05/01 Buenos Aires - Iguazú.
06/01 Iguazú.
07/01 Iguazú.
08/01 Iguazú - El Calafate.
09/01 El Calafate.
10/01 El Calafate - San Carlos de Bariloche.
11/01 San Carlos de Bariloche.
12/01 San Carlos de Bariloche.
13/01 San Carlos de Bariloche - San Martín de los Andes.
14/01 San Martín de los Andes.
15/01 San Martín de los Andes - Mendoza.
16/01 Mendoza.
17/01 Mendoza - Córdoba.
18/01 Córdoba.
19/01 Córdoba - San Miguel de Tucumán.
20/01 San Miguel de Tucumán.
21/01 San Miguel de Tucumán - Salta.
22/01 Salta - San Salvador de Jujuy.
23/01 San Salvador de Jujuy - Buenos Aires.
24/01 Buenos Aires.
25/01 Buenos Aires.
26/01 Buenos Aires.
27/01 Buenos Aires - Madrid.
28/01 Madrid.
Viernes, 5 de enero • Por fin en el hotel. Desde que partí de Madrid a eso de las diez de la noche el día 4, no he podido descansar en condiciones. El vuelo a Buenos Aires fue cómodo, pues la mayoría del tiempo lo pasé con la oreja pegada a la almohada. Ya en la capital argentina, primer sofocón ... de calor. 20 grados a las siete de la mañana y una humedad de casi el 100 por ciento. Sin muchos problemas, me desplacé desde el Aeropuerto de Ezeiza hasta el Aeropuerto Jorge Newberry, desde donde parten todos los vuelos con destino dentro de la nación. La compañía Manuel Tienda León te lleva de un aeropuerto al otro por 28 pesos. El avión a Puerto Iguazú ha despegado sin contratiempos, aunque en los letreros del terminal he comprobado que había varios vuelos retrasados, e incluso alguno cancelado. En Iguazú me esperaba Pablo, el empleado de la agencia con la que había contratado diferentes excursiones por la zona, así como el traslado desde/hacia el aeropuerto. Primer error, no es necesario contratar este tipo de traslados, cuando hay un colectivo (transporte público) que por 1 peso te deja en la zona de hoteles y campings, situada a poco más de 4 kilómetros del centro del pueblo. Me alojaba en el Hotel Orquídeas, un tranquilo remanso de paz con piscina, mesa de billar y tenis de mesa. Una vez repuesto del viaje me he acercado hasta el centro de Puerto Iguazú. Esta ciudad argentina es la menor de las tres ciudades hermanadas por las cataratas, junto con Ciudad del Este, en Paraguay, y Foz de Iguaçu, en Brasil. Esta última tiene 350 mil habitantes, por casi 200 mil de la segunda, y tan sólo 40 mil de la primera. Sin embargo, tras visitar Puerto Iguazú, aún me sigo preguntando dónde se meten esos 40 mil argentinos. La gran mayoría de calles presentan un suelo de tierra roja, en ocasiones mezclada con pizarra, que lo baña todo de ese color tan característico de la provincia Misiones. En los márgenes de las calles se alternan, sin control, pequeñas casas que asemejan tener un estilo colonial, con favelas o almacenes destartalados.
La ciudad no tiene un gran interés arquitectónico ni cultural, si bien cuenta con varios monumentos, edificios singulares o museos, como el Hito Tres Fronteras, monumento compartido por los tres países en las confluencias de los ríos Paraná e Iguazú; el Orquidiario del Indio Solitario, que en el mes de enero sólo cuenta con dos variedades de orquídeas en flor, y que debe ser el lugar donde mayor bochorno se debe pasar de toda la ciudad, el propietario, que debe haber asistido a un curso de comercial en una importante cadena de grandes almacenes, me vendió un libro con la fauna de la región; el hospital, curioso lugar para conocer sólo desde fuera; un belén en la avenida del Río Iguazú, habilitado en fechas navideñas; la Casa de Pioneros en la plaza de San Martín y el puerto, desde donde es posible embarcarse en lanchas que te dan un paseo por la zona, o que te llevan a comprar baratijas a Paraguay, donde al parecer la electrónica es más barata. Merece la pena darse un largo paseo por la ciudad, apreciar la singularidad de sus edificaciones, como los rosas edificios de la policía provincial, ver venir autobuses con auténtica solera, sortear cuadrillas de niños echándose a suerte quién será el siguiente en tratar de venderte el tigre de madera tallada por el abuelo de la familia, y tener la suerte de presenciar la salida de un camión de bomberos con tecnología de hace años del parque, para volver a entrar al cabo de pocos segundos. A su favor hay que decir que, en la mayoría de las ocasiones, el cuerpo de bomberos es estrictamente voluntario.
Encontré en Puerto Iguazú varias tiendas de zapatos, electrónica, supermercados, fruterías, ropa y confiterías (que son la versión argentina de las cafeterías españolas). Hay también un elevado número de tiendas de venta de souvenirs así como tiendas de revelado fotográfico. Es posible, y conveniente, detenerse de vez en cuando en alguna de dichas confiterías para saciar la sed, lo cual se consigue por un precio razonable: 6 pesos por un litro de cerveza. Es recomendable moderar el consumo de alcohol, un bien poco escaso y fácil de conseguir por estos lares.
Por la noche, y no me enorgullezco de reconocerlo, he sido conducido hasta un espectáculo de música folclórica en vivo, celebrado en un restaurante brasileño. Me recordaba a una de esas noches de fiesta dirigidas por José Luis Moreno, eso sí, sin humoristas y con músicos latinos. Al menos había buffet de parrilla, ensalada y postres, que no aproveché pues no me apetecía comer; la bebida, sin embargo no entraba dentro de la tarifa plana, y estaba a precios de Madrid. Entiendo por qué a estos espectáculos sólo vamos turistas. De todos modos, he tenido una gran suerte y no me han subido al escenario a hacer el ridículo al lado de un bailarín profesional, ni he sido abducido por una conga improvisada.
Sábado, 6 de enero • El día 6 era el día señalado para visitar las cataratas desde el lado brasileño, con su famosa Garganta del Diablo. La furgoneta de la agencia de viajes pasó a buscarme temprano al hotel, y me subí junto con otros dos chicos, valencianos para más señas, con los que charlé durante toda la mañana, hasta que se subieron al taxi que les llevó hasta el aeropuerto, después de recomendarme el chocolate de Bariloche, el trekking sobre el glaciar Perito Moreno, el helado argentino y el cordero patagónico. En un hotel recogimos a un padre argentino con sus dos hijos pequeños; los tres hubieron de apearse en la agencia de viajes al carecer de una tarjeta de vacunación, necesaria para su ingreso en el país vecino. Tras acomodarnos en un autobús más grande, emprendimos camino hacia las cataratas. Hay aproximadamente 25 kilómetros de distancia entre Puerto Iguazú y el Parque Nacional do Iguazú, cuya entrada cuesta 30 pesos, pudiéndose abonar en todo tipo de divisas. Las cataratas desde el lado brasileño se contemplan desde unas plataformas que se prolongan por una distancia de 1.200 metros, al norte del rio Iguazú, hasta llegar al pie de la garganta del diablo. A medida que uno se adentra en el camino, el número y la fuerza de las cascadas que se pueden ver es mayor. Al final del recorrido, se llega a una plataforma situada justo frente al conjunto de caídas de agua más impresionando, la garganta del diablo. A través de un pasadizo construido sobre la roca, es posible situarse justo sobre una de las pocas cascadas que hay en el lado brasileño y admirar el espectáculo. Sobre esta misma plataforma también es posible practicar el deporte del codazo, para tomar una buena posición sin salir con cara de esfuerzo en la foto de familia. Gustavo, un simpático guía, nos ha acompañado todo el día, practicando su inglés de Muzzi, hasta que se sólo hay quedado los belgas como angloparlantes, momento en que ha desistido en su esfuerzo traductor, delegando esa tarea en la más hispana de los flamencos.
Abandonamos las cataratas para dirigirnos hasta la represa de Itaipú, previo paso fugaz por Foz do Iguazu, y previa parada para almorzar ... en el mismo infame restaurante donde el día anterior había cenado la noche anterior; el mismo buffet y la misma bebida cara. La misma opinión tenía el matrimonio porteño con el que entablé conversación; me recomendaron varias actividades para cuando fuese a Córdoba, como hacer una ruta por la sierra o visitar el Cuchi Corral. Me recomendaron también vino de Mendoza. Nos fuimos del infame lugar y en media hora estábamos en la represa, una obra compartida entre Paraguay y Brasil, que regula el flujo de agua del río Paraná, y produce la mayor cantidad de energía de todas las presas de su especie en el mundo. Genera el 90 por ciento de la energía que necesita Paraguay y una cuarta parte de la que necesita Brasil. La presa, salvo el vertedero de agua, una gran cantidad de hormigón y las vistas al lago artificial que se avistan desde arriba de la presa, no tiene mucho atractivo turístico. El autobús recorrió un circuito obligatorio, junto con otras dos o tres decenas de autobuses, que realizan las paradas de forma sincronizada, descargando una marea de turistas con sus cámaras y termos con mate. De vuelta a Puerto Iguazú, una nueva parada turística en un centro comercial libre de impuestos, Duty Free Shop. De ahí al hotel.
Por la noche, hice una parada en un bar para tomarme unas caipirinhas de maracuyá, en la esquina de las avenidas de Brasil y Moreno, llamado Puerto Bambú, y me volví caminando hacia el hotel, pasando por delante de varios proyectos de hotel abandonados.
Domingo, 7 de enero • Esta mañana me he levantado temprano, para desayunar con tranquilidad y sentarme a leer los últimos capítulos de El antropólogo inocente de Barley antes de que Pablo me recogiese en el hotel para llevarme hasta el Parque Nacional Iguazú argentino. Definitivamente me salió más caro que si hubiese ido en el colectivo hasta el parque, pero una vez contratado el servicio no podía echarme atrás. En 20 minutos estaba abonando los 30 pesos de la entrada al parque. Una vez dentro, me dirigí hasta el puesto donde se contratan las excursiones de Gran Aventura, e hice uso del voucher que me había proporcionado la agencia. Me recomendaron unirme a la gran aventura que comenzaba a las 10, como así hice. Esta excursión consiste en un paseo en camioneta a través de siete kilómetros de selva paranaense, hasta la playa de Macuco, durante los cuales es probable que una bióloga haga toda una demostración de inglés botánico para guiris made in El Príncipe Gitano. En la playa nos espera una lancha que remonta el río Iguazú, hasta llegar a la playa de la isla de San Martín; tras una parada técnica que la gente aprovecha para hacerse fotos, la barca entra de lleno bajo un par de cataratas, lo cual nos deja calados hasta los huesos. Bajé de la barca y crucé a la isla de San Martín, con suerte de no hacer cola; un poco más tarde la longitud de ésta era considerable. En la isla hay un kilómetro de senderos, que llevan hasta el bello salto de San Martín. Si se transita con calma por los caminos, es posible ver iguanas y coatíes. En tierra firme, existen varios circuitos que merece la pena recorrer completos, circuito bajo y alto y, a cierta distancia, que se puede recorrer a pie o en el tren ecológico, el circuito de la garganta del diablo. Este último, recorre 600 metros de pasarelas situadas a dos metros de altura del río, cuyas tranquilas aguas no hacen presagiar que cientos de metros más allá caerán de una forma tan impresionante. Desde la garganta del diablo es posible dirigirse hasta la salida del parque en el tren ecológico o caminando, como hice yo. Siempre es agradable caminar, y conocer gente, como esa joven pareja de correntinos, que me acompañaron hasta la estación del tren a la altura del circuito alto. Un colectivo me llevó de vuelta al hotel por un peso. Por la noche cené en uno de los bistros que hay en una plaza anexa a la avenida de Victoria Aguirre y me tomé unos tragos en mi bar favorito, Puerto Bambú (como un white russian, una green caipirinha o una caiphiroska), todo por el precio de un cubata de garrafón en la capital española. Compartí un taxi de vuelta al hotel con una pareja de canadienses; ella, que había estado en Granada y Benalmádena y hablaba algo de español, resultó tener un buen acento argentino.
Lunes, 8 de enero • Hoy ha sido un día de descanso, muy al estilo de las grandes vueltas ciclistas, pero no exento de problemas. Para empezar, revisando el equipaje me di cuenta que me faltaba el disco duro portátil que había comprado semanas antes de iniciar el viaje. Afortunadamente no lo necesité en todo el viaje, pues el volumen de fotos que tomé no superó la capacidad de las tarjetas de memoria de que disponía. Mi salud también se vio agravada en cuanto abandoné el calor tropical para entrar de lleno en el seco y fresco clima del sur de la Patagonia. No he dejado de toser y respirar como si tuviese asma desde que llegué al país, pero hasta hoy no me he decidido a combatir la enfermedad con antibióticos. Pablo me ha acercado al aeropuerto, donde embarque con dirección a El Calafate, haciendo escala en Buenos Aires. La distancia entre el aeropuerto y El Calafate es de aproximadamente 15 kilómetros. Existen servicios de micros y remises que acercan a cualquier parte de la ciudad. Compartí uno de estos últimos con otros dos chicos. 20 pesos fueron suficientes para que el remis me dejase en la puerta de la agencia de turismo receptivo con la que contraté un trekking en el glaciar Perito Moreno, por 250 pesos, para el día siguiente. EL trekking es organizado por la empresa Hielo y Aventura. El viaje desde el aeropuerto hasta la ciudad, y un paseo por ésta me han permitido comprobar lo peculiar del paisaje del sur patagónico, tan diferente al que dejé atrás en la provincia de Misiones. El de aquí es un paisaje semidesértico, con escasa vegetación (aunque abundan matorrales). Cabe destacar que en El Calafate han conseguido crear un parque municipal, al que han dotado de una generosa arbolada. La ciudad se encuentra situada a los pies del Lago Argentino, situada al norte del pueblo, que constituye una de las mayores reservas de agua del Parque Nacional de los Glaciares. Me alojo en el Hotel Michelangelo, a dos cuadras de la calle principal, la avenida de San Martín.
Martes, 9 de enero • El Calafate es un pueblo pequeño, del tamaño de Puerto Iguazú. El pueblo se extiende a lo largo de ruta provincial 11, que a su paso por la localidad toma el nombre de avenida de San Martín, una avenida con bulevar y con las aceras plagadas de tiendas, restaurantes, locutorios y oficinas de banco/cambio. Dicha avenida lleva hasta el Parque Nacional de los Glaciares, al pie del glaciar Moreno. Salvo la avenida principal, las avenidas paralelas y próximas a ésta, y algunas calles perpendiculares, la mayoría de las calles no están asfaltadas. Me ha sorprendido la cantidad de perros que hay por las calles, y la facilidad con la que ladran a los extranjeros madrugadores como yo. A primera hora de la mañana he recorrido la zona colindante al Parque Municipal Laguna Nimez, el sector oeste donde se encuentra la salida hacia los glaciares, el sector sur, elevado con respecto al lago, desde donde se obtiene una perspectiva de El Calafate y el sector este, desde donde parte la ruta de acceso al aeropuerto. A las 11 ha pasado a recogerme al hotel el autobús que me había de llevar al parque nacional. Antes me he acercado a una oficina de cambio, donde he charlado con una venerable odontóloga costarricense. En poco más de hora y media hemos llegado a las plataformas situadas frente al glaciar Perito Moreno, todo un espectáculo de la naturaleza, que hemos podido contemplar durante un par de horas. Después hemos sido conducidos en barco hasta el lado opuesto, a un refugio situado a un par de kilómetros de la falda del glaciar, donde nos han dado unas instrucciones básicas para afrontar la actividad estrella del día, caminar durante un par de horas sobre el glaciar. Una vez en la base del mismo, nos han colocado unos crampones y, en grupos de 15, hemos seguido las instrucciones de un par de monitores. Tras dos horas de subir, bajar, volver a subir y a bajar, y alguna exhibición altruista de los guías en la escalada vertical usando piolets, hemos regresado a la base, donde dimos cuenta de unos bombones y whisky on the rocks, servido con hielo del propio glaciar. De vuelta a El Calafate, el sopor se apoderó de todos nosotros.
Recomiendo ir bien abrigado si se va a pasear sobre el glaciar, puesto que las condiciones son muy cambiantes, incluso en verano, y es probable que la lluvia, el frío y el aire congelen el ímpetu aventurero del más valiente. No hace falta decir que hoy mi salud empeoró ostensiblemente.
Miércoles, 10 de enero • Hoy ha sido un día raro, aburrido e improductivo turísticamente hablando. Hoy debía volar directamente desde El Calafate hasta Bariloche. Cuando compré los billetes de avión, la salida estaba prevista para las 14:40, por lo que me desperté temprano, con no muy buen cuerpo, para realizar ciertas gestiones. Poco después del mediodía estaba ya en el aeropuerto facturando las maletas, y descubriendo que el vuelo se había retrasado tres horas. Me volví a El Calafate, hasta que llegó la hora de embarcar. Esto me sirvió para comprar paracetamol, lo cual me ayudó a aliviar mi lamentable estado. He aterrizado en Bariloche a las 20. Ya en la ciudad, he alquilado una bicicleta para el día siguiente, por 30 pesos, he conseguido un mapa de la zona en la secretaría de turismo, he contratado una excursión al Cerro Tronador para el día 12 y me he pasado por el hotel, Grand Hotel Bariloche, para dejar el equipaje. Bariloche dispone de una amplia oferta de restaurantes y boliches donde comer, tomar copas y bailar; de hecho es una ciudad muy famosa por grandes boliches, como Grisu o Cerebro. Estos boliches están plagados de jóvenes argentinos, que viajan hasta la ciudad para celebrar su viaje de egresado, que se corresponde con el final del bachillerato español. Lamentablemente no acudí a ninguno de ellos así que no puedo decir qué me parecieron. Lo que sí hice fue probar el risotto con pollo (algunos podrían discrepar acerca de si se trababa del verdadero plato típico italiano) del Wilkenny, un irlandés bastante famoso por allí, situado frente a otro clásico boliche, The Roxy. De camino al hotel divisé la primera pareja bailando tango en la calle.
Jueves, 11 de enero • Me desperté temprano, y di un paseo por la ciudad hasta que abrieron la tienda de alquiler de bicicletas, a las nueve y media. A esa hora recogí la bici de montaña y me dirigí hacia la salida oeste de Bariloche en dirección a Llao Llao. Mi intención era recorrer el circuito chico, y después ascender a los cerros Catedral y Otto. Los primeros kilómetros del circuito, de un total de 62 kilómetros, transcurren por la avenida Bustillo, una ruta asfaltada que bordea el lago Nahuel Huapi y que está flanqueada por numerosos hoteles, cabañas y residenciales. EL tráfico es importante en estos primeros kilómetros, pero va desapareciendo a medida que me acerco a la península de Llao Llao, donde comienza el parque natural del mismo nombre, y donde se encuentra un bonito hotel, el más conocido de la zona. La ruta es algo exigente, aunque si se lo toma uno con calma puede completar el recorrido sin problemas, y disfrutar de un hermoso viaje. Poco después de abandonar el parque, se llega a Bahía López. En uno de los repechos previos a este punto, alcancé a un grupo de chicos en bici. Les acompañe unos kilómetros, hasta la Colonia Suiza; eran cuatro argentinos adolescentes acompañados por una chica rusa algo mayor que ellos. De nuevo solo, me dirigí hacia Bariloche, pero tomé el desvío hacia Cerro Catedral, la mayor estación de esquí de la zona, y una de las más visitadas del país. Casi veinte kilómetros después estaba sentado en la plaza de la estación, recuperando antes de intentar ascender hasta la misma cima. En plena ascensión me encontré con Nicolás, un mountain-biker bonaerense con quien pedaleé el resto de la tarde. Bajamos desde Cerro Catedral hasta la Villa Lago Gutiérrez, donde nos separamos. Días más tarde nos volvimos a encontrar en la capital. Poco tiempo después estaba de nuevo en Bariloche, para devolver la bicicleta. Repuse fuerzas con una merecida trucha al horno y un pedazo de tarta de queso.
Viernes, 12 de enero • El Cerro Tronador es el pico más elevado del Parque Nacional Nahuel Huapi, con 3478 metros de altura. Es uno de los picos que el perito Francisco Pascasio Moreno tomó como referencia al establecer la frontera entre Argentina y Chile. Es uno de los varios picos patagónicos con glaciares en la cima, producto de la acumulación y compactación de la nieve que precipita sobre la cima, si bien el tamaño de los glaciares va menguando con mayor rapidez que se regenera. Era también el destino de la excursión que había programado para hoy. El cerro recibe su nombre por el característico ruido que producen los aludes del hielo que se desprende de los glaciares. Al cerro Tronador se llega por la ruta 257, que llega hasta la entrada al parque nacional, bordeando por el lago Mascardi. Una vez abonados los 12 pesos de entrada al parque, continuamos la ruta hasta el camping Los Rápidos, situado a pocos kilómetros del cerro, junto al río Manso, donde nos detenemos a almorzar. Más adelante, se encuentra el Ventisquero Negro, una laguna formada por los desprendimientos de hielo, que al haber arrastrado barro en su caída, ha adquirido el color negruzco que le da nombre. Desde aquí se obtienen buenas vistas del cerro y sus glaciares. La carretera continúa hasta la Pampa Linda, un complejo turístico, desde donde se pueden realizar diversas excursiones cortas, como la subida a la cascada en la Garganta del Diablo, a poco más de media hora de ascensión desde la base en Pampa Linda. De vuelta a Bariloche, parada en la chocolatería Mamushka y en el restaurante Simoca, para degustar unas ricas empanadas.
Sábado, 13 de enero • Mi primera experiencia como conductor me había de llevar desde Bariloche hasta San Martín de los Andes, por la turística Ruta de los Siete Lagos; 169 kilómetros, muchos de ellos sobre caminos de tierra. El primer tramo asfaltado de la ruta 231 lleva desde Bariloche hasta Villa la Angostura, un encantador y turístico pueblo, en la orilla del lago Nahuel Huapi. Desde allí parte la ruta 234, en parte asfaltada, que lleva hasta San Martín de los Andes, atravesando bosques y bordeando varios lagos, como el Lago Espejo, Lago Correntoso, Lago Villarino, Lago Falkner, Lago Hermoso y el Lago Lacar, este último junto al destino de mi viaje.
San Martín de los Andes me recordó a Geiranger, un pueblo situado en el nacimiento de uno de los fiordos más conocidos de Noruega. Es un pequeño pueblo de montaña, lleno de casas y edificios de madera, que en invierno vive de la estación de esquí en Cerro Chapelco, y en verano ofrece muchas posibilidades para practicar deportes, o simplemente descansar en las distintas playas que dan al lago. A mi llegada, alquilé una bicicleta para realizar una excursión al día siguiente, aunque esa misma tarde pedaleé hasta el Mirador Bandurrias, a 15 kilómetros del pueblo, desde donde se obtiene una muy buena vista panorámica del mismo. Antes de anochecer, y para tratar de amortizar el alquiler del vehículo, he conducido en dirección al Paso de Tromen, en el Parque Nacional Lanín, que lleva el nombre del volcán Lanín, pasando por Junín de los Andes, transitando por paisajes bien diferentes a los que había contemplado por la mañana. Decidí darme la vuelta cuando comenzó a caer la noche, al dispararse el número de animales que se cruzaban en la carretera, zorros, venados, liebres ... Este paseo también me ha servido para escuchar algo de buena música que había adquirido en el pueblo.
Domingo, 14 de enero • Hoy me levanté realmente temprano. Debía entregar el coche a las 11 de la mañana, pero antes quería ir hasta la frontera con Chile del Paso Hua Hum. A las nueve ya estaba de vuelta en el hotel, desayunando y preparándome para subir en bici de montaña a la estación de esquí de Cerro Chapelco, donde he llegado tras hora y media de subida constante. Al llegar a San Martín de los Andes, he tomado el desvío hacia el circuito de Arrayan, que pasa junto a un mirador desde donde se divisa todo el pueblo. Dediqué la tarde, por primera y última vez en todo el viaje, a tomar el sol, tranquilamente, en la playa junto al Lacar. Por la noche, tras la cena, me he topado en un parque con una representación teatral ofrecida por un grupo aficionado, que me ha hecho dormir con una sonrisa.
Lunes, 15 de enero • Dejé la Posta del Cazador poco después de desayunar. Pero antes alquilé un auto y contraté una excursión a realizar durante mi estancia en Mendoza, hacia donde partía a media mañana. Un remis me llevó hasta el aeropuerto de Chapelco. Mi vuelo hacía escala en Buenos Aires, como de costumbre, y partía casi a las siete de la tarde hacia Mendoza, a donde he llegado poco después de las nueve. Una hora después estaba llegando al hotel, para descubrir que un supuesto error en la reserva me dejaba sin habitación. Al menos tuvieron el detalle de reservar una habitación en un hotel situado a poca distancia. El hotel se encuentra cerca de la avenida Sarmiento, una calle peatonal que conecta la avenida de San Martín con la plaza de la Independencia. Lo poco que quedaba de tarde me ha servido para dar un paseo por el centro de la ciudad, con las citadas avenida San Martín y Sarmiento, la avenida Mitre, la plaza de la Independencia, donde se celebraban varios espectáculos para niños y donde artesanos y vendedores habían dispuesto sus mostradores. Tomándome una cerveza en un bar he entablado conversación con un camarero chileno, que se ha interesado por varias cuestiones de la madre patria, políticas y futbolísticas. En Sudamérica siguen con especial interés la evolución de sus futbolistas en el continente europeo. También muestran curiosidad acerca de la situación política en España, y les sorprende el fenómeno de los nacionalismos.
Martes, 16 de enero • Mendoza es, con poco más de doscientos mil habitantes, la capital de la provincia de mismo nombre. Situada en la llamada región del Cuyo, que forma junto con otras provincias, la provincia vive principalmente de los ingresos derivados de la vitivinicultura, de la explotación de la aceituna y de la extracción de petróleo. Los mendocinos también saben sacar partido de sus recursos naturales; buena prueba de ello es la estación de esquí de Las Leñas y el Parque Provincial del Aconcagua. A dicha área protegida, que alberga el pico más alto de América, se llega desde Mendoza por la ruta internacional 7. Y ese era mi objetivo cuando recogí el auto a primera hora de la mañana. A las 10 me encontraba ya en el VW Gol, rumbo a Las Cuevas, a escasos kilómetros. La ruta transcurre por bellos paisajes, y pasa junto a varios puntos de interés, como el dique de Potrerillos, la ciudad de Uspallata, la estación de esquí de los Penitentes, el Puente del Inca, un puente natural sobre el río Las Cuevas , el Cristo Redentor, un monumento erigido a poco más de 3.800 metros de altitud entre la frontera de Chile y Argentina, al que se accede desde Las Cuevas y la entrada al parque provincial del Aconcagua, que la escasa visibilidad me impidió contemplar.
De vuelta a Mendoza decidí seguir la ruta que pasa por Villavicencio, que es a Argentina lo que Lanjarón o Mondáriz a España. Pocos kilómetros después de abandonar Uspallata me encontré siguiendo a un auto que se adentró en una vereda. Pocos minutos después visitaba la mina de Paramillos, en compañía de dos porteños, Ariel y Caro, y un guía sexagenario, al que hay que agradecer su sentido del humor y las ganas de asustarnos con historias de fantasmas y cifras de turistas desaparecidos en las grutas de la mina. Tras despedirme de mis acompañantes espeleólogos, emprendí camino hacia Villavicencio, tras una hora de circulación por una endiablada ruta de montaña, plagada de curvas, que formó parte de la ruta 7 hace años. Toda una experiencia para alguien a quien le encanta conducir.
Miércoles, 17 de enero • Hay varias zonas de Mendoza que merece la pena visitar, y a eso dediqué toda la mañana. El área fundacional, donde destacan las criptas, el museo de historia municipal y la única iglesia en pié tras el terremoto que devastó la ciudad a principios del siglo XIX; el centro cívico; la plaza de la Independencia y sus alrededores; el parque del General San Martín, un lugar tranquilo donde los mendocinos practican footing y pasean en bicicleta; de vuelta a la plaza de la Independencia por la calle Emilio Civit, flanqueada por lujosas casas. Antes de embarcarme en la excursión vespertina, aprendí que, aunque en la carta aparezca como un cocktail, al pedir un submarino te sirven un vaso de leche con un bombón. El tour vitivinícola consistía en la visita a dos bodegas y cavas de vino, una empresa aceitera y la ermita de la patrona de todos aquellos relacionados con el negocio del vino. La primera bodega, Bodega Weinert, situada en Luján del Cuyo, elabora el vino aplicando el sistema industrial, mientras que la segunda, Cavas de Don Alberto, en Rivadavia, utiliza métodos más tradicionales. Más tarde visitamos una fábrica de elaboración de aceite, así como otros productos derivados de la aceituna, donde aprendí la diferencia entre aceite puro, virgen y extra virgen. Por último, visitamos una ermita que hacía honor a la patrona de los vitivinicultores, que es representada con el niño Jesús en una mano y una uva en la otra. Durante toda la tarde tuve la oportunidad de practicar mi inglés con Toomas, un chico de Estonia que andaba más perdido que yo. Me estuvo contando anécdotas acerca de sus viajes por Asia y sus ocupaciones en su país de origen. Por la noche partí en un omnibus hacia Córdoba, donde llegué a primera hora de la mañana del día siguiente.
Jueves, 18 de enero • El viaje hasta Córdoba se me hizo un poco pesado. Fui dando cabezazos todo el trayecto, pero al menos no me he despejado hasta que han servido el desayuno a 30 kilómetros de mi destino. Nada más bajar del autobús, a eso de las siete y cuarto de la mañana, he comprado el billete para el bus a Tucumán el día 19, por 72 pesos y he recopilado algo de información, algunos folletos de la ciudad y varias rutas por las sierras. A los veinte minutos ya estaba en mi habitación del Gran Hotel Dorá. Poco después ya estaba en la calle buscando una agencia de viajes con la que contratar una excursión para el día siguiente. Había varias en la plaza principal.
Por la mañana me he dedicado a recorrer el centro de la ciudad, con un hermoso y muy bien conservado casco histórico. Me apunté a una visita guiada a la Manzana Jesuítica que partía del Cabildo a las 9 y media. Durante algo más de dos horas, María, la guía nos narró de una forma espléndida la historia de la ciudad y de la famosa manzana Patrimonio de la Humanidad desde el año 2000. Como único español entre argentinos, fui responsabilizado de todas las desdichas sufridas por el país en los últimos cuatro siglos, aunque también me sentí muy arropado por los demás compañeros de visita. Aparte del Cabildo y la Manzana Jesuítica, es posible apreciar la Plaza de San Martín, la catedral, las calles peatonales y las diversas universidades de la ciudad, de las más antiguas del país. De hecho, la primera universidad argentina fue fundada en Córdoba por los jesuitas, antes de ser expulsados de la ciudad. La zona peatonal está repleta de tiendas y terrazas donde tomarse una copa, aunque la zona de movida nocturna se encuentra algo más lejos, en la Nueva Córdoba.
Por la tarde, tras la comida, fui en un micro hasta una población en la sierra a unos 80 kilómetros, La Cumbre, situada en el Valle de Punilla. Dicho valle, situado entre las Sierras Chicas y las Sierras Grandes, al norte de Villa Carlos Paz y al noroeste de Córdoba, es una zona repleta de vegetación y poblaciones con una intensa actividad turística, como Bialet Masse, Cosquin o La Falda, enlazadas todas ellas con la capital de la provincia por la ruta 38. Nada más llegar a La Cumbre, tras un viaje de casi dos horas, alquilé una bicicleta, con la que me acerqué a Cuchi Corral, una pared que se eleva casi 400 metros sobre el valle del río Pintos. Desde aquí se realizan saltos en parapente. De nuevo en el pueblo, he ascendido hasta un Cristo Redentor a pequeña escala. Por lo demás, el pueblo no ofrecía mucho más que ver en tan sólo una tarde. Esta zona se caracteriza principalmente por la variedad de actividades que se ofertan, como MTB, parapente, golf o equitación.
Viernes, 19 de enero • El día de hoy tenía contratada una excursión por el Valle de Traslasierra, situado al suroeste de la capital, entre diferentes cordones de la sierra de Córdoba. El viaje comienza por la ruta 20 hacia el oeste de Córdoba, que transcurre a través de paisajes de verdes prados, que se van transformando en campos boscosos a medida que nos acercamos a las Sierras Chicas. Hacemos una primera parada en la bulliciosa Villa Carlos Paz, una de las poblaciones con mayor crecimiento de la sierra, para visitar una fábrica de alfajores típicos de la región. Reanudamos el camino y atravesamos la sierra Chica. Pasamos junto al observatorio astrológico y comenzamos a ascender hacia el Parque Nacional de la Quebrada del Condorcito, deteniéndonos en la Fundación Condorcito, promotora del parque nacional y encargada de la preservación de tan magníficas aves. Poco después atravesamos los parajes de la reserva hídrica de la Pampa de Achala, famosos por ser escenario del Rally de Argentina. De hecho, en esta región se idolatra a Jorge Recalde, el único piloto americano vencedor de una prueba del mundial de Rally. La ruta de las Altas Cumbres, por la que discurre parte de la excursión de hoy, lleva su nombre. Descendemos hasta la localidad de Mina Clavero, Capital Nacional del Rally, donde nos detenemos a almorzar. El grupo de excursionistas era de lo más variopinto. Coincidí en la mesa con una alemana, una neozelandesa y una porteña; en el grupo había también canadienses, mexicanos, por supuesto argentinos... y un oriundo del país de la piel de toro. Mina Clavero es la población más importante del valle de Traslasierra. Su atractivo radica en las actividades que ofrece, como trekking, MTB, cabalgadas y la posibilidad de disfrutar de un hermoso día de baño en el río que la surca. A poca distancia visitamos Villa Cura Brochero, y su capilla al cura que da nombre a la villa, llamado también el cura gaucho. Cerca de Mina Clavero se encuentra también la hermosa localidad de Nono, que acoge el estrambótico Museo de Rocsen, un compendio de piezas y artículos de todo tipo dirigido por un francés de apellido Bouchon. De vuelta a Córdoba, 190 kilómetros más con una nueva parada en la fundación. Aproximadamente a medianoche, me subí al omnibus que me llevó hasta Tucumán.
Sábado, 20 de enero • Llegué a Tucumán a primer hora de la mañana, y tras ocupar la habitación del hotel, situado justo frente a la plaza de la Independencia, me dirigí a la Secretaría de Turismo, donde tras un buen rato, me dieron una charla orientativa acerca de cómo emprender el viaje hacia el norte del país al día siguiente y me buscaron hueco en una excursión que partía a media mañana. A eso de las 11 se presenta, en la puerta del hotel, Maximiliano el guía, con un coche entrado en años, en el que ya viajaban Jorge y Liliana, una entrañable pareja de de La Plata. Maximiliano condujo hasta Villa Moures, a 30 kilómetros de Tucumán, donde nos detuvimos a dar un paseo por esta bella población, creada por obra y gracia de un ciudadano francés, que llegó a estas tierras para trabajar el azúcar. La excursión fue mucho más interesante por la compañía y lo ameno de la conversación que por el recorrido en sí. Los temas a tratar, los de siempre: fútbol y política. En Tucumán hay mucho azúcar, así como limones, y frutas como la sandía, el melón o los fresones. A las tres y media estaba de vuelta en la capital de provincia. Las siguientes horas me sirvieron para conocer en centro de la ciudad, con la Iglesia Catedral, la Casa del Gobierno, que estuvo toda la mañana protegida por los antidisturbios, a quienes se oponía pacíficamente el gremio de vendedores ambulantes, y la Casa de la Independencia, un interesante museo donde se narra la historia de la independencia de Argentina del reino español, y en cuyo lugar se firmó el Acta de la Declaración de la Independencia de Argentina, un 9 de julio de 1816. A las seis de la tarde había quedado con Daniel, el representante de Sudamerics, para recoger las llaves del auto de alquiler. Pasé las siguientes tres horas con él, charlando de todo un poco y esperando que le entregasen el auto con el que debía volver a su ciudad de residencia, Jujuy. Daniel es una persona muy sensata, con las ideas bien claras y una sana forma de ver la vida. Me recomendó leer Osho, y así haré en cuanto tenga la ocasión... y menos libros en espera.
Domingo, 21 de enero • Esta mañana estaba en pié a las 7, desayunando quince minutos más tarde, y camino de salta una hora después. Tucumán me despidió con lluvia, la misma con que me recibió el bosque bolivariano que atravesé camino de Tafí del Valle. Mi primera parada, sin embargo, fue El Mollar, un pueblo a la orilla del dique de la Angostura, en cuyo extremo opuesto se encuentra Tafí del Valle. El Mollar es un pueblo pequeño con aspecto un tanto abandonado, atestado en verano de gente joven, que acampa en uno de los diferentes campings de la zona. Tafí del Valle, por el contrario, ofrece una mejor una mejor perspectiva al turista, con calles llenas de tiendas de souvenirs simulando el lejano oeste, con cactus incluidos. Se deja atrás Tafí del Valle y su selva bolivariana, y comienza la ascensión hasta el punto más elevado del recorrido, Abra del Infiernillo, a 3042 metros de altitud, a través de paisajes dignos de los Alpes suizos, por una carretera rodeada de prados verdes repletos de flores. A partir de Abra del Infiernillo, el paisaje cambia radicalmente, coincidiendo con el descenso hacia Amaicha del Valle. El descenso transcurre por un terreno mucho más árido que el que había en el valle regado por el arroyo de la Angostura, donde proliferan cactus y otra vegetación acorde al microclima de la zona. En Amaicha del Valle, frente al museo Pachamama (nombre quechua de la Madre Tierra), recojo dos autoestopistas que me acompañan hasta las cercanas ruinas de Quilmes, unos magníficos restos arqueológicos de la época prehispánica, cuyos pobladores fueron obligados a emigrar hacia la provincia de Buenos Aires, donde fundaron el actual Quilmes. De vuelta de las ruinas, al llegar a la ruta principal, recojo a un grupo de autoestopistas, dos chicos de Santiago del Estero y dos chicas de Córdoba, que se dirigen desde Amaicha del Valle hacia la Quebrada de Humahuaca. Pasaremos juntos el resto del día, hasta llegar a Salta. Nuestra primera parada será Cafayate, donde nos sentamos en el parque de la plaza principal, frente a la iglesia, a saborear unas empanadas, beber algo de cerveza y tomar hoja de coca, a la sombra de los árboles, todo ello acompañado de un poco de folklore popular, interpretado y bailado por mi agradable compañía. De las dos alternativas que teníamos para llegar desde Cafayate a Salta, por Cachí o por la Quebrada de Cafayate, nos decidimos por la segunda opción. Hicimos parada en varias de las formaciones rocosas que hacen famosa esta quebrada, como la Garganta del Diablo, mientras Javier, uno de los chicos santiagueños nos amenizaba con su música. Ya anochecido llegamos a Salta, donde me despedí de la compañía. Poco después de dejar las cosas en el hotel, fui a cenar al Doña Salta, uno de los mejores sitios de empanadas según criterio del recepcionista. Allí coincidí con Joan, un catalán residente en New York, que estaba cenando con varias compañeras de albergue, y me ofreció sentarme en su mesa. En definitiva, un largo día de coche, donde he podido conocer en pocos kilómetros una gran variedad de paisajes diferentes.
Lunes, 22 de enero • La víspera de mi viaje a Buenos Aires me encontraba en Salta, una ciudad encantadora que conocí en un paseo matutino de poco más de dos horas, durante las cuales pude visitar la iglesia, la plaza de San Martín y sus esplendorosos edificios coloniales, el antiguo convento ocupado ahora por monjas de clausura, así como otros edificios representativos. La ciudad conserva aún rasgos de la época colonial en muchas de sus edificaciones. Y qué decir de sus empanadas...
Poco antes de las nueve partí en dirección a San Antonio de los Cobres, donde llegué tres horas después, tras muchos kilómetros de la ruta 51, a ratos asfaltada, atravesando poblaciones como Campo Quijano, Puerta Tastil y Santa Rosa de Tastil y una amplia diversidad de paisajes, desde bosques a típicos paisajes semidesérticos del altiplano andino, ascendiendo desde los 1187 metros de la capital salteña hasta los 3775 metros sobre el nivel del mar donde descansa la población famosa por sus yacimientos cupríferos, si bien la altitud máxima se alcanza en Abra Blanca, a 4080 metros sobre el nivel del mar, pocos kilómetros antes de iniciarse el descenso hacia el llano de la Puna y a San Antonio de los Cobres. Desde esta localidad parte hacia el norte la famosa ruta 40, que tomé para dirigirme a Purmamarca, en plena Quebrada de Humahuaca. Pero antes había de atravesar yermos terrenos salpicados por ocasionales casas de adobe, las Salinas Grandes, unas vastas extensiones de tierra salada, y la Cuesta de Lipán, cuyo vertiginoso descenso conduce, a través de quebradas llenas de colorido, hasta Purmamarca. Este tramo de camino pudo costarme el mayor disgusto de todo el viaje, al derraparme la parte trasera del coche y golpear con un montón de tierra en el arcén.
En Purmamarca realicé una breve parada para apreciar el cerro de los 7 colores e ingerir alimento en estado sólido. Este pintoresco pueblo, repleto de casas de adobe, presentaba un ambiente increíble. De hecho, este es uno de los destinos preferidos por los jóvenes argentinos en sus vacaciones. Al poco tiempo estaba de nuevo en marcha, durante las siguientes horas visité varias localidades próximas, como Maimara, Tilcara, Humahuaca. Traté de alcanzar Iruya, de la que había escuchado maravillas, aunque me di la vuelta en cuanto comprobé que el camino al pueblo requería un transporte más apropiado que un Volkswagen Gol. Comencé el descenso hacia el sur con la intención de llegar a San Salvador de Jujuy antes del anochecer. Pocos kilómetros después de pasar junto al monumento erigido en honor al trópico de Capricornio, subí a dos autoestopistas de La Plata que me acompañaron hasta mi destino. Gracias, Nadia y Gabriela, por el mate y la charla. Una vez en Jujuy poco más me quedaba por hacer que descansar para los días de eternos paseos que me esperaban en la capital.
Martes, 23 de enero • Mi primera y única noche en San Salvador de Jujuy transcurrió rápida, ya que a las 7 de la mañana ya había desayunado y poco después estaba en la calle recorriendo el casco histórico de la cuidad. La práctica totalidad de los edificios importantes se encuentran alrededor de la plaza Belgrano: la casa de Gobierno, la Iglesia-Catedral y el Cabildo, ahora sede de los cuarteles de la Policía de Jujuy. En los parques de la plaza, así como en otros puntos de la ciudad, hay varias esculturas, en su mayoría de Lola Mora; me llamó la atención una de Don Quijote y Sancho Panza, situada en un parque tras la Casa de Gobierno.
A mediodía entregué el auto a Martín, de Sudamerics, que me acercó hasta el aeropuerto. Poco después aterrizaba en Buenos Aires, me subía al colectivo 37, caminaba 5 cuadras por la calle Azcuénaga y ocupaba mi habitación en el Art Hotel. Mi primera tarde en la capital y mi primera caminata - llegué a caminar alrededor de 80 kilómetros en los cuatro días siguientes. Desde el hotel bajé la avenida de San Luís hasta la plaza de San Martín, y desde allí hasta la puerta del cementerio de la Recoleta, pasando por las calles Juncal, Arroyo, Libertadores, 9 de Julio, Alvear, Libertad, Ayacucho y Quintana. Tuve que dejar la entrada al cementerio, donde reposan los restos de infinidad de personalidades argentinas, para mejor ocasión, pues llegué fuera de horario de visita. Sin embargo, sí me detuve en el Centro Cultural Recoleta, anexo al cementerio, donde entre varias exposiciones de fotógrafos, pintores y arquitectos, había una exposición dedicada a los catalanes exiliados, en su mayoría al continente americano, tras la guerra civil española. Tras un breve descanso y una cena rápida consistente en empanadas tucumanas, me di un paseo por el barrio de Recoleta, donde se encontraba el hotel. Transité por las calles Arenales, Callao, Juncal, plaza de Vicente López, avenida de las Heras, Pueyrredón, avenida de Libertadores, Junín y avenida de Santa Fe. Fui al hotel con la intención de descansar para el día siguiente, en que tenía intención de visitar la plaza de Mayo y alrededores, Puerto Madero y el genuino barrio de San Telmo.
Miércoles, 24 de enero • Buenos Aires me recordó a Madrid en varios aspectos; es una ciudad enorme, para nada exenta de tráfico, a pesar de que mi visita coincidió con su época estival, los taxistas son igual de agresivos que en la capital española; algunos barrios como la Recoleta o Belgrano, con sus edificios y casas señoriales, me recuerdan al elegante barrio de Salamanca, mientras que otros como Palermo, con sus bulliciosas calles repletas de tiendas y viandantes, se asemejan a barrios como Tetuán. Hay barrios tan representativos como San Telmo, que no tienen semejanza en Madrid, si bien representan lo mismo que el centro o el barrio de Lavapiés. Algunos barrios, como la Boca, aparentan ser foco de mayor marginación. El día amaneció bastante soleado. El primer recorrido del día me llevó desde la Plaza de Mayo, donde destacan la Catedral y la Casa Rosada, en obras y con todo su perímetro vallado, hasta Puerto Madero. En este barrio, ejemplo de adaptación de los antiguos muelles de la zona en modernos edificios de viviendas y oficinas, es posible encontrar la Dársena Norte, desde donde zarpan barcos hacia Uruguay y la Reserva Natural Costanera Sur, construida de forma artificial junto al río de la Plata, a partir de los detritos provenientes del desguace de una autopista. Finalicé el paseo matutino regresando a la plaza de Mayo por la avenida de Colón. Desde allí proseguí hasta el barrio de San Telmo, adentrándome en uno de los símbolos porteños más carismáticos por las calles Defensa y Balance. Merece la pena visitar la plaza Dorrero, centro vital del barrio, y el peculiar mercado de San Telmo. En las proximidades se encuentra el Museo de Arte Contemporáneo, que encontré cerrado, y el parque de Lezama, donde está el Museo de Historia Nacional, que visité. De camino a la plaza de Mayo, parada y fonda en una tienda de venta de empanadas, y encuentro fortuito con dos manifestaciones. Para rematar el día, tras almorzar y descansar, me decidí a caminar desde la plaza de Mayo hasta la plaza de San Martín, atravesando el corazón comercial y financiero de la ciudad, con calles peatonales como Florida o Lavalle, con varios edificios imponentes, como la sede del Banco Central, y enormes galerías comerciales. Ya en la plaza de San Martín se encuentra el Centro Naval, y un poco alejada de éste, la estación de ferrocarril de Retiro. Regresé a la plaza de Mayo por la avenida Leandro Alem, donde se encuentra gran parte de los más modernos edificios de oficinas de la capital, y algunas sedes de empresas como IBM, Sun Microsystems o Microsoft. El resto del día lo dediqué a buscar un reemplazo para mis sandalias. Por la noche Nicolás me acompaño en una agradable parrillada en San Telmo.
Jueves, 25 de enero • Hoy he visitado algunos de los edificios más representativos de la herencia española en el país. Desde la plaza de Mayo hasta las plazas de Congreso, República y Lavalle, ascendiendo por la avenida de Mayo, y pasando junto a la Sociedad Española, el Café Tortoni o el Teatro Colón, desafortunadamente cerrado al público. El recorrido me llevó por las calles Diagonal Norte, Sarmiento, Esmeralda, Lavalle, avenida de 9 de Julio, junto al Obelisco, Corrientes y Libertad. Desde la plaza de Lavalle descendí por la calle Paraguay primero, y la avenida de Córdoba después, hasta llegar a la plaza de San Martín. Un total de 8 kilómetros y varias ampollas, tan nuevas como las sandalias. Por si no estaba satisfecho, visité el cementerio de la Recoleta, donde reposan los restos de la familia Perón. Desde allí llegué hasta la Plaza de Francia, y tras atravesar muchos y muy variados parques, hasta la Plaza de Italia; este trayecto permite conocer parques como el de las Naciones Unidas, Chile y Francia, y edificios como la Biblioteca Nacional, o el Museo de Bellas Artes, que contiene obras de numerosos pintores argentinos, y algunas pinturas de autores europeos, como Kandinsky o Rothko; destaca una colección de esculturas de Rodin. Algunos parques dan cobijo a embajadas, como la española, mientras que otros, como el 3 de Febrero, albergan en sí rincones con encanto, como el Jardín Japonés en la plaza de Alemania. Ya en la plaza de Italia se encuentran los accesos a los jardines zoológico y botánico. El lamentable estado de mis articulaciones inferiores sugirió mi retirada al hotel, frente al cual ingerí varias empanadas tucumanas en un acogedor local llamado Tucumanos Ruiz.
Viernes, 26 de enero • Se acercaba el final de mi estancia en la capital y aún no había visitado ninguno de los templos del deporte nacional por excelencia, el fútbol. Me decanté por pasear alrededor de La Bombonera, que me perdonen los riverenses, porque estaba cerca de la pintoresca calle denominada Caminito. Llovía a cántaros y me pude en marcha muy temprano, por lo que al llegar a la Boca apenas me encontré a nadie. Eso sí, unos amables bomberos voluntarios entablaron conversación conmigo, y trataron de persuadirme para colaborar con la causa, adquiriendo unas camisetas y gorras. Los colectivos 152 y 29 se encargaron de llevarme desde/hacia el hotel. Aguardé en el hotel hasta que amainase la lluvia, momento que aproveché para tomar el subte hasta la estación de Juramento, en pleno barrio de Belgrano, donde visité la plaza de igual nombre, las barrancas y el barrio chino. Con un clima mucho más benevolente y unos pies parcialmente recuperados, decidí pegarme otra caminata desde Belgrano, por la avenidas de Cabildo y Santa Fe, la avenida de Pueyrredón hasta la plaza de Miserere, la avenida de Rivadavia, Pichincha, Belgrano y Perú. Afortunadamente, comenzó a llover de nuevo según llegaba por enésima vez a la calle Florida, por lo que tuve excusa para volver hasta el hotel en transporte público. El espontáneo paseo matinal me mantuvo ocupado tres horas, e incrementó en 13 el contador de kilómetros de mis maltrechos pies.
Por la tarde pude comprobar cuán buenos están los dulces de leche caseros. Por poco más de tres pesos (algo menos de un euro), pude comprarme una docena de ellos. Un libro de Thomas Friedmann acerca del fenómeno de la globalización me mantuvo ocupado hasta la hora en que había quedado con Nicolás, para tomarnos un helado, otra de las cosas de las que más orgullosos se sienten, con razón, los argentinos.
Sábado, 27 de enero • No tenía nada previsto para el último día en la capital. Más bien, tenía dos alternativas antes del vuelo nocturno de vuelta a Madrid: realizar una visita relámpago a Uruguay o pasar medio día en el delta del Tigre, un paraje natural a poco más de 30 kilómetros de la capital, situado en la desembocadura de río Paraná. Había quedado en comer con Nico, y así poder despedirme de tan magnífico anfitrión, así que me decanté por una visita matinal al delta. Llegar hasta allí me supuso subirme a un tren en la estación de Retiro. La ciudad de Tigre es fácil de recorrer a pie. Una vez en ella, visité la estación fluvial, con sus dársenas para barcos de transporte de pasajeros, en su mayoría ciudadanos de alguna de las muchas islas del delta. Desde allí caminé hasta el Puerto de Frutos, con su interesante mercado de artesanía, del que no me fui con las manos vacías. Me llevé el recuerdo de un agradable paseo en barco por el delta y mates para toda la familia que aguardaba mi regreso, el cual tuvo lugar, muy a mi pesar, a las pocas horas. El poco tiempo que me quedaba lo aproveché para visitar el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba), donde encontré en cremita de café el compañero de peluche ideal para mi sobrina Carmen, y para despedirme de Nico hasta la próxima ocasión.