09/05/2008
La flèche de Wallonie
(por Juanjo)

El pasado 1 de mayo, mientras muchos aguardaban pacientes en sus vehículos el final de un interminable viaje hacia los habituales destinos de turismo patrios, en su mayoría colosos de hormigón a pie de playa, un grupo de ciclistas madrileños de nacimiento o adopción emprendían un viaje relámpago a las Ardenas, donde les esperaba un tiempo incierto a pesar de los pronósticos favorables, un exigente recorrido de 210 kilómetros plagado de subidas y, cómo no, quizás la mejor y más amplia oferta de cervezas de Europa.

Por qué la Flecha

El número de enero de la revista Pedalier, un especial dedicado a las clásicas cicloturistas homónimas a las grandes clásicas del ciclismo profesional, como la Paris-Roubaix, Vuelta a Flandes o Lieja-Bastogne-Lieja, propició un debate entre los miembros más aventureros del Club Ciclista Chamartín, al que pertenezco, sobre la posibilidad de asistir a una de las clásicas en futuros años. El alma mater del proyecto, Pepe, sugirió no esperar a otro año y propuso asistir a la Flecha Valona, una randonnée turística que debía celebrarse durante el pasado puente de mayo.

En cuestión de dos semanas ya se había formado un primer grupo de clasicómanos decididos a tomar las Ardenas. A medida que la fecha se acercaba y nuevos compromisos hacían que las prioridades de unos y otros cambiasen (ley de vida), el grupo se recomponía. Finalmente, el primer día de mayo, a bordo de una Citroen Jumpy alquilada, Pepe, Jose Luís, en representación del C.C.Chamartín, mi primo Eduardo, alcalaíno de la P.C. Rodríguez Magro y yo, socio del Chamartín y con licencia del C.C. Avanzamos - Caja Duero extremeño (mención al patrón que es el que manda) partimos de Madrid con los primeros rayos del sol hacia tierras valonas.

¿Randoqué?

Una randonnée cicloturista se caracteriza por la ausencia de cronometraje de los tiempos invertidos por los participantes en la realización del recorrido. Este hecho, que puede motivar la falta de interés de muchos de nosotros, ávidos por destrozar el crono de los organizadores y las piernas de nuestros compañeros de carretera, permite disfrutar con mayor intensidad de un gran día de ciclismo en un inmejorable entorno como el que, en el caso de la Flecha Valona, ofrece la región de las Ardenas, con sus paisajes siempre verdes, sus variadas, tranquilas, a veces pestosas pero siempre atractivas carreteras y una más que suficiente selección de cotas de dificultad variable que te dejan el cuerpo baldado.

Por lo general, las randonnées ofrecen varios recorridos a elegir con diferentes distancias y grados de dificultad. Se establecen diversos puntos de control, que deben ser alcanzados por los participantes dentro de uns plazos de tiempo no muy exigentes. Por poner un ejemplo, los organizadores de la Flecha Valona estimaron en 15 las horas necesarias para completar los 210 kilómetros del recorrido largo, algo al alcance de cualquiera que, como yo, suela hacer sesiones de 3 horas sobre rodillo o se haya acostumbrado a cubrir distancias de tres dígitos durante al menos dos o tres meses antes de la prueba.

El recorrido

El recorrido largo de la Flecha Valona dibuja sobre la región de Lieja una figura irregular de 210 kilómetros de perímetro con salida y llegada en Spa, situada al nordeste del trazado superpuesto sobre un mapa. Un primer circuito de 168 kilómetros nos lleva desde Spa hacia el oeste primero, al suroeste después, hasta Atrin, hito más occidental de la ruta. Allí se vira hacia el este hasta llegar a Stalevot, ciudad donde finaliza el primer circuito y comienza el auténtico calvario, un recorrido de 42 kilómetros escasos, que incluye las ascensiones a las exigentes cotas de Stockeu, Wanne y Thier-de-Coo, las cuales se ascienden de forma consecutiva.

Stockeu, con sus algo más de 2 kilómetros de longitud, 10% de pendiente media y 21% de máxima, es la principal dificultad de la jornada, si bien el Thier de Coo, una ascensión de 2.6 kilómetros con 8.6% de pendiente media y 17% de máxima no le va a la zaga. Intercalada entre ambas subidas se encuentra la cota de Wanne, con 1.8 kilómetros y 9.1% y 17% de pendientes media y máxima.

Lejos de estas tres cotas se encuentra la archiconocida subida de La Redoute, omnipresente en el recorrido de la Lieja-Bastogne-Lieja profesional. Con sus casi 2 kilómetros al 9.5% de media, la ascensión a esta cota, que alcanza en algunas rampas desniveles del 20%, es una auténtica gozada. Los últimos metros de la subida merecen la pena, sobre todo si uno va entero de fuerzas, con tan sólo 15 kilómetros en las piernas.

Justo en la mitad del recorrido se encuentra el Col de Roche à Frêne, que con sus 2 kilómetros al 9.5% de desnivel constante y algunos tramos al 13% da paso al segundo control de paso establecido por la organización. Por último, cabría destacar el Col de Rosier, que con sus 4500 metros de longitud y una pendiente media cercana al 6% cierra el capítulo de subidas. La dureza de esta última no estriba en su porcentaje sino en los casi 200 kilómetros acumulados en las piernas con que se afronta la subida.

Entre cuatro no son nada

1700 kilómetros separan Madrid y Spa; entre cuatro se quedan en casi nada. Abandonamos la capital en una Citroen Jumpy (625 euros en Atesa) a las 7 horas y media, con las pilas cargadas y la ilusión de unos juveniles. Desde el comienzo los relevos al volante funcionaron a la perfección. A mediodía parábamos en Irún, donde pudimos degustar un pincho de tortilla cojonudo, poco cuajadito como a mí me gusta. A los pocos minutos entramos en territorio francés y comenzó el calvario para nuestros bolsillos en forma de peajes (hasta 60 euros por cruzar el país que había que sumar a los 180 euros de gasolina del viaje hasta Bélgica). Poco antes de llegar a la capital gala nos parábamos a cenar en un restaurante de carretera. Ya en París, conmigo al volante, nos pasamos la salida y acabamos en la recepción de un Hotel Ibis disfrutando de un poco de "amabilidad" vecina. Al final, poco antes de medianoche parábamos en el Hotel Capmanile de Saint-Witz, a las afueras de París.

Con las primeras luces del sol, tras tomar un desayuno como Dios manda, dejamos atrás el hotel. A mediodía llegábamos a Spa, una bella población donde viven diez mil almas. Nos alojamos en el Hotel Le Pierre, un local céntrico que ofrecía una buena relación calidad/precio (Pepe acertó de pleno con la elección del hotel). En cuestión de media hora ya estábamos con el traje de faena dándole a los pedales. No hizimos más de 40 kilómetros, los suficientes para comprobar que los conductores belgas no sienten mucho respeto por los ciclistas; nos chupamos dos subidas, al Thier du Mont (con rampas al 14%) y la Côte du Maquisard. Por la tarde recogimos los dorsales y los cartones para los controles de paso, nos tomamos unas cervecitas ricas ricas y cenamos el plato de pasta típico del día antes de las palizas.

Battle of the Bulge (la Batalla de las Ardenas)

0305 06AM Nos levantamos con una sonrisa de oreja a oreja al ver un cielo azul impoluto, y con el piloto automático puesto, que nos llevó hasta el comedor, donde nos dimos un buen homenaje con el desayuno que el dueño del Le Pierre había preparado para los ciclistas hospedados en el hotel. A las siete y media, después de dejar al pobre hombre desatascando tuberías, nos fuimos hasta la salida para recibir el primer sello en nuestro pulcro cartón de control. Con la cosa de quitarnos el frío y poder relajar la mueca de angustia que se dibujaba en mi cara, comenzamos a tensar ya en el primer repecho (Côte du Maquisard). Al poco tiempo, en la Redoute, ya se vió que Edu y yo teníamos más gana de armar jaleo que nuestros compañeros de viaje. No está bien que lo diga yo, pero iba sobrado subiendo los tramos duros. A los 50 kilómetros de empezar se situaba el primero de cuatro controles de avituallamiento, muy bien surtidos de gofres, chocolate, dulces caseros y agua mineral; demasiado para haber abonado tan sólo 5 euros de inscripción (ya podrían aprender los organizadores españoles). Allí nos reagrupamos los cuatro y nos encontramos con otro madrileño venido desde Benidorm.

Los siguientes cien kilómetros se hacen con relativa comodidad. Hay suficientes tramos llanos donde poder recuperarse de las subidas, que por otra parte no son las más duras durante toda esa parte del recorrido. A partir del segundo control, a mitad de trayecto, Edu y yo nos separamos de Pepe y Jose Luís, que hicieron la guerra por su cuenta.

Llegamos relativamente enteros hasta el kilómetro 166, donde comenzaba lo peor del día sobre el papel, con las subidas encadenadas al Stocket, Wanne y Thier de Coo. Salvo por un bicho que se me alojó entre el maillot y la camiseta y me estuvo dando por saco durante buena parte del Wanne y el Thier de Coo, completamos esta parte con dignidad. De todos modos, lo peor para mí estaba por llegar, contra todo pronóstico, en la última subida, la del suave Col de Rosier, donde comencé a sentir un principio de pájara que no llegó a mayores gracias a que desde la cima a meta todo era bajada. Llegamos juntos Edu, el de Benidorm con un amigo suyo de Amberes (Antwerpen según ellos), y yo, tras 7 horas y 52 minutos disfrutando de lo lindo por las bellas Ardenas.

Ya sólo nos quedaba recoger nuestros diplomas de flecheros, recibir de la organización el trofeo al club asistente más lejano (trofeo que acabará adornando las vitrinas del C.C. Chamartín) y comprar nuestras fotos tomadas por los de actionphoto en plena acción subiendo La Redoute. El resto de la tarde, para dar carpetazo a nuestra pequeña aventura belga, nos pusimos tibios de cerveza... no podía ser de otro modo. A la mañana siguiente, con menos ánimos que cuatro días atrás, nos metimos en la Jumpy para desandar lo andado. Tras unas cuantas horas de viaje, Francia nos despedía con un peaje mientras que España nos recibía con una buena ración de lluvia. A medianoche, tras 18 horas de viaje casi ininterrumpido, el motor de la Jumpy descansó.

Conclusiones

(+) La experiencia de correr una marcha de este tipo en un lugar como aquel es más que recomendable, si bien lo ideal hubiese sido quedarse allí la semana completa, para poder hacer también la Tiff-Bastogne-Tiff el 11 de mayo (236 kilómetros algo menos exigentes que los 210 de la Flecha).
(+) Pasar cuatro días en muy buena compañía, con Pepe, Jose Luís y Edu.
(+) Las sensaciones tan buenas que tuve durante todo el día. Pensaba yo que tendría más problemas para subir con el 39x26, pero no fue así.
(+) La capacidad de sacrificio de algunos rodadores belgas que se retorcían sobre la bici para llevar sus 190 centímetros y sus más de 90 kilos hasta la cima de cada cota.
(+) Una buena organización con buenos medios a pesar de lo bajo de las tasas de inscripciín.
(+) La cerveza belga.

(!) La presencia habitual de vello en las piernas de los (y las) ciclistas belgas. Pensaba yo que la coquetería era una característica inherente a todo ciclista, pero al parecer es patrimonio exclusivo de los paises mediterráneos.
(!) La gran cantidad de freaky-ciclistas que vimos en nuestro periplo belga: ese veterano al que vimos pedalear sin calcetines bajo la lluvia; el ciclista precavido que bien debería haber señalizado con luces de gálibo los dos enormes bultos que sobresalían a ambos lados de su maillot, debidos a una excesiva carga de comida; los randonneurs con maillots-poncho talla XXL y culottes de campana.

(-) El bicho del Thier de Coo.
(-) Los sangrantes peajes en territorio francés.

 

La galería

Edu (i), José Luís (d) y yo.

De paseo por las Ardenas

Cuesta arriba lo de ir a misa


La Redoute no es pa'tanto

Enlaces

Flèche de Wallonie
C.C. Chamartín