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diarioenbinario 4.0 released <31 de diciembre de 2010 > (por Juanjo)
Pájaros en la cabeza <30 de diciembre de 2010 > (por Juanjo)
Carrera espacial <27 de diciembre de 2010 > (por Juanjo)
Soliloquio campestre a tres bandas <25 de diciembre de 2010 > (por Juanjo)
A mi única inspiración.
Demoliciones en curso <23 de diciembre de 2010 > (por Juanjo)
Etiquetar es una afición compartida por muchos. Los hay que marcan todo tipo de artículos, ropa, botellas de vino o alimentos. Otros dibujan el mapa mundi con adhesivos en su maleta de cuero. Algunos, en nuestro ámbito profesional, etiquetamos cables, tarjetas y discos. La élite se atreve a etiquetar las propias reglas. Y cada uno, sin excepción, hace lo propio con los demás. La cuestión es ponerle un sello, personal e intransferible, a todo cuanto nos rodea. El que sea más o menos justo, acertado o adecuado es lo de menos. Llegamos al extremo de etiquetarnos a nosotros mismos. Analizamos lo que somos, creemos o queremos ser y nos adjetivamos. Como consecuencia actuamos en consecuencia. En nuestra huída del dolor y hacia el olvido nos acostumbramos a mirarlo todo como quien observa un eclipse de sol a través de un negativo. Creemos saberlo todo acerca de nosotros, de lo efímero de aquello cuanto escapa a nuestro control, de lo fútil del afecto que otros prodigan y que a nosotros nos resulta extraño. Rociamos nuestro corazón con anestésicos y nuestros sueños con ácido clorhídrico. Erigimos búnkeres de autosuficiencia desde donde observamos las sombras en el exterior, sin importarnos las fuentes, su nitidez ni su irradiación. En esta huída, sin embargo, nuestra determinación hace aguas. Tan sólo necesitamos la chispa adecuada para ratificarnos en nuestro error, para cerciorarnos de que no queremos construir la vida usando sólo gris hormigón, que son imprescindibles las vidrieras de colores. Como el rojo de unas botas que salpican el agua de los charcos, el azul del disfraz de heroína contemporánea, el rosado de una piel que nos protege del frío o el verde tras las córneas en que nos vemos reflejados.
Isabeau y Navarre <22 de diciembre de 2010 > (por Juanjo)
El despertador chirría tras la puerta del armario. Aún es de noche y las luces de color se reflejan en los cristales, deslumbrándole a través de la ligera cortina de lluvia. Vapor de agua en suspensión, el humo emanado por un tubo de escape, las gotas de lluvia haciendo círculos en los charcos y el palpable aroma del café ascendiendo desde la taza hacia mi nariz. Nada más en movimiento. A escasos diez pasos las luces verdes del módem parpadean. Tal vez haya mensaje nuevo. O tal vez no, aún es pronto para el relevo al turno de noche. Me visto: traje, camisa y corbata a juego, calcetines y zapatos negros. Siete horas de trabajo por delante. Siete horas que supondrán tu descanso. Una vez en casa, el tiempo vuela hasta que anochece. Desde entonces y hasta que recibo una llamada por línea telefónica directa con zona de guerra, los minutos se atoran y discurren con exasperante lentitud. Es tu voz..... De vueltas con esta obligada quietud me preparo para pasar página al calendario. Ojeo las siguientes entradas. Hay una L. Señal inequívoca: eclipse de sol sobre Aquila.
Diario de un informático (IV) <22 de diciembre de 2010 > (por Juanjo) Los historiadores han descrito con admirable y sádica exactitud lo crudo e inhumano del hacinamiento en las cárceles musulmanas donde tantos y tan valientes cruzados agonizaron más allá de lo humanamente soportable hasta su último aliento. Estos mismos historiadores deberían dejar escrito para conocimiento de las futuras y más felices generaciones, la palpable realidad de un viaje en la red del Metro de Madrid en hora punta un lunes lluvioso cualquiera. Los que la conocen, saben de qué hablo. Sobran las explicaciones. Benito, el consultor en ciernes, bajó un último tramo de escaleras hasta el andén de la línea 6 en Pacífico, la Omaha Beach de las estaciones. Cuando el atestado tren se detenía en el apeadero, sus vagones, abombados por la presión que el exceso de pasajeros ejercía sobre las paredes, vibraban como una olla a punto de reventar y esparcir tropezones de cocido por toda la estación. Momentos antes, mientras el vagón de cabeza hacía su salida triunfal de la boca del túnel, ingentes cantidades de aspirantes a sardinas en lata se agolpaban y apretujaban entre la línea amarilla de advertencia y el borde del andén, dejando a los situados en la primera fila a tan sólo un suspiro de una más que segura muerte o, en el mejor de los casos, de una horrenda mutilación. Aquel día había más gente que de costumbre. Tanta que se le pasó por la cabeza la descabellada idea de que estaban allí a cargo de las arcas públicas de los Ayuntamientos de las ciudades-dormitorio de la Comunidad, en una suerte de campaña promocional abogando por la inteligente compra de un adosado con piscina, jardín y pista de pádel, a tal distancia de cualquier otro indicio de vida inteligente, excluidos los vecinos de al lado, que se hacía necesario el uso de vehículo propio hasta para tirar la basura, y por supuesto, para ir al trabajo, evitando así el uso del masificado metro. Sin servicios de primera necesidad, ni transporte público alguno, a esas remotas urbanizaciones sólo llega la muerte, y se suele tomar su tiempo. Por el espacio de tiempo en que llegaban y partían los tres primeros trenes, no tuvo que preocuparse más que de dejarse arrastrar hacia las vías y luchar contra las fuerzas de choque que salían catapultadas, voluntaria o involuntariamente, del tren cuando éste abría sus puertas. El cuarto tren de la cuenta hizo aparición. Cerró los ojos y escuchó el chirrido de ruedas patinando sobre los raíles, sintió el lento y pesado traqueteo del convoy, mascó el miedo y la angustia de los que esperaban, pensó en Birkenau 1944. El tren se detuvo, y le dejó frente a una ventana, a mitad de camino entre dos puertas. Sólo un metro, todo un mundo. Contempló caras de angustia a través del cristal y vio la mirada de las mil yardas en los ojos de sus vecinos de andén. Las puertas de abrieron, desatándose la barbarie. Se sucedieron codazos, empujones, pisotones, insultos e imprecaciones, menciones cariñosas a las familias y otros guiños amistosos por el estilo dentro del vagón, fuera de él y en la frontera. Jóvenes que perdían el conocimiento y eran arrastrados al andén, padres que perdían a sus hijos, ancianos que se apeaban en una estación prematura enganchado su bastón a un ojal del pantalón de alguna señorita de buen ver, carteras que dejaban atrás un bolsillo conocido para salir a la calle en una mano extraña. Mientras los primeros afortunados eran escupidos por el palpitante amasijo de hierro, carne y vísceras, dejando un imperceptible hueco detrás, la lucha a cara de perro comenzaba a sus espaldas. La lucha duró medio minuto, equivalente a años de vida, y el saldo fue el acostumbrado: salieron diez, cabían diez, entraron veinte. Había conseguido colarse in extremis, gracias a la ayuda de la amable señora que le sucedía en la cola y a la habilidad de ésta para aporrear sin contemplaciones los riñones de los demás hasta conseguir de ellos lo que buscaba: un espacio suficiente para meter el carro de la compra, instalar el taburete y hacer punto de ganchillo. Aquello le dejaba a Marcial poco margen de maniobra. Por la retaguardia, se arriesgaba a ser ensartado por una aguda de hacer punto; en el frente, sus ojos estaban a milímetros del filo de las hojas de un periódico, que debía tener el tamaño de tabloide británico; por el costado derecho, el peligro le llegaba de una banda de mariachis. Habían conseguido subirse en la estación de Opañel y ahora les resultaba imposible franquear las puertas hacia la libertad sin perder algún miembro en el camino. El violinista, con un bigote y patillas de fieltro negro, muy bien logrados, un sombrero del tamaño de una rueda de molino manchego y unas espuelas que encajaban muy bien en las espinillas de su entusiasmado público, agitaba frenéticamente el arco de su violín, y amenazaba con practicarle una traqueotomía sin anestesia. A su izquierda retumbaba el Adagio for strings del señor Tiësto en los auriculares de un adolescente aspirante a ser la enésima obra social de Centro Reto. Lo de todos los días, se tendría que acostumbrar. El tren llegó a su destino. Tras vencer la férrea resistencia de la melé, y con lágrimas de emoción surcándole las mejillas, comenzó a subir las escaleras hacia la libertad. Afuera seguía lloviendo a mares, pero aquella menudencia le daba igual. Había sobrevivido al viaje con tan sólo un traumatismo maxilofacial y un par de dientes rotos.
En sus marcas. Listos... <21 de diciembre de 2010 > (por Juanjo) Lunes 20 de diciembre. Polideportivo Municipal de Playa Victoria. Después de un mes de descanso el cuerpo se muestra reacio a iniciar un nuevo curso deportivo. Me hago un hueco entre los habitantes permanentes del lugar, fácilmente distinguibles por la forma y los modos, e inicio los ejercicios que se convertirán en mi rutina durante los próximos cuatro meses. Llevo dos de retraso con respecto al resto de compañeros del equipo, como consecuencia de mi afición por huir del frío otoñal de Madrid. El primer día hay que tomárselo con calma: 6 series de 15 repeticiones con 40 kilos de carga de extensión de piernas, 6x15x30 de pectorales, 6x20x100 de prensa de piernas, 6x10x20 de hombros, 6x12x22 de curl de piernas acostado y 6x10x4 de biceps. Concluyo, con las fuerzas justas y con miedo a dejarme los dientes en el cuadro de mandos de la máquina, con cinco minutos de carrera sobre cinta. A partir de ahora, intercalaré mis visitas al gimnasio con las salidas a la carretera. Allí me esperan lluvia, frío, viento, barro, hielo y nieve. En casa, los calambres y el insoportable dolor en unos dedos que recuperan el flujo circulatorio y una temperatura compatible con la vida. Rezaré porque el invierno no dure hasta Junio, por mantenerme alejado de los traumatólogos, porque el equipo siga funcionando como hasta ahora en el plano humano y algo mejor en el deportivo, porque los eventos del verano salgan a pedir de boca y, por qué no, porque llegue de una puta vez mi primera victoria.
Rajastán <19 de diciembre de 2010 > (por Juanjo)
Introducción al Ajedrez <18 de diciembre de 2010 > (por Juanjo) El ajedrez no es un juego. Es una guerra a sangre y fuego, en la que no se respetan las Convenciones de Ginebra.
La mitología a horcajadas sobre la biología <18 de diciembre de 2010 > (por Juanjo) La biología es una materia fascinante. Trata de la vida en un muy amplio sentido: de sus medios, sus mecanismos, de acciones y reacciones, de la capacidad de supervivencia aún al precio de la vida misma. De organismos y de sus facultades para sentir lo irracional y para conservar sus funciones mientras exista un suministro de estímulos y nutrientes. De la interrelación entre formas vivas y los motivos que la impulsan. Su objeto de estudio es inagotable. Millones de organismos en interacción, cada uno de ellos con sus particularidades. Organismos como los caballitos de mar. Peculiares peces que se desenvuelen con absoluta naturalidad en ambientes húmedos, cubiertos por una armadura de placas de constitución ósea o, por capricho de la naturaleza humana, por un caparazón de íntima aleación. El ámbito de estudio de la biología está dentro de lo racional, lo demostrable. En la ciencia hay espacio para las teorías más o menos fundadas, pero no para la imaginación. Allá donde nunca ha llegado una secuencia de nucleótidos dispuestos de forma discutiblemente aleatoria, sí lo ha hecho, sin embargo, la mitología. El resultado es variado: dragones, grifos, centauros, minotauros, unicornios, sirenas. Nuestra imaginación permite que estos dos mundos interaccionen, que biología y mitología bailen de la mano. Por ella es posible que una sirena cabalgue a horcajadas sobre un caballito de mar, batida por la salada espuma de olas de un mar en marejada barriéndole la espina dorsal. Sutil amazona dispuesta a saborear sal diferente, producto de la tierra, y a cambiar de montura en favor de un expectante centauro. Imaginación materializada en palabras que tornan en hechos que derriban tabúes.
Un poco de sal <16 de diciembre de 2010 > (por Juanjo) Una mezcla de aromas me arrastra hacia una isla. Echo el pie a tierra, exhausto, y contemplo cómo te acercas, me miras y dices:
Regreso a Ítaca <14 de diciembre de 2010 > (por Juanjo) Con la calma propia de la pereza empaqueto las cosas en la mochila. Ropa sucia, sandalias, un saco de dormir sin usar, pequeñas bolsas para separar utensilios, cables y otros enseres, los libros y las guías de viaje. Arena de diverso origen por todas partes. En la bolsa de mano guardo los objetos valiosos o los imprescindibles para lidiar con la burocracia fronteriza, como el pasaporte. A mi llegada a Barajas me abandonaré a la calidez de cuatro brazos y dos corazones, que me llevarán en volandas a casa, tolerantes con mi mutismo, tal vez debido al cansancio, sólo tal vez. Harán cábalas en silencio, si no las hicieron antes. Les bastará con tenerme de vuelta, sano, feliz. Tiempo habrá para las narraciones, las descripciones de sensaciones, sabores, olores y colores sobre el mapa de imágenes capturadas al vuelo durante mi peregrinaje. Una vez sentado en el coche respiraré hondo, hasta sentir la presión justo debajo de las cuerdas vocales, y me deleitaré con una lenta y prolongada exhalación con compás de suspiro. Mientras tanto, escribiré unas últimas palabras en el cuaderno de viaje. Tinta azul sobre papel beige Moleskine, pequeño capricho de tapa negra rígida, que tendrán su reflejo en forma de ceros y unos en éste diario en binario. Repasaré notas e imágenes. De este viaje que comenzó a finales de noviembre en Ammán y que acaba aquí y ahora. Del viaje que iniciamos hace un mes. Que nos condujo errantes por junglas con aroma a napalm, desiertos de arena y roca, vastos mares e inexpugnables islas. En el que visitamos el Atlas marroquí en mitad de un temporal, la cálida Jordania con su caótica Am-m-án, su remota Azraq, en el límite de los mapas, y su mágica Petra, y la Barcelona del Liceu, de tus sanas y encantadoras tentaciones y de nuestro Mare Nostrum. Que tiene a ítaca como próxima escala. Un viaje de sólo ida.
Los caprichos del humo <13 de diciembre de 2010 > (por Juanjo) De mi última travesía por el desierto me llevaré a casa tres nuevas adicciones. Mutabal. Lo he visto escrito de mil formas, y lo he probado de varias, con o sin tomate, pimienos verdes o pimienta negra espolvoreada sobre el plato. Siempre acompañado de una buena dosis de aceite de oliva, nada de sucedaneos, y pan de pita. Mutabal, una especie de paté obtenido a partir del fruto de la planta del huevo, eggplant, como la llaman los ingleses. Curioso nombre, cuando hay otras muchas plantas cuyos frutos tienen semejante forma y un color más apropiado. Me ha acompañado en todas mis comidas. Shisha, cachimba, pipa de agua. Mis experiencias previas se remontan a la primavera del 2006, en un pequeño apartamento de Londres. Nuestra lejana visita a una pareja de amigos. Agua, alcohol, ascuas y nuestras vidas se consumieron en humo. De aquello todo ha quedado reducido a eso, humo. Quizás se deba a la atracción que éste ejerce sobre mí. Caótico y erótico resultado de la combustión de mis miedos e inseguridades, dibujados en una escala de grises, transmutados entonces en sueños y anhelos. Cuerpo y mente participan de la ceremonia, permitiendo que las sensaciones fluyan a su través, y se dejan envolver y acariciar por las formas de mujer que el humo adquiere a mi antojo. Eso me lleva a la tercera adicción, anhelada por peligrosa, deseada y a la vez temida, provocadora, irrenunciable. Adicción adquirida a partir de los grises, blancos y negros de palabras e imágenes adheridas a una forma de mujer, anhelada pero real, repleta de color, viva, ardiente. Me pierde esta deliciosa adicción con nombre propio. Estoy perdido en ti. Perdido sin ti.
Karmakosmik <12 de diciembre de 2010 > (por Juanjo) Ahora, un arrebato de subjetividad. Diez años han pasado desde que aquellas cuerdas arrancasen una última nota. Diez largos años sin el esperado retorno. Soy consciente de que nunca volverán. Lo que dejaron tras de sí, sin embargo, está demasiado imbuido en mí como para olvidar. Desconocidos para el noventa y nueve coma nueve periódico. Adorados incondicionalmente por el resto. Una muestra real, tangible, inolvidable, ese tema que sirve de título a esta entrada. Lo he escuchado un millar de veces, y me queda aún vida por delante. Envolvente, electrizante, como un susurro que arranca en la nuca y llega a cada poro de mi cuerpo, una caricia para mi alma, un canto de sirena que agita hasta el último átomo de mi ser. Notas y palabras que hacen que el mundo gire y gire. In the woods...
Jordania en imágenes <10 de diciembre de 2010 > (por Juanjo) Ya están aquí las fotos del viaje a Jordania, las que he tomado hasta la fecha. No creo que saque muchas más, y como aquí las horas pasan lentas a partir de las cinco de la tarde, he adelantado trabajo. Las dejo en el sitio habitual, que no es otro que la galería de fotos. Algunas están tomadas con lente fría y desde la distancia. Para otras templé la cámara y contuve el aliento. Que ustedes las disfruten.
Te esperaba... <08 de diciembre de 2010 > (por Juanjo)
Roy Batty dijo <06 de diciembre de 2010 > (por Juanjo) "Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad?.
A tres horas de Iraq <03 de diciembre de 2010 > (por Juanjo) Como reza el título de esta entrada, me encuentro a menos de tres horas en coche de Iraq, y a menos de una de Arabia Saudí. Sería una travesía por el desierto con final ya conocido. Al llegar a ambas fronteras, giro de 180 grados y a volver a adentrarme en territorio jordano. Sin visa, no hay visita. No es mi intención visitar estos países. Sí lo es acabar lo que he empezado aquí. Tengo aún dos visitas pendientes, a Wadi Musa (aka Petra) y Wadi Rum, el sorprendente desierto que inmortalizó el británico TE Lawrence. Hoy me encuentro en Azraq, en una zona desértica, cubierta de arena y roca hasta donde alcanza la vista, y alcanza lejos. Hasta aquí he venido pasando por muchos lugares representativos, Amman, Madaba, Umm as-Rasas, Karak, ash-Shawbak, el Mar Muerto, Aljoun, Pella, Umm Qays, Jerash y Umm al-Jimal. He dado buena cuenta de ello en mi cuaderno de bitácora. Habrá segunda parte y, en contra de lo habitual, será mejor.
Diario de un informático (III) <01 de diciembre de 2010 > (por Juanjo) Bajó los primeros peldaños hacia el abismo y se adentró unos pasos en un claustrofóbico pasillo. Como en un gigantesco horno, las baldosas irradiaban haces de luz y calor que, al contacto con la piel, la laceraban y agrietaban. Como vientos solares, ráfagas de aire atravesaban el corredor cociéndolo todo a su paso. Figuras neblinosas iban y venían, apareciendo a lo lejos como un espejismo en el desierto, y una vez en la cercanía, como humeante salchicha rosada recién sacada de una parrilla. Adaptados a esas dantescas condiciones sobreviven unos diabólicos personajes, que despliegan sus mágicos artilugios sobre alfombras en el suelo. Serpientes que neón que giran sobre una panza de tela tratando de alcanzarse la cola, objetos para la lluvia hechos de tela y de varillas de metal, brillantes discos de plástico con las más variopintas ilustraciones en alguna de sus caras. Franquear estas tentadoras exposiciones de superfluidad supone todo un desafío para un intelecto en licuefacción. Atravesó ileso aquel nauseabundo pasadizo y llegó hasta los dominios de los vigilantes de seguridad, los cancerberos de este particular infierno. Entre sus filas se contaban adictos a los gimnasios de barrio y a los productos que en ellos se venden, porteros de discoteca a tiempo parcial, karatecas de medio pelo y algún que otro excombatiente licenciado por prescripción psicológica. La crème de la crème en seguridad pública. Caminaba hasta el torno con el ticket en la mano derecha, cuando de reojo vio cómo el encargado de la seguridad con el tatuaje de Steven Seagal en el hombro, visible gracias a la ausencia de manga, cortada y bordada con los colores de la insignia patria a la altura de la clavícula, le miraba de arriba a abajo, más abajo que arriba, mientras cuchicheaba algo al oído de su compañero, el del piercing en el párpado del ojo izquierdo, al que había sacado de su ensimismamiento con un codazo tan suave que podría haberle reventado varias costillas a un rinoceronte. El armario se le iba acercando con las manos colgando por los dedos gordos, cual mazas de amasar carne, de los bolsillos del pantalón. Notó cómo comenzaba a sudar copiosamente. El temblor de los pies achicaba líquido de los zapatos con gran eficacia. Dudaba entre fingir un ataque de epilepsia o un brote esquizofrénico, táctica esta última que le sirvió para espantar a la última chica que intentó hablar con él fuera del ámbito de una partida de rol, cuando el doble de Steven le plantó una garra en el hombro y le espetó al oído con toda la falta de educación de la que fue capaz: - Oye tú, payaso, llevas la jaula abierta y el canario a punto de escaparse. O bien te subes la cremallera o decapito al canario con un cutter. Tu me dirás. - Diligente y servicial agente del orden público, se trata de un error de apreciación. La jaula está cerrada y el canario duerme en paz. Lo que usted ha podido observar en el estricto cumplimiento de sus obligaciones diarias se trata, en realidad, de un parche que simula una bragueta abierta. - ¿Te estás quedando conmigo? ¿Para qué cojones tienes eso ahí? - En absoluto, vuesa merced. Ese parche está ahí para evitarme el ridículo de tener que subirme la cremallera cada vez que se me olvida hacerlo antes de abandonar mi domicilio habitual, algo que ocurre con demasiada frecuencia. Ahora, cuando alguien se percata del hecho y me lo comunica verbalmente con una cálida y afable sonrisa de oreja a oreja, yo respiro tranquilo porque sé que no hay una bragueta insolente sino un parche obediente y no hay pájaro fuera de su nido en los dominios bajo mi pleno control... El sorprendido tatuado trataba de digerir aquello, pero aún había más. - ... Pero no se crea usted que este sistema es infalible. Con él se anula una de las grandes ventajas que nos ofrece la cremallera, que no es otro que una rápida respuesta en caso de incontinencia espontánea. Por eso, tras innumerables ensayos fallidos y las correspondientes visitas a la tintorería, ideé un parche con cremallera. Ahora, si me permite. El acólito de Seagall, que presumía de ser el más idiota de entre los suyos y que se había perdido a mitad de conversación, vio que aún le quedaba mucho por aprender en su largo camino hacia el Nirvana de la razón. Su mandíbula se había ido separando del resto de la cabeza poco a poco, incrédula ante lo que sus dos oídos escuchaban. Esa mandíbula trataba de recuperar la compostura cuando a sus espaldas un torno giraba, dando paso a un idiota con unos pantalones con un parche con una cremallera bajada.
Diario de un informático (II) <17 de noviembre de 2010 > (por Juanjo) En condiciones normales, es decir, cuando confluían ciertos elementos, se alineaban los astros, la luna mostraba su rechoncha cara picada de viruelas y en algún lejano rincón del mundo un hombre manco se sonaba los nudillos, llegar hasta la calle le resultaba tan sencillo como a los alemanes invadir Verdún. Pero a veces no crujía nudillo alguno en el universo y su vecina y casera, noble de ascendencia y aburrida de profesión, acechaba tras la mirilla, dispuesta a arengarle a santo de cualquier cosa, ya fuese una disputa por los lindes de las alfombrillas de la entrada o por la fuente de letra de la etiqueta en el buzón de correo. Aquel día no fue una excepción. No había retirado la llave de la cerradura cuando un chillido sobrenatural le recorrió la médula. - Hombre, por una vez en la vida madrugas, seguro que para irte de fiesta otra vez. Era difícil fingir que los auriculares no le dejaban oír, cuando éstos se encontraban a varios pasos de distancia, al otro lado de la puerta, pero lo intentó. - ¡No te hagas el sordo, sinvergüenza! Si mi Aurelio, que Dios le tenga en su Gloria, estuviese aquí, se te iban a acabar las ganas de juerga. - Señora Adelfa, si su Aurelio estuviese aquí, ni yo ni nadie encontraría una sola gota de alcohol con la que correrse una juerga. - Pronunció la última palabra mientras pateaba el pantuflo que bloqueaba la puerta del ascensor y tiraba de ella a pesar de la enconada resistencia presentada por un par de garras, que a punto estuvieron de ser cercenadas por el techo del aparato. Los gritos y golpes aún resonaban en la distancia cuando llegó hasta el recibidor. De puro milagro no se chocó de bruces con el portero, que le esperaba con los brazos en jarra y un manojo de folletos de propaganda asomando por entre sus dedos, grandes como morcillas. Este ex mercenario serbo-croata llevaba muy mal lo de encontrarse publicidad en su buzón y culpaba al mundo en general, y a su joven vecino en particular, de semejante vejación. Con el teléfono de una empresa de reformas asomándole entre los dientes consiguió zafarse de este dispensador de L-carnitina andante y se arrastró hacia la puerta de salida a la calle. Del cielo caía agua a raudales y su paraguas estaba en el cuarto de baño, tapando un agujero en la mampara de ducha, así que nadó hasta la tasca de confianza, adonde entró abriéndose paso a codazos entre los que, aún de noche, se habían levantado como él en busca de ayuda divina. Marcelo, cuya boina apenas se veía detrás de la barra, le sirvió su tentempié habitual para conciliar el sueño, un par de tostadas rebosantes de cachuela y ajo y un ron con cola sin cola, mientras le miraba de arriba abajo. - ¡Hostias, chaval! ¿De qué fiesta te has escapado con ese disfraz? - Déjese de historias, que hoy empiezo en un nuevo curro. Aparte eso de mi vista y póngame un café expreso, que llevo prisa. Así hizo el camarero, ocultando la decepción que le causaba el perder un más que prometedor cliente habitual. Su vida había sido un cúmulo de sinsabores desde que abrió el negocio, hábilmente situado entre una mezquita clandestina y la sede de una asociación de Alcohólicos Anónimos. Tras aclararse la garganta y hacer una pequeña contribución al emplasto que protegía el suelo del local de los dientes de los clientes, por otra parte propensos a perder el equilibrio, y la vida, a medida que reemplazan sangre por sangría, abandonó el lugar sin mirar atrás. A lo lejos, emanando flamígeros vapores con los que bien se podría licuar el alma de los pecadores que disfrutan de un merecido tratamiento de peeling en el Averno, le esperaba la boca del metro.
Diario de un informático (I) <15 de noviembre de 2010 > (por Juanjo) Este iba a ser un día importante, el primero de muchos días en su carrera de fondo hacia el éxito profesional, así que eligió con esmero el atuendo adecuado para la ocasión. La camisa blanca con rayas verdes y gemelos con el escudo del Betis asomando por los ojales de los puños. La corbata, a juego con el cartón del paquete de galletas del desayuno, de un discreto naranja butano con un artístico estampado de cacatúas y sacos de alpiste. Las exóticas aves tenían la inverosímil capacidad de tomar vida dentro del tejido y balancear su cabeza, dentro y fuera del saco, con cada cambio de orientación de la transalpina tira de lana. El cinturón, un regalo de su tío cabrero y taxidermista, cumplía su función de ayudar a los tirantes a mantener los pantalones de pinzas por encima del ombligo. Nunca le habían gustado demasiado. Las pequeñas y diabólicas mandíbulas de madera solían expresarle su malestar en forma de pústulas cuando se las mantenía alejadas de su hábitat natural, los alambres del tendedero. Sobre los hombros, la chaqueta cubría al mismo tiempo las arrugas de la camisa y dos siluetas húmedas y grisáceas entre cada brazo y el tronco, que rivalizaban con las caras de Bélmez en las pesadillas de los más pequeños habitantes del barrio. Lamentablemente no podía hacer nada para combatir su excesiva sudoración, pues era otoño y el termómetro superaba con creces los treinta y cinco grados Kelvin. Caminó con paso lento y cansado hasta la cocina, recogiendo bajo los calcetines la pelusa equivalente a unas plantillas ortopédicas de gran grosor. Una vez allí, activó por error el extractor de la cocina y lo apagó justo a tiempo para evitar la decapitación de un cacatúido. Legañas del tamaño de lentejas le impedían concentrarse en las más rutinarias tareas higiénicas. Encendió la luz de la campana extractora y abrió el grifo del fregadero, que en ocasiones hacía las veces de lavabo. Tuvo que remangarse hasta el codo para rebuscar, entre vajilla acumulada durante semanas, un cepillo de dientes alopécico. Contempló absorto cómo el remolino originado por su frenética batida succionaba hacia el fondo fragmentos de lechuga, tropezones de carne y un desafortunado blatodeo, cuyas seis inertes patas señalaban hacia la gran mancha de grasa que adornaba el techo y digería los restos, en su mayoría orgánicos, arrastrados por los vientos locales. Tras cerciorarse de que no quedaban restos de lavavajillas entre las solitarias cedras del cepillo, lo embadurnó de pasta dentífrica, que esparció sobre una rebanada de pan previamente cubierta por una capa verdosa. No recordaba haber comprado queso roquefort, pero no tenía tiempo para cavilaciones matutinas, así que no le dio mayor importancia. Desde pequeño le habían inculcado dos axiomas: que un abundante desayuno es primordial para comenzar el día con energía y que cepillarse los dientes es bueno para el corazón y, lógicamente, para la cuenta de resultados de las empresas dedicadas a la higiene bucal. Él, que se consideraba una persona práctica y ahorradora, había decidido unificar en un solo acto estas sanas costumbres. Por desgracia, siempre le quedaba un sabor de boca amargo, que hacía desaparecer con la ayuda de dos o tres tazones de azúcar espolvoreada sobre los restos de la última cena. Mascando una diamantina alita de pollo sonrió recordando aquella noche y aquella final del mundial de fútbol dos meses atrás. Fue especialmente cuidadoso al trazarse la raya en el pelo. Incluso el mismísimo Moisés hubiese perecido de agorafobia sobre esa vasta franja de cuero de no ser por lo familiar de la profunda y blanca costra de sal marina que la cubría. Fijó la posición de cada cabello con grasa de pez, a falta de gomina con omega-3, y salió al rellano, asegurándose de cerrar bien por fuera y por dentro, introduciendo el antebrazo por un pequeño resquicio en la puerta para echar la cadena. En estos tiempos que corren no se puede confiar en nadie.
The Tibet Experience <02 de noviembre de 2010 > (por Juanjo) Ya volví a casa después de un mes en el Tíbet, subiendo y bajando cinco miles con la bici de montaña. Fueron dos semanas de marcha, unos 1100 kilómetros desde Lhasa hasta Kathmandu, pasando por sitios impresionantes, como el lago de Yandrok Tso, las ancestrales ciudades de Gyantse o Shigatse, eternos puertos de montaña como Gyatso La o Pang La y la impagable visita Campo Base del Everest. Un viaje altamente recomendable. Pero lo mejor de todo ha sido poder compartir esta aventura con un grupo humano enorme. Como de costumbre, dejo enlaces a las fotografías y la crónica del viaje.
Nuevamente en Kathmandu <20 de septiembre de 2010 > (por Juanjo) Un día ha sido suficiente para recordar el aroma propio de Kathmandu. Una mezcla de sabores y olores, algunos de ellos casi palpables, acompañada del continuo rumor de la vida en la ciudad, crean una atmósfera única. No es fácil describirlo con palabras. Hay que vivirlo. El viaje hasta aquí fue luongo ma non troppo, aunque me dio la impresión de envejecer un poco entre aviones y aeropuertos. Pero para que no quede la cosa ahí, dentro de unos días estaré exponiendo la piel a temperaturas bajo cero y fuertes vientos de poniente. Nada mejor para curtirle a uno el cutis, fino porcelanoso tras años de oficina. Mañana volamos hacia Lhasa. Allí pasaremos unos días, los suficientes para ayudar al cuerpo a aclimatarse a la altitud de la llanura tibetana. Pero eso será tema para otro comentario...
Carrera en Herrera del Duque <18 de julio de 2010 > (por Juanjo) El pasado domingo 18 de julio se disputó, en la capital de La Siberia extremeña, Herrera del Duque, la 4ª edición de la Vuelta Ciclista a los Pantanos, una dura carrera que recorre hermosos parajes alrededor del embalse de García Sola. 75 kilómetros que comenzaron en Herrera del Duque, bordearon el embalse atravesando las poblaciones de Peloche, Valdecaballeros y Castilblanco, y finalizan en la ciudad de partida. Un total de 44 corredores de las categorías senior y master 30, 40, 50 y 60 se dieron cita a las diez de la mañana para hacer frente al calor y a la continua sucesión de repechos que conformaban el recorrido. Allí estaba casi todo el pelotón extremeño y algunos corredores andaluces, con mayoría de corredores del Caja Duero - Avanzamos. Se dio el banderazo de salida poco después de las 10 e inmediatamente comenzaron las hostilidades, formándose una temprana escapada de cuatro corredores, con Joaquín Sánchez Cidoncha del equipo de La Serena y Jorge Guerra del Caja Duero - Avanzamos, entre ellos. Durante el primer tercio de la carrera se produjeron sucesivos ataques en cabeza del pelotón, aunque algunos corredores del Caja Duero, principalmente Pablo y Juanfran, trabajaron tratando de controlar la carrera y recortar la ventaja de los fugados. En las rampas posteriores al paso por Puerto Peña se sucedieron diversos ataques, que enfilaron el grupo y propiciaron que algunos corredores quedasen cortados. En esos instantes de carrera estuvieron bastante activos corredores como Pedro Sánchez Cidoncha de La Serena, Pablo Moleón del Semar, Pablo, Pedro Tejedor, Fernando y Andrés del Caja Duero y los hermanos Muñoz, Daniel y Francisco, de Plasencia, entre otros. Transcurrido el primer tercio de la carrera, aproveché el parón tras un ataque de Moleón para saltar en busca de los escapados, llevándome a rueda a varios corredores. Poco después neutralizábamos a los dos únicos supervivientes de la fuga inicial. Se formó entonces un grupo cabecero integrado por Pablo Moleón, Joaquin Sánchez Cidoncha, Jose Félix, Enric Rigau, Pablo y yo, del Caja Duero, José Luis Mateos y Pedro Morales del Bicicletas Cáceres, Oscar Romero y un compañero suyo del Tierra de Barros, y otro corredor no identificado. Este último fue el único capaz de responder al ataque de Moleón, que se marchó en uno de los repechos antes de llegar a Valdecaballeros. En el grupo perseguidor, compuesto por nueve unidades, no hubo mucho entendimiento, y se alternaban tímidos ataques con relevos testimoniales, de modo que la distancia con el dúo de cabeza crecía rápidamente mientras que menguaba la ventaja sobre el pelotón principal. En Castilblanco se produjo una caída en cabeza de carrera y Moleón se quedó en solitario a 10 kilómetros de la meta, a la que llegó en primera posición. El grupo perseguidor fue perdiendo unidades hasta que, en la última subida a 5 kilómetros de la llegada, respondí al ataque de Pedro Morales marchándome en solitario para llegar a meta en segunda posición. En esa misma subida, saltaron del pelotón principal algunos corredores, que eludieron la estrecha vigilancia de los corredores del Caja Duero - Avanzamos y pudieron contactar con lo que quedaba del grupo de fugados. Esta avanzadilla del pelotón llegó a la meta encabezada por los hermanos Cidoncha. El resto de corredores hizo su entrada en meta de forma escalonada, en pequeños grupos, con poco tiempo perdido respecto al vencedor de la carrera.
Dando tumbos por Europa <26 de junio de 2010 > (por Juanjo) El año pasado Edu, Nkono y yo no acabamos muy cansados los unos de los otros en nuestro viaje a Marruecos, así que decidimos repetir viaje con bicis de montaña y alforjas. Esta vez nos decantamos por permanecer en esta parte del charco. Al final, Nkono se curró un recorrido de aproximadamente mil kilómetros entre Praga y Cracovia, pasando por casi todos los sistemas montañosos y parques naturales a lo largo de la estrecha franja que separa los tres países visitados, la República Checa, Eslovaquia y Polonia. A pesar del frío puntual y de una lluvia casi diaria, todo marchó sobre ruedas. De lo sucedido en nuestro periplo por tierras centroeuropeas doy fe con las correspondientes fotografías y la crónica (de ningún modo imparcial) del viaje.
Un regreso muy esperado <23 de mayo de 2010 > (por Juanjo)
Mi primera impresión, que mantengo después de haber escuchado este trabajo unas 10 veces durante este fin de semana pasado, es que se trata de una obra de arte. Este grupo siempre ha tenido una sensibilidad especial para componer canciones melancólicas, imprimiéndoles en ocasiones un toque de esperanza, como Dreaming Light, Everything, o Presence. También saben hacer canciones rápidas y enérgicas, como Summer Night Horizon o Get off, get out. Pero si hay una cosa que siempre me ha gustado de ellos es su capacidad para rematar de forma soberbia canciones que comienzan de forma aparentemente tranquila; este disco está lleno de buenos ejemplos, como Thin Air, Universal o Hindsight. Para completar el decálogo de temas, dos piezas maestras, Angels walk among us y A simple mistake. Un álbum enorme. De lo mejor que he escuchado en años.
¿Parecidos razonables? <09 de mayo de 2010 > (por Juanjo) De vez en cuando me recuerdan que soy un tipo normal, tirando a corriente, lo suficiente como para que mi cara, o una cara parecida a la mía, la tengan otros tantos tíos que, seguramente conscientes de su normalidad, hacen lo posible por destacarse de sus caras gemelas. El tener que convencer a mis amigos de que hace dos semanas no estaba en México, recuperándome de una cornada recibida en Aguascalientes, sino en Madrid, currando como acostumbro delante del ordenador, me ha empujado a tirar de archivo, recuperar algunas viejas fotos de familia y presentar formalmente a mis clones. El clon número 1 es, sis duda alguna, el que más lejos ha llegado. Quién no conoce a José Tomás, ese famoso torero de Galapagar que ha demostrado tener más valor, o menos aprecio por la vida, que la gran mayoría de toreros que llenan los ruedos. Nació en 1975. Sus cogidas más graves suelen coincidir con mis caídas en el carril bici, y volvió a los ruedos en el 2007, justo cuando yo volví a competir en ciclismo. Ahí queda eso. El clon número 2 tuvo su momento de gloria en 2003, cuando varios diarios se hicieron eco de su historia, la de un joven discapacitado que había decidido ganarse la vida como actor porno. Tenía por entonces 23 añitos. Josito es el más joven de los clones. Por cierto, en la foto completa a Josito le faltan los pantalones y no le falta compañía. Ramón Yáñez, el clon número 3 es, en mi opinión, mi clon más logrado. Ramón se hizo famoso como concursante de la Quinta edición de Gran Hermano, que tuvo lugar en 2003, y a la que se presentó con 31 años. No duró mucho en el programa, pero se hizo notar. Algún asturiano al que he conocido después me comentó que, en su Avilés natal, no es muy querido que digamos, y acostumbraba a meterse en líos en los bares de allá. No he ido nunca a Avilés por si acaso. Por último, el clon número 4, que prefirió permanecer en el anonimato. Esta foto se corresponde con un robado durante su visita a Helsinki en el verano de 2004. Su porte tranquila muestra cuán ajeno vive al proceder de sus almas genético-gemelas.
Mirando al frente <22 de marzo de 2010 > (por Juanjo)
Dicen que en las subidas hay que mirar siempre al frente, hacia el final de la curva que nos espera a 100 o a 500 metros, que hay que ir marcándose objetivos, como rebasar la siguiente curva, agarrar la rueda del de los chepazos, supongo que para mantener la cabeza ocupada, como cuando uno se tiene que hacer 350 kilómetros en coche (los mismos kilómetros de cada semana) y divide el recorrido el tramos y eventos, como la parada para el café o el paso por el túnel del Miravete. Quizás a algunos les sirva, pero lo que es a mí no me funciona mucho. El que haya subido el Mont Ventoux quizás haya sentido la misma desesperación que yo cuando, una vez pasado el Chalet Reynaud, comienza a tomar curva tras curva tras curva, con la cima al fondo, que parece alejarse como se aleja la puerta al final del pasillo en las películas de terror. Qué subida más pestosa. Pero para subida pestosa, la del puerto de los Melonares, en la ya clásica carrera de Castilblanco de los Arroyos. El puerto en sí no es difícil, 260 metros de desnivel en 5 kilómetros de ascensión, pero la carretera se agarra a las ruedas como si le fuera la vida en ello, las curvas y falsas cimas se suceden una tras otra, mermando tu moral, ya maltrecha por los ciento y pico kilómetros anteriores y por el calor que hace en esa maldita subida, que abandona el valle del Viar y donde no debe haber soplado una ráfaga de aire en siglos que haga más llevadero el bochorno del mayo onubense. Será que en esas situaciones prefiero hundirme con todas las de la ley, pero el caso es que soy de los que apartan la vista de la próxima curva, la clava en el cuentakilómetros y se deja abrazar por el extraño y distante, pero envolvente y acogedor, estado de hipoglucemia que te acompaña hasta que el desnivel se hace negativo. A menos que me saquen del trance las voces de mi director deportivo, el mismo que una vez me dijo no entender cómo podía alguien descolgarse en el llano, como si el chupar cuneta o aguantar los latigazos a cola del grupo al salir de los pueblos fuese lo más sencillo del mundo.
Álbumes del 2009 <01 de enero de 2010 > (por Juanjo) Pasemos página al 2009, un año que nos ha traído bastantes nuevos trabajos musicales, entre ellos algunos de grupos que llevan en la escena desde finales de los 80, como My Dying Bride o Paradise Lost. 20 años, casi nada. Durante este año he disfrutado de trabajos recientes y no tan recientes, y he realizado algún que otro descubrimiento interesante, pero soy un clásico y al final me decanto por los grupos de siempre. Aquí va mi lista de LPs del 2009. A ver qué nos trae el 2010.
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Has tardado en llegar, y no te esperaba ahora, pero no temas, no es un reproche. En absoluto. En estos casos lo más normal es presentarse de imprevisto y sin avisar. Lo único importante es que estás aquí, en mis sueños, en mi día a día, ocupando todo el horizonte que abarca mi vista. Estás aquí para quedarte, así lo intuyo y así lo deseo. Me sacudo la arena de este desierto en el que he vagado, y con ella se desprenden dudas y temores. Eliminada esta capa hermética, ya no hay impedimiento para que aflore quien soy, y me expongo. Por una única razón. Por la mejor razón. Tú.
Desde que en el 2003 nos sorprendiesen con A natural disaster, los británicos no habían editado un álbum con temas inéditos. Tan sólo habían entrado en el estudio para reeditar algunos de sus temas más conocidos, en el acústico Hindsight, de 2008. Después de varios años de rumores, el nuevo álbum de estudio de Anathema, We're here because we're here está disponible a partir del 31 de mayo. A la espera de poder adquirir el original, accedí a los temas en internet, para hacer uso de ellos a título personal, esto es, sin ánimo de lucro.
Ya puedo estar pidiendo una cerveza en un bar de copas de Mérida, o comiéndome una paella en Bustarviejo. Da igual. Siempre hay alguien dispuesto a recordarme que me parezco a tal o cual famosillo. Me pregunto si a ellos les habrán dicho alguna vez que se parecen a un informático extremeño, pero me da que no. 