistir a un espectáculo cultural protagonizado por habitantes de la etnia tharu, hay otras posibilidades, como realizar paseos organizados dentro del espacio protegido del parque de varios días de duración. Lo habitual es contratar un paquete de dos o tres días, con varias actividades incluidas.

Tras un ameno viaje desde Pokhara por los habituales verdes paisajes nepaleses, en el que compartí asiento con Benjamín, un chico iraní que aprendió español en Argentina y que ha vivido en Alemania y Nueva York, llegué hasta Sauraha. Allí, una congregación de representantes de hoteles aguardaba nuestra llegada para abalanzarse sobre nosotros, indefensos turistas, tratando de captarnos como clientes de sus hoteles. Finalmente, cuando ya había decidido alcanzar el poblado a pié, Govindar, el dueño del Hotel Chilax se ofreció a llevarme hasta su hotel para echar un vistazo a la habitación que a la postre alquilé durante las siguientes dos noches. Contraté en el mismo hotel las actividades para el día siguiente: un paseo en elefante, una hora de canoa y un paseo de media tarde por el interior del parque. Desde el hotel a la orilla del río había un paseo de cinco minutos a través de Sauraha. Junto al río hay un conjunto de restaurantes, parecidos a los chiringuitos típicos de las playas españolas. Cerca del río está el Centro de Atención a Visitantes de Chitwan; en el centro informan de actividades a realizar dentro del parque. Allí contacté con Dipak, un guía profesional, con el que contraté un trekking de dos días en el interior del parque natural, lo cual significaba renunciar a la cena del día 28 en el Everest Steak House de Kathmandu con los españoles a los que conocí en el trekking del Annapurna.

Dipak me acompañó al Centro de cría de elefantes, donde domestican animales nacidos de elefantes salvajes hasta que están preparados para su uso como animal de transporte de personas. No me gustó la sensación de ver a las elefantas adultas encadenadas al suelo. Durante la caminata posterior alrededor del centro avisté mi primer y último rinoceronte, un espécimen anciano (los rinocerontes pueden alcanzar los 60 años). En Sauraha coincidí también con dos chicos húngaros, a los que conocí a través de María; ya había estado charlando con ellos en Ghorepani acerca de nuestros planes para visitar Chitwan y les volví a ver en la estación de autobuses de Pokhara.

Durante mi cena en un modesto restaurante de Sauraha pude corroborar el interés que despierta el fútbol europeo en general, y las ligas española e inglesa en particular, allí en Nepal. Futbolistas como Ronaldinho, Etoo, Mark Owen, Rooney, Raúl, Beckham o Cristiano Ronaldo son ampliamente conocidos y los aficionados dividen sus preferencias entre equipos como el Manchester United, Real Madrid o Barcelona. Es habitual ver campos de fútbol en cada villa y encontrar chicos jugando en la calle. Los nepaleses no son reacios a hablar de la situación política de su país o de su religión. Miran con incertidumbre el devenir político del país y el resultado de las elecciones que están por celebrarse. El actual periodo de paz los beneficia, permitiendo que se incremente la afluencia de turistas, cuyo número parece haberse duplicado de un año para otro, tras diez años de conflicto armado y un lento y constante retroceso en el número de visitantes.

Viernes, 26 de octubre • Dos sabrosas samosas, dhal baat y una tetera con café sólo por algo más de 60 rupias; el restaurante Yabes debe ser uno de los más modestos de Sauraha. Lo son sus mesas, su menú, un papel plastificado adherido al mostrador del local y el local en sí. Me pregunto si la familia que regenta el restaurante será cristiana, de una de las paredes dentro de la cocina del local cuelgan dos imágenes de Jesucristo y de una cruz. La comida se cocina en el momento en que se hace el pedido. Me contaron que antaño se preparaba cierta cantidad de comida por adelantado, como el dhal baat, pero esta práctica se dejó de realizar; el motivo no era otro que disponer de tiempo para avisar a las autoridades cada vez que los maoístas llegaban a una población y pedían comida a los habitantes. En la carretera junto al restaurante, elefantes, carros tirados por caballos, jeeps, bicicletas y viandantes se cruzan, ante la mirada de turistas y la indiferencia de quienes trabajan en la recogida de las cosechas en una tierra rica en arroz y mostaza, también en tubérculos y frutas tropicales como la banana, la lima, la piña y la guayaba.

A primera hora de la mañana me despertaban unos golpes en la puerta. Era el modo en que Govindar me avisaba de que la persona que debía llevarme hasta el centro de donde parten las excursiones de elefantes me estaba esperando. Al final tuve que esperar yo, primero a que un jeep me recogiese en el hotel y después, en la "cochera" de elefantes, a que llegase algún grupo de turistas que no fuese múltiplo de cuatro (máximo número de ocupantes por elefante). Tras asistir con incredulidad a lo que interpreté como un intento de plante de una familia india a sentarse con el hombre blanco, o sea yo, partí a lomos de un elefante preguntándome por qué la familia y el conductor hablaban y se reían mientras me miraban de reojo. El caso es que tras dos horas de paseo por el bosque de Kumrose, esquivando ramas y recibiendo arañazos, volvimos a la plataforma de donde partíamos, sin haber visto más animales que los elefantes que nos rodeaban, y con la sensación agridulce de disfrutar de cerca del modo en que tan bello animal se mueve y respira teniendo que presenciar la rudeza con que los elefantes son tratados por sus criadores. De la profesionalidad del domador, que se pasó toda la mañana jugando con el móvil, mejor no hablar. Tras pasear durante toda la mañana y antes de la sesión de tarde, los elefantes son conducidos hacia la orilla del río Rapti donde, ante la mirada de turistas con cámaras en mano, se bañan y juegan con todo aquel que lo desea.

Tras el almuerzo, Govindar me acompaño hasta la orilla del río, donde una barca nos esperaba para llevarnos por el Rapti hacia el oeste, a varios kilómetros de distancia. Ya en el agua pudimos ver algún ejemplar de cocodrilo hindú o palustre (mugger), pero no vimos ningún ejemplar de gavial. La barca atracó en la orilla sur del río; desde allí remontamos durante dos horas por los senderos del parque natural, atravesando dos de los tres tipos de vegetación predominante en el parque: un 10% de bosque de ribera, principalmente en la orilla sur del río Rapti, un 20% de extensas praderas cubiertas de hierbas, algunas con más de dos metros de altura y un 70% de bosque de Sal o shorea robusta, un árbol nativo del sur de Asia, muy numeroso en regiones como ésta. Pude avistar dos tipos de monos, langures y macacos, los primeros con pelaje gris, salvo un vello blanco alrededor de un rustro negro, los segundos algo más pequeños y completamente marrones; una especie de pollos salvajes y abundantes pero escurridizos ciervos moteados. Encontramos rastros de rinocerontes, pero ningún ejemplar vivo; se alimentan de un fruto llamado manzana de rinoceronte; allá donde dejan las semillas, las praderas de hierba son reemplazadas por bosques de ribera. El equilibrio se alcanza cuando el monzón arranca los árboles de la pradera, preparando el terreno para que crezca nueva hierba. Chitwan es un paraíso para los ornitólogos, con más de 400 diferentes especies. De regreso al hotel con Govindar, accedí a cenar en el Chilax y encargué algo de comida para el día siguiente.

Sábado, 27 de octubre • La pequeña villa de Ghatgain, a las afueras del parque natural de Chitwan, es principalmente una comunidad de pescadores y agricultores. Salvo el hotel donde me alojé y alguna que otra tienda fabricada con uralita, el pueblo está formado por una sucesión de casas de adobe, arcilla y hoja seca. Cada noche, desde la orilla del río, sus habitantes pueden disfrutar de una maravillosa puesta de sol, con el astro rey reflejándose como una esfera rojiza sobre las tranquilas aguas del Rapti. Hasta Ghatgain llegamos caminando los casi 20 kilómetros que nos separaban de Sauraha, atravesando los variados paisajes de la jungla, Dipak, Krishna y yo. Desde que, por la mañana, partimos los tres de Sauraha, habíamos caminado unas siete horas en busca de vida salvaje, llegando a avistar varias especies de pájaros, algunos cocodrilos hindúes y gaviales, macacos, jabalíes y varios ciervos, la mayoría moteados. Ni rastro de rinocerontes, ni elefantes, ni tigres. Durante las primeras horas de la mañana, con las primeras gotas del rocío, pequeñas sanguijuelas se adherían a la ropa buscando pequeños resquicios por donde abrirse camino hacia la piel. Durante la época monzónica son una plaga; aún ahora basta con caminar unas decenas de metros por las praderas de hierbas para encontrar un buen número de ellas sobre la ropa.

Hace años los guías tenían permiso para pernoctar en el interior del parque; ahora, los únicos con tales derechos son los soldados del ejército nepalí así como sus familias. Hasta tres puestos de control vimos durante nuestra marcha. Ni siquiera el largo rato que pasamos en la torre de observación junto a la laguna Lamital nos permitió ver vida salvaje. Salimos del espacio protegido de Chitwan a la altura de Ghatgain. Allí compramos pescado a un pescador local con el que los dueños del albergue donde nos alojamos nos prepararon un sabroso plato de pescado frito con salsa de tomate picante, servido todo con arroz seco y una botella de ron nacional, como aperitivo al dhal bat de la cena. Antes de cenar, me aventuré hacia el poblado; había avanzado unos metros cuando unos niños me invitaron a su casa; me sentaron en una silla en el centro del patio de la casa y me presentaron a toda su familia y algunos vecinos; lo último que recuerdo antes de despedirme de ellos es haber sido sometido a una extraña rueda de preguntas de índole personal.

Domingo, 28 de octubre • Segundo día en el Parque Nacional de Chitwan tras las huellas del rinoceronte unicornio. Podría darle tintes de aventura a la crónica del día diciendo que vimos gran cantidad de cocodrilos gaviales, e incluso una hembra de tigre, pero debería añadir que los primeros se remojaban en las piscinas del Centro de Cría de Cocodrilos y la segunda vive en cautividad desde nacimiento, al ser capturada poco después de que abatiesen a su madre, responsable de la muerte de cinco aldeanos. Dipak y Krishna me guiaron dentro del parque hacia dos lagunas diferentes, Lami Tal y Tamor Tal, en su intento de mostrarme algo de vida salvaje, aunque ese día la naturaleza no se mostró generosa. De todos modos, después de ver el tamaño de la tigresa encerrada en su caja de madera, no considero acertado el querer cruzarme en el camino de una de ellas en libertad. Visitamos, además del criadero de cocodrilos, el complejo administrativo del parque, que contiene un museo algo abandonado. Durante los dos días dentro del parque caminé 35 kilómetros por los senderos del parque atravesando los tres tipos de vegetación y contemplando algunas especies salvajes. Como nota positiva, destacaría el cálido clima que Dipak ha conseguido crear en nuestro pequeño grupo de tres, con sus conversaciones, su idea de organizar una cena con pescado del Rapti o el dhal baat dominical en plena selva.

Lunes, 29 de octubre • De nuevo estaba en Kathmandu. Nada había cambiado. El mismo tráfico infernal, por el que tardamos una hora en atravesar el barrio de Kalanki; el mismo vendedor albino de flautas, que nunca recuerda mis negativas; el hotel Shangri-La Guest House que, según el recepcionista, se encontraba en temporada alta, por lo cual me ofreció una habitación sin baño ni televisión por casi el mismo precio que pagué mis primeros días aquí. Me conformé con dicha habitación principalmente porque me había comprometido a dejar allí una copia de las fotos del trekking del annapurna para Geoff. Sin embargo, no me volvieron a tomar el pelo con el billete de autobús a Syabru Besi, por el que me pedían 575 rupias. Lo compré por 400 rupias en una agencia de viajes cercana. En el hotel se negaron a venderme sólo el billete, sin servicio de guía hasta la estación que inflase el precio. Ahí fue cuando decidí que aquella sería mi última estancia en el hotel.

El día había comenzado para mí varias horas atrás. Eran poco menos de las siete de la mañana y me encontraba desayunando en Ghatgain, cuando Dipak y Krishna hicieron acto de presencia después de haber desaparecido sin dejar rastro la noche anterior, para detallarme los planes matinales. Tras pagar la cuenta en el albergue, que incluía dos botellas de ron, aunque yo sólo recordaba haber bebido de una y no haber encargado ninguna, nos pusimos en marcha hacia Bankatta, donde nos subimos al techo de un bus local con destino a Bharatpur, ciudad a la que llegamos después de un tortuoso viaje. Allí encontramos de nuevo sitio en el techo de un minibús, que nos llevó hasta Ratnanagar, más conocida por Tandi Bazaar, por la loca carretera que atraviesa el bosque de Kumrose. Teníamos más de media hora por delante hasta la llegada del autobús a Kathmandu, tiempo suficiente para invitar a un desayuno a Dipak y Krishna en un garito del lugar. Probamos una deliciosa combinación de té con curry, pan frito (puri) y un dulce de azúcar (jery).

Durante el viaje, aparte de leer algo de geología, traté de desarrollar una teoría acerca del comportamiento de los conductores en las carreteras nepalesas. A la hora de adelantar, los conductores inician la maniobra de adelantamiento sin mirar si viene alguien de frente; si esto sucede, dependiendo de la distancia a que se encuentre el vehículo contrario, los conductores proceden de distinta forma. La más habitual es continuar con el adelantamiento, obligando al contrario a frenar bruscamente o a efectuar un desvío espectacular. Cuando el conductor decide que no tiene tiempo suficiente para adelantar o que, me decanto por esta opción, aún creyendo tener tiempo se percata del mayor tonelaje del vehículo contrario o del poco apego a la vida de su conductor, se retira a la izquierda, dejando vía libre para el conductor que circulaba a su estela y que, esta vez sí, es de la opinión de que el adelantamiento es absolutamente viable. Como resultado final, este último vehículo queda detenido en la calzada morro con morro con el vehículo contrario, con un precipicio a su derecha y al menos tres coches a su izquierda, el vehículo lento originalmente adelantado, el primer vehículo que inició la maniobra de adelantamiento y el vehículo que sucedía al vehículo que finalmente adelantó y que ha ocupado su lugar en la fila de la izquierda, impidiendo su incorporación a dicho carril.

Una vez en la ciudad, todo se sucede de la misma forma, sólo que con mayor número de cruces, algún que otro semáforo y las vanas indicaciones de los guardias de tráfico. Gracias a lo anticuado del parque de vehículos de Nepal las velocidades medias son bajas, lo cual favorece esta suicida forma de conducir. Estos adelantamientos ciegos en, digamos, Alemania, a 160 kilómetros por hora convertirían las carreteras nepalesas en un cementerio.

Tras dejar atrás Kalanki, el autobús se incorporó a la Ring Road, carretera que circunvala Kathmandu, pasando junto al monte en cuya cima se encuentra el templo de Swayambunath así como junto a unas majestuosas estatuas doradas del buddha Amitabha. El conductor nos apeó junto a la entrada norte de Thamel.

Martes, 30 de octubre • La víspera de mi viaje a la región de Langtang fue un día propicio para los reencuentros, algunos esperados, pero otros fortuitos. Desayuné en la azotea del Helena's antes de ir hasta la New Road, una zona comercial al este de la plaza durbar, donde me habían recomendado dirigirme para comprar artículos para la cámara de fotos. Allí me hice con una funda para la Canon, de esas que se cuelgan del cinturón. Tras dejar una nota en el Hotel Crown, donde se alojaban los senderistas austro-húngaros a la par que tahures del shithead María y Carlo, por la que les citaba a las siete de la tarde en el Tashi Delek, me fui a almorzar al Pilgrims Feed & Read, con jarra de tongba incluida. Poco antes de acudir a esa cita me encontré con Arjun, el estudiante de literatura y aspirante a guía turístico que había conocido en Patan, con el que estuve charlando un buen rato, hasta llegó nuestra hora, la mía de acudir a otra cita y la suya de volver a su apartamento, no sin antes aceptar su amable invitación para vivir la festividad del tihar con su familia. Como estaba previsto, a las siete nos reunimos los adictos al shithead Maria, Carlo y yo, si bien esta vez nos acompañó Akot, un chico húngaro con muy buenas nociones de español.

Miércoles, 31 de octubre • Son poco más de 130 los kilómetros que separan Kathmandu de Syabru Besi. Kilómetros repletos de curvas, contra curvas, interminables ascensiones, descensos vertiginosos a través de montañas cubiertas de bosques y terrazas cultivadas, tramos de carretera en los que el autobús parece pender de un hilo sobre el abismo, entre rocas milagrosamente en pie tras sucesivos desprendimientos, caídas de agua que salpican gotas sobre los cristales laterales, una sucesión de villas y poblados formados de viviendas de piedra o uralita y tejados de pizarra, chapa o madera, en ocasiones construidas en el mismo borde de un precipicio. Todo esto pasó ante mis ojos durante diez horas de lento viaje. Realizar un trayecto como éste en un autobús público es toda una experiencia. Cuando el autobús está en marcha y todos los pasajeros están en su sitio y los equipajes en el suyo (por lo general la mitad del pasillo), cuando parece increíble que pueda entrar nadie más, llega el momento de acomodar en los huecos interiores, sobre los equipajes, o en el techo del autobús a todos aquellos pasajeros que no han comprado billete de asiento numerado. Una vez en marcha, el autobús se detiene en cualquier destino donde deseen bajarse sus ocupantes, bien sea una granja, el desvío a una pequeña villa o el centro de una ciudad más grande. Asimismo, el conductor se detiene a recoger a cualquiera que espere a pie de carretera. Ni que decir tiene que se ha de esperar el tiempo necesario para subir o bajar todo el equipaje de los pasajeros, ya sea para descargar varios sacos de cemento a pie de obra o para cargar y asegurar en el tejado una decena de somieres de metal. Si esta infinidad de paradas no favorece una pronta llegada a Syabru Besi, tampoco ayuda el estado de la carretera, asfaltada hasta Trisuli Bazaar, acondicionada hasta Dhumche, donde hemos de mostrar el permiso de acceso a Langtang y firmar en el registro del ejército, y endiablada de ahí en adelante, con una carretera descendiendo hacia el río en una sucesión de curvas de herradura hasta llegar a Syabru Besi. Una vez allí, sin fuerzas para buscar una habitación libre en uno de los muchos albergues que jalonan la calle principal, por ser casi la única, del pueblo, Andrew (el único turista que se apeó conmigo en Syabru Besi) y yo aceptamos la invitación del conductor del autobús para pasar la noche en el hotel de su hermana.

Jueves, 1 de noviembre • El Hotel Peaceful es gestionado por la hermana del propietario del autobús que nos trajo hasta Syabru Besi. Sus habitaciones me resultaron caras para lo que venía siendo habitual, más aún para un poblado en el que hay sobreoferta hotelera. El día anterior acabé compartiendo habitación con Andy, el británico de Southampton, que había dejado en casa a su mujer y sus tres hijos para rememorar un viaje que había realizado diez años atrás. Syabru Besi es un importante poblado de la región, separado apenas veinte kilómetros de otro importante enclave, Dhumche. Desde que no hace muchos años abrieron la carretera entre ambas poblaciones, Syabru Besi se ha expandido rápidamente, gracias principalmente al turismo. Andy y yo nos despertamos a las seis de la mañana, convencidos de ser de los pocos turistas en la ciudad y dispuestos a emprender camino hacia el este. Tras un buen desayuno, consistente en pan tibetano con huevos fritos y té con leche, iniciamos la marcha, en el momento en que los primeros autobuses partían frente al hotel con dirección a Kathmandu. Nos dirigimos hacia el norte hasta que llegamos a una planta eléctrica de la que no teníamos noticias. Dimos la vuelta en redondo y desandamos lo andado hasta llegar a la tienda de fotografía Dolmo Photo Studio, frente al Village View Hotel, junto a la cual parte una escalera de piedra que acaba en el camino con dirección al viejo poblado de Syabru Besi y a la ruta hacia Langtang. La escalera de piedra, que desciende hacia el río, está señalizada por un letrero en la pared del edificio contiguo a la tienda de fotos. Un centenar de metros más adelante se llega a un grupo de viviendas y al hotel Yala Peak. Poco después se llega a otro grupo de edificios, entre los que se encuentra el control policial, situado en la cabeza del puente colgante que cruza sobre el río Bhote Koshi y conduce a un antiguo campo de refugiados tibetanos. En el poco tiempo que nos detuvimos en el control policial para dejar escritos nuestros datos, nos dimos cuenta de la gran cantidad de turistas que, como nosotros, habían venido a Langtang. Un segundo puente colgante, a la salida del campo de refugiados, nos sitúa en el margen sur del Langtang Khola. (ver mapa de Syabrubesi)

Seguimos el camino hacia el este, a la izquierda del puente, subiendo de forma gradual durante algunos kilómetros, atravesando bosques de rododendros y atisbando algunos reptiles y aves. El sendero es angosto y la mayor parte del suelo está mojada, lo cual impide el tránsito fluido de turistas y porteadores. Se atraviesan algunos arroyos vadeados por rudimentarios puentes de madera hasta llegar a Domen, una diminuta villa situada al pie de una bella cascada de agua. (ver mapa de Domen) Superada la ascensión que comenzaba al abandonar Domen, se llega a un cruce de caminos donde confluyen los senderos que llevan hacia el oeste a Syabrubesi, hacia el este a Changtang (o Lama Hotel) y hacia el sur a Thulo Syabru. Este último era el camino que debería seguir días después cuando deambulase rumbo a Gosainkunda. Tras el cruce, una nueva subida conducía hasta llegar a Pairo, un tranquilo conjunto de albergues. En uno de ellos me estaba esperando Andy con dos tazas de té con leche. (ver mapa de Pairo)

Atrás quedaron los albergues de Pairo y sus simpáticos encargados; el valle no parecía abrirse y la vegetación, aunque no era muy espesa, no dejaba ver mucho más de cuanto rodeaba al camino. Afortunadamente para Andy y para mí, la sombra era abundante, lo cual hacía más llevadero el continuo ascenso. Tras caminar varios centenares de metros entre bosques, subir y bajar varios tramos con escalones de piedra y pasar junto a una gran cascada a nuestra derecha, llegamos a Bamboo, otro conglomerado de hoteles y albergues a casi 2000 metros de altitud. La villa debe su nombre a los bosques de bambú a su alrededor. Es un lugar tranquilo, lleno de albergues distribuidos en distintas terrazas separadas por tramos de escaleras de piedra. Desde las mesas distribuidas en cada terraza se puede gozar de unas hermosas vistas hacia el oeste del valle del Langtang. (ver mapa de Bamboo) Un par de minutos después de dejar atrás Bamboo, un camino a la izquierda lleva hasta una especie de playa artificial junto al río Langtang, escasos metros después de salir de un bosque de bambú. Sin embargo, la temperatura del agua sólo es apta para aquellos acostumbrados a bañarse en las frías aguas del océano Atlántico. Media hora de corta y dura ascensión nos lleva hasta un puente colgante, en cuyo extremo norte se halla un albergue conocido como Langtang View. A partir de ese punto y durante los siguientes 1200 metros que separan de Upper Remchhe, el sendero se empina endiabladamente, caracoleando a lo largo ladera norte del valle, remontando los rápidos formados en el Langtang Khola por la diferencia de altitud. Tras una hora de ascenso continuo y extenuante, llegué hasta Remchhe. Para entonces Andy ya no viajaba conmigo; había decidido detenerse en Bamboo a tomar un té y tenía la intención de pasar la noche en Remchhe, mientras que yo pensaba avanzar algo más. En Remchhe estaba, tomándome el preceptivo dhal baat que no puede faltar en días difíciles como éste, cuando apareció Andy acompañado por un chico eslovaco. Con el dhal baat danzando en mi estómago ascendí los escasos quinientos metros que me separaban de Upper Remchhe, una villa con tan sólo dos albergues, desde la que se toma el camino que conduce hasta Syabrubesi por la ruta a través de Sherpagaon. (ver mapa de Remchhe/Upper Remchhe) Apenas quince minutos separan Upper Remchhe de Changtang, más conocido como Lama Hotel. Esta villa, que cuenta con siete hoteles, suele ser punto final de la primera jornada de trekking para aquellos que vienen desde Syabrubesi, o de la segunda jornada para los procedentes de Dhumche. Se recomienda hacer parada aquí para que cuerpo se aclimate a la altitud; después de dos semanas alrededor de los annapurnas creía estar adecuadamente aclimatado. Me detuve en el primer albergue a tomarme un té y le regalé al propietario unas pilas alcalinas para su linterna de frente; este gesto altruista no me reportó ningún tipo de descuento en el té. (ver mapa de Changtang/Lama Hotel)

Desde Lama Hotel hasta Ghora Tabela, el final de mi trayecto, el camino serpentea y asciende de forma suave por la ladera norte del Langtang Khola, mientras que el valle se ensancha y las primeras cumbres nevadas comienzan a vislumbrarse en el este. Esta panorámica duró poco, ya que un manto de nubes cayó sobre el valle impidiendo ver gran cosa a partir de cierta altitud. En el camino a Ghora Tabela, dos albergues, el River Side Hotel y el Hotel Woodland, esperan a senderistas rezagados o lo suficientemente agotados como para seguir caminando. Poco después de dejar atrás el Hotel Woodland se atraviesa un arroyo vadeado por un puente de madera, que da comienzo a un muy duro tramo de subida a través de una descarnada pared de roca surcada por varios regueros de agua, culminado en un extraño monumento cubierto de banderas tibetanas, desde donde llegué a Ghora Tabela sin mayores problemas. Ghora Tabela es una villa formada por dos solitarios albergues, uno junto al otro, y un complejo militar donde hay que dejar impresos los datos, tanto a la ida como a la vuelta desde Kyanjin Gompa. Nada más llegar a Ghora Tabela, el dueño del primer albergue, el Lovely Lodge, me ofreció una habitación que acepté sin dilación. Más tarde, durante la cena, Mhigmar Tamang, que así se llamaba él, me ofreció sus servicios de guía o porteador para cruzar el Ganga La. Le comenté que no estaba especialmente mentalizado para hacer el paso este año, pero que podía ser interesante para mejor ocasión. En el frío comedor del albergue nos congregamos un grupo de japoneses, acampados en el patio exterior al bloque de habitaciones, un matrimonio de franceses, cuyos ronquidos no me dejaron pegar ojo durante gran parte de la noche, y una pareja de checos que se las arregló para llegar hasta aquí a pesar de los malos momentos que me dijeron haber atravesado. (ver mapa de Ghora Tabela)

Viernes, 2 de noviembre • Kyanjin Gompa es un lugar condenadamente frío. A 3800 metros de altitud y a centenares de metros del glaciar Lirung Tsang, rodeada de varios seis y siete miles, como el Langtang Lirung y el Kimshung y algunos picos menores, pero no menos impresionantes, como el Yala Peak, Naya Kanga, Langtang II o el Pongen Dopku que, junto con el Naya Kanga, flanquean el paso de Kangla Phedi, más conocido como Ganga La. En Kyanjin Gompa se suceden, uno tras otro, multitud de albergues, que se extienden por toda la superficie de una colina donde yaks pastan a sus anchas. Los pocos edificios que no pertenecen a uno u otro albergue son, en su mayoría, propiedad de alguna asociación gubernamental que vela por el desarrollo local, como la factoría y la oficina de venta de queso de yak.

No había pegado ojo en toda la noche por los ronquidos procedentes de la habitación contigua. Si me hubiese sucedido en Chitwan, habría pensado que un felino de grandes dimensiones se había merendado a los huéspedes vecinos. Desayuné temprano y partí de Ghora Tabela poco después de las seis y media, tras recibir la recomendación del dueño del albergue para que me alojase en el albergue de un familiar en Kyanjin Gompa. Cada nepalés con el que me crucé en Langtang tenía una recomendación, por lo general diferente de las anteriores, por lo que finalmente dejabas que tu instinto escogiese el lugar donde pernoctar. El soldado nepalés que estaba apostado en el control de turistas se sorprendió de verme surgir tan temprano de entre la niebla que envolvía el campamento militar. Media hora después, tras cruzar amplios pastizales donde las vacas y yaks que no eran ordeñabas por sus pastores, pacían plácidamente, llegaba a Thangshyab. Como únicos obstáculos había encontrado varios arroyos, casi todos franqueables mediante puentes de cemento o madera, aunque para cruzar alguno de ellos tuve que mojarme las botas. Poco antes de llegar a Thangshyab, el terreno se empina y exige un esfuerzo para el que las piernas, aún en letargo, no están preparadas. (ver mapa de Thangshyab) Alguna pared mani y varios pastizales de yaks más adelante se encuentra la modesta aldea de Chamki, que atesora dos albergues o casas de té, el Tibetan Restaurant y el Peaceful Restaurant. (ver mapa de Chamki) Si no nos ha sido posible reponer nuestro nivel de líquidos en Chamki, aún podemos hacerlo unos minutos más tarde. Antes de alcanzar la importante población de Langtang se atraviesa la villa de Gumba, que se asienta en un promontorio desde el que se divisa tanto la villa de Langtang como Langtang Gompa, un asentamiento carente de establecimientos para turistas, donde destaca la gompa, situada en la parte superior del poblado, y una pequeña y blanca stupa. (ver mapa de Gumba/Langtang Gumba) En Gumba me detuve a charlar con Pema Nurba Lopchen, hermano del propietario de un albergue en Kyanjin Gompa, llamado Mountain View Guest House, donde finalmente me alojé al final de la jornada. Pema había sido contratado por dos turistas como guía para una excursión a realizar el día siguiente; había quedado con ellos por la noche en el albergue de su hermano. Horas después me comentó que finalmente no guiaría a los turistas, pues uno de los cuales sufría de mal de altura y estaban esperando ver si los síntomas remitían o debían acompañarle valle abajo. Pema se ofreció como guía para realizar alguna excursión a uno de los picos cercanos, pero decliné su invitación pues ya había programado una excursión a Langshisa Kharka para el día siguiente con Cécile, Jérémie y Grégory, tres jóvenes franceses que se hospedaban en mi mismo albergue en Kyanjin Gompa. Dejé a Pema en Gumba y caminé el cuarto de hora que me separaba de Langtang Gumba, donde fui asediado por la chiquillería que jugaba alegremente a las puertas de la gompa. Desde allí bajé hasta Langtang, donde mi primera acción fue la de buscar un albergue donde dejar la mochila mientras inspeccionaba el terreno (los mapas requieren su tiempo). (ver mapa de Langtang)

Durante las siguientes dos horas recorrí el pueblo de arriba a abajo: visité la fábrica de quesos gestionada por un consorcio para el desarrollo local de la mano de Chienga, su encargado, y adquirí algo de pan de especias con queso de yak y unas galletas de mantequilla de yak; merodeé por los alrededores de la escuela municipal y la casa de la cultura; charlé con algunos vecinos; disfruté con las vistas del pueblo y las montañas al noroeste, así como las cascadas de agua que caen por ellas, llenando las praderas que atraviesan el pueblo de regatos y arroyos.

Langtang parece estar dividida en dos áreas. A la primera se accede por el sendero desde Langtang Gumba. Es una sucesión más o menos desordenada de albergues, viviendas y edificios oficiales (como la escuela o la casa de cultura), además de otras construcciones, como varias paredes mani y alguna rueda de oración propulsada por agua, todos ellos distribuidos a lo largo y ancho de una tendida colina surcada por varios arroyos, que fluyen libremente por entre edificios interconectados por una sencilla red de senderos, si bien el acceso a alguno de los edificios oficiales se limita al cruce de varias fincas cercadas por bajos muros de piedra. Todos estos senderos convergen hacia el este en uno sólo, que supone el comienzo de la segunda parte de Langtang, en la cual abundan las viviendas de los lugareños y donde sólo es posible encontrar dos albergues, el Glacier Hotel Lodge y el pintoresco Langtang Lirung Lodge. Era mediodía cuando daba cuenta de los últimos bocados del momo gigante en el Peacefull Guest House y me disponía a emprender la marcha con dirección a Kyanjin Gompa. Una corta pero complicada subida, que comenzaba justo después de abandonar Langtang, da paso a una sucesión de paredes mani, que se extienden por más de 200 metros. Antes de perder la cuenta había contabilizado 15 tramos de pared mani de distinta longitud, altura y forma. Desde ese punto era posible apreciar, hacia el norte y el este, una cadena de imponentes picos, como el Naya Khanga, Yala Peak, Kyanjin Ri y Tersko Ri. Llegando a la villa de Mundu, un joven e improvisado comité de bienvenida me pide alguna tirita; accedo a darles alguna tras ver el estado de algunos de sus dedos. (ver mapa de Mundu) A escasos metros de Mundu se encuentra la villa de Sundum, con su única casa de té y un interesante conjunto de viviendas en el extremo sur de un sendero que parte de la casa de té. (ver mapa de Sundum) Entre Sundum y Kyangin Gompa se extienden cuatro kilómetros de prados y pastos de vivos colores amarillo, rojo y naranja. Abundan las rocas, esparcidas por doquier. Se vadean varias paredes mani, alguna que otra gompa, y se divisan conjuntos de banderas tibetanas. El camino se va acercando al río que, si bien hasta ahora solo era reconocible por el murmullo, se muestra en todo su esplendor. A medida que la tarde avanzaba y ascendía hasta los casi 3900 metros de Kyanjin Gompa, me encontraba más expuesto al fuerte viento que soplaba desde el oeste, valle abajo. El viento arrastró las nubes que impidieron ver cumbre alguna hasta la mañana siguiente. Poco antes de llegar a Kyanjin Gompa, vadeé un puente sobre el Langtang Khola, unos metros antes de llegar a una bifurcación. El sendero de la izquierda conduce a un monasterio. Tomé el sendero de la derecha hacia Kyanjin Gompa, aunque ello suponía conversar con dos lugareños que, hasta la misma entrada del pueblo, trataron de convencerme para que permaneciese en sus albergues con propuestas tan dispares como la de ofrecerme habitación gratis y dhal baat gratis si pagaba la cerveza a 300 rupias. Entretenido con la conversación, la última y exigente subida que había que afrontar para llegar a mi destino se me hizo muy llevadera. Llegué con suficiente tiempo a Kyanjin Gompa para charlar con mis compañeros de albergue, reconocer y mapear el pueblo, (ver mapa de Kyanjin Gompa) comprar algo de queso para el día siguiente y jugar al fútbol con unos chavales con una minúscula pelota.

Sábado, 3 de noviembre • No fue un buen final de día para Cécile. Comenzó a sentirse mal nada más comenzar el descenso desde Langshisa Kharka a Kyanjin Gompa, aquejada de un cada vez más fuerte dolor de cabeza. Llegó al albergue débil y comenzó a vomitar apenas tomó unas cucharadas de la sopa que le prepararon los encargados, por lo que supusimos que se trataba de mal de altura. Tras comprobar que el Diamox no surtía efecto, los propietarios del albergue nos recomendaron acompañarla hasta Langtang, 400 metros por debajo de la altitud de Kyanjin Gompa. Por lo tanto, poco después de las seis y media de la tarde cuando ya estaba anocheciendo, Jérémie y Grégory, que eran los que se encontraban en mejores condiciones de los cuatro, empaquetaron algunas de sus pertenencias, se pertrecharon con todas las linternas que pudieron conseguir y escoltaron a Cécile hasta Sundum, donde pasaron la noche en casa de una familia tibetana.

Fue un triste modo de cerrar un día que comenzó con un desayuno ligero y unas compras en la panadería del Yeti Guest House, donde nos aprovisionamos de pan para el almuerzo. A eso de las ocho, después de acabar con los preparativos y admirar la impresionante vista del glaciar de Langtang Lirung desde el patio del albergue, partíamos rumbo a Langshisa Kharka. El camino parte del Hotel View Point, el más oriental de Kyanjin Gompa; sin embargo, nosotros escogimos una vía alternativa, descendiendo por uno de los barrancos al sureste de la villa hacia el río y dirigiéndonos hacia el este siguiendo el curso del río y las indicaciones de unos confusos lugareños, hasta que nos encontramos con el camino principal antes citado. El sendero remonta siempre el Langtang Khola por su orilla norte y, salvo en contadas ocasiones donde el agua ha borrado las huellas del camino convirtiéndolo en una impracticable capa de fango, es fácil de seguir. El desnivel que se gana durante el trayecto de ida no supera los 400 metros. Media hora después de tomar el camino principal encontramos un aeródromo abandonado, del que ahora sólo queda una casa derruida y un gran número de alambradas esparcidas por todo el área. Una hora después alcanzamos un conjunto de cabañas para pastores llamado Jathang, donde nos detuvimos a tomar un tentempié. Continuamos la marcha hasta Nubamathang, un asentamiento formado por más de media docena de cabañas, admirando siempre las magníficas vistas de los picos al sur del valle, como Phemtang Karpo Ri, Gangchhenpo o Urkeinmang. Tres horas después de iniciar el viaje llegábamos a la parte decisiva del día, cuando afrontamos la subida final a la colina tras la cual se llega hasta un promontorio donde una bandera tibetana sobre un mástil nos da la bienvenida a Langshisa Kharka y a las impresionantes vistas sobre esta parte del valle, escarbada por el glaciar de Langtang y rodeada por los picos Langshisa Ri, Morimoto, Yala Peak y Urkeinmang. Al sur de Langshisa Kharka se extiende el paso entre los picos Gangchhenpo y Urkeinmang, llamado Paso de Tilman en honor a William Tilman, el primer montañero que lo cruzó, en el año 1949. Cruzar dicho paso requiere nociones de escalada, material de acampada y una buena provisión de víveres para una semana. Para la excursión del día también había que traer comida para el almuerzo, y qué mejor que pan y queso de yak. Mientras almorzábamos descendió desde el extremo oriental del valle una expedición de alpinistas franceses que habían hecho cima en uno de los picos alrededor del glaciar de Langtang. Poco después comenzaba nuestro descenso hasta Kyanjin Gompa, con los consabidos problemas de salud de Cécile, con la que me solidaricé padeciendo un creciente dolor de cabeza que no remitió hasta que no me fui a dormir tras ver a la comitiva francesa adentrarse en la oscuridad de la noche de Kyanjin Gompa.

Domingo, 4 de noviembre • Era media mañana cuando Jérémie, Grégory llegaron a Kyanjin Gompa, tal y como yo esperaba. Lo que no esperaba era ver con ellos a Cécile. Había subido hasta allí a recoger las pocas pertenencias que se había dejado atrás en su apresurada partida la noche anterior. De este modo, en lugar de descender hacia el oeste del valle con Jérémie y Grégory al encuentro de Cécile, como habíamos planeado la noche anterior, la tuve a ella por compañera en mi vuelta a Langtang, mientras que ellos se quedaban unos días más en Kyanjin Gompa.

Hicimos una primera parada en Sundum, donde Cécile visitó a la familia tibetana que la había acogido la noche anterior y aprovechó para obsequiarles con algo de queso de yak, mientras la amable mujer nos ofrecía una taza de té. Langtang no quedaba muy lejos de allí, con su fábrica de queso, donde compramos unos bocadillos de queso y más galletas. Casi habíamos abandonado la villa cuando, a la altura del último albergue, Cécile se encontró con unos amigos suyos y decidió quedarse con ellos. Tras despedirme de ella, continué mi descenso con la intención de llegar lo más lejos posible. Dos horas y media después de abandonar Langtang llegué a Lama Hotel y quince minutos después al Ganesh View Guest House, en Upper Remchhe, donde acabé pasando la noche.

La jornada había sido extenuante, no sólo por el largo camino desde Kyanjin Gompa hasta Remchhe, sino por la subida que realicé a Kyanjin Ri (4773 metros) a primera hora de la mañana. Es posible ascender al Kyanjin Ri por dos vertientes diferentes. La primera, por la que ascendí, parte unos metros al noroeste el Hotel View Point, bordeando la montaña en el sentido contrario a las agujas del reloj, hasta llegar al lugar donde se fusionan las laderas de los picos Kyanjin Ri y Tesrko Ri. El sendero sube entonces abruptamente por entre los dos picos en dirección norte, atravesando varios tramos complicados, como una resbaladiza pista arenosa situada a escasos metros de una cresta que conduce directamente a la cima del Kyanjin Ri, adornada por multitud de banderas. Desde la cima se obtienen unas magníficas vistas sobre el anfiteatro del anfiteatro de Lantang Lirung y las lenguas de los glaciares de Langtang Lirung y Kyimoshung, así como una asombrosa panorámica de 360 grados. La segunda forma de ascender a Kyanjin Ri es la que conocí durante mi vuelta a Kyanjin Gompa. Desde el mismo lugar donde parte la primera ruta, un segundo sendero va zigzagueando por la ladera suroeste del Kyanjin Ri hasta alcanzar en primer lugar una falsa cima, coronada por varias banderas tibetanas, desde la que se obtiene una preciosa vista de Kyanjin Gompa y del anfiteatro de Langtang Lirung, así como de parte del valle del Langtang Khola. Desde esta falsa cima, se continúa en dirección noreste por una escarpada cresta de montaña, en la que hay que caminar por la vertiente derecha pues existen riesgos de derrumbe en la vertiente izquierda, hasta llegar a la cima.

Lunes, 5 de noviembre • A través de la vidriera del comedor del Ganesh View Guest House podía ver las copas de los árboles a escasos metros y en ellas veía a varios monos langures, característicos por su pelaje blanco alrededor del negro hocico, jugando a pesar de lo temprano de la hora. En el centro de la sala, una estufa en funcionamiento hacía del lugar un sitio acogedor donde tomar un buen desayuno. La jornada iba a ser dura también hoy, con un gran desnivel a ganar en pocos kilómetros. Acabé con los huevos fritos y el pan chapati en un santiamén y me dispuse a partir hacia Thulo Syabru. Poco antes de desayunar vi pasar frente al albergue una primera senderista, cargada de bultos, que me hizo recordar mis días de agonía arrastrando exceso de carga alrededor de los annapurnas. Tras despedirme de los huéspedes despiertos a esa hora, un belga y el alemán con el que había charlado durante toda la noche anterior, aboné la cuenta y comencé a descender hacia Bamboo primero y Pairo después. El descenso desde los 2400 metros de Remchhe hasta los 1770 a los que se encontraba el desvío hacia Thulo Syabru me llevó buena parte de la mañana. Antes de llegar a Pairo, me encontré en el camino con un chico indio que, como yo, estaba buscando el desvío hacia Gosainkunda. Esperamos al pie del camino hasta que la chica con exceso de carga llegó a nuestra altura. También ella se dirigía a Gosainkunda y, al contrario que nosotros, había tenido la precaución de traer un mapa con las instrucciones precisas para encontrar el desvío, que se encontraba entre Pairo y Domen. Allí el chico indio continuó su camino hacia Syabrubesi mientras que Mor, que así se llama esta chica israelí, y yo tomábamos el camino difícil. Después de dos horas de descenso desde Upper Remchhe afrontaba una dura subida hasta Thulo Syabru. Cuarenta minutos después de tomar el desvío llegué a una solitaria casa de té, a casi 2000 metros de altitud, a partir de la cual el sendero asciende de forma más suave bordeando la montaña en el sentido contrario a las agujas del reloj, e incluso desciende brevemente antes de cruzar el puente sobre el río Pawo Khola. Tras un breve descenso, el sendero se empinaba nuevamente para ganar los cien metros de altitud que me separaban de Thulo Syabro, adonde llegué una hora y media después de dejar atrás el desvío desde Langtang. (ver mapa de Thulo Syabru)

Thulo Syabru es un típico pueblo con influencias tibetanas que vive de la agricultura y del turismo. Hasta un total de 19 albergues dan servicio a todos aquellos senderistas que parten desde Dhumche y se detienen aquí, al final de la primera jornada del trekking de Langtang. En uno de ellos, el Hotel Blue Star me detuve para almorzar. Allí conocí a Biru Tamang, el propietario del hotel. La familia de Biru regenta varios albergues en la región, su mujer se encarga de gestionar un albergue en Kutumsang y una de sus tías hace lo mismo con un albergue en Margin Goth. Uno de sus amigos, propietario de otro albergue en Laurebina Yak, me entregó una nota manuscrita que debía entregar en Margin Goth. Mor apareció cuando apuraba la copa de té con limón. Reanudamos la marcha, y no nos detuvimos hasta llegar, dos horas y media después, al albergue en Phoprang Danda donde acabamos pernoctando. En el camino hasta Phoprang pasamos junto a una gompa, un par de tranquilos albergues, el Lovely Morning View una hora y veinte minutos después de salir de Thulo Syabru y el Mountain View Lodge diez minutos después, una pared mani completamente cubierta de moho y un denso y húmedo bosque en el que pasamos la última hora de viaje del día. Tuvimos que esforzarnos para no desviarnos del camino principal, que presentaba continuos desvíos y atajos. Afortunadamente Mor vio señales en el suelo que indicaban qué caminos debíamos tomar y cuáles no conducían a ninguna parte. No obstante, de vez en cuando manteníamos una conversación a distancia para orientarnos "- Juanjo? - Yeees? - Did you take the right way? - Yeeeep - Ok". Casi llegando a Phoprang Danda nos adelantaron unos chavales, que nos recomendaron permanecer en el albergue a la derecha de Phoprang. En dicho albergue, uno de los dos únicos edificios en la villa (el otro era el albergue "de la izquierda"), nos esperaba su hermano que, con 17 años, regentaba el albergue en ausencia de sus padres y su hermano mayor, responsabilidad para la que no estaba preparado, como pudimos comprobar a la mañana siguiente.

La jornada acabó como es costumbre en las frías noches en altitud, con una amena charla alrededor de la estufa y un rico dhal baat encima de la mesa. Esta vez tuvimos como compañeros de velada al numeroso grupo de adolescentes que cuida de los dos albergues en Phoprang, los cuales mostraron gran interés en conocer los nombres de las modelos y los futbolistas que aparecían en el diario "secreto" del hermano mayor del encargado, un chico con bastante creatividad por cierto. Durante algo más de siete horas había descendido los 630 metros de altitud que separan Upper Remchhe (2400 m) del desvío a Thulo Syabru (1770 m), para luego ascender casi 1400 metros hasta Phoprang (3166 m). Mor había caminado incluso más, al haber iniciado su jornada en Lama Hotel.

Martes, 6 de noviembre • El itinerario entre Sing Gompa y Gosainkunda, sobre todo a su paso por Laurebina La, es uno de los más bellos de este trek, a menos que amanezca un día de niebla cerrada y lluvia persistente. Ya había comenzado a llover la tarde anterior en Phoprang y continuó cayendo incesantemente durante el resto de la noche. Por supuesto, llovía cuando nos levantamos a las cinco y media de la mañana, con la idea de desayunar a las seis y partir cuanto antes, tal y como habíamos acordado la tarde anterior con el encargado. Sin embargo, a las seis el desayuno no estaba preparado y los únicos que estábamos despiertos éramos Mor y yo. Durante quince largos minutos tratamos de despertar al encargado del albergue hasta que, sin siquiera disculparse, preparó mi desayuno pero no el de Mor. Para colmo, le reclamó a Mor, de malos modos, el dinero que ella le había pagado en concepto de cena y alojamiento y que él había extraviado. Un cúmulo de despropósitos que nos hizo perder la paciencia y algo de tiempo. Para colmo, fuera seguía lloviendo. Partimos de allí como alma que lleva el diablo, protegidos con los impermeables, con dirección a Sing Gompa, que surgió de entre la niebla ante nosotros una hora después. (ver mapa de Sing Gompa)

En Sing Gompa hicimos una breve parada, que Mor aprovechó para desayunar un suculento tsampa porridge en el Hotel Red Panda, uno de los albergues más acogedores que encontré en todo Nepal. Yo, por mi parte, rendí visita a la fábrica de quesos, donde me hice con medio kilo de suave queso de yak que me duró una semana. Acto seguido nos pusimos en marcha hacia Laurebina Yak. La visibilidad era prácticamente nula, la vista apenas alcanzaba a ver algunos árboles del bosque que nos rodeaba. Esto tenía alguna ventaja, como el no percatarse de lo profundo de los barrancos a la derecha del camino. Durante varios minutos, hasta Cholang Pati, (ver mapa de Cholang Pati) vamos ganando altitud de forma gradual salvo en algunos tramos cortos; a partir de dicho poblado, meramente un conjunto de albergues, nos tuvimos que enfrentar a una demoledora rampa que no nos concedió ningún momento de respiro hasta llegar al Hotel Mount Rest, el primero de los varios albergues de Laurebina Yak, casi dos horas después de partir desde Sing Gompa. (ver mapa de Laurebina Yak) Con un total de 315 metros de ascensión sobre un abrupto terreno cubierto de tierra, rocas y, en esta ocasión, nieve, este tramo despertó en mí la necesidad de detenerme en el hotel para degustar una porción de pastel de chocolate y contemplar la hermosa cortina de niebla que se interponía entre las magníficas vistas de los Himalayas al norte y yo, al tiempo que los cuervos apoyados en las barandillas de madera frente al hotel graznaban ajenos al desagradable clima.

El tiempo no mejoró mucho desde allí hasta Gosainkunda. Por el contrario, la presencia de nieve sobre el sendero era cada vez mayor y la temperatura ambiente cada vez más baja. Partimos de Laurebina Yak una vez hubimos apurado nuestras bebidas calientes. En contra de mis deseos, la rampa dura que había comenzado en Cholang Pati se prolongó aún durante cuarenta minutos más, hasta que llegamos a una gompa en mitad del camino, situada a 4230 metros de altitud. A partir de ésta la subida se hizo más llevadera. Veinte minutos después alcanzaba una primera cima, a casi 4400 metros, jalonada por varias banderas y reconocible por una estatua en una pared a la izquierda del camino. Casi una hora después, tras una serie de tramos alternos de subida y bajada, llegué hasta Gosainkunda, un importante enclave religioso y lugar de peregrinación para los hindúes, que recibe el nombre del lago sagrado junto al cual se erige la villa y de cuyas aguas nace el río Trishuli que, según las leyendas, llena las piscinas y fuentes de numerosos templos en el valle de Kathmandu, como el templo de Kumbeshwor en Patan. (ver mapa de Gosainkunda)

Me había adelantado a Mor poco después de dejar atrás Laurebina Yak; para cuando llegó al Hotel Lakeside, un aguacero y un dhal baat después, se encontró con la habitación reservada. Le habían recomendado ese hotel en una agencia de viajes de Kathmandu y fue un acierto permanecer en él, principalmente por la deliciosa comida que preparaba Tasi, la propietaria. El resto de la tarde la dedicamos a comer y a charlar junto a la estufa, en compañía de otros turistas, como una mujer japonesa que iba acompañada ni más ni menos que por tres porteadores y un guía. Mor me aclaró una duda que me corroía desde los primeros días de la vuelta a los annapurnas, al comentarme que el ingrediente que le daba un sabor tan característico a las tartas de manzana que preparan en Nepal era la canela (cinnamon); mi receta de tarta de manzana no lleva canela. También me explicó las reglas del popular juego de Karam, una mezcla entre el billar y el castizo juego de las chapas.

Miércoles, 7 de noviembre • Ghopte no era el destino que habíamos planeado para hoy. No es, en absoluto, un lugar ideal para permanecer en una noche de niebla y lluvia. La pésima climatología reduce el encanto de estas villas, que no es otro que su ubicación física y las vistas panorámicas que se suelen obtener desde ellos. Si el día anterior amaneció cubierto de niebla y bajo la lluvia, el miércoles nos deparó un paisaje completamente nevado en Gosainkunda y alrededores. A pesar de ello, mantuvimos nuestro plan de madrugar y salir pronto en busca del paso de Laurebina La, el punto más elevado de nuestro viaje por Langtang y Helambu. No eran ni las siete y ya nos dirigíamos hacia el sendero que bordeaba el lago Gosainkunda y se perdía tras las nevadas colinas al este del mismo, ataviados con toda la ropa de abrigo de que disponíamos, siendo las nuestras las primeras huellas que quedaban impresas sobre la nieve. A esa hora ya había algunos otros senderistas fuera de sus albergues, disfrutando de las vistas, quizás tan atípicas en sus lugares de origen como lo son en mi Extremadura natal. La ascensión no nos llevó mucho tiempo, y no tuvimos problemas para seguir el sendero, aunque en ocasiones nos debíamos guiar por alguna bandera a decenas de metros por encima de nuestras cabezas. Al cabo de una hora y media llegábamos a Laurebina La, a 4645 metros de altitud, donde encontrábamos varias cabañas en ruinas y unas cuantas varas de madera abandonadas, una de las cuales me agencié. Llegar hasta aquí no fue complicado. Sin embargo, cuando apenas habíamos descendido un cuarto de hora, tomamos un camino erróneo hacia el sur, bordeando por la derecha una colina que se interpuso en nuestro camino, cuando deberíamos haber flanqueado dicha colina por la izquierda. Tuvimos que dar un rodeo considerable tras descender la colina, en dirección noreste, hasta encontrar nuevamente el sendero, que reconocimos por una de las muchas pilas de piedras que la gente construye sobre las rocas, con el fin de evitar desvíos indeseables. Algo más de una hora nos costó reencontrar el camino. Y lo hicimos poco antes de que otro grupo procedente de Gosainkunda nos diese alcance. Una primera parada en Bhera Goth nos permitió tomar aliento. Cuando partimos de Bhera Goth ya no éramos la cabeza de marcha; esto nos evitó un nuevo disgusto cien metros más adelante, cuando tomamos el sendero de la derecha en una bifurcación al ver las pisadas recientes en dicha dirección. El descenso ininterrumpido se prolongó hasta Phedi, donde tomamos un té en compañía de todos los senderistas que habían partido de Gosainkunda esa mañana. (ver mapa de Phedi)

Poco después de Phedi, el camino se convierte en una sucesión de duras subidas y bajadas, la mayor parte de ellas sobre terreno rocoso, que iban mermando nuestra resistencia. Una última exigente subida nos llevó hasta los 3700 metros de altitud. Desde allí hasta Ghopte aún nos quedaba un descenso de 300 metros de desnivel y una hora y media de travesía. Al principio de la jornada, Mor y yo habíamos pensado llegar a Tharepati, pero el clima no era el más propicio y nuestras fuerzas escaseaban tras una larga y complicada jornada, por lo que decidimos quedarnos en uno de los albergues más cutres y con peor comida de la región. (ver mapa de Ghopte)

Jueves, 8 de noviembre • A sólo un día de regresar a Kathmandu, el tiempo no había mejorado sustancialmente. La estrellada noche en Ghopte me hizo pensar que el cielo iba a despejar, pero se trató de una ilusión. Durante nuestro viaje hacia Tharepati, el cielo estaba parcialmente cubierto y, en ocasiones, era posible observar las nevadas montañas que habíamos descendido la jornada anterior. Pero una vez que abandonamos Tharepati, lo hicimos para adentrarnos nuevamente en un mar de niebla que nos acompañó en nuestro peregrinar hacia Margin Goth y Kutumsang. Esa mañana pudimos, por fin, desayunar a la hora acordada con los encargados del albergue por lo que ya estábamos en marcha a las siete de la mañana. Los primeros minutos transcurrían por un sendero en continuo descenso hasta que Mor preguntó dónde comenzaba la subida hacia el paso de Tharepati. Dicho y hecho. Esa profética pregunta encontró respuesta un minuto después, en forma de una empinada pendiente que apareció ante nosotros muy a nuestro pesar. Tras superar ésta y otras duras rampas llegamos hasta Tharepati, un conjunto de albergues situados a 3600 metros de altitud. Allí, el sendero procedente desde Gosainkunda se bifurca en dos caminos que atraviesan de norte a sur la región de Helambu, el camino oriental que desciende hasta Melamchi y el camino occidental que desciende hasta Sundarijal. Tras un preceptivo té en Tharepati, comenzamos a descender por el camino occidental. (ver mapa de Tharepati)

A mediodía llegábamos a Margin Goth, pueblo donde permanecimos el tiempo justo para cumplir con mi labor de cartero improvisado. (ver mapa de Magin Goth) Azotados por la lluvia y el granizo afrontamos un acusado descenso desde los 3200 metros de Margin Goth hasta los 2500 metros de Kutumsang. Durante la primera media hora, la pendiente se mantuvo en porcentajes relativamente suaves y los tramos de bajada se intercalaban con tramos llanos, idóneos para dar descanso a las rodillas. A partir de una explanada, que a nuestro paso estaba repleta de porteadores descansando y disfrutando de los pocos rayos de sol que comenzaban a asomar por entre las nubes, la suave bajada se convierte en un vertiginoso descenso a lo largo de lo que parecía ser la cresta de una montaña, sobre un deslizante terreno arcilloso. Una hora después de iniciar este complicado descenso llegábamos hasta una pequeña villa, donde el camino se bifurcaba. El camino de la derecha llevaba, tras un agradable paseo de casi una hora hasta Kutumsang. (ver mapa de Kutumsang)

Para nuestro regreso a Kathmandu, Mor había sugerido desviarnos de la ruta principal aquí en Kutumsang, y descender en dirección sureste hasta Talamarang, desde donde parten autobuses hacia la capital. Eso nos permitiría llegar a la capital la tarde del viernes. Mi plan original me llevaba desde Kutumsang hasta Sundarijal y desde allí a Kathmandu en un viaje de dos días, que además incluía una difícil subida nada más partir de Kutumsang. El plan de Mor ganó por unanimidad, aunque se vio ligeramente modificado por recomendación del encargado de nuestro albergue en Kutumsang, el Hotel Namaste, que nos sugirió tomar el autobús en Chanauti, en lugar de Talamarang, los cual nos ahorraba una hora de camino. Incluso nos dibujó un mapa con las indicaciones necesarias para llegar a nuestro destino, aunque en la práctica no resultó tan sencillo ceñirse a dichas indicaciones.

Viernes, 9 de noviembre • Nuevamente en Kathmandu a tiempo para el tihar, la segunda fiesta más importante para los hindús, tras el dashain a primeros de octubre. Este año se celebraba del 9 al 12 de noviembre, siendo el día 11 el más popular. El cuarto y último día coincidía con el año nuevo newar, la etnia predominante en el valle de Kathmandu. Esperaba encontrarme con Arjun estos días y aceptar su invitación para vivir el tihar con su familia. Al llegar a Kathmandu desde Chanauti, Mor y yo cogimos un taxi hacia Thamel y nos encontramos las calles abarrotadas de gente celebrando la festividad; había gente bailando al son de las piezas interpretadas por músicos equipados con sus instrumentos tradicionales. Las casas y los negocios estaban adornadas con multitud de luces y guirnaldas y frente a la entrada de los negocios, los comerciantes dibujaban figuras de colores en el suelo y depositaban vasijas de cerámica llenas de aceite, velas y alimentos. Las pinturas son una invitación a los dioses, que entrarán en las casas y negocios garantizando riquezas para el año siguiente. Grupos de jóvenes iban de portal en portal cantando y pidiendo ofrendas a los comerciantes, muy al estilo de nuestros aguinaldos españoles, las canciones típicas Deusi y Bhailo. En medio de ese jaleo nos propusimos buscar nuevo alojamiento, pues ninguno de los dos estaba por la labor de volver a nuestros anteriores hoteles. Al ir con las mochilas a la espalda, no tardamos en ser captados por unos cazaturistas, que nos llevaron de un sitio a otro, sin que ninguno de los hoteles que nos mostraban cumpliese unas condiciones básicas: queríamos agua caliente las 24 horas del día. Al final nos decantamos por el quinto hotel que visitamos, Hotel Down Town, una vez que solventaron las deficiencias de alumbrado en la habitación de Mor, que más que un cuarto parecía una discoteca. En estos últimos cuarenta días el tiempo había cambiado en la capital. Ya no era agradable caminar por la noche en manga corta y, con demasiada frecuencia, la lluvia hacía acto de presencia a cualquier hora del día.

El viernes era nuestro último día de caminata. Antes de las seis, con las primeras luces del alba, ya estábamos en mitad de Kutumsang, buscando el desvío hacia Mahankal, un poblado anterior a Chanauti al que debíamos llegar en algo más de tres horas. El sendero descendía por la ladera noreste de las montañas sobre las que se encontraba Kutumsang; durante los minutos previos a la salida del sol, era complicado marchar sobre el resbaladizo terreno arcilloso y las pronunciadas bajadas. De hecho, teníamos que descender mil metros de altitud en 8 kilómetros. Descenderíamos durante más de una hora hasta alcanzar una casa junto a la cual se levanta un depósito de agua de piedra gris con forma cúbica. Antes de llegar a dicho depósito, una bifurcación del camino nos puso en duda. Intenté preguntar a unos niños que jugaban en casas aledañas al camino, pero solamente conseguí espantarlos. Tras el depósito, hay que tomar un pequeño sendero que se desvía a la derecha del principal. Nos adentramos en él y comenzamos a atravesar campos de arroz y de trigo y a cruzarnos con campesinos y algún que otro porteador, que nos confirmó que íbamos por buen camino. Dos horas después de abandonar Kutumsang llegábamos hasta una primera aldea anónima. Por ahora el mapa parecía fiable. Tras dejar la villa atrás, más campos de arroz, más terrazas que atravesar y algún que otro arroyo a vadear, hasta llegar al último hito en el mapa, un molino junto a un torrente de agua cruzado por un puente colgante. Menos de un kilómetro después del puente, el color de la tierra en el camino se tiñe de rojo; es el momento de tomar el primer desvío a la izquierda que, tras un descenso de media hora, conduce a la segunda villa del día. Allí comprobamos con los lugareños que estábamos en la ruta hacia Mahankal. Durante los siguientes minutos, se hizo difícil no perderse en la red de senderos que se entrecruzaban y conducían a otros poblados y viviendas. Tras una plaza donde un grupo de niños jugaban en un columpio artesanal, de los que tanto abundan en Nepal, el camino se dividía en tres; tomamos el de la izquierda por indicación de los chicos hasta que nos encontramos con un hombre que, al igual que nosotros, se dirigía a Chanauti. Nos condujo por un sendero que atraviesa Mahankal, pasando junto a la escuela de este poblado, siempre bajo la sombra de los numerosos árboles y palmeras del lugar hasta que llegamos a campo abierto; ante nosotros se presentó una vasta extensión de terrazas sembradas de cereales, que las gentes del lugar recogían y apilaban en fajos junto a las rústicas cabañas de paja que salpicaban los campos. Atravesando aquellas terrazas por los estrechos caminos elevados que las separan nos cruzamos con un heterogéneo grupo de turistas, el único del día. Pocos minutos después, nos desviábamos a la izquierda por un sendero descendente que desembocaba en Chanauti, una pequeña villa al oeste del río . La carretera se encuentra al este del río Melamchi Khola, que cruzamos a toda prisa al ver llegar el autobús desde Kathmandu; Se trató de una falsa alarma pues el autobús aún debía subir hasta Timbu y regresar tras cambiar allí de sentido. Una sucesión de malentendidos con los locales nos mantuvo entretenidos durante los primeros minutos de espera, hasta que perdieron el interés o la curiosidad por nosotros: mantuvimos una negociación infructuosa con el propietario de un jeep para que nos llevase a Kathmandu en presencia de un grupo de curiosos nepaleses, que comentaban todas y cada una de nuestras ofertas; tratamos de conseguir unos billetes numerados hacia Kathmandu, pues era el único modo de evitar una más que probable larga travesía en el incómodo tejado del autobús, sin éxito aparente. Hasta algo tan simple como comprar algo de fruta se convertía en todo un acontecimiento; Mor lo hizo rodeada por un numeroso y agobiante grupo de personas.

Tres cuartos de hora después hizo su aparición el bus, precedido por el estruendoso sonido de su bocina y levantando una gran polvareda, de detrás de la curva al fondo de la carretera. Acudimos felices hacia él, mas temerosos de tener que subirnos al techo. Por suerte y para nuestra sorpresa, nuestros ruegos para reservar unos tickets numerados durante nuestros primeros minutos en Chanauti habían surtido efecto. Uno de los jóvenes había llamado a la oficina de venta de billetes en Timbu, para reservar dos asientos en el bus para los dos turistas blancos. Él mismo nos acompañó hasta nuestros asientos. La sola idea de pasar seis horas sobre el techo de un autobús bajo un cielo que amenazaba lluvia nos horrorizaba. Durante el viaje desde Chanauti hasta Kathmandu, que transcurrió sin problemas por Dhulikel y Bhaktapur, tuve mi primer contacto en semanas con música occidental. Mor me dejó inspeccionar su iPod ©, que contenía variada y buena música, aunque eché en falta algo de black metal.

Sábado, 10 de noviembre • Tratándose del primer día en Kathmandu después de un duro viaje a través de las regiones de Langtang y Helambu, bajo la lluvia y el granizo y sobre la nieve, subiendo cuestas que quitaban el aliento y bajando rampas que destrozaban las piernas, había programado unas actividades de lo más tranquilas. Me tomé un buen desayuno. Llevé la ropa a una lavandería, de las que facturan al peso para recordar el color que tenía antes del viaje. Me afeité la barba, lo cual me obligó a dar explicaciones en el hotel acerca de mi condición de cliente. Comparé precios de aquellos libros en que estaba interesado. Llamé a los míos por primera vez en todo el viaje; me había tomado muy en serio el tema de la incomunicación. También llamé a Arjun, con quien quedé para pasar el día siguiente junto a su familia. Por la tarde fui con Mor, que había pasado buena parte del día de compras, a un centro de masajes, donde nos dejaron como nuevos, preparados para degustar algo de comida israelí en el restaurante OR2K.

En pleno tihar las calles están más llenas que de costumbre, a pesar de que muchos negocios locales, no así los comercios para turistas, permanecen cerrados. Las calles aparecen llenas de puestos de venta de los dulces típicos de estas fechas, así como de adornos como guirnaldas, velas, incienso, tintes de colores para pintar los símbolos en la entrada de las casas o usar en el ritual del tika. Algunas bandas de música recorren las calles, deteniéndose en las plazas y cruces principales. Ese sábado también había una celebración especial en la calle; un gran número de pickups y otros vehículos con remolque circulaban por las calles de Thamel, repletos de jóvenes bailando al son de la estridente música que provenía de los potentes equipos de música instalados en los coches.

Domingo, 11 de noviembre • Durante los primeros días del tihar, los nepaleses veneran al cuervo, el perro y la vaca. El último día, Bhai Tika, es un día en que las hermanas ponen polvos de colores, o tika, en la frente de sus hermanos y les colocan alrededor del cuello un collar de flores, o mala, para asegurarles una larga vida y agradecerles su protección.
Para las hermanas, tihar es el momento en que recuerdan su continuo deseo de una larga y próspera vida para sus hermanos. Los hermanos se sientan en el suelo mientras las hermanas realizan su puja o ritual, que consiste en caminar en círculos alrededor de los hermanos vertiendo aceite en el suelo desde un cántaro de cobre. Posteriormente, las hermanas ponen aceite y polvos de colores en los oídos y cabellos de sus hermanos y les imponen el tika, comenzando siempre por el hermano menor. El tika comienza cuando se coloca una hoja de banano con una delgada línea cortada en el centro, sobre la frente del hermano, y se coloca la base del tika, hecha de pasta de arroz, en el espacio abierto en la hoja. Las hermanas aplican siete colores sobre la base del tika usando los dedos. Después del tika, una guirnalda de flores se coloca alrededor del cuello del hermano. Los hermanos también imponen un tika a sus hermanas del mismo modo y regalan a sus hermanas ropa o dinero, como fue mi caso. El hermano menor pone el tika en la frente de sus hermanas y el resto de hermanos añade un color. Las hermanas dan un regalo especial, conocido como sagun, que consiste en una bandeja llena de frutos secos como pistachos o anacardos, frutas como banana o manzana, nueces, azúcar concentrado y dulces, algunos de ellos caseros como sel o puri. Este proceso se repite por cada generación de hermanos de la familia. Yo tomé parte en el ritual junto con las hermanas y los tíos de Arjun.

Arjun tiene una familia muy numerosa. Ese domingo conocí a gran parte de su familia materna. Algunos de sus tíos, primos, sobrinos y hermanos se reunieron en casa de Tulshi, un tío de Arjun, para celebrar el último día del tihar. La casa de Tulshi no desmerece a una típica vivienda unifamiliar española. Se encuentra al norte de Kathmandu, a diez minutos de Thamel en minibús, siguiendo la Naya Bazaar hasta atravesar la Ring Road. Allí llegamos Arjun y yo a media mañana con algo de fruta y unos dulces para los más jóvenes de la familia. A lo largo del día, me hicieron sentir como en mi propia casa, dándome la oportunidad de conocer algo más de sus tradiciones. Arjun no ha recibido el tika este año, debido al luto por su abuelo paterno, pero ha querido que yo participe del tihar junto a los suyos. Su abuelo falleció un año antes. De hecho, el final del periodo de duelo iba a tener lugar pocos días después; con motivo del fin del luto celebraron una fiesta junto con la familia paterna de Arjun, a la que fui invitado. Durante todo el día pude conversar con los primos de Arjun; tuve que cantar alguna canción en español, si bien mi repertorio más clásico no pasa de Ketama o Joaquín Sabina; les di nociones básicas para usar la cámara digital; compartimos varios minutos de televisión y música nepalesa, una de sus mayores pasiones, según tuve la oportunidad de descubrir; Ujjwal me enseño un básico vocabulario nepalés; Sachet, un informático en ciernes, me dibujó el árbol genealógico de la familia; Sabina, Sachita y demás miembros de la familia se mostraron encantadores conmigo; Tulshi fue un magnífico anfitrión y me explicó paso a paso la ceremonia del tika, que recibió junto a mí. Arjun hizo posible que yo estuviese allí y me asesoró en lo relativo al protocolo a seguir.

Lunes, 12 de noviembre • Hoy he aprendido una cosa, y es que nunca se debe viajar sin un buen seguro que te cubra las espaldas. Esta mañana, tras desayunar tranquilamente en una de las muchas pastelerías con restaurante en la terraza que hay en Thamel, nos dirigimos Mor y yo hacia Bhaktapur en un autobús local para conocer la ciudad o para visitarla de nuevo, respectivamente. Tras entrar en la ciudad por las callejuelas al sur de la plaza durbar, sin pasar por taquilla, llegamos hasta la plaza de Taumadhi, donde destaca el tempo de cinco tejados en norte de la plaza. Aprovechando que era algo más de la una, accedimos a tomar un té y un tentempié en la azotea del Laxmi Guest House, uno de los hoteles situados en la plaza. Poco después sucedía lo impredecible. Tras almorzar, bajamos hasta la planta baja para pagar la cuenta. En eso estaba yo, Mor ya había abonado su parte, cuando un fuerte ruido a mi espalda me hizo girar en redondo para ver que ella había caído por una trampilla abierta en el suelo del hotel. El impacto en la espalda fue tremendo y el hematoma a la altura de las costillas no pintaba nada bien. A partir de ese momento todo se sucedió sin pausa, aunque sin mucha prisa. Los empleados del hotel no pudieron o no supieron ayudar en mucho, salvo para tapar la trampilla abierta y evitar así otra desgracia y para avisar al dueño del hotel, que se personó en cuanto pudo. Llamaron a un médico que, tras una primera inspección ocular aconsejó la evacuación en ambulancia o taxi al hospital más cercano. En el primer hospital donde llevaron a Mor no debían estar muy acostumbrados a tratar extranjeros, de modo que arreglaron un ingreso en un hospital internacional de Kathmandu, el Norvic Escorts International Hospital. Hasta allí el viaje debió ser un calvario para Mor y sus costillas. Si las carreteras nepalesas son peligrosas de por sí, más aún lo son a bordo de una ambulancia que infringe todo tipo de señales luminosas y sonoras y persiste en adelantar a toda costa a cada vehículo que le precede, sobre un asfalto lleno de baches, parches, grietas y bandas sonoras que el conductor hacía pocos esfuerzos por evitar. Una vez en el Norvic, el dueño del hotel y uno de sus empleados, que estaba presente en el momento de la caída y nos había acompañado durante todo el trayecto, regresaron a Bhaktapur disculpándose por todo lo sucedido. Desde un primero momento, los gestores del hospital se mostraron más interesados en tratar con la compañía de seguros de Mor que con sus posibles problemas físicos. Basta decir que, tras realizar una resonancia y unas placas de rayos x, fallaron al no diagnosticarle nada, cuando en realidad tenía varias costillas rotas. Decidieron mantenerla en observación 24 horas, de modo que la compañía de seguros tuviese tiempo de enviar la garantía de pago, sin la cual no podían darle el alta.

Martes, 13 de noviembre • Mor recibió el alta la misma tarde del martes. No fue hasta media mañana cuando llegué al hospital. Allí me encontré con una situación surrealista. La gerencia del hospital reclamaba a la aseguradora el envío de una garantía de pago. A falta de recibir dicha garantía, el gerente de finanzas del Norvic no daba su consentimiento para conceder el alta (es increíble que él y no un médico decida acerca de ese particular), y el tiempo corría en contra de Mor, que tenía el billete para volar a Tel Aviv la mañana siguiente. Durante todo el día, Mor hizo lo posible por contactar con su compaña, directamente y a través de su familia. Desde allí le dijeron que la garantía sería enviada en cuanto recibiesen del hospital el parte médico. El gestor financiero del hospital mantuvo durante horas haber enviado dicha información, hasta que Mor se personó en su oficina para comprobar que, debido a problemas con el servidor de correo, los mensajes no habían llegado a su destino. Nuevo intento, esta vez a través de fax; no hubo respuesta. A media tarde Mor conversó con una empleada de la embajada, que se ofreció para hacer de puente electrónico entre el hospital y la aseguradora. Esta vez, los emails si llegaron, así como también llegó el segundo juego de faxes que el gestor financiero envió desde un local ajeno al hospital (en el hospital no había, al parecer, un solo fax en funcionamiento). Era cuestión de esperar la llegada de la garantía, mientras el teléfono de Mor echaba humo. Finalmente, tras un loco cruce de emails, faxes y llamadas telefónicas entre el hospital, la aseguradora, la Embajada de Israel en Kathmandu, Mor y su familia, la garantía llegó a manos de Ankit Agrawal, el joven financial manager a punto de marcharse a casa, que procedió según lo esperado.

Miércoles, 14 de noviembre • Por primera vez en mi vida visité un restaurante de comida japonesa. Desde el típico bar de tapas español hasta el más modesto restaurante de momos de Buddhanath, pasando por italianos, griegos, mejicanos, franceses, turcos, indios, rusos, argentinos, británicos, americanos, tailandeses o chinos; pero nunca japoneses. En una de las paralelas a la calle del Kathmandu Guest House hay un modesto, aunque no barato, restaurante japonés llamado Monotarou Restaurant. Allí era donde en principio debía haber ido con Mor, pero ella prefirió la comida de hospital al sushi del Thamel. Mi primer contacto con los palillos, a los que no me he asido hasta observar durante varios minutos a un cliente unas mesas tras la mía, La técnica no me ha resultado difícil de adquirir; palillos sobre los dedos meñique y anular, bajo los dedos pulgar e índice y frente al dedo corazón. El caso es que, más que pinzar la comida, usaba los palillos a modo de cuchara haciendo reposar la comida sobre ellos para, a base de mantener el equilibrio, introducirla en la boca. A pesar de todo, rústica o no, mi técnica me sirvió para engullir un gelatinoso pastel de tofú con los minúsculos pedazos de verdura esparcidos sobre él y varios rollos de sushi. Para dar cuenta de la sopa y el té no he tenido más remedio que valerme de las manos. Quizás peque de ignorante, pero desconozco el modo en que debía ingerir los alimentos. Me preguntaba por el motivo de que acompañen el sushi con una sopa, ¿es para sumergir los pedazos de sushi en ella? ¿o hay que tomar sorbos de la sopa entre cada bocado de sushi? Eran interrogantes que seguro habrían ser respondidos por Mor. Afortunadamente antes de irse me avisó del peligro del wasabi, la salsa verde picante que sirven con el sushi. Las dos veces que se me ocurrió probar la poca cantidad de engrudo verde que se me quedó pegada a la punta del palillo, sentí una lágrima correr mejilla abajo. Por lo demás, incluso con la salsa de soja y otros condimentos, no encontré el sushi lo suficientemente sabroso.

La cena en el japonés y la posterior rutinaria visita al cyber y a la pastelería significaron el final de un día que comenzó con un desayuno en la cafetería Brezel, todo un clásico de los desayunos en Thamel. Era el último de Mor en Kathmandu que, las nueve y media de la mañana, subía a un taxi que la llevaba al aeropuerto junto con su abultado equipaje y una buena ración de analgésicos. Por la tarde visité nuevamente la stupa de Bouddhanath y el templo de Pashupatinath, esta vez acompañado de Arjun.

Jueves, 15 de noviembre • Como sucede en todo viaje, llega el momento de pensar en los tuyos, que esperan tu vuelta y que, probablemente, se personarán en el aeropuerto a esperar pacientemente a que anuncien la llegada del vuelo y presenciar, pocos minutos después, el desfile de agotados viajeros saliendo cargados de maletas de la sala de recogida de equipajes. Allí están ellos y allí estás tú, cargado de maletas y de regalos para ellos. Nunca se me ha dado bien lo de comprar regalos. Por fortuna, al finalizar el día, me había hecho con la mayoría de los regalos que me propuse. Para Miguel, mi cuñado, compré un gorro de lana para los fríos días de footing en Mérida y una colorida camisa con el símbolo del Om. Mi padre dejó de fumar en pipa hace años; no colecciona sellos como solía y tampoco tiene vicios conocidos salvo los relacionados con el mundo de los ordenadores personales; finalmente se me ocurrió comprar el tablero, con sus correspondientes fichas de alabastro, de un juego tradicional nepalés conocido por el nombre de Bagha Chal, o tigres y carneros. El juego enfrenta dos jugadores, uno controlando las 4 fichas de los tigres y el otro moviendo las 20 fichas de los carneros. Los tigres deben comerse a los carneros, saltando por encima de ellos a las casillas vacías anexas, mientras que los carneros deben encerrar a los tigres, impidiendo su movimiento. Para mi sobrina Carmen compré un psicodélico elefante de peluche y un espejo con portarretratos pintado a mano. Mi hermana y mi madre se iban a llevar un regalo similar, consistente en un par de pendientes y un chal de pashmina. Yo me regalé a mi mismo unos libros y algo de té masala. El té lo adquirí en la tienda de uno de los amigos de Arjun, que me acompañó durante buena parte de la tarde, antes de partir con unos amigos, con los que debía realizar los preparativos de última hora para la celebración del día siguiente. Me despedí de él en la plaza durbar, frente a la entrada desde la Freak Street. Cerca se encuentra el Himalaya Guest House, donde se alojaba Cécile, la chica francesa a la que conocí en Kyanjin Gompa, desde hacía un par de días. Acompañe a Cécile y algunos compatriotas suyos a un pequeño restaurante de comida india donde, a pesar de haber a cenado algo de arroz una hora antes, no pude evitar la tentación de probar el cordero estilo masala servido con pan de ajo. Mis últimos días en la capital me sirvieron para recuperar el peso que había perdido durante las duras jornadas de senderismo, gracias a los copiosos desayunos y las dobles sesiones de comidas y cenas.

Viernes, 16 de noviembre • Tras el tihar vuelve la normalidad a Kathmandu; los apagones a las seis y media de la tarde; el servicio de limpieza reanuda su trabajo con la recogida de toneladas de basura apiladas en las calles durante los escasos días que duró la huelga; las calles se llenan de escolares, que abandonan sus casas a primera hora de la mañana y regresan poco antes del mediodía.

Hoy pasé el día con Arjun y con su familia paterna, que celebraba el aniversario del fallecimiento del abuelo paterno de Arjun. Desde aquél día hasta hoy, el padre de Arjun, Ramkrishna, guardó un estricto luto, sólo vistió de blanco y se procuró a si mismo toda su comida. Durante los días siguientes a la pérdida de su padre, Ramkrishna permaneció encerrado en su habitación rezando y meditando. Su madre y viuda del difunto, que hasta este viernes vestía de luto, podrá llevar a partir de la ceremonia cualquier color, salvo el blanco o el rojo. Dos sacerdotes hindúes oficiaron el rito, dentro de la casa de Ramkrishna, con el que éste daba por finalizado el periodo de duelo. Como es costumbre, una vez acabada la ceremonia, Ramkrishna impuso un tika de un único color a los asistentes y les obsequió con una ofrenda económica, a cambio de un regalo. Yo, por ejemplo, entregué algo de fruta.

Al igual que sucedió el día que pasé en casa de Tulshi, disfruté de la agradable compañía de los familiares de Arjun. Prácticamente todos sus primos y sobrinos se desenvuelven con soltura hablando en inglés, lo que me permitió hablar con ellos largo y tendido durante toda la jornada. Dibujamos el árbol genealógico, en el que encontré un par de casos de bigamia y sobre el que aprendí diferentes formas de dirigirse a los familiares; mientras que buba es el término usado para referirse al padre y ama para la madre, el término bathig se usa para primos y sobrinos indistintamente; bhanga se usa también para referirse solamente a los primos. Kaka y kaki se usa para nombrar a tíos y tías. Los nepaleses llaman madres a sus tías. Arjun pasó buena parte de la tarde del 15 y la mañana del viernes cocinando, para la celebración, suculentos plato como el pudding de arroz o khir, tres diferentes clases de escabeches o achar, que componían el menú principal, pan casero o puri y el típico yogurt casero o dahi, obtenido a partir de la leche que ellos mismos ordeñan de la vaca de su propiedad.

No esperaba encontrar en Jitpur Phedi, esta pequeña villa donde residen los padres de Arjun, la morada de un saddhu. El saddhu Baba llegó a éste lugar hace nueve años. Al principio los habitantes de los alrededores le tomaban el pelo, pero a medida que el tiempo pasaba, creció y se afianzó la relación entre el saddhu y los habitantes del lugar. En la actualidad Baba vive en una hermosa vivienda que los vecinos han construido en la cima del monte sobre el que yace Jutpur Phedi. Asimismo, con las donaciones que todos van aportando, están erigiendo un templo junto a la vivienda, que comenzaron a construir hace cinco años y que esperan finalizar en un periodo de tiempo similar. Las vistas desde la casa de Baba sobre el valle de Kathmandu son sobrecogedoras. En las laderas del monte se dan multitud de plantas conocidas por las especias que proporcionan: mostaza, jengibre, cardamomo o la planta del té verde. Estas tierras son también ricas en mijo, maíz, trigo, arroz y la flor del trigo negro o sarraceno, así como gran variedad de árboles frutales como naranjos, bananos, perales o el árbol de lapshi, que sólo crece en Nepal. Con todo lo que recogen de su parcela, mas lo que obtienen de su cuota comunitaria por colaborar en la recogida de cosechas comunales, tienen lo suficiente para no necesitar fuentes externas de ingresos para subsistir.

A media tarde abandoné la casa de Arjun, acompañado por alguno de sus primos, con los que fui charlando hasta Timpiple y desde allí en autobús hasta Kathmandu. Por la noche, nueva cena en un japonés, con el agradable grupo de franceses hospedados en el Himalaya Guest House, esta vez con un invitado procedente del Reino Unido, que me habló acerca de la relación directa entre el aumento de la lívido y la ingesta de carne durante periodos de senderismo.

Sábado, 17 de noviembre - Domingo, 18 de noviembre • A la hora de escribir las últimas líneas de mi diario de a bordo, casi todo Kathmandu debía estar sumido en un plácido sueño antes del alba. Incluso los habitantes de Nueva Delhi, donde el avión que nos había de llevar desde Kathmandu hasta Doha efectuó una parada técnica para repostar, debían estar en sus horas de descanso. Debido a esta escala inesperada, llegué a Doha sin apenas tiempo para tomarme un respiro en el aeropuerto y embarqué en el avión con destino a Madrid, con la esperanza de poder conciliar el sueño. A primera hora de la mañana me despedí de Cécile y sus compatriotas Franck y Emilie, con quienes disfruté de un agradable desayuno en la terraza del Himalaya Guest House, al que aporté dulces locales, jeri y sel. En Kathmandu dejé a Arjun, un estupendo anfitrión y un amigo, que hizo lo posible porque me sintiese como en casa, y lo consiguió; ahora tendré que luchar por obtener su titulación en Literatura; dentro de unos meses tendrá que decidir dónde comenzar sus estudios de Sociología y, quizás, una nueva vida lejos de su país. Poco después del mediodía nos citábamos en Thamel, desde donde me acompañó para hacer mis últimas compras en Nepal, las pashminas para mi madre y hermana, tras lo cual me acompañaba hasta el aeropuerto, donde nos despedimos hasta la próxima ocasión. Me llevé como recuerdo un típico gorro tradicional así como los muy gratos momentos pasados con su familia.

Dejé atrás a los vendedores de bálsamos de tigre, de instrumentos tradicionales, de marihuana, a los limpiabotas, a los taxistas y conductores de rikshaw, a los cazaturistas, a los representantes de restaurantes y agencias de viaje, a los saddhus y falsos saddhus, a los monjes budistas, los niños de la calle que pasean siempre con una bolsa con pegamento en la mano, a los comerciantes esperando pacientemente la llegada de turistas, a los guías turísticos que los esperan junto a cada monumento, a los campesinos y habitantes de las villas en el valle de Kathmandu y en alta montaña así como a sus curiosos hijos, a los propietarios de los albergues y a otros miles de turistas que contribuyen a que todo esto se mantenga un año tras otro. Todos hacen posible que exista este maravilloso mosaico de gentes, lugares y culturas llamado Nepal.