30/06 - 06/07 Nalavy.
07/07 Nalavy - Helsinki.
08/07 Helsinki.
09/07 Helsinki - San Petersburgo.
10/07 San Petersburgo.
11/07 San Petersburgo - Kouvola.
12/07 Kouvola - Savonlinna.
13/07 Savonlinna.
14/07 Savonlinna - Helsinki - Estocolmo.
15/07 Estocolmo - Madrid.
En el 2005 repetí visita a Suecia, que usé como base para el viaje que me llevó hasta Finlandia y San Petersburgo durante la segunda semana de julio, entre los días 7 y 16. Durante mi segunda estancia en el país escandinavo permanecí en Örebro.
Mi periplo en Finlandia comenzó el 7 de julio, cuando conecté un viaje en tren desde Örebro al aeropuerto de Arlanda, cerca de Estocolmo, con un vuelo que me dejó a las dos horas en Helsinki. Durante los dos días en la capital finlandesa, nos fue posible recorrer la práctica totalidad del centro de la ciudad, así como los parques, monumentos y edificios más representativos. En honor a la verdad, Helsinki no es una ciudad excesivamente extensa, y es fácil acceder a lo más relevante en un día. Fue un calentamiento perfecto para lo que nos aguardaba después en tierras rusas. Comenzamos nuestra visita en la estación de tren, donde de paso adquirimos los billetes para viajar a San Petersburgo. Una de las salidas de la estación daba a la plaza Rautatientori, presidida por el Teatro Nacional. Desde allí, tras un breve paseo accedimos a la plaza del Senado, en cuyo lado norte se erige imponente la Catedral. Bajamos hacia el sur, hasta llegar al paseo Esplanadi, repleta de terrazas llenas de gente sentada de cara a la avenida. En el extremo oriental de la avenida se halla la plaza del mercado, repleto de puestos de bagatelas y venta de comida donde, por un módico precio es posible degustar una ración de pescado <<fresco>>. Muy cerca del mercado se encuentra el Palacio Presidencial y la Catedral de Uspenski, de origen ruso, que separa el centro de Helsinki del puerto de la ciudad. Al este de esta catedral, se encuentra el barrio del Puerto Viejo. Desde aquí se regresa a la plaza del mercado, donde se gira hacia la izquierda, en dirección sur, para llegar al Mercado Viejo, un edificio rectangular en cuyo interior se encuentran pequeñas y variadas tiendas, donde se puede comprar chocolate, café, artesanía o incluso perritos calientes. Más al sur, se encuentra el parque Kaivopuisto, uno de los puntos más elevados de la ciudad. En él es posible dar un agradable paseo y visitar algunos museos peculiares, de entrada libre con la Helsinki Card. Es posible llegar al parque andando o, como en nuestro caso, en tranvía. Tras un momento de descanso y unas fotos en plena naturaleza, comenzamos el descenso en dirección noroeste, pasando junto a un par de iglesias de ladrillo rojo y al Museo de Diseño, hasta llegar a la Mechelininkatu, calle que seguimos hacia el norte hasta llegar el parque Sibelius, famoso por la estatua dedicada al compositor finlandés de igual nombre. Al este del mismo se encuentra la avenida Mannerheimvägen, y al sur de ésta, de nuevo, la estación de ferrocarril, habiendo pasado antes por la Casa de Finlandia y el Parlamento. Con esto dimos por finalizada la jornada turística si bien restaron fuerzas para dar un paseo nocturno por el concurrido centro del ocio helsinguino, con calles como Aleksanterinkatu o Mikonkatu, repletas de restaurantes y locales de copas y baile.
La visita a la isla-fortaleza de Soumenlinna constituyó la principal atracción del día 8. A primera hora nos dirigimos hacia la plaza del mercado, desde cuyo muelle parten con relativa frecuencia barcos con destino a la fortaleza. Una vez allí, nos dirigimos a la oficina de de información y venta de tickets donde, de nuevo con la Helsinki Card, accedimos a una visita guiada por toda la isla que nos permitió, en poco más de una hora, conocer Soumenlinna y practicar un poco el inglés. También nos percatamos de la costumbre que tienen, los guías escandinavos, de criticar pasados éxitos navales de otros países de aquella península. De vuelta a tierra firme, entramos al Museo de Arte Contemporáneo Kiasma. El resto de la jornada sirvió para descansar ante el viaje del día siguiente, si bien paseamos por la zona situada al norte de nuestro hotel, Sokos Hotel Presidentii, donde se encuentra la peculiar iglesia Temppeliaukio, excavada en la roca, así como por las calles al oeste del paseo Esplanadi.
A primera hora del 9 de julio tomamos un tren de la compañía finesa VR con dirección San Petersburgo. Cabe destacar que, para poder viajar a Rusia, es necesario obtener un visado de turista válido únicamente durante los días que dure la estancia en suelo ruso, avalado por una agencia de turismo homologada. Unas semanas antes de iniciar el viaje, reservamos a través de la agencia Iberrusia una estancia de tres noches en el Hotel Rossiya. La agencia nos solicitó los pasaportes, los cuales nos fueros devueltos con el correspondiente visado. La compañía férrea finlandesa también gestiona la expedición de visados a sus clientes.
El viaje transcurrió con normalidad, con la preceptiva retirada de pasaportes por la policía aduanera rusa al abandonar territorio finlandés, que nos fue devuelta una vez llegamos a Vyborg. El contraste entre los dos países se hace patente nada más cruzar la frontera. Atrás quedaron hileras de casas unifamiliares bien cuidadas y coches unifamiliares más o menos nuevos y comenzamos a ver un paisaje diferente. El viaje se prolongó hasta las 14.00, hora en que llegamos por fin a la estación de ferrocarril de Ladozhskaya. Desde la propia estación accedimos a la red de metro, que la comunicaba con Park Pobedy, la parada más próxima al hotel, situado en la avenida Moskovskiy Prospekt.
La primera tarde en San Petersburgo realizamos una ruta de 4 horas: tomamos el metro en Park Pobedy, hasta la parada de Sennaya Ploschad. Subimos al norte, por Per. Grivatsova, hasta llegar a una zona conocida como el Dique. En esta zona, delimitada al norte por el río Neva, paseamos junto a la Catedral de San Isaac, el Menage, el monumento a Pedro I, el Almirantazgo, el palacio de Invierno y la plaza de Dvortsovaya, donde destacan la columna de Alejandro y el museo Hermitage. Desde dicha plaza, parte la calle Millionnaya Ulitsa, en cuyo extremo opuesto nos encontramos con el Palacio de Marfil y un amplio parque denominado Campo de Marte, en el que se encuentra el Memorial a los Guerreros Revolucionarios. Al este del parque discurre la calle Sadovaya ulitsa, que lleva hasta el Castillo de San Miguel. Cruzamos los jardines frente al castillo, hasta llegar al Templo de la Resurrección de Cristo. Bajo el templo pasa el canal de Griboedova, que seguimos hasta llegar a la principal avenida de la ciudad, Nevsky Prospekt, de 4'5 kilómetros de longitud. A lo largo de esta avenida fluyen a diario miles de personas, turistas y peterburgueses, para detenerse en alguno de sus innumerables locales o galerías comerciales, o simplemente de paso. Al llegar a la Nevsky, divisamos en el extremo opuesto la Catedral del Icono de Nuestra Señora de Kazan. Desde allí, ascendemos la avenida en dirección al Almirantazgo hasta llegar a la altura del Palacio Stroganov, en cuyo patio interior hay un restaurante cubierto donde nos detenemos para cenar. Tras la cena emprendimos el descenso de Nevsky hacia el sudeste, pasando junto a la Iglesia de Santa Catarina, la antigua Duma de la ciudad, los famosos y lujosos grandes almacenes de Gostinyy Dvor, el teatro Alejandrino, el monumento a Catarina II y el puente Anichkov, con sus cuatro esculturas al domador de caballos, llegando hasta la plaza Vosstaniya, donde subimos al metro que nos lleva de vuelta al hotel.
El día 10 comienza con la visita a la Fortaleza de Pedro y Pablo. Esta fortaleza se halla en una isla que se erige frente a la orilla norte del río Neva. El edificio más destacado es la Catedral de Pedro y Pablo, muy concurrido de turistas desde primera hora de la mañana. Una vez adquirido el ticket de acceso a la catedral en uno de los edificios adyacentes, accedemos al interior de la catedral, que sirve de lugar de descanso a varios emperadores y emperatrices rusos, como el propio Pedro el Grande. Aparte de la catedral, la fortaleza dispone de una serie de museos que abren al público con una puntualidad asombrosa (comprobado). Las áreas de la isla exteriores a la fortaleza son bien aprovechadas usadas por los peterburgueses para tomar el sol o disfrutar de un día de picnic.
Abandonamos la fortaleza por su lado oeste y nos dirigimos, bordeando el Neva hacia la isla Vasilievsky, la mayor en el estuario del Neva. Destacan las columnas rostrales, situadas en el vértice de la isla que se adentra en el río hacia el este. Frente a ellas se levanta el edificio de la Bolsa, o Birzha. Seguimos nuestro camino por el dique Universitetskaya, que bordea el lado sur de la isla Vasilievsky, dejando a la derecha edificios como el Museo de Zoología, la Academia de la Ciencia, el Palacio Menshikov o la Academia de las Artes. Paralelas al dique, hacia el norte, se encuentran Bolshoy Prospekt y Sredny Prospekt, alrededor de las cuales podemos encontrar varias iglesias, como la del apóstol San Andrés y las iglesias luteranas de San Miguel y Santa Catarina. Desde la Bolshoy ascendemos por el boulevard de la calle 6-7 linli hasta llegar a la Sredny. Una vez allí tomamos el metro en Vasileostrovskaya, para dirigirnos a la Nevsky. Próxima parada, el Hermitage. El que quiera tratar de ver todo el arte contenido en este impresionante museo, se dejará de uno a dos días en el intento. En las dos horas y media que duró nuestra visita, pudimos apreciar poco más de un tercio de las obras expuestas.
Tras dar por concluida nuestra visita al Hermitage, y con ella nuestro itinerario cultural en tierras rusas, nos dirigimos a la Catedral de San Isaac, desde cuya cúpula es posible apreciar buenas vistas panorámicas. San Petersburgo es una ciudad surcada por canales, bastante concurridos por barcazas repletas de turistas cámara en mano. Como no podía ser menos, nos subimos a uno de esos botes, creo recordar que uno situado en la orilla derecha del canal Griboedova, al norte de Nevsky. El recorrido estándar suele incluir un paseo de algo más de casi una por varios canales con una breve incursión en el Neva. Uno se siente indefenso en una barcaza tan pequeña en medio de tanta agua.
Nuestra estancia en San Petersburgo, en el mes de Julio, coincidió con el periodo de noches blancas, durante el cual se dibuja la silueta de puentes y edificios emblemáticos con luz artificial blanca. Con la intención de saborear este ambiente mágico, caminamos desde la Nevsky hasta la parada de metro de Gorkovskaya, lo que supone atravesar el Campo de Marte y el puente Troitskiy sobre el Neva, para después volver hasta el hotel usando la cómoda red de metro. Esto último no nos fue posible, aunque un amable taxista nos dejó en la puerta del hotel, tras mantener una encarnizada negociación de precios papel y bolígrafo en mano.
El día 11 por la mañana, aprovechamos para visitar uno de los distritos más antiguos de la ciudad, Kolomna, ubicado al oeste de la Nevsky, entre los ríos Moyka y Fontank. En él destacan varias edificaciones, próximas entre sí, como el puente del León, Palacio de Yusupov, el Teatro Mariinsky, los monumentos a Rimsky-Korsakov y Glinka, la gran Sinagoga Coral, el conjunto arquitectónico rodeado por agua, denominado Nueva Holanda y la Iglesia de San Isidoro. Más al sur, entre los canales Krukov y Griboedova se encuentra la Catedral de San Nicolas. Acabamos el recorrido donde comenzó, en la parada de metro de la plaza Sadivaya-Sennaya.
Esa misma tarde nos subimos al tren que nos llevó de nuevo hasta Finlandia, concretamente a Kouvola. Esta ciudad significó el comienzo de la segunda parte del viaje, que nos habría de llevar al sureste del país, a la región de Savo del Sur, una región con un 25% de su superficie sumergida bajo el agua. Pasamos noche en esta pequeña, pero muy bien conectada, ciudad industrial para, a la mañana siguiente, recoger un vehículo de alquiler, que ya no abandonamos hasta nuestra llegada al aeropuerto de Helsinki.
El viaje continúa la mañana del 12 con un desplazamiento por carretera desde Kouvola hasta Savonlinna, con diferentes paradas. La primera en Lappeenranta, donde visitamos la Fortaleza, desde donde se disfrutaba de una panorámica de la ciudad, el puerto y el lago Saimaa. Junto al aparcamiento a los pies de la fortaleza había un castillo de arena, al parecer el más grande de Escandinavia, con 3 millones de kilos de arena. Kilómetros más adelante se van dejando atrás varios búnkeres, testigos mudos de las dos batallas que tuvieron lugar entre finlandeses y rusos entre los ya lejanos años 1940 y 1941, hasta que llegamos a Saari, un pueblecito que cuenta en su haber con una de las iglesias de madera más grandes de Finlandia. Desde allí hasta nuestro destino, restaban escasos kilómetros, los que discurren por la carretera que va, desde Punkaharju hasta Savonlinna, por una estrecha franja de tierra rodeada de árboles y agua y que, en determinados tramos, está separada del agua por escasos metros.
Al atardecer llegamos a nuestro destino final, un hotel rural a las afueras de Savonlinna, denominado Lomamokkila. Recomiendo especialmente ese lugar para una estancia en la zona, tanto por su enclave en plena naturaleza como por la exquisita atención que nos brindó el propietario, Kalle Bjorn, y su familia; no todo el mundo invita al salón de su casa a un huésped y le presta su ordenador personal para acceder a internet. Eso sí, es recomendable disponer de vehículo propio para poder bajar hasta Savonlinna, que dista a 12 kilómetros.
El 13 de julio bajamos con el coche hasta Savonlinna. Este pueblo cuenta con el castillo Olavinlinna, uno de los mejor conservados del país, famoso por acoger uno de los más reputados festivales de ópera de Finlandia. De hecho, este festival es el causante de que sea tan difícil encontrar una plaza de alojamiento en la ciudad durante el mes de julio. Conseguir una entrada para una actuación es complicado, por no decir imposible, a menos que se planifique con antelación. Es posible realizar una visita guiada al castillo. Merece la pena. Aparte de la visita al castillo, el pueblo no ofrece muchas más opciones, aunque brinda la posibilidad de dar agradables paseos por el puerto, donde contratamos un viaje en bote de una hora de duración alrededor de varias de las islas sobre las que se ubica Savonlinna.
El día 14 se presentaba cálido y soleado, perfecto para un tranquilo viaje hacia Helsinki. Habíamos previsto realizar el trayecto por las carreteras número 14, 5 y 4, que pasan por Mikkeli y Lahti, pero Kalle nos recomendó bajar hasta la costa sur, a través de Imatra, Lappeenranta y Kouvola, hasta llegar a Porvoo. El viaje transcurre durante los primeros kilómetros por carreteras secundarias (la 435 y 438), que merecen la pena el desvío. Una vez en Imatra se toma la 6 hasta Porvoo. Este pequeño pueblo, el segundo más antiguo de Finlandia, destaca por un centro antiguo repleto de pintorescas casas de madera roja, calles empedradas y rincones encantadores. Tras un breve descanso y la preceptiva compra de las monedas de 1 y 2 céntimos de euro con el anverso finés, emprendimos viaje hacia el aeropuerto, para volar rumbo a Estocolmo.
Por la tarde llegamos a Estocolmo, donde permanecimos hasta la mañana siguiente, cuando nos volvimos definitivamente a Madrid. Nos alojamos en el Hotel Bentleys, en la calle Drottninggatan, desde donde nos resultó muy sencillo acceder al ayuntamiento, donde se entregan los premios Nobel, a la parte antigua de la ciudad, denominada Gamla Stan y la plaza de Raoul Wallenberg, desde donde se obtiene una magnífica vista del Östersjön (lago del Este) y del Djurgården, en la isla opuesta.