Perro Insano
<22 de febrero de 2011 > (por Juanjo)



Escondido tras una máscara, con un hueso entre los dientes para no arrancarse la lengua a mordiscos, enguantadas las manos con las que destroza el mobiliario antes de salir al cuadrilátero, desde donde verá los rostros de todos aquellos que han acudido sedientos de violencia explícita y gratuita. Sus ojos, único vestigio de lo que otrora fue un hombre y se convirtió en el Perro Insano, del color de la misma miel que en sus labios anhela.

El espectáculo llega a su fin. Cada cual sigue su camino. El suyo acaba frente a un espejo en cuya esquina cuelga el antifaz. No son suyas las palabras en las que piensa cuando el agridulce olor a sangre se diluye en el aroma a incienso y que deja escritas en el dorso de la renuncia:

Hay una sensación de nostalgia en mí
Mientras leo la carta de Rosemary
Su honesta forma de escribir
No puedo olvidar los años que ha perdido

Aislada
Habla acerca de amor
y cuando leo
"Moriré en soledad"
sé que estaba dolida


Soledades especulares, identidades fusionadas en una colisión frontal increíble. Nuestro hombre respira al compás de los latidos de sus dos corazones y siente nostalgia por la vida que comienza ahora, después de un preludio demasiado largo.

Agradeciendo a Akerfeldt su cesión involuntaria. A mi querida donante, su entrega incondicional.
 

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Contabilidad para niños
<19 de febrero de 2011 > (por Juanjo)



Los cinco caminan en paralelo sobre el tartán, ajustando la longitud de sus zancadas a las diferentes distancias de cuerda que han de recorrer en cada vuelta, dejando libre la calle interior, por la que les adelanta cada dos minutos un enjuto, desgarbado y sudoroso atleta. Pantalones de pinzas, camisas blancas y corbatas de las baratas, que les definen manifiestamente como lo que son, unos extraños fuera de lugar. La disparidad en el vestuario convierte la escena en una lamentable parodia de Reservoir Dogs. El almuerzo está en fase de centrifugado y los relojes se muestran reacios a demorarse, acercando la hora de regreso a una vida que zozobra. Unos ojos ojerosos, ocultos tras unas gafas monstruosas, acompañan con movimientos acompasados cada una de las palabras pronunciadas por los labios situados, a escasos centímetros, en esa misma cara.
- Le he mostrado al jefe la gráfica de costes finales del ejercicio fiscal. Le dije que era evidente que había sido un buen año.
- ¿Y?
- Después de mirarlo durante un par de minutos, me pidió que se lo explicase como si de un adolescente se tratase.
- Muy pretencioso por su parte.
- Así que le comenté «Muy bien, este es nuestro presupuesto global para el año fiscal, respresentado en el eje de las abscisas...» «¿Esto?» «Ahí, sí, donde tienes el dedo... Como se puede ver claramente, tenemos un superávit de 5.000 euros.» «¿5.000 euros? Uau!?» «Sí. Pero hemos de gastarnos ese dinero antes de final del día o nos será deducido del presupuesto del próximo año. ¿De acuerdo?»
- ¿Y?
- Me pidió que se lo explicase como a un niño de 5 años.
- Siempre sobrevalorándose.
- Por lo tanto, tiré de recuerdos de mi etapa en campamentos de verano y le dije «Mamá y papá te dan 10 euros para montar un puesto de venta de limonada. Así que compras vasos de plástico, limones y azúcar, y resulta que te sobra un euro.» «Sobra un euro... vale, sigue.» «Así que puedes devolverle ese euro a papá y mamá, pero entonces el verano siguiente...» «Tendré 6 años» «...les pides 10 euros y sólo te dan 9, porque eso es lo que piensan que cuesta montar el puesto de venta de limonada.» «Ya veo...» «Por lo tanto, lo que debes hacer es gastarte el euro que te ha sobrado en cualquier otra cosa, para que tus padres piensen que el puesto de venta de limonada te costó 10 euros.»
- ¿Lo entendió?
- Sí, cuando se lo expliqué con diez monedas de un euro y varios sobres de azúcar de la cafetería.
Una jadeante figura les rebasa por la izquierda.
- ¿Al final que va a hacer con el dinero?
- Devolverlo a la central. Les llamó para corroborar mi "teoría" y le informaron de que le corresponde una comisión del 5 por ciento de la cantidad presupuestada y no utilizada. Eso lo entendió a la primera.
Un ángel les sobrevuela, arrastrando una pancarta publicitaria que reza «La incompetencia y la avaricia no están reñidas».

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Crónicas de πφa ∞
<17 de febrero de 2011 > (por Juanjo)



A poco más de 50 años luz de la Tierra se halla Tau Boötis, perteneciente a la constelación de Boötes. Esta pequeña estrella brinda cálidos amaneceres a los habitantes de Tau Boötis b, un planeta catalogado por los astrólogos humanos como gigante gaseoso y que los nativos consideran el estercolero de la galaxia. De esa opinión es πφa ∞, uno de tantos ITETEEG (ingenieros de transmutación temporo-espacio-energético-genética) que la Universidad de Tau Ceti escupe anualmente y que se desperdigan por toda la Vía Láctea en busca de un trabajo basura, con una inquebrantable fe en sus inexistentes posibilidades de alcanzar el éxito con que todo habitante galáctico sueña, aparte de las implícitas consecuencias: un crucero espacial con propulsión ceruleazimutal, una estación orbital con vistas a Alfa Tucanae y un matrimonio de conveniencia con una alrishana. Con su sueldo de becario en el departamento de estudio de formas de vida primitivas de una organización interestelar por la defensa de las especies irracionales, πφa ∞ estaba a milenios-luz de conseguirlo. Había sido destinado a un infecto agujero perdido en unas coordenadas indeterminadas de la galaxia, para estudiar a unos minúsculos organismos cuya anatomía se asemejaba a la de los taubootinenses, al menos en lo que a proporción entre la longitud del cuerpo y la del miembro viril se refiere, que recibían el nombre de Pollicipes pollicipes. La misión estaba abocada al fracaso, por la incapacidad de los taubootinenses para permanecer con vida en entornos acuosos y salinos y por las extrañas costumbres alimenticias de una de las especies minoritarias, pero más notorias por nocivas y parlanchinas del planeta, que se empeñaban en deglutir a marchas forzadas todos los especímenes sujetos a estudio. Por razones que no vienen al caso en estos momentos, πφa ∞ acabó disfrutando su estancia entre los individuos de esta primitiva especie y, por esas mismas razones, fue muy bien recibido.

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Estofado de zarigüeya
<12 de febrero de 2011 > (por Juanjo)



Segundo viernes de febrero. Más o menos a la misma hora que mi ángel atraviesa una puerta férrea dando comienzo a un nuevo turno para la salvación de almas, me despierto de un letargo de horas y me aferro, aún somnoliento, al mando de la caja tonta. En El Debate de La 2, María Casado charla con media docena de invitados acerca de la calidad de la televisión actual. Una pregunta en el aire, ¿tenemos la televisión que nos merecemos? Ni los seis invitados, ni la moderadora, ni el espectador que suscribe este texto dudan la respuesta y replantean la cuestión en busca de los responsables de la pésima calidad de los programas en parrilla. Unos opinan que ésta recae en las empresas que elaboran los contenidos emitidos; otros, sin embargo, no eximen de culpa al telespectador; incluso los hay que consideran que la televisión no es más que un reflejo de esta sociedad nuestra. Sociedad basura.

A la misma bat-hora, en otro bat-canal, la princesa del pueblo se somete al polígrafo. La number one de lo zafio se muestra transcendental ante preguntas banales acerca de su... lo de siempre, qué más da. Primeros planos estremecedores, lágrimas de botox, impagable testimonio de una extraterrestre. Como Andreíta, "cómome el pollo" y salto a otra mierda donde chapotear a gusto.

En una de las paradas técnicas entre canal y canal, necesarias para que la yema del dedo gordo recupere la forma y sensibilidad, me sorprendo mirando cara a cara a Heidi, una zarigüeya estrábica con domicilio postal en Leipzig y, cómo no, perfil en Facebook. Este marsupial, desagraciado y desagradable a más no poder, se ha ganado el derecho a participar en la ceremonia de entrega de los Oscar de Hollywood. Yo lo flipo. Quisiera saber si existe en Madrid un restaurante donde pueda disfrutar de una ración de pulpo Paul a la gallega o de estofado de zarigüeya. Habría que permitir a los marsupiales hacer lo que mejor saben: pelar cables de polígrafos, aún a riesgo de electrocución de sus usuarios.

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Máquina púdica
<09 de febrero de 2011 > (por Juanjo)



Se fabricó una máquina púdica.

Constaba de una áspera cinta, a la que arrojaba sin miramientos todo aquello que se le ocurría, con la delicadeza propia de los encargados de cuidar de las maletas en un aeropuerto. Dispuestas sobre ella, las ruedas de un engranaje, rotuladas con los más variopintos apelativos como Vergüenza, Contención o Represión, trituraban, cuarteaban y machacaban cuanto se zarandeaba cinta abajo. Los disciplinados operarios del Departamento de Censura, Decoro y Desmedido Respeto apartaban las impurezas, ocultándolas bajo la alfombra del subconsciente, desde donde sólo pujaban hacia fuera cuando todos dormían.

Las pocas ideas que llegaban indemnes al final de la cadena de destrucción, quizás no llevasen el impulso suficiente como para superar el último escollo, una abrupta rampa cubierta por una mucosa repleta de papilas, en cuya punta se paraban en seco para ahogarse y morir en un suspiro, como quien dice.

Con el tiempo supo de lo absurdo de su ingenio por mediación de quien había aprendido bailes freudianos y hurtado manzanas primigenias. Decidió que aquel mecanismo tenía los días contados.

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Lobos esteparios
<05 de febrero de 2011 > (por Juanjo)



Su casa daba a dos estaciones. Uno podía asomarse a la ventana de una de las habitaciones y, si prestaba atención y escuchaba más allá del zumbido de la máquina arrinconada que sólo sabía de ceros y unos, identificar el rumor de una fauna en ebullición, enloquecida por la canícula, chicharras chillonas que cedían la vez y la voz a grillos melancólicos, abejas y avispas pululando alrededor de las demandadas fuentes de agua, buscando refugio bajo la copa de los árboles. Podía mirar al sol a la cara, con los ojos entrecerrados, empaparse del brillante cielo amarillo sobre la copa de los árboles, pedirle una tregua para lanzarse al exterior y pisar el ardiente asfalto ataviado con lo mínimo, sudor y sal en la piel, en busca de espejismos. O abatir la ventana, apoyar los codos en el alfeizar y disfrutar del baile invernal, de la diversa tonalidad de las hojas precipitándose sobre un fondo gris y azul puro y crudo, de la desnudez de los árboles, reflejada en el brillante suelo mojado, del aroma a tierra mojada y a tristeza impermeable. Podía confiar en la lejanía de las nubes, imitar la morfología de una cebolla e, ignorando un termómetro en negativo, achicar el agua de los charcos calzado con una botas del color del furioso atardecer. Desafiar la tormenta y atravesar la cortina de nieve, trazar con huellas un sendero sobre la mullida alfombra, sentir con excitación el aullido del lobo estepario brotando de sus entrañas.

Su casa tenía dos estancias separadas por un ecotono artificial, una puerta corredera siempre abierta, bajo cuyo marco uno no podía más que estar agradecido. Por supuesto que adoro el frío y crudo invierno. Me trajo hasta tí.

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