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Diario de un informático (VIII) <01 de septiembre de 2012 > (por Juanjo) El sudor le corría a chorros bajo la camisa de algodón y brotaba como violentos géiseres por los ojales de sus zapatos a cada paso que daba. Había conocido mares más secos que aquella pista de aterrizaje y la trenca que vestía no ayudaba en absoluto a aplacar el calor, sino todo lo contrario. De los peludos yaks paciendo en las áridas y nevadas altiplanicies que poblaban las fotos de su guía de viaje, a aquellos morenos y achaparrados operarios de la Nepal Airlines yaciendo en un vergel propio de climas subtropicales, había una gran diferencia, si bien una primera inspección de tales especímenes le había llevado a creerse ante una olvidada especie de bóvidos adaptados al calor, a las camisas de seda y al tabaco de mascar. Caminó desde el aeroplano hacia la única terminal del Aeropuerto de Katmandú, una prodigiosa obra de arte de Ingeniería Civil del Medievo, ante cuya entrada le esperaba, palillo en mano, una ruda empleada del Ministerio de Sanidad dispuesta a comprobar que no era el portador de más virus que los habituales. En la sala de recepción de pasajeros se congregaban sus compañeros de vuelo, entregados como él a la difícil tarea de quitarse las incómodas hebras de algodón adheridas a los carrillos y el paladar. Esperaron allí hasta que les fueron entregados sus equipajes, los cuales habían sido escupidos por la panza del avión contra el suelo y arrastrados con alevosía sobre la pista. Los más afortunados se libraron de limpiar de sus mochilas las heces de los perros antidroga, los cuales, a tenor del tamaño de la plasta en relieve que adornaba su maleta de color beige, podrían haber hecho carrera en la flota de bombarderos. Hicieron cola desordenada mientras los operarios les entregaban los bártulos, no sin antes cotejar los números impresos en la tarjeta de embarque con unos garabatos escritos a tiza en los bultos o, en las maletas revestidas de poliuretano, a cuchillo. Por una módica propina, era posible esquivar los controles y renovar equipaje. La comitiva de damas con saris, turistas con rastas, budistas con pasta y hombres de negocio sin estilo, abandonó la apacible seguridad de la antesala del Infierno y se dirigió hacia la vociferante jauría de taxistas que aguardaban, pertrechados tras una inestable cristalera que crujía y se combaba, más allá de la sala de espera. Apenas hubo cruzado el umbral de la puerta, dos garras le arrancaron de la fila y lo arrastraron con determinación hacia el aparcamiento. Sabedor de lo inútil de presentar resistencia, se relajó, cerró los ojos y echó una cabezada rápida, de la que despertó dentro de un pequeño Tata conducido por un dicharachero taxista que tarareaba canciones ora de Alka Yagnik, ora de Lady Gaga. El entregado conductor prestaba un excelente servicio de ruta, con incontables paradas para montar y apear pasajeros, cuyo número nunca superó el triple del aforo permitido en el vehículo, afortunadamente. Cuando los ocupantes del coche se contaban por occidentales, el taxista bajó el seguro, aceleró la tartana hasta velocidades casi sónicas e, ignorando ruegos, gritos, vómitos e imprecaciones, los llevó hasta la puerta de un destartalado hotel en el populoso barrio de Thamel, en el que ninguno de los pálidos turistas hizo amago de hospedarse, excepto Marcial, para satisfacción del primo del dueño, que se marchó sonriente al volante de su Tata.
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