Subimos peldaños y oteamos la vida desde el cielo. Dichosos. No necesitamos analgesia de rescate para vencer las agujetas del ascenso. Las recetas de azúcar y lluvia, cocinadas con cariño y engullidas en supino casi estricto, endulzan menos -y ya es difícil- que los iris entregados, los juegos de palabras en silencio y los jugos que se derraman en torno a la lengua. No se manchará la ropa, puede estar seguro.
Lo único que contengo al leerle, querido, es el aliento.