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Adiós al blanco nuclear <17 de noviembre de 2013 > (por Juanjo) Ya iba siendo hora de que llenase de palabras este blanco inmaculado en que se ha convertido esta web en los últimos tiempos. He estado dedicado a otros proyectos; como la construcción de la web del que será mi equipo ciclista en 2014, y que puede visitarse, aunque esté en construcción, en Something Old Cycling Team; o el estudio del sistema operativo RedHat, que ocupa buena parte de mis horas de trabajo y, todo sea dicho, algunas de mi tiempo de ocio, y del que igual hablo algún día aquí, aunque esta web sólo tenga de tecnológica la cabecera. Durante este tiempo he viajado, no mucho, la verdad, y no muy lejos. A Cádiz, donde pasamos dos semanas Eva y yo, en ocasiones, con el control parental activado. Como es habitual, me llevé el cuaderno de bitácora y dejé escrito un relato poco edulcorado, que dejo en la sección habitual.
Hacia las Dolomitas (de nuevo) <05 de agosto de 2013 > (por Juanjo) Vuelvo a las Dolomitas, por tercera vez desde que en 2010 ya visitase la región en dos ocasiones. Esta vez viajo con los compañeros del Club Ciclista Chamartín. En total somos ocho los que partimos desde Madrid hasta Milán, y desde allí a Colfosco, donde nos uniremos con el noveno integrante de esta expedición. Serán 10 días de viaje, 8 días de bicicleta, para subir los puertos más significativos del lugar, entre los cuales se encuentran algunas de las subidas más míticas del ciclismo: Passo Pordoi, Marmolada, las Tres Cimas de Lavaredo, el Mortirolo, Passo Gavia o Passo Stelvio. La narración del viaje estará disponible en el blog oficial, a ser posible en tiempo real: http://dolomiti2013.blogspot.com ¡Hasta la vuelta!
El antipico de forma <26 de mayo de 2013 > (por Juanjo) Comenzaba Mayo con una excursión a tierras aragonesas, donde se celebraba una nueva edición de la Challenge de Aragón, la primera que yo disputaba. Con la baja de última hora de Julio, el Tigre de Lalín, el combinado mixto Chamartín-Francisco Pizarro se dirigía a Cariñena, cuna de buenos vinos, para disputar tres etapas en dos dias. El 4 de mayo a las 10 de la mañana, en Longares, los master nos lanzábamos rampa abajo para cubrir los poco más de ocho kilómetros de la crono inicial. Los había con cabras de crono, con acoples de triatleta en el manillar o con la bici tal cual vino de fábrica. Los resultados, más que dispares. El mío, en especial, penoso a más no poder. El 166 de casi 200 participantes. Desde Longares nos trasladamos hasta Fuendetodos, cuna de Goya y ***** de un esperpéntico e inacabado museo en honor del pintor, uno de tantos despilfarros de la época del "España va bien". Allí, comida de rancho y tensa espera hasta la salida de la segunda etapa, de 87 kilómetros por un trazado exigente, que el equipo del líder controló desde el inicio. Aguanté el tipo como pude hasta dos kilómetros de meta, donde la organización nos brindó un tramo de sterrato que partió en pelotón y me dejó a mí, como es habitual, postergado a las últimas posiciones. Al menos, aún quedaban refrescos cuando llegué a meta, que no es poco. Al día siguiente se disputaba la etapa reina, sobre un recorrido de 91 kilómetros con dos puertos puntuables, el último de ellos situado a 10 kilómetros de la meta. Ya en ruta, aire de costado, nervios y una caída de la que me libré por ir a cola de grupo. Tras un primer paso por Cariñena afrontamos la primera subida, sin problemas hasta los dos últimos kilómetros, cuando los gallos comenzaron a tensar para echar abajo una escapada. Tras la bajada de este puerto, tomamos una carretera muy pestosa, en busca de Codos, donde comenzaba la última dificultad montañosa de la Challenge. Poco antes de Codos, cometí la globerada de cambiar de plato en una bajada muy bacheada, con la consiguiente salida de cadena y la pérdida de contacto. No obstante, no iba fino y no pude más que ver cómo, a lo lejos, los buenos obsequiaban agonía a espuertas. De allí a meta, puse el automático y finalicé a algo menos de 9 minutos del vencedor. De vuelta a Madrid, incubé un catarro que aún arrastro a día de hoy, y que paseé por las carreteras madrileñas en el Memorial David Montenegro, prueba puntuable para la Copa de España, que tuvo lugar el 25 de mayo. De salida, un ritmo de locos en la bajada hacia Villanueva de la Cañada. A los pies de la cantera llegó una escapada con algunos segundos de ventaja con respecto al pelotón, donde se iban afilando los cuchillos. En la subida, reventé con todas las de la ley, no sé si por el catarro, por la inactividad, el calor o por intercesión divina. El caso es que me agarré a un cómodo grupito de rezagados hasta que pinché la rueda de atrás. Carlos me encontró arreglando el pinchazo y fuimos juntos hasta meta, atajando por el alto de la Cruz Verde.
Abril a mil <19 de abril de 2013 > (por Juanjo) Se acabó el mal tiempo y llegaron los días de culotte corto y manguitos. Por fin llegó la primavera y, con ella, más carreras bajo el sol. La gente tiene más tiempo para entrenar, si cabe, y eso se nota en las velocidad media con que nos ventilamos los recorridos que los organizadores de turno diseñan para nuestro sufrimiento. Aquí entrena hasta el más tonto y cada vez cuesta más no ser el primero en descolgarse. La primera cita del mes tuvo lugar el 7 de abril en Talavera la Nueva, una población residencial a pocos kilómetros de Talavera de la Reina. En la línea de salida, con 122 kilómetros prácticamente llanos por delante, rozando el límite de la categoría, nos reunimos casi 200 ciclistas. La gente lo ha cogido con ganas este año y carrera tras carrera alcanzamos el pleno de inscritos. Salida lanzada y ritmo infernal desde el mismo comienzo de la prueba. La primera de dos vueltas a un circuito de unos 45 kilómetros se hizo a un ritmo endiablado, con continuos ataques que no fructificaron. Había tensión en el pelotón y los bandazos y frenazos eran frecuentes. En mis dominios, a cola de grupo, el látigo iba cobrándose sus víctimas a cuentagotas. Los "chamartines" y "pizarros" nos agarrábamos al grupo con uñas y dientes y resistimos como pudimos hasta la tercera vuelta final, un bucle de unos 30 kilómetros al que llegó compacto un grupo de unas cien unidades, entre las que me encontraba. Los diez últimos kilómetros hasta meta discurrieron por la antigua N-V, una pista de despegue parcheada. El pelotón ocupaba todo el ancho de la vía mientras los cuentakilómetros marcaban los 60 km/h. Último paso por Talavera la Nueva y subida final a El Casar de Talavera, hacia donde se llegaba tras una chicane donde los últimos del grupo tuvimos que frenar en seco, y un repecho donde me visitaron los calambres. Por delante, los conductores de la locomotora multicolor paraban el crono en 2h45'30". Habíamos rodado a unos escalofriantes 44,23 km/h de media.
Arroyo de la Encomienda, una suerte de barrio pijo residencial próximo a la capital vallisoletana, acogió el Trofeo Juan Carlos Domínguez la soleada y calurosa mañana del domingo 14 de abril. Nueva participación multitudinaria, con lo más granado de las comunidades madrileña y castellano-leonesa. Desde Madrid fuimos los dos Pizarros, Jorge y yo, y los ya habituales Chamartines, Carlos, Javi y Julio, con la intención de finalizar un recorrido de poco menos de 90 kilómetros, de los cuales los primeros 8, en subida, eran neutralizados. Aún así, el el ritmo era fuerte e incluso los hubo que se descolgaron antes de la salida lanzada, que se dio en un duro repecho justo después de una curva cerrada a la salida de un pueblo. La escabechina se cobró sus víctimas y nos dejó a muchos heridos de muerte. Como siempre, muchos ataques en llano y en cada uno de los repechos que jalonaban el exigente recorrido. Tras una primera subida en la que se estiró el paquete, el pelotón se partió en el segundo paso por Robladillo, cuando un rebaño de ovejas se cruzó en estampida en mitad de la carretera. Yo, que iba a cola, me quedé cortado en el segundo grupo, que fue abriendo gas progresivamente en pos del grupo de cabeza. Más gas del que podía aguantar. Al final, en un repecho que subíamos enfilados me abrí boqueando en busca de aire. Con mis excompañeros de grupo en el horizonte, me metí una crono individual de 10 kilómetros a casi 50 por hora, hasta que un pequeño grupo me cogió por detras. Llegamos a meta a relevos-palos a poco más de 5 minutos del vencedor, un tal Luis Casabal, en el puesto 140º. Las piernas no dan para más. Al menos, acabé la carrera en tiempo, y van cinco de cinco. Tendría que tirar de hemeroteca para encontrarme una racha de "éxitos" semejante.
Carreritas invernales <18 de marzo de 2013 > (por Juanjo) Habían pasado nueve meses desde la última vez que me coloqué un dorsal en el maillot hasta que, a comienzos de marzo, me presenté en Tudela de Duero con muchas ganas y más dudas aún. Junto a mí estaban Jorge Guerra, el otro "madrileño" del Francisco Pizarro-Trujillo, y los Chamartin ProCycling Julio Fuciños y Carlos Encinas. Con un tiempo desapacible y el frío lógico para estas alturas de año en Valladolid, los 125 inscritos echamos a rodar por las calles de Tudela, entre el olor a pomada calentadora y el clac-clac de los cambios. Desde el comienzo, apliqué mi casi única táctica en carrera, que consiste en ir cerrando el grupo y verlas venir. Al menos esta vez me salió bien. La carrera, que discurría por las mismas carreteras que ya había transitado en la Challenge de Valladolid del 2009 y que recuerdo porque es difícil olvidar los lugares que uno asocia al sufrimiento, era relativamente llana, salvo por los dos cortos altos de Valbuena de Duero y Piña de Esgueva. Al primero llegaron escapados seis toros seis. No se subió muy fuerte, pero lo suficiente como para que el pelotón se rompiese. Yo, que subí remontando con el intermitente encendido, contacté con el grupo de los gallos justo cuando se coronaba el alto, para encontrarme con la carretera bloqueada por los coches de los jueces árbitros. Otro calentón baldío. La ambulancia se había marchado al hospital a llevar a uno que fue a por uvas y teníamos que esperar su vuelta, porque era la única que teníamos. Se reanudó la carrera y los Esteve consideraron que el pasear ya se había terminado. Fuimos enfilados hasta el segundo alto, que volví a pasar en el grupo de cabeza. Tierra sobre el asfalto en la bajada hacia Piña de Esgueva, en un remedo de la Paris-Roubaix. Desde allí hasta meta, se sucedieron los latigazos a cola de grupo, mis dominios, hasta meta. La escapada estaba a un tris de ser interceptada cuando el Puma, del AC Marriot, saltó del grupo en solitario, cazó a los de cabeza, se llevó a rueda al Salchi Atila y ganó la carrera. A escasos segundos, la estampida de búfalos irrumpió en las calles de Tudela en un sprint masivo en el que no se me vio el pelo. Con las piernas vacías, emprendimos el viaje de vuelta a Madrid. De camino llenamos la panza en Cantimpalos, otrora capital de los chorizos. Siete días de lluvia ininterrumpida, perfectos para desempolvar el rodillo, separaban la carrera de Tudela de la clásica cita con Pepino, una carrera muy dura de esas que te dan por donde amarga el ídem. Salimos de Madrid Javier Milán, el tercer Chamartin ProCycling, y yo, con los limpiaparabrisas trabajando a conciencia. Nubes de lluvia pendían amenazantes en el cielo plomizo sobre nuestras cabezas. Las más cargadas nos esperaban agarradas con uñas y dientes a la Sierra de San Vicente, donde se encuentra el alto del Piélago, habitual juez de paz de la carrera. En Pepino, entre los aproximadamente 150 participantes se encontraban algunos de mis compañeros de equipo, Juan Andrés, Carlos, Arroyo, Luis Ignacio y Enrique. Se dio el banderazo de salida y el pelotón comenzó a serpentear de camino a Castillo de Bayuela, con un repecho que da acceso a la población que prepara las piernas para los siguientes 25 kilómetros de agonía. Se había formado una fuga precoz y el grupo principal no quería hacer concesiones. Tras pasar algún que otro momento de apuro, goma incluida, llegué a Pelahustán a cola de grupo, bajo una débil lluvia. En las estribaciones del Piélago, la tensión a la que nos sometían los galgos se me hizo insoportable y poco antes del inicio del Piélago, mis piernas dijeron basta. El agua y el granizo nos acompañaron de forma incesante durante toda la ascensión. Persiguiendo a los que se rezagaban de lo que quedaba del grupo principal cuando comenzamos la ascensión, me junté con Alberto Morán, un asiduo en los entrenamientos del Chamartín, y con mi compañero de equipo, Luis Ignacio, pero en el descenso hacia Navamorcuende, mi pavor casi patológico a bajar con suelo mojado me hizo perder contacto. Desde allí hasta meta, veinte kilómetros entre temblores y calambres, perdiendo rueda de cuantos me pasaban como motos. Aún así, entré en tiempo. Moleón había llegado en vencedor doce minutos antes, con Cidoncha a escasos metros. De los míos, Arroyo, que había pinchado en el Piélago, cuando se batía el cobre con los buenos, fue el primero en llegar a Pepino. Tres de tres en Bargas. Una carrera recalificada master hace un par de años desde el calendario amateur en la que se suele volar. Algo más de cien participantes, tres Pizarros, Jorge Guerra, Fernando Navas y yo, dispuestos a sacarle brillo al 53x11. Con pronóstico de una lluvia que afortunadamente se olvidó de nosotros por un día, dimos una vuelta neutralizada por las calles de la localidad. Una vez en campo abierto, se lanzó la carrera con una serie de dos kilómetros a 70 km/h, que me hizo llorar lactato. La primera vuelta de las tres previstas, la organización nos perdonó una cuarta, se voló a 46 km/h de media. Cada latigazo a cola de grupo se cobraba sus víctimas. Primer paso por Bargas y, a la salida del pueblo, un par de rotondas que tracé como el culo, me dejaron en una posición delicada. Por delante, se formaron un par de escapadas y el ritmo se suavizó hasta los humanos 43 km/h de media, aún así, las manzanas seguían madurando y cayendo por momentos. Segundo paso por Bargas, última vuelta, rotonda mal trazada, latigazo y, esta vez, el que se quedó fui yo. Alcancé a otro llanero solitario y juntos completamos la tercera vuelta, para llegar a meta poco después de los primeros, que esta vez fueron los Orquin Alberto Sánchez y Héctor Guerra, el ex profesional. Le cambio su Vuelta a Madrid por mi quinto puesto en Cánovas del 94. Tercero, el extremeño Pedro Cidoncha, que siempre está ahí. Reflexiones tras la ronda de carreras invernales: mi táctica de ver la carrera desde cola de paquete me garantiza mucho dolor; el número de latigazos que puedo soportar hasta reventar aumenta con cada carrera, pero parece no ser suficiente; las curvas se trazan, no se temen; las bajadas con lluvia no son lo mío, pero se pueden mejorar y mucho; lo mío son las subidas a balón parado; he acabado dentro del límite de tiempo las tres carreras en las que he participado, me suena triste conformarme con eso pero en vista de mi currículum no es poco.
Diario de un informático (X) <17 de febrero de 2013 > (por Juanjo) La austera recepción del edificio ministerial era un verdadero santuario hinduista, sus paredes repletas de imágenes, algunas de ellas con autógrafo y dedicatoria originales, de las deidades Ganesha, Kali, Shivá, Indra o Sharukh Khan. Ataviada con un discreto sari, la recepcionista sorteaba con gracia los envites de una marea humana que, frente a la ventanilla, pugnaba por sacar del punto muerto trámites burocráticos de lo más variopinto. Sobre un mostrador se amontonaban peticiones de audiencia, solicitudes de becas de estudio, formularios de petición de financiación para incontables proyectos inviables, peticiones de material y solicitudes de pago por servicios prestados; trámites que solían heredarse tras la muerte de seres queridos, cuya memoria se honraba con peregrinaciones a los templos administrativos. Entre la maraña de brazos nervudos y morenos que agitaban con frenesí sus formularios, destacaba la pálida flacidez de las sebosas extremidades de Marcial extendiendo su carta de presentación hacia la joven funcionaria, quien tuvo a bien rescatarle del gentío y permitirle el acceso al interior de la garita. Una vez dentro, y como muestra de agradecimiento, el forastero le propinó dos protocolarios besos en las mejillas y le limpió, con una servilleta de papel, un antiestético círculo de pintura que algún travieso hijo de la susodicha debía haberle pintado en la frente. Cinco delgados dedos restallaron en el aire; sendas llameantes marcas rojas en la piel recibieron el beso de un sello de caucho, el cual estampó en la mandíbula de Marcial la fecha de ingreso en el intrincado mundo de la diplomacia asiática. El ingeniero jefe del Departamento de Desarrollo Tecnológico Rural mantenía una acalorada discusión telefónica con algún superior, a tenor del desproporcionado tamaño de sus carótidas. Hizo un gesto a Marcial, que se acomodó en una silla frente a la mesa. En el exterior del Ministerio, un vendedor ambulante devolvió a Marcial un cucurucho de papel estraza lleno de cacahuetes. El tubo de escape del taxi de Ganesh añadía toxinas al neblinoso cielo.
Diario de un informático (IX) <27 de enero de 2013 > (por Juanjo) El sol se abría paso a través de la densa polución y se reflejaba en los charcos de queroseno sobre el asfalto. El incesante rugir de motores y generadores eléctricos resonaba en cada esquina. Amanecía en Thamel y sus habitantes pululaban por doquier; vendedores de fritangas frente a sus cocinas, cambistas, conductores de los más variopintos medios de transporte, comerciantes, turistas ocasionales, occidentales colgados, vendedores de remedios afrodisíacos y transeúntes varios; todos ellos hastiados por el caos, pero adictos a él. Una paloma se aferraba a una mata de pelo sobre la sien de Marcial, asida con fuerza para no deslizarse por el sudoroso cuero cabelludo, desconocedora del mal despertar de su huésped. Sin siquiera levantar los párpados, el durmiente sacó una mano de debajo de la almohada y propinó una salvaje bofetada donde, justo antes, la rata alada había depositado el producto de la digestión de un desayuno basado en colillas y gusanos de tierra. En vano saltó de la cama y persiguió por toda la habitación a la indispuesta paloma, que huyó por un boquete en el tejado. Jurando en arameo, se enjuagó los ojos, irritados por el contacto con la pasta parduzca que le corría frente abajo, y se recompuso como pudo un peinado patentado por Oneto. Las tripas le rugían, por lo que bajó a la recepción del hotel con lo puesto, para exigirle un desayuno continental al recepcionista de turno, que resultó ser el taxista del Tata. Éste le recibió con efusivas muestras de camaradería y le instó a tomar asiento en un vetusto sillón junto a la puerta. Hojeó la prensa local en busca de noticias interesantes, tratando de descifrar algo de lo escrito en ellas. El devanagari le resultaba tan familiar como el caviar iraní, por lo que desistió y se dedicó a contemplar la procesión de monjes budistas que colapsaba el tráfico de la concurrida calle. Se imaginó caminando descalzo como ellos sobre la capa de residuos aplastados por años de tránsito rodado y sintió cómo los dedos de sus pies se retraían hacia posiciones seguras. La suya siempre había sido una vida de comodidades y no renunciaría a ella por muy preciadas que fuesen futuras reencarnaciones en la interminable búsqueda de la iluminación. Abandonó sus cavilaciones al olor del plato de arroz con lentejas que reposaba humeante sobre la mesa junto a un vaso de agua templada, donde alguien había diluido un sobre de café instantáneo. Ganesh, el solícito taxista-recepcionista le hizo saber, con gestos inequívocos, que aquel era un desayuno de reyes. Después de jugar durante unos minutos con la mosca que aleteaba entre los granos de arroz, Marcial dejó a un lado el manjar divino y subió a sus aposentos, de los que regresó al poco tiempo luciendo el uniforme de trabajo, un sobrio traje heredado de su abuelo, enterrador en Casares de las Hurdes. Le extendió a Ganesh una hoja con la dirección del cliente, donde debía personarse a lo largo de la mañana para continuar con la labor empantanada por el triste desenlace de su saturnino predecesor. Un joven budista, que tuvo la mala fortuna de pedir limosna en el sitio y hora equivocados, fue nombrado improvisado encargado de recepción. Aún se deshacía en aspavientos cuando el taxi de Ganesh se perdía entre el gentío, rumbo al Ministerio de Ciencia y Tecnología, en Singha Durbar.
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Foto: Paco Galán
Foto: Edu Roldán