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Carreritas invernales <18 de marzo de 2013 > (por Juanjo) Habían pasado nueve meses desde la última vez que me coloqué un dorsal en el maillot hasta que, a comienzos de marzo, me presenté en Tudela de Duero con muchas ganas y más dudas aún. Junto a mí estaban Jorge Guerra, el otro "madrileño" del Francisco Pizarro-Trujillo, y los Chamartin ProCycling Julio Fuciños y Carlos Encinas. Con un tiempo desapacible y el frío lógico para estas alturas de año en Valladolid, los 125 inscritos echamos a rodar por las calles de Tudela, entre el olor a pomada calentadora y el clac-clac de los cambios. Desde el comienzo, apliqué mi casi única táctica en carrera, que consiste en ir cerrando el grupo y verlas venir. Al menos esta vez me salió bien. La carrera, que discurría por las mismas carreteras que ya había transitado en la Challenge de Valladolid del 2009 y que recuerdo porque es difícil olvidar los lugares que uno asocia al sufrimiento, era relativamente llana, salvo por los dos cortos altos de Valbuena de Duero y Piña de Esgueva. Al primero llegaron escapados seis toros seis. No se subió muy fuerte, pero lo suficiente como para que el pelotón se rompiese. Yo, que subí remontando con el intermitente encendido, contacté con el grupo de los gallos justo cuando se coronaba el alto, para encontrarme con la carretera bloqueada por los coches de los jueces árbitros. Otro calentón baldío. La ambulancia se había marchado al hospital a llevar a uno que fue a por uvas y teníamos que esperar su vuelta, porque era la única que teníamos. Se reanudó la carrera y los Esteve consideraron que el pasear ya se había terminado. Fuimos enfilados hasta el segundo alto, que volví a pasar en el grupo de cabeza. Tierra sobre el asfalto en la bajada hacia Piña de Esgueva, en un remedo de la Paris-Roubaix. Desde allí hasta meta, se sucedieron los latigazos a cola de grupo, mis dominios, hasta meta. La escapada estaba a un tris de ser interceptada cuando el Puma, del AC Marriot, saltó del grupo en solitario, cazó a los de cabeza, se llevó a rueda al Salchi Atila y ganó la carrera. A escasos segundos, la estampida de búfalos irrumpió en las calles de Tudela en un sprint masivo en el que no se me vio el pelo. Con las piernas vacías, emprendimos el viaje de vuelta a Madrid. De camino llenamos la panza en Cantimpalos, otrora capital de los chorizos. Siete días de lluvia ininterrumpida, perfectos para desempolvar el rodillo, separaban la carrera de Tudela de la clásica cita con Pepino, una carrera muy dura de esas que te dan por donde amarga el ídem. Salimos de Madrid Javier Milán, el tercer Chamartin ProCycling, y yo, con los limpiaparabrisas trabajando a conciencia. Nubes de lluvia pendían amenazantes en el cielo plomizo sobre nuestras cabezas. Las más cargadas nos esperaban agarradas con uñas y dientes a la Sierra de San Vicente, donde se encuentra el alto del Piélago, habitual juez de paz de la carrera. En Pepino, entre los aproximadamente 150 participantes se encontraban algunos de mis compañeros de equipo, Juan Andrés, Carlos, Arroyo, Luis Ignacio y Enrique. Se dio el banderazo de salida y el pelotón comenzó a serpentear de camino a Castillo de Bayuela, con un repecho que da acceso a la población que prepara las piernas para los siguientes 25 kilómetros de agonía. Se había formado una fuga precoz y el grupo principal no quería hacer concesiones. Tras pasar algún que otro momento de apuro, goma incluida, llegué a Pelahustán a cola de grupo, bajo una débil lluvia. En las estribaciones del Piélago, la tensión a la que nos sometían los galgos se me hizo insoportable y poco antes del inicio del Piélago, mis piernas dijeron basta. El agua y el granizo nos acompañaron de forma incesante durante toda la ascensión. Persiguiendo a los que se rezagaban de lo que quedaba del grupo principal cuando comenzamos la ascensión, me junté con Alberto Morán, un asiduo en los entrenamientos del Chamartín, y con mi compañero de equipo, Luis Ignacio, pero en el descenso hacia Navamorcuende, mi pavor casi patológico a bajar con suelo mojado me hizo perder contacto. Desde allí hasta meta, veinte kilómetros entre temblores y calambres, perdiendo rueda de cuantos me pasaban como motos. Aún así, entré en tiempo. Moleón había llegado en vencedor doce minutos antes, con Cidoncha a escasos metros. De los míos, Arroyo, que había pinchado en el Piélago, cuando se batía el cobre con los buenos, fue el primero en llegar a Pepino. Tres de tres en Bargas. Una carrera recalificada master hace un par de años desde el calendario amateur en la que se suele volar. Algo más de cien participantes, tres Pizarros, Jorge Guerra, Fernando Navas y yo, dispuestos a sacarle brillo al 53x11. Con pronóstico de una lluvia que afortunadamente se olvidó de nosotros por un día, dimos una vuelta neutralizada por las calles de la localidad. Una vez en campo abierto, se lanzó la carrera con una serie de dos kilómetros a 70 km/h, que me hizo llorar lactato. La primera vuelta de las tres previstas, la organización nos perdonó una cuarta, se voló a 46 km/h de media. Cada latigazo a cola de grupo se cobraba sus víctimas. Primer paso por Bargas y, a la salida del pueblo, un par de rotondas que tracé como el culo, me dejaron en una posición delicada. Por delante, se formaron un par de escapadas y el ritmo se suavizó hasta los humanos 43 km/h de media, aún así, las manzanas seguían madurando y cayendo por momentos. Segundo paso por Bargas, última vuelta, rotonda mal trazada, latigazo y, esta vez, el que se quedó fui yo. Alcancé a otro llanero solitario y juntos completamos la tercera vuelta, para llegar a meta poco después de los primeros, que esta vez fueron los Orquin Alberto Sánchez y Héctor Guerra, el ex profesional. Le cambio su Vuelta a Madrid por mi quinto puesto en Cánovas del 94. Tercero, el extremeño Pedro Cidoncha, que siempre está ahí. Reflexiones tras la ronda de carreras invernales: mi táctica de ver la carrera desde cola de paquete me garantiza mucho dolor; el número de latigazos que puedo soportar hasta reventar aumenta con cada carrera, pero parece no ser suficiente; las curvas se trazan, no se temen; las bajadas con lluvia no son lo mío, pero se pueden mejorar y mucho; lo mío son las subidas a balón parado; he acabado dentro del límite de tiempo las tres carreras en las que he participado, me suena triste conformarme con eso pero en vista de mi currículum no es poco.
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Foto: Paco Galán
Foto: Edu Roldán