13/07 - 20/07/2004 Noruega
13/07 Madrid - Bergen.
14/07 Bergen.
15/07 Bergen - Flåm.
16/07 Flåm - Geiranger.
17/07 Geiranger.
18/07 Geiranger - Oslo.
19/07 Oslo.
20/07 Oslo - Madrid.

Partimos el día 13 de julio a las 9:25 desde Madrid con dirección a Oslo, donde luego tomaríamos un vuelo interno hacia Bergen. Al facturar las maletas nos comentaron que el destino de las mismas era Bergen, pero durante el trasbordo en Oslo, al pasar junto a las cintas de recogida de equipaje vimos nuestra maleta dando vueltas con las demás, por lo que tuvimos que facturarlas de nuevo. El vuelo a Bergen partió a 14:05, llegando 50 minutos después. Una vez allí, nos dirigimos al centro de la ciudad en un autobús de la compañía Flybussen Airportbus (130 NOK por dos billetes).

Llegamos al Hotel Grand Terminus a las 16, y poco tiempo más tarde salimos a dar un paseo por las calles de Bergen, Kaigaten, que bordea el pequeño lago artificial de la ciudad, Allebelgens, Småstrandgaten, Torget, donde se encuentra el mercado de frutas y pescado y la entrada a la oficina de turismo, Bryggen, donde está el Museo Hanseático y el famoso conjunto de casas hanseáticas que conforman la postal más típica de Bergen, Slottsgaten, que llega a los pies de la torre Rosenkrantztårnet, Strandkaien, en el lado opuesto y desde donde mejor se aprecia el puerto hanseático,Torgallmenningen, Ole Bulls plass, Christies Gate, Lars Hilles Gate, a cuyo lado encontramos el complejo de edificios que forman parte del Museo de Arte de Bergem, Nygaten y Kong Oscars gaten, una pequeña calle peatonal llena de tiendas con mucho encanto. Esa noche cenamos en una pizzería de la cadena nacional Peppe's Pizza, donde por 268 coronas disfrutamos de una pizza familiar y dos coca-colas de 0,4 litros. Noruega nos es un país precisamente barato en lo que a comida se refiere.

Despertamos a las 8:20 de la mañana siguiente y bajamos a tomar un buen desayuno, que nunca está de menos. Como buenos españoles nos preparamos unos bocadillos para tomar a media mañana. Al salir del hotel nos dirigimos a la Oficina de Turismo, donde adquirimos dos Bergen Card, por 165 coronas cada, y nos informamos de cómo abandonar Bergen al día siguiente, así como de qué hacer en el tiempo de que disponíamos en la ciudad.

Tomamos el bus 24, justo en la Torget frente a la oficina de Turismo y nos bajamos a escasos metros de Gamle Bergen (Viejo Bergen). Se trata de una pequeña villa que intenta reproducir el modo de vida de los ciudadanos de Bergen en los siglos XVII y XVIII. Nos apuntamos a una visita guiada a las 11:00 que nos muestra en interior de varias viviendas más, así como instrumental de la época, desde el equipo de un dentista hasta una imprenta. A las 12 volvemos al centro de la ciudad en cogemos el bus número 90, y en la puerta de la oficina de Turismo nos subimos al número 20, hasta la iglesia de madera de Fantoft. Nota: desde la parada de bus hasta la iglesia hay un buen paseo. La iglesia en cuestión ha sido recientemente restaurada tras ser arrasada en un incendio provocado por el integrante de un <<conocido>> grupo de black metal noruego. En la iglesia nos encontramos con una simpática familia de hindúes que, aprovechando el mal tiempo reinante, organizaron un picnic en los soportales de la iglesia.

De vuelta a la ciudad, y tras un breve descanso y un sano tentempié en una hamburguesería, visitamos la Iglesia de María, y tomamos el funicular Floibanen hasta la cima del monte Floyen, desde donde se aprecia una fenomenal panorámica de la ciudad. El precio del trayecto ida/vuelta en el funicular es de 60 coronas, aunque están incluidas en la tarjeta turística. Esa misma tarde dimos un paseo por la zona del puerto, la iglesia de St. Johannes, el jardín botánico de la Universidad de Bergen y de nuevo la plaza frente a Torget, donde asistimos a un improvisado e inesperado tango en la calle.

El día 15 nos despertamos temprano, a eso de las 7:50 bajando poco después a desayunar. Mi primera cita del día, la oficina de Europcar, donde recogí el minúsculo Hyunday Getz que nos llevaría el resto del viaje por tierras noruegas. Partimos de Bergen por la E16, en dirección a Voss y después a Flåm, donde llegamos a las 13:00. Una vez dejamos las maletas en el hotel de Flåm, condujimos hasta la pequeña población de Gudvangen, desde donde parten ferrys turísticos a lo largo del fiordo Sognefjorden. En el caso de llevar coche, es recomendable realizar la reserva de una plaza en el ferry con suficiente antelación. El pago de las 628 coronas, en concepto de transporte de coche y pasajeros, lo realizamos en las oficinas a pié de muelle, junto a un restaurante donde pudimos saborear de una comida en compañía de una excursión de asturianos que nos recordaron lo ruidosos que podemos llegar a ser. El ferry partió de Gudvangen a las 14:50, llegando a Laerdal 3 horas después, desde donde salimos zumbando hacia Flåm, atravesando un túnel entre Laerdal y Aurland de ¡24 kilómetros de longitud! Me resultó curioso lo de las tres áreas de descanso dentro del túnel, iluminadas con luces amarillas y violetas. Llegamos a Flåm con el tiempo justo para comprar los billetes para el último viaje del famoso tren turístico que une este pueblo con Myrdal, a las 18:35. Se trata de un recorrido de dos horas ida y vuelta que atraviesa paisajes agrestes, bordea cascadas de agua y serpentea a través de túneles de madera y hierro por la ladera de la montaña. De vuelta a Flåm nos dirigimos al Hotel Freitheim, uno de los pocos alojamientos del pueblo, donde esperaban a un tal Sr. Karaiero. La oferta culinaria en Flåm es también escasa; dentro de la estación de tren hay algún restaurante, y una hamburguesería, donde nos tomamos dos hamburguesas enormes por 230 coronas.

Nos tomamos el comienzo del día 16 con un poco más de tranquilidad. Dejamos el hotel después de las 10 y nos dirigimos con el coche nuevamente al túnel entre Aurland y Laerdal. A pocos kilómetros de Laerdal tomamos un ferry que nos llevó desde Fodnes a Mannheller. Continuamos camino a Sogndal y Sjaerdal, y tras detenernos en uno de los varios peajes existentes, visitamos la lengua de un glaciar (el tema del día), el de Sephele. Emprendemos marcha hacia la ciudad de Skei, donde nos alimentamos y le damos de comer al Getz por poco más de 340 coronas. Seguimos ruta hasta el pueblo de Olden, donde nos desviamos y tomamos la estrecha carretera de montaña que nos condujo hasta el glaciar de Briksdal. Llegamos a las laderas del glaciar a las 16:00, y tras aparcar el coche en un parking de pago, emprendimos la subida hasta la base del glaciar. Compartimos la ascensión de una hora, con gran parte de los españoles con quienes coincidimos el día anterior en Gudvangen. La subida tuvo su recompensa: presenciar esa enorme masa helada y oír el crepitar del hielo desde tan cerca me impresionó más que navegar por los fiordos. Fue una lástima no poder contratar una sesión de trekking sobre el glaciar. Emprendimos el descenso, esta vez por el camino de tierra, que es usado por las carrozas tiradas por caballos que llevan hasta la cima a los turistas menos aventureros. Semanas después de nuestro regreso, los caballos que tiraban de una de esas carrozas se desbocaron e hicieron necesaria la evacuación en helicóptero de sus ocupantes. Para que luego digan que en Noruega no pasa nada.

Desde Briksdal nos dirigimos hacia Stryn, una de las estaciones de esquí más frecuentadas del país, y desde allí hasta Geiranger, por una carretera que atravesaba varios túneles y pasajes desérticos cubiertos de nieve, como el monte Dalsniba, a 20 kilómetros de nuestro destino, el encantador pueblo de Geiranger. Llegamos al hotel a las 20 horas, con tiempo justo para disfrutar de una cena buffet en el hotel por el módico precio de 340 coronas (unos 42 euros) por persona.

Despertarse con el sol de las 5 de la mañana, acercarse a la ventana y mirar hacia el fiordo no se hace todos los días. El día 17 repetí ese ritual cada hora, hasta que a las 8 decidimos bajar a desayunar, con mucha calma, para salir a las 10 y media del hotel. Esa misma mañana debíamos tomar un ferry a las 13 para recorrer el fiordo que parte de Geiranger. Al igual que hicimos para visitar el Sognefjorden, hicimos la reserva de una plaza para el coche en el ferry con la suficiente antelación. Lo más pesado de estos ferrys es la espera previa al embarque. Por 400 coronas disfrutamos de un tranquilo viaje de poco más de dos horas hasta Valldal, por uno de los fiordos más visitados de Noruega, conocido principalmente por un conjunto de siete cascadas denominadas Las Siete Hermanas. Este fiordo transcurre por laderas repletas de bosques en las que destacan esporádicas apariciones de granjas y diminutas aldeas.

Ya en tierra firme seguimos por la carretera 63 en dirección a Åndalsnes, una pequeña ciudad industrial. La principal atracción del viaje no es, no obstante, esa ciudad, sino un accidente orográfico situado en mitad del camino, llamado Trollstigen o escalera del Troll. Se trata de una carretera que serpentea por una pared que separa la zona montañosa al sur, del valle a nivel de mar que conduce hasta Åndalsnes al norte. En la cima existen varios miradores desde los que apreciar la bajada hasta el valle y éste en toda su extensión. Åndalsnes es una población pegada a un gran lago, que no tiene mucho atractivo turístico aparte de la habitual oferta de actividades deportivas y marítimas. Antes de emprender el viaje de vuelta nos paramos en uno de los numerosos restaurantes a degustar un par de platos de pollo por 230 coronas. A las 18:20 regresamos por la carretera 63, ascendimos el Trollstigen, esta vez menos concurrido, y en poco menos de una hora nos encontrábamos esperando el ferry que une Linge y Eidsdal, población desde donde parte la carretera de las águilas, hasta Geiranger. Una vez en la cola de espera del ferry nos percatamos de que no llevábamos coronas suficientes para el billete, pero no hubo problemas con el euro. Antes de llegar a Geiranger nos detuvimos en un mirador desde el que se podía apreciar todo el pueblo, así como el primer tramo del fiordo homónimo, incluyendo las Siete Hermanas. Ya en Geiranger dedicamos el resto de la tarde a cazar souvenirs, dar de comer al coche y alimentarnos del plato típico de Europa, la pizza.

El día 18 nos despertamos temprano, con la intención de emprender viaje hacia la capital cuanto antes. Salimos del hotel a las 8:30 y subimos hasta el Dalsniba por la misma carretera que nos vio pasar la tarde del 16. El viaje nos llevó a Otta por la carretera 15, y allí entramos en la E6 con dirección a Oslo. Esta carretera pasa por Lillehammer, una importante ciudad, famosa por haber sido sede de unos Juegos Olímpicos de Invierno. Tras 7 horas y 425 kilómetros de viaje llegamos a Oslo, alrededor de las 16:30. Encontramos el Hotel Bastion, con relativa facilidad, gracias a la guía Trotamundos y a mi desarrollado sentido de la orientación, y tras dejar los trastos en la habitación nos dirigimos a la Oficina de Turismo, donde compramos los billetes Oslo Pass por 390 coronas. El día concluyó con un paseo por las calles más céntricas de la ciudad.

La mañana del 19 nos dispusimos a devolver el coche en las oficinas de Europcar, lo que nos costó más de la cuenta, pues el acceso a las mismas no estaba muy bien señalizado que digamos. Desde allí nos dirigimos al Museo de Munch, donde destacan obras como El Grito y La Doncella, que fueron robadas en un atraco cometido días después de nuestra visita. Nuestra siguiente parada en la capital fue el castillo de Akersus, que recorrimos en una visita guiada. Dentro del recinto del castillo hay varios museos, como el Museo de la Resistencia Noruega durante la Segunda Guerra Mundial.

Por la tarde, tras desprendernos de la ropa de entretiempo en el hotel por primera vez en todo el viaje, acudimos al salto de esquí de Holmenkollen, lugar donde se celebra una de las competiciones más tradicionales en este deporte, y desde donde se obtiene una panorámica de la ciudad y el fiordo. Este salto proporciona todos los inviernos una de las imágenes deportivas más impactantes, con saltadores suspendidos en el aire como si se dispusiesen a aterrizar sobre algún tejado de la ciudad. Desde allí descendimos hasta el centro, para visitar el parque Vigeland, verdadero centro de reunión de los noruegos cuando el tiempo lo permite. Este parque, de unas dimensiones considerables, contiene un gran número de obras del escultor que le da nombre al parque.