Mi vida en pocas palabras
Nací en Cáceres, una pequeña ciudad no muy lejos del centro de Extremadura, una de las regiones económicamente más pobres de España y, sin embargo, una de las más ricas en muchos otros aspectos más valiosos, la mañana supuestamente soleada del 22 de mayo de 1976, pocos meses después del nacimiento de nuestra actual democracia. Pasé los primeros años de mi infancia en Coria, un pueblo al norte de Cáceres, hasta que mi familia se mudó a Miajadas, un pueblo en la frontera entre las dos provincias de Extremadura (conocidas por Cáceres y Badajoz), cuando mi padre fue trasladado a una oficina allí. Tenía doce años cuando tuve que empaquetar nuevamente mis juguetes y las almohadas, que viajaron en camión, hasta Almendralejo esta vez. Los siguientes dos años de mi vida son los mejores que recuerdo de aquella época; Almendralejo era llamada la "Ciudad de la Cordialidad", y realmente recibí toneladas de ella. Cuando contaba con catorce años se me suponía preparado para un nuevo cambio en mi vida, así que mi padre fue trasladado por última vez. El último destino de mi familia fue Mérida, la capital de la Comunidad Autónoma de Extremadura.
Llegué a Mérida siendo sólo un chico con granos, y la dejé diez años después con la férrea voluntad de convertirme en un ciudadano de provecho. Mientras esto último sucedía, disfruté de una vida fácil en casa de mis padres, aprobando en el Instituto con buenas notas, estudiando para obtener mi diplomatura en Informática, cantando en el grupo de música de unos amigos, saliendo con los colegas, luchando encima de una bici de carreras por todo el país durante siete años de mi vida y conociendo a la persona que cambiaría mi vida.
Vine a Madrid en el frío otoño de 1998, poco antes del comienzo de las clases en mi universidad. Había estudiado tres años en Mérida y tenía que acabar mis estudios con dos años más, y qué mejor lugar para estudiar que allí donde vive tu familia. Mi hermana se había mudado a Madrid algunos años antes para ganarse la vida, como muchos otros hicieron antes que ella y muchos otros, como yo, hicieron después. Así que me quedé con mi hermana, Teresa, y su marido, Miguel, en su piso, hasta que obtuve el título, conseguí un trabajo en una empresa seria y alquilé un diminuto piso en el mismo centro de Madrid, si es que tál centro existe. Fueron años duros para mí, una lesión me obligó no sólo a dejar de competir con la bici sino de practicar cualquier tipo de deporte. Amén de otros sinsabores personales, que culminaron a finales del 2006, ruptura mediante.
Desde entonces, he tenido tiempo más que suficiente para estrechar lazos familiares, descubrir nuevas aficiones (lectura, fotografía, viajes), y retomar aficionas tiempo atrás abandonadas (ciclismo). Desde hace dos años puedo compartir todo esto con Eva, la mujer de mi vida. Nuestras vidas se cruzaron de un modo ciertamente poco convencional, pero en el momento propicio.