21/06/2009
La Quebrantahuesos
(por Juanjo)

Cuatro meses esperando que llegase el 20 de junio para participar en la Quebrantahuesos, desde la caótica inscripción de mediados de febrero, que tanto dió que hablar en su día. Cuatro meses durante los cuales había competido en pocas carreras y en aún menos marchas. La primera y última antes de la QH, la Marcha a los Puertos de Ribagorza, que se celebró el 30 de mayo, no se me dió nada mal. Es más, no he vuelto a tener las sensaciones que tuve en los alrededores de Graus.

Día Q-1, Hora H+7 : El preludio

Salíamos el viernes a mediodía de Madrid, los Chamartines Vicente, Eduardo, Jose Luís y yo, en la furgoneta del primero. Dejábamos atrás la tarde calurosa de Madrid para dirigirnos hacia Sabiñánigo, donde los pronósticos anunciaban un cielo nublado y una temperatura ideal para pedalear al día siguiente. Sin grandes complicaciones y con un tráfico menos denso que en años anteriores, llegábamos poco antes de las ocho de la tarde a Sabiñánigo. Una vez allí, el ritual de la recogida del reloj, el paseo alrededor de los stands y las llamadas al resto de chamartines, que ya habían llegado a Biescas y estaban preparando la cena.

Hojeando la ingente y absurda cantidad de papeles que va reemplazando, año a año, a las barritas energéticas y cremas varias en las bolsas-regalo que reparte la PC Edelweiss a los participantes de la QH, llegábamos a Casa Ríos, en Biescas, al tiempo que los macarrones ya se agitaban dentro de la cazuela. La cena, una masacre de pasta al dente, con la famosa marcha como tema central y casi único de conversación, dió paso a una breve sobremesa, llena de batallitas de esas que tanto nos gustan. Poco antes de medianoche, ya estábamos todos en el sobre, descansando para la batalla del día después.

Día Q, Hora H-2 : Calentando motores (güarmin-ap)

Son las cinco y media cuando miles de despertadores saludan al unísono al Valle de Tena. El sol asoma tímidamente tras las laderas del valle mientras la cafetera italiana y la tostadora trabajan a pleno rendimiento. Jose Luís y yo inauguramos el desayuno, al que se van sumando Carlos, Miguel Ángel, Vicente, Eduardo, Paco y Pepe, al que una sinusitis reciente le ha hecho renunciar a participar en la QH, aunque finalmente la vivió a su modo (como luego explicaré). Pan, mantequilla, mermelada, fruta, zumo, café, membrillo, queso y jamón de york; un buen desayuno, del que damos cuenta entre todos. El tiempo parece benigno cuando enfilamos hacia el aparcamiento del camping de Senegüe donde, como todos los años, dejamos el coche. Desde allí hasta la línea de salida apenas hay 5 kilómetros, que se hacen muy llevaderos. Con media hora por delante, me despido del resto de chamartines que se disponen a participar en la "auténtica Quebrantahuesos" (© Eduardo), para dirigirme hasta mi segundo cajón naranja consecutivo.

Día Q, Hora H : El chupinazo

Levanto la cabeza, miro hacia delante; sólo veo cascos. La perspectiva a mi espalda no es muy distinta. Me entretengo leyendo los apellidos de mis compañeros de cajón, en su mayoría catalanes y vascos, mientras los minutos pasan despacio. Desisto de usar el iPod durante la marcha; el olor a goma quemada llega cuando ya es tarde, poco después de que los frenos avisen de la inminente caída, y hoy es previsible que las caídas abunden. En las gradas algunos desperdician tarjeta digital haciendo fotos no se muy bien a quién. Ajeno a la lucha por buscar un hueco tras el cuarto cajón, bien sea sobre la hierba, o tras un árbol, entre los coches o junto a las vallas, en definitiva, ajeno a la auténtica Quebrantahuesos (© Eduardo), espero hasta que el chupinazo que da comienzo a la prueba nos sorprende sin previo aviso. Un minuto después, la maraña de bicicletas se despeja frente a nosotros, dejando vía libre para que ajustemos las calas y demos nuestras primeras pedaladas.

Las primeras dos horas de marcha hasta el Somport son, sin duda, las más nerviosas que recuerdo de estos tres últimos años. Un persistente y fuerte aire de cara nos azota durante buena parte del recorrido hasta la estación de Canfranc. Los frenazos se cuentan por decenas. Demasiada gente en poco espacio, y muchos nervios. Las caídas y los estrechamientos de la calzada nos obligan a echar pie a tierra a menudo. La visión de las nubes en la cima se suma al incipiente pesimismo provocado por la acumulación de minutos de retraso. Este año no parece propicio para establecer marcas. Un millar de ciclistas iniciamos el descenso hacia tierras francesas sobre, y a través de, una capa de humedad que nos impregna de cordura. Tras un descenso que todos tomamos con inusitada cautela, calado hasta los huesos, sin manguitos, ni chubasquero, con una tiritera descontriolada y con miedo a desencajarme la mandíbula en uno de mis frecuentes bostezos, llego hasta Escot, en un pelotón enorme. Algunos bromean acerca de la posibilidad de un sprint masivo en Sabiñánigo.

El Marie Blanque suele ser el juez de paz para muchos en esta prueba. Siempre y cuando los atascos lo permitan, es posible remontar muchos puestos en los casi 40 minutos de ascensión de este mítico puerto. Se dice que en la auténtica Quebrantahuesos (© Eduardo), la gente compite por la sombra junto a la pared a mano derecha, para caminar bici en mano hasta rampas más propicias, privando de protección frente al sol a los valientes que, tirando de riñones, hacen malabarismos para esquivar los obstáculos vivientes. En ese escenario, y al ritmo de la mayoría, recorrí los cuatro temibles últimos kilómetros, sin castigarme mucho, pero sin la frescura de otros días. En la cima comenzamos, por fin, a disgregarnos en grupos algo más pequeños. Al paso por el primer punto cronometrado, se confirma el retraso, respecto a otros años, de algo más de 10 minutos. El cielo se va despejando, y el suelo está completamente seco. El viento de popa nos empuja a dejar atrás el avituallamiento en la cima, y a comenzar el complicado descenso hacia el valle de Ossau.

Día Q, Hora H+3,5 : Labor de equipo

Nos plantamos en Laruns en poco tiempo, liderados por un tándem que nos llevaba con el gancho. La botosa carretera a la salida del pueblo da paso a la subida decisiva del día al Portalet. Desde abajo se forma una avanzadilla que, animada por el viento favorable, comienza a hacer camino hasta la cima, a través de unos primeros kilómetros suaves. Al paso por Gabas, justo antes de la presa de Artoise, rampas más pronunciadas comienzan a hacer mella en el grupo, que se disuelve. Desde allí, hasta la cima de la presa, al pié del Lago de Fabrèges, vivo una mini crisis, de la que me recupero en el descanso hasta la estación de esquí. A seis kilómetros de la cima, con los primeros síntomas de calambres, activé el piloto automático y aminoré la marcha, que ya mantuve constante hasta los últimos dos kilómetros. A esa altura rebasé a Juan, un viejo conocido de las marchas, con el que había coincidido en la Marmotte del 2008 y en la marcha de Ribagorza, tres semanas atrás. Pasando nuestras penurias llegamos hasta el último kilómetro, que estaba hasta los topes de gente. Casi en crisis me encontró Pepe, que se había acercado hasta el Pourtalet para echarme una mano y darme un bidón y un gel que me sentaron de p?$@ madre.

Sobrado, mirando para atrás, Pepe me iba abriendo camino hacia Formigal. A 85 kilómetros por hora, aún teníamos que ver cómo algunos nos pasaban a saco, empujados por el dios Eolo. No obstante, llegamos hasta el embalse de Búbal en un santiamén. En el desvío me despido momentaneamente de Pepe y busco refugio en un grupo, con el que cruzo por El Pueyo de Jaca como las huestes de Atila por Europa. La harmonía en el grupo se quiebra a 20 kilómetros de Sabiñánigo, en las molestas rampas hacia la Hoz de Jaca, un repecho que debe estar incluído en el recorrido por petición expresa de Maindru Photo. Tras forzar una expresión de falsa comodidad frente al objetivo, alcanzamos la cima y nos lanzamos en un descenso corto hasta retomar la carretera principal. Una vez allí, reagrupación general y descenso corto hasta Sabiñánigo, con Pepe como invitado de honor que, aparte de darnos unos buenos relevos, se permitía el lujo de vacilarle a todo un ex profesional, Roger Lucía, que había recalado en nuestro pequeño pelotón de muertos vivientes después haberse metido en la pomada durante los primeros cien kilómetros.

En la meta, una sorpresa agradable. A pesar del retraso acumulado en la primera parte del recorrido, las condiciones favorables en el Pourtalet me permitieron mejorar el registro del 2007, dejando mi nueva mejor marca en 6 horas 23 minutos y 57 segundos. Una pequeña mejora en tiempo, que me permitiría salir desde el cajón rosa en la próxima edición. Acompañados de un par de refrescantes cervezas y unas tristes raciones de ensalada, Pepe y yo nos sentamos bajo la carpa, esperando la llegada del resto de compañeros del Chamartín.

Día Q, Hora H+14 : Batallitas bañadas en sidra

Las horas pasan y los chamartines van regresando a sus respectivos alojamientos. Es hora de ducharse, asearse, llamar a la familia, desmoralizar a aquellos ausentes que aspiran a brillar en la social. Como es costumbre en el club, la noche de la QH nos reunimos en torno a unas mesas en el Tierra de Biescas, para degustar buena sidra, buen vino de Somontano y una cena necesaria. Esta ha sido una buena marcha para muchos de nosotros, con varios records personales (Carlos, José Luis) y exitosas primeras participaciones. De esto y de otras cosas hablamos largo y tendido antes de volver a los apartamentos. A la mañana siguiente nos espera un largo y pesado viaje de regreso a casa y una vez allí, todo un año hasta la siguiente edición de la Quebrantahuesos.

 

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