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Diario de un informático (VI) <21 de abril de 2011 > (por Juanjo) Ignacio Pendejo estaba locamente enamorado. De sí mismo. Recién entrado en la treintena, llevaba una carrera meteórica a sus espaldas, si bien la estela de destrucción que había dejado atrás era digna del más devastador de los cometas. Presumía de una excelente forma física, adquirida en sesiones de duro entrenamiento en el gimnasio que se había instalado en su despacho. De entre sus múltiples manías, o cualidades excepcionales desde su punto de vista, una de las más irritantes era su tendencia a practicar abdominales durante las reuniones de trabajo. Alardeaba de una desmedida adicción al trabajo. Era el primero en llegar a la oficina y nunca nadie le veía abandonarla. Ni siquiera las cámaras de seguridad, que sólo sufrían un apagado controlado de unos pocos segundos a una hora indeterminada de la noche por cuestiones de mantenimiento, habían registrado su salida del edificio. En cierto momento se llegó a dudar de su correcto funcionamiento y, por ese motivo, se revisaron las grabaciones de todo un semestre. El circuito cerrado de televisión funcionaba a las mil maravillas. Así lo confirmaban los cientos de horas almacenadas de increíble trasiego nocturno de empleados de la limpieza, repartidores de comida rápida, ladrones enmascarados, meretrices de diverso caché y fantasmas de enojados y difuntos exempleados. De Ignacio, sin embargo, no había ni rastro. Sus zapatos John Lobb de mil quinientos euros habían pisado muchos cuellos y sus manos ensortijadas habían sobado los traseros de demasiadas compañeras. En definitiva, era un gilipollas incorregible. Aquella mañana en su despacho, sentado tras la mesa de caoba sobre la que descansaban sus trofeos al jefe ejemplar y al ejecutivo del año por la revista Emprendedores, tazas de café con la foto de perfil con que apareció en Cinco Días, una pequeña caja con tarjetas de visita de color beige con letras doradas en relieve y autorretratos en los que posaba como cualquier participante en un importante certamen de culturismo, contemplaba absorto una bandada de cacatúas que parecían huir, sobrevolando un mar naranja, de la enorme papada que temblaba como un volcán de gelatina en plena erupción bajo la cara de la última incorporación al departamento. - Bien, bien. Veamos. Marcial… ¿Monagas?… A la vista de tu currículum, creo que encajarás perfectamente en la Compañía y en este departamento que lidero. Pasaste dos años y medio en Deloitte… Al cabo de cinco minutos, Marcial era llevado de aseo en aseo y finalmente hasta su mesa por un macilento joven de ojos rojos y penetrante hedor a vodka, en evidente estado de embriaguez, que respondía cuando podía al nombre de Luis.
Cortezas y certezas <09 de abril de 2011 > (por Juanjo) Se reparten lisonjas con la misma alegría con la que uno se aplica un colirio con zumo de limón como ingrediente principal. Sonrisas dibujadas con cincel y martillo sobre la pétrea corteza humana. La máquina de café, rebosante de bilis, no da abasto para surtir a una anhelante clientela que, a la vista de una lista que contiene nombres que no quisiera haber leído, diluye cólicos y cóleras en viscerales locuciones. En rededor del tapete verde, el crupier reparte figuras a unos y limosnas al resto. De una parte, el laconismo hecho arte. De la otra, el tahúr de la verborrea omnisciente. Mediando a pachas la doncella que maneja siniestra la sierra con dientes de seda, la primera dama con su risa histriónica, los tesoreros de la caja de los desatinos y los cancerberos del casino. El juego de envite acaba con superávit de ases sobre la mesa y la ya acostumbrada sensación de haber perdido el tiempo. &Enjugo con los dedos los restos de lluvia en este verano anticipado. Breve lapso para un mudo abrazo. Sin cabida para el miedo. Sin pronunciar palabra para decir lo que pienso. Que tengo la absoluta certeza de estar donde quiero y donde me quieren. Que todo lo demás es secundario.
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