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Diario de un informático (IX) <27 de enero de 2013 > (por Juanjo) El sol se abría paso a través de la densa polución y se reflejaba en los charcos de queroseno sobre el asfalto. El incesante rugir de motores y generadores eléctricos resonaba en cada esquina. Amanecía en Thamel y sus habitantes pululaban por doquier; vendedores de fritangas frente a sus cocinas, cambistas, conductores de los más variopintos medios de transporte, comerciantes, turistas ocasionales, occidentales colgados, vendedores de remedios afrodisíacos y transeúntes varios; todos ellos hastiados por el caos, pero adictos a él. Una paloma se aferraba a una mata de pelo sobre la sien de Marcial, asida con fuerza para no deslizarse por el sudoroso cuero cabelludo, desconocedora del mal despertar de su huésped. Sin siquiera levantar los párpados, el durmiente sacó una mano de debajo de la almohada y propinó una salvaje bofetada donde, justo antes, la rata alada había depositado el producto de la digestión de un desayuno basado en colillas y gusanos de tierra. En vano saltó de la cama y persiguió por toda la habitación a la indispuesta paloma, que huyó por un boquete en el tejado. Jurando en arameo, se enjuagó los ojos, irritados por el contacto con la pasta parduzca que le corría frente abajo, y se recompuso como pudo un peinado patentado por Oneto. Las tripas le rugían, por lo que bajó a la recepción del hotel con lo puesto, para exigirle un desayuno continental al recepcionista de turno, que resultó ser el taxista del Tata. Éste le recibió con efusivas muestras de camaradería y le instó a tomar asiento en un vetusto sillón junto a la puerta. Hojeó la prensa local en busca de noticias interesantes, tratando de descifrar algo de lo escrito en ellas. El devanagari le resultaba tan familiar como el caviar iraní, por lo que desistió y se dedicó a contemplar la procesión de monjes budistas que colapsaba el tráfico de la concurrida calle. Se imaginó caminando descalzo como ellos sobre la capa de residuos aplastados por años de tránsito rodado y sintió cómo los dedos de sus pies se retraían hacia posiciones seguras. La suya siempre había sido una vida de comodidades y no renunciaría a ella por muy preciadas que fuesen futuras reencarnaciones en la interminable búsqueda de la iluminación. Abandonó sus cavilaciones al olor del plato de arroz con lentejas que reposaba humeante sobre la mesa junto a un vaso de agua templada, donde alguien había diluido un sobre de café instantáneo. Ganesh, el solícito taxista-recepcionista le hizo saber, con gestos inequívocos, que aquel era un desayuno de reyes. Después de jugar durante unos minutos con la mosca que aleteaba entre los granos de arroz, Marcial dejó a un lado el manjar divino y subió a sus aposentos, de los que regresó al poco tiempo luciendo el uniforme de trabajo, un sobrio traje heredado de su abuelo, enterrador en Casares de las Hurdes. Le extendió a Ganesh una hoja con la dirección del cliente, donde debía personarse a lo largo de la mañana para continuar con la labor empantanada por el triste desenlace de su saturnino predecesor. Un joven budista, que tuvo la mala fortuna de pedir limosna en el sitio y hora equivocados, fue nombrado improvisado encargado de recepción. Aún se deshacía en aspavientos cuando el taxi de Ganesh se perdía entre el gentío, rumbo al Ministerio de Ciencia y Tecnología, en Singha Durbar.
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