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13/07/2008 Las marchas alpinas (por Juanjo) Los ciclistas hemos elegido el camino del sufrimiento, y los Alpes franceses son uno de los mejores y más míticos lugares para recibir una buena dosis de ese sufrimiento. No habiendo tenido suficiente con la Marcha Abelardo Rondón y la Quebrantahuesos, que saldé con buen papel en la primera y uno discreto en la segunda, gracias a un inoportuno pinchazo en el descenso del Marie Blanque, me apunté a la Marmotte, la marcha alpina por excelencia, adonde fui junto con unos compañeros de la empresa, Mario y Ricardo, y un Chamartín, Aurelio. La Marmotte Bourg d'Oisans se ha hecho un nombre dentro del mundo ciclista, principalmente por ser el pueblo que reposa en las faldas de la que es quizás la más simbólica subida ciclista, Alpe d'Huez. El 5 de julio, a las 7 de la mañana, esta ciudad rebosaba ciclismo por todos los poros; más de 5.000 almas desfilaban por la calle principal del pueblo, ante los ojos de sus aún somnolientos habitantes, dispuestos a enfrentarse a un recorrido de 174 kilómetros jalonado por tres puertos con historia, el Col du Glandon, el Col du Galibier en su vertiente por el Col du Télégraphe y la subida final a Alpe d'Huez. Con unas condiciones climatológicas idóneas, un cielo claro, temperatura suave y sólo 15 kilómetros en las piernas comenzábamos a ascender el Col du Glandon, algo más duro de lo que nos habían contado. Con una primera parte entre árboles y un tramo intermedio de bajada tras Le Rivier d'Allemond, la carretera serpentea casi siempre junto al petril que nos separa del barranco en la ladera izquierda del valle, que se va abriendo poco a poco hasta que, a la altura de la presa del lago de Grand Maison, se muestra en toda su amplitud, atravesado por una carretera que serpentea hasta la cima y que, a estas alturas, ya está plagada de bicicletas. Un largo y complicado descenso lleva hasta la localidad de La Chambre. Tras unos kilómetros de llano llegamos hasta Saint-Michel-de-Maurienne, donde comienza la ascensión al Col du Télégraphe, una subida de 13 kilómetros, con las rampas más duras en el inicio de la subida. Sobre un asfalto ancho y en buen estado, virando a través de bosques, se alcanza la cima del puerto, donde nuestra moral recibe un mazazo en forma de cartel que anuncia los 21 kilómetros hasta la cima del Galibier. Los primeros kilómetros de ascensión, hasta la localidad de Valloire, donde se encuentra uno de los avituallamientos más oportunos, son los más sencillos. A partir de entonces, comienza el calvario, que culmina con dos últimos kilómetros especialmente duros, tanto por el porcentaje como por los más de 2600 metros de altitud. Las impresionantes vistas de los Alpes que se disfrutan en la cima lo justifican todo. Casi 40 kilómetros de descenso llevan de nuevo hasta Bourg d'Oisans, donde comienza la subida a la montaña de los holandeses, con sus 21 curvas de herradura, cada una rotulada con el nombre de alguno de los vencedores de etapa del Tour con final en esta cima. Tras una hora de ascenso llego hasta la cima donde me hubiese podido tomar un plato con los macarrones contados de no ser porque me había dejado la tarjeta del avituallamiento en el hotel. Casi una hora después disfrutaba de una cerveza de vuelta en el hotel. Mi resultado no fue malo del todo teniendo en cuenta que me iba reservando para lo del día siguiente. 7h 37' 55", en el puesto 392 del total de 5200 participantes que concluyeron la prueba. El vencedor, con un estratosférico tiempo de 6 horas y dos minutos, fue el italiano Antonio Corradini, del Team Salieri, al que pertenece, entre otros, el ex-profesional Emmanuele Negrini. Esa gente está harta de destrozar cronos en las marchas; si hubiesen andado tanto en su etapa de pros... La Luc Alphand Como no había quedado contento con la paliza del sábado, el domingo por la mañana obligaba a Aurelio a madrugar para llevarme hasta Serre Chevalier, donde un tal Luc Alphand organizaba una marcha alternativa a La Marmotte, con las subidas al Col d'Izoard y el Col du Galibier (esta vez por Lautaret). El día amaneció encapotado y, a la postre, me acabó lloviendo gran parte del día, lo cual hizo que disfrutase de la jornada como un enano y que llegase a Serre Chevalier con síntomas de hipotermia. Partimos como motos en dirección a Briançon, en plan carrera y, al ser muchos menos participantes que en el día anterior, no quería quedarme sólo así que me tocó sufrir hasta el primer avituallamiento, en el que tuve que pararme y hacer acopio de comida y bebida. Para entonces llevaba 50 kilómetros en las piernas y no había bebido ni comido nada desde la cena del día anterior... estaba acumulando papeletas para la rifa de ostias del Hombre del Mazo. Con las "gambas" como esponjas comenzamos a subir el Col d'Izoard, un puerto precioso, con 4 o 5 kilómetros, los finales, duros duros, sobre todo con la cortina de lluvia que nos empapaba las piernas. Yo, que soy un extremeño al que le va bien la lluvia (cuando el nivel de los demás baja con lluvia, se acerca más al mío), me impuse un ritmo cansino que me llevó a adelantar al dorsal número 1 (un tal Luc Alphand) y a un tal Chiappucci. La bajada del Izoard es larga, y peligrosa, aunque pienso lo mismo de todas las bajadas, incluso de la del cerro de Garabitas en la Casa de Campo. Hasta la llegada a Briançon no me adapté a un grupo, en el que todos iban entuercados y daban relevos a cara de perro. Fueron kilómetros de lactosis hasta la llegada a Serre Chevalier, donde mis compañeros de grupeta fueron más listos que yo y atajaron hasta la meta, dejándome con el culo al aire, el aire de cara y el siguente grupo frente a mí a más de medio minuto. Desde allí hasta la cima del Galibier mis recuerdos son vagos. Desde el Galibier hasta la línea de llegada, las tiritonas fueron mis compañeras de descenso. En la meta, un plato de pasta fría y un diploma de plata que no recogí, pero que me enviaron a casa al cabo de las semanas. Aurelio, paciente, me esperaba en la meta. Se había dejado tangar en la tienda del organizador. Fresco como estaba como una lechuga, se puso al volante para hacerse de un tirón la distancia que nos separaba de Malaucéne, a la sombra del gigante de la Provenza, el protagonista de la siguiente historia. Bonus track Como no hay dos sin tres, el lunes por la mañana nos tomábamos un necesario desayuno antes de enfundarnos nuestro traje de luces y salir en busca del Mont Ventoux. La región a los pies del gigante está plagada de pequeños puertos de 2 o 3 kilómetros, que atraviesan tierra de sierras bajas. Se ve bastante vegetación, no necesariamente autóctona, y ocasionales ciervos rumiando apaciblemente en el margen de la calzada. Para Aurelio era la segunda ascensión al coloso. Hicimos una primera parada en Bedouin, donde un mercadillo callejero nos dificultó el acceso a una tienda de bicicletas. En el comienzo de puerto, un conato de rebelión por parte de Aurelio despertó mi adormecido metabolismo, que ya no cesó hasta que, una hora y media después, me sentaba en la descorazonadora cima desértica del monte. El puerto se me hizo duro a conciencia, me imagino que en parte por la paliza acumulada de los días anteriores. En contra de lo que había escuchado, lo peor del puerto fue, en mi opinión, la primera rampa dura, que comienza al girar a la izquierda en un conato de casas. Ni altitud, ni falta de oxígeno, ni los últimos desérticos metros de ascensión ni gaitas; lo que me machacó las piernas fue el porcentaje de estas primeras rampas. Tras rendir visita al conocido monumento a la memoria de Tom Simpson, comenzamos descenso hacia Malaucene. Tras un almuerzo bien merecido, partimos hacia Madrid. Conclusiones (+) El ambiente de Tour subiendo Alpe d'Huez. Los impresionantes paisajes alpinos. (+) Las buenas sensaciones que me noté. No todos los fines de semana se sube uno el Izoard, la Croix de Fer, Alpe d'Huez, el Galibier por dos veces y el Mont ventoux y acaba con ganas de bici. (-) Frío y más frío en mi segundo descenso al Galibier. |
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