Abril a mil
<19 de abril de 2013 > (por Juanjo)

Se acabó el mal tiempo y llegaron los días de culotte corto y manguitos. Por fin llegó la primavera y, con ella, más carreras bajo el sol. La gente tiene más tiempo para entrenar, si cabe, y eso se nota en las velocidad media con que nos ventilamos los recorridos que los organizadores de turno diseñan para nuestro sufrimiento. Aquí entrena hasta el más tonto y cada vez cuesta más no ser el primero en descolgarse. La primera cita del mes tuvo lugar el 7 de abril en Talavera la Nueva, una población residencial a pocos kilómetros de Talavera de la Reina. En la línea de salida, con 122 kilómetros prácticamente llanos por delante, rozando el límite de la categoría, nos reunimos casi 200 ciclistas. La gente lo ha cogido con ganas este año y carrera tras carrera alcanzamos el pleno de inscritos. Salida lanzada y ritmo infernal desde el mismo comienzo de la prueba. La primera de dos vueltas a un circuito de unos 45 kilómetros se hizo a un ritmo endiablado, con continuos ataques que no fructificaron. Había tensión en el pelotón y los bandazos y frenazos eran frecuentes. En mis dominios, a cola de grupo, el látigo iba cobrándose sus víctimas a cuentagotas. Los "chamartines" y "pizarros" nos agarrábamos al grupo con uñas y dientes y resistimos como pudimos hasta la tercera vuelta final, un bucle de unos 30 kilómetros al que llegó compacto un grupo de unas cien unidades, entre las que me encontraba. Los diez últimos kilómetros hasta meta discurrieron por la antigua N-V, una pista de despegue parcheada. El pelotón ocupaba todo el ancho de la vía mientras los cuentakilómetros marcaban los 60 km/h. Último paso por Talavera la Nueva y subida final a El Casar de Talavera, hacia donde se llegaba tras una chicane donde los últimos del grupo tuvimos que frenar en seco, y un repecho donde me visitaron los calambres. Por delante, los conductores de la locomotora multicolor paraban el crono en 2h45'30". Habíamos rodado a unos escalofriantes 44,23 km/h de media.

Arroyo de la Encomienda, una suerte de barrio pijo residencial próximo a la capital vallisoletana, acogió el Trofeo Juan Carlos Domínguez la soleada y calurosa mañana del domingo 14 de abril. Nueva participación multitudinaria, con lo más granado de las comunidades madrileña y castellano-leonesa. Desde Madrid fuimos los dos Pizarros, Jorge y yo, y los ya habituales Chamartines, Carlos, Javi y Julio, con la intención de finalizar un recorrido de poco menos de 90 kilómetros, de los cuales los primeros 8, en subida, eran neutralizados. Aún así, el el ritmo era fuerte e incluso los hubo que se descolgaron antes de la salida lanzada, que se dio en un duro repecho justo después de una curva cerrada a la salida de un pueblo. La escabechina se cobró sus víctimas y nos dejó a muchos heridos de muerte. Como siempre, muchos ataques en llano y en cada uno de los repechos que jalonaban el exigente recorrido. Tras una primera subida en la que se estiró el paquete, el pelotón se partió en el segundo paso por Robladillo, cuando un rebaño de ovejas se cruzó en estampida en mitad de la carretera. Yo, que iba a cola, me quedé cortado en el segundo grupo, que fue abriendo gas progresivamente en pos del grupo de cabeza. Más gas del que podía aguantar. Al final, en un repecho que subíamos enfilados me abrí boqueando en busca de aire. Con mis excompañeros de grupo en el horizonte, me metí una crono individual de 10 kilómetros a casi 50 por hora, hasta que un pequeño grupo me cogió por detras. Llegamos a meta a relevos-palos a poco más de 5 minutos del vencedor, un tal Luis Casabal, en el puesto 140º. Las piernas no dan para más. Al menos, acabé la carrera en tiempo, y van cinco de cinco. Tendría que tirar de hemeroteca para encontrarme una racha de "éxitos" semejante.

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