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El antipico de forma <26 de mayo de 2013 > (por Juanjo) Comenzaba Mayo con una excursión a tierras aragonesas, donde se celebraba una nueva edición de la Challenge de Aragón, la primera que yo disputaba. Con la baja de última hora de Julio, el Tigre de Lalín, el combinado mixto Chamartín-Francisco Pizarro se dirigía a Cariñena, cuna de buenos vinos, para disputar tres etapas en dos dias. El 4 de mayo a las 10 de la mañana, en Longares, los master nos lanzábamos rampa abajo para cubrir los poco más de ocho kilómetros de la crono inicial. Los había con cabras de crono, con acoples de triatleta en el manillar o con la bici tal cual vino de fábrica. Los resultados, más que dispares. El mío, en especial, penoso a más no poder. El 166 de casi 200 participantes. Desde Longares nos trasladamos hasta Fuendetodos, cuna de Goya y ***** de un esperpéntico e inacabado museo en honor del pintor, uno de tantos despilfarros de la época del "España va bien". Allí, comida de rancho y tensa espera hasta la salida de la segunda etapa, de 87 kilómetros por un trazado exigente, que el equipo del líder controló desde el inicio. Aguanté el tipo como pude hasta dos kilómetros de meta, donde la organización nos brindó un tramo de sterrato que partió en pelotón y me dejó a mí, como es habitual, postergado a las últimas posiciones. Al menos, aún quedaban refrescos cuando llegué a meta, que no es poco. Al día siguiente se disputaba la etapa reina, sobre un recorrido de 91 kilómetros con dos puertos puntuables, el último de ellos situado a 10 kilómetros de la meta. Ya en ruta, aire de costado, nervios y una caída de la que me libré por ir a cola de grupo. Tras un primer paso por Cariñena afrontamos la primera subida, sin problemas hasta los dos últimos kilómetros, cuando los gallos comenzaron a tensar para echar abajo una escapada. Tras la bajada de este puerto, tomamos una carretera muy pestosa, en busca de Codos, donde comenzaba la última dificultad montañosa de la Challenge. Poco antes de Codos, cometí la globerada de cambiar de plato en una bajada muy bacheada, con la consiguiente salida de cadena y la pérdida de contacto. No obstante, no iba fino y no pude más que ver cómo, a lo lejos, los buenos obsequiaban agonía a espuertas. De allí a meta, puse el automático y finalicé a algo menos de 9 minutos del vencedor. De vuelta a Madrid, incubé un catarro que aún arrastro a día de hoy, y que paseé por las carreteras madrileñas en el Memorial David Montenegro, prueba puntuable para la Copa de España, que tuvo lugar el 25 de mayo. De salida, un ritmo de locos en la bajada hacia Villanueva de la Cañada. A los pies de la cantera llegó una escapada con algunos segundos de ventaja con respecto al pelotón, donde se iban afilando los cuchillos. En la subida, reventé con todas las de la ley, no sé si por el catarro, por la inactividad, el calor o por intercesión divina. El caso es que me agarré a un cómodo grupito de rezagados hasta que pinché la rueda de atrás. Carlos me encontró arreglando el pinchazo y fuimos juntos hasta meta, atajando por el alto de la Cruz Verde.
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